domingo, 7 de noviembre de 2010

La honestidad brutal de Santiago Sierra

Abro mi correo electrónico y me encuentro un correo de mi amigo Felipe Villa. Me dispongo a leerlo y, cuando lo hago, la noticia me deja perplejo. Santiago Sierra, artista plástico al que el día 4 de noviembre se le ha concedido el Premio Nacional de las Artes 2010, dotado con treinta mil euros, hace público su rechazo al premio. El artista madrileño afincado en México ha escrito una carta dirigida a la Ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde, en la que le viene a decir que está muy agradecido por haber sido distinguido con el premio pero que pasa olímpicamente de él y de todo lo que significa ese premio. Entre las razones que alega para rechazar el premio, Sierra apunta que los premios son para gente que han realizado un servicio, por ejemplo, ”(…) un empleado del mes”. Más adelante escribe: “el arte me ha otorgado una libertad a la que no estoy dispuesto a renunciar. Consecuentemente, mi sentido común me obliga a rechazar este premio”. Se queja Santiago Sierra de que el premio sólo trata de instrumentalizar en beneficio del Estado el prestigio del premiado. Y en opinión de Santiago Sierra, un artista radicalmente comprometido con el ser humano y con la libertad creativa, resulta inaceptable entrar en el juego de un Estado “que participa en guerras dementes alineado con un imperio criminal. Un estado que dona alegremente el dinero común a la banca. Un estado empeñado en el desmontaje del estado de bienestar en beneficio de una minoría internacional y local.” Y despide su misiva a la Ministra de Cultura con un elocuente “¡Salud y libertad!”
En mi opinión, lo que ha hecho Santiago Sierra, es un gesto rebosante de dignidad. Algo que no nos debería sorprender lo más mínimo, pero que, por desgracia, en los tiempos que vivimos, es un gesto, cuando menos, excepcional. Los artistas, —de cualquier disciplina artística— pierden el culo por una subvención. Conozco a más de un escritor al que se le llena la boca con palabras como honestidad, dignidad, compromiso, etc., pero no duda lo más mínimo, si la ocasión es propicia, en trincar la pasta de las subvenciones y de los premios, aunque esa pasta huela a mierda a varios kilómetros a la redonda, aunque para ello tenga que comulgar con ruedas de molino.
Está claro que todos los premios son fruto de la subjetividad. Eso, hasta cierto punto, es algo normal. Lo que no es nada normal es que casi todos los premios sean fruto del amiguismo, del mamoneo y de las conspiraciones de salón. Lo digo sin ambages ni medias tintas. Al menos los premios literarios dan asco a nada que se rasque un poco sobre su piel viscosa. Y me temo que en las disciplinas plásticas es incluso peor. A estas alturas del partido, no se entiende muy bien qué hace un escritor de la talla de Eduardo Mendoza (un tipo al que respetaba y al que he leído) jugando a los trapicheos del Planeta. Otro ejemplo: si se repasa la lista de premios Nobel de Literatura se encuentran más de cuatro ejemplos que dan que pensar. Sin ir más lejos, nuestro Echegaray. Pero la lista es bastante larga.
Volviendo a Santiago Sierra he de decir que su postura me parece no sólo un ejercicio de coherencia ideológica (¡qué necesitados andamos de coherencia ideológica, amigo Sancho!), sino también una muestra de valentía, cercana a la temeridad. Qué duda cabe que su rechazo al Premio Nacional de las Artes pone a los responsables políticos de la cultura de este país en un gran brete. Y eso es algo que no se le perdonará jamás. Y luego está el dinero. Desconozco cuál será la situación económica de este artista, pero a nadie amarga un dulce. Y él ha rechazado, de un plumazo, treinta mil euros. En fin, qué queréis que os diga. Que es muy gratificante encontrar artistas tan libres, tan independientes, tan coherentes como Santiago Sierra. Ojalá que cunda el ejemplo. Aunque mucho me temo que no será así.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Las novelas de Bukowski (V)

La forja de un rebelde: La senda del perdedor

En 1982 se publica su cuarta novela, La senda del perdedor . Esta novela entronca directamente con la tradición norteamericana de novelas cuyo protagonista principal es un niño que nos muestra el mundo desde su particular óptica, tales como Tom Sawyer o Huckleberry Finn, de Mark Twain, El Arpa de Hierba, de Truman Capote o El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger. Sin embargo, la obra de Charles Bukowski, por su temática, está más cerca de los sufridos protagonistas infantiles de Charles Dickens (por ejemplo, Sissy en Tiempos difíciles u Oliver Twist en la obra homónima) que de Hackleberry Finn en la novela de Twain o Holden Caulfield en la novela de Salinger.
Durante mucho tiempo John Martin había intentado que Bukowski escribiera una novela sobre su niñez, pero el autor siempre se había negado argumentando que era una época que sólo despertaba en él malos recuerdos, y por tanto, le resultaba muy difícil escribir sobre esa etapa de su vida. En una carta dirigida a John Martin fechada el día siete de octubre de 1976, Charles Bukowski reflexiona a propósito de este tema: “Creo que nunca seré capaz de escribir sobre mi niñez. Quizás con setenta años (…)”. Y no sería hasta 1980 cuando empezara a escribir sus recuerdos de infancia y juventud.
En esta obra se relata la infancia y adolescencia de Henry Chinaski, partiendo desde su primer recuerdo, hasta el día en que Pearl Harbor es bombardeado por la aviación japonesa y los Estados Unidos entran en la Segunda Guerra Mundial. El joven Chinaski nos presenta una época durísima de la historia americana: la Gran Depresión de los años treinta.

La gente empezó a ir a los solares donde crecía la hierba. Habían aprendido que algunas de las hierbas podían ser guisadas y comidas. Había peleas a puñetazos entre hombres en los solares y en las esquinas. Todo el mundo estaba furioso. Los hombres fumaban Bull Durham y no aguantaban a nadie. (…) La gente hablaba de segundas y terceras hipotecas. Mi padre vino a casa una noche con un brazo roto y los dos ojos morados. Mi madre tenía un trabajo en alguna parte que le daba un poco de dinero. Y todos los chicos del vecindario teníamos un par de pantalones para los domingos y otro par de pantalones para diario. Cuando los zapatos se desgastaban, no había otros para reponerlos. En las tiendas se vendían suelas y tacones por 15 o 20 centavos junto a la cola, y éstas se pegaban en los zapatos desgastados.


Además de la terrible situación socioeconómica, Chinaski tiene que soportar el hecho de tener un padre cruel, cuyas palizas se van haciendo prácticamente diarias:

Entré y él cerró la puerta tras nosotros. Las paredes eran blancas. Había un espejo de baño y una pequeña ventana, con una cortinilla negra rota. Estaban la bañera y el retrete y los azulejos del suelo. Cogió la badana de cuero para afilar la navaja de afeitar que colgaba de un gancho. Iba a ser la primera de una serie incontable de palizas que se fueron haciendo más y más frecuentes. Siempre, me parecía a mí, sin una verdadera razón.


Su madre es una mujer sumisa y obediente, incapaz de rebelarse contra el yugo de su esposo. Para colmo de males, Chinaski se ve sorprendido por el peor caso de acné de la ciudad de Los Ángeles:

Pasaron unos minutos y de repente la habitación se llenó de gente. Todos eran doctores. Al menos tenían el aspecto y hablaban como doctores. ¿De dónde habían salido? Creía que apenas había doctores en el Hospital General de Los Ángeles.
—Acne vulgaris. ¡El peor caso que he visto en todos mis años de ejercicio!
—¡Fantástico!
—¡Increíble!
—¡Mirad su cara!
—¡El cuello!
—Acabo de examinar a una joven con acne vulgaris. Su espalda estaba cubierta de granos. Ella lloró y me dijo: “¿Cómo podré jamás ligarme a un hombre? Mi espalda quedará marcada para siempre. ¿Quiero suicidarme!” ¡Y ahora mirad a este tipo! Si ella pudiera verlo, sabría que no tenía razón para quejarse.

Por todo esto, el joven Chinaski se ve rechazado tanto por sus compañeros de colegio como por las chicas. La lectura y la escritura se convierten en la única escapatoria posible, y el único lugar donde se encuentra a gusto, la Biblioteca Pública de Los Ángeles. Allí empieza a leer un libro cada tarde y por sus manos pasan todos los grandes autores americanos y europeos: Upton Sinclair, D. H. Lawrence, Iván Turgenev, Maximo Gorki, John Dos Passos, Ernest Hemingway, Sherwood Anderson, Fiódor Dostoyevski, John Fante y un largo etcétera. Un poco más tarde conoce los encantos del alcohol, creándose un paraíso artificial en el que intenta escapar de todos los horrores de la vida cotidiana:

Nos sentamos en un banco del parque mascando chicle, y yo pensé, bueno, ahora sí que he encontrado algo, algo que me va a ayudar en los días venideros. La hierba del parque parecía más verde, los bancos del parque tenían mejor aspecto y las flores lucían más. Quizás aquella bebida no fuera buena para los cirujanos, pero el que alguien quisiera ser cirujano ya indicaba que no estaba bien desde el principio.


La senda del perdedor retrata a la perfección la otra cara del sueño americano: la carencia de oportunidades, el rechazo social, el alcohol como refugio seguro ante los problemas cotidianos, así como la falta de ambición y de autoconfianza del protagonista. En un pasaje de la novela, su protagonista, Henry Chinaski habla de sus deseos más inmediatos:

Podía ver el camino que se abría frente a mí. Yo era pobre e iba a continuar siéndolo. Pero tampoco deseaba especialmente tener dinero. No sabía qué es lo que quería. Sí, lo sabía. Deseaba algún lugar donde esconderme, algún sitio donde no tuviera que hacer anda. El pensamiento de llegar a ser alguien no sólo no me atraía sino que me enfermaba. Pensar en ser un abogado, concejal, ingeniero, cualquier cosa por el estilo, me parecía imposible. O casarme, tener hijos, enjaularme en la estructura familiar. Ir a algún sitio para trabajar todos los días y después volver. Era imposible. Hacer cosas normales como ir a comidas campestres, fiestas de Navidad, el 4 de julio, el Día del trabajo, el Día de la Madre… ¿acaso los hombres nacían para soportar esas cosas y luego morir? Prefería ser un lavaplatos, volver a mi pequeña habitación y emborracharme hasta dormirme.

En palabras de Barry Miles, autor de una biografía sobre Charles Bukowski, este libro es posiblemente su mejor novela, su Bildungsroman, la historia novelada de su infancia, la torturada relación con su padre, hasta el instituto de secundaria y hasta Pearl Harbor y la primera vez que se marchó de casa. Es una obra conmovedora, mordaz, divertida a veces y a veces inquietante.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Obama

Tengo una amiga que se llama Guadalupe. Ella y yo, la otra tarde, quedamos para tomarnos un café. Eso es algo que hacemos de vez en cuando. No con relativa frecuencia, pero tampoco de higos a brevas. Guadalupe me telefoneó aquella misma mañana. Tengo que contarte algo importante, me dijo con voz trémula. Muy importante, matizó. Después, sentados ante un café, me lo lanzó a bocajarro: Me he enamorado de Barack Obama. Tengo que confesar que yo no estaba preparado para la noticia. Pero hice como que sí. ¿Cómo es eso?, pregunté. ¿El Barack Obama de verdad, el que sale en la televisión? Sí, el mismo, el presidente de los EE. UU, el de yes, we can, el hombre más poderoso del planeta, el number one. Al ver mi cara, mezcla de sorpresa y curiosidad, Guadalupe continuó con su explicación. Es tan guapo, tan sexy, tan elegante, tan inteligente, se mueve tan bien, y tiene una piel tan suave. Esa fue su respuesta. Coño, pero ¿tú lo has pensado eso bien? ¿Qué futuro le ves a vuestra relación? Mi amiga se encogió de hombros y no dijo nada, como si su silencio ya lo dijera todo. Luego, tras beber un par de sorbos de su taza de café con leche, Guadalupe me contó que estaba intentando agregarlo al messenger y hacerse amiga suya del facebook. Así podrían chatear y conocerse más íntimamente. Si todo va como yo espero, continuó, la próxima vez que Obama venga a nuestro país a reunirse con Zapatero, a lo mejor quedamos para tomar algo. Luego podemos ir a su hotel y echar un polvete. Me explicó que a ella no le importa echar un polvo en la primera cita. No es de esas que tienen remilgos la primera vez. Si el chico me gusta, eso no me plantea problemas morales, me dijo. Y este me gusta de verdad. ¡Tiene unos labios tan sensuales! Es que me pone mogollón, me dijo sonriendo pícaramente. Y pensándolo bien, es que el tío es perfecto: ¡si tiene hasta un premio Nobel! Y no uno cualquiera, sino el de la Paz. Eso significa que al menos es buena persona, porque digo yo que no le van a dar ese premio a un pedazo de mierda cabronazo, ¿no? Resumiendo: que encontré a mi amiga Guadalupe enamorada hasta las trancas. Y eso me preocupa. No sé si Obama sabrá quererla como mi amiga merece. Ella necesita un chico que la mime, que sea cariñoso con ella, al que no le importe salir a pasear los domingos y la invite luego a merendar y que le regale bombones y ropa interior de color rojo por san Valentín. Y me da que Obama no es de esos. ¿O estaré equivocado?

martes, 2 de noviembre de 2010

Hasta los cojones de...(III)

- De Zapatero y Rajoy, tanto monta...
- De la visita del Papa, de la pasta que nos cuesta y del por culo que da la criatura.
- Del dinero que los estados gastan en armamento y de que siga habiendo tantísima hambre en el mundo.
- De la mala literatura, sobre todo de los best-sellers.
- De la puta crisis económica.
- Del capitalismo y el neoliberalismo.
- De que el nuevo disco de Juan Perro tarde tanto en ser publicado.
- De las elecciones norteamericanas, de Obama y de los nazis del Tea Party.
- De que suban los precios y bajen los sueldos.
- De que Rubalcaba se crea Batman, Superman, Estrella Plateada y los Cuatro Fantásticos en uno.
- Del cabrón, pederasta, soplapollas Sánchez Dragó (por cierto, ¿alguien conoce a alguien que alguna vez haya leído un libro, cualquier libro, de este tío, o mejor aún, alguien es capaz de decir, sin buscar en google algún título de un libro de este tío?).
- De Sarkozy, de Merkel, de Durao Barroso y de todos los demás fascistas de la UE que llevan a Europa a un callejón sin salida.
- De que Andalucía esté siempre a la cola (de cualquier cosa).

lunes, 1 de noviembre de 2010

Artículo 1 de la Constitución Española

1. España se constituye en un Estado anti-social y anti-democrático sin Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico el sometimiento, la injusticia, la desigualdad y el pensamiento único.
2. La soberanía nacional reside en las mercados financieros, en los bancos y en el Fondo Monetario Internacional, del que emanan los poderes del Estado. El Presidente del Gobierno velará por los intereses de estas organizaciones (y al pueblo español que le den por culo).
3. La forma política del Estado español es la Monarquía parlamentaria de chichinabo, o sea, más falsa que un bolso chino de Dolce y Gabbana.

jueves, 28 de octubre de 2010

Taxonomía

un corazón de goma espuma
un corazón miope
un corazón en penumbra

un corazón armado hasta los dientes
un corazón empapado en mezcal
un corazón abandonado en la calle

un corazón de plástico fino
un corazón liofilizado
un corazón que cree en las casualidades

un corazón catatónico
un corazón al desnudo
un corazón que miente más que habla

un corazón adicto al pecado
un corazón que deja miguitas de pan en el camino
un corazón en harapos

un corazón esquizofrénico
un corazón hiperactivo
un corazón que arriesga la vida

un corazón sin compartimentos
un corazón siempre en guardia
un corazón que huele a bizcocho

un corazón en caída libre
un corazón en bancarrota
un corazón a la deriva

un corazón fugitivo
un corazón invertebrado
un corazón sin coartada

un corazón de plastilina
un corazón de estilo art decó
un corazón casi transparente

un corazón que vuelve de la guerra
un corazón desamparado
un corazón de guante blanco

un corazón sin concesiones
un corazón al galope, desbocado
un corazón a punto de naufragar

mi corazón

miércoles, 27 de octubre de 2010

La princesa Letizia me ha dicho que me ama

Hoy
viendo el telediario en la televisión,
han contado que la princesa Letizia
había estado en nosequé sitio
inaugurando nosequé cosa.
Yo estaba almorzando
y cuando he levantado la vista del plato
he reparado en que la princesa Letizia
me estaba observando.
Un suspiro se le ha escapado
de repente
y mirándome fijamente
me ha dicho: te amo.
Nuestro amor es imposible, le he contestado.
Dame tres buenas razones, ha continuado.
Porque soy anarquista, he argumentado.
Eso no importa, ha sentenciado.
También Bakunin era príncipe y libertario.
Porque ya estoy casado.
Menos aún, se ha carcajeado.
El amor es un gato libre que va por los tejados.
Porque soy poeta.
Joder, eso sí que es chungo.
Poeta tenías que ser.
Nuestro amor ya se ha acabado.

lunes, 25 de octubre de 2010

Dentro del poema

Dentro del poema

hay otro poema

que contiene,

a su vez,

un poema,

en cuyo interior

hay un poema

que tiene dentro

un poema

del tamaño

de una lágrima

o de una galaxia

(según se lea).

domingo, 24 de octubre de 2010

Poema

Poema:

humo etéreo,

nieve efímera,

niebla que se deshace.

Nada. Nada. Nada.

sábado, 23 de octubre de 2010

Cigarrillos y café

Teníamos quince años. Recuerdo las tardes de domingo. Solíamos quedar en su casa porque sus padres iban al fútbol casi todas las semanas. Escuchábamos los discos de Dogo y los Mercenarios, de los Clash, de los Ramones, de Radio Futura o los Burning. Fumábamos cigarrillos rubios, cientos de cigarrillos rubios y bebíamos café. Café negro, amargo, fuerte. Café recién salido de la cafetera, humeante y aromático. A veces comprábamos pasteles. Otras veces alguien llevaba costo. Y nos fumábamos unos canutos. Reíamos. Cantábamos. Hacíamos como que tocábamos la guitarra. Hablábamos del amor, del dolor, de las cosas de la vida. Éramos arrogantes, con esa arrogancia que sólo se tiene a los quince años. Pensábamos que lo sabíamos todo, que teníamos en nuestras manos el secreto, no importa demasiado de qué. Aunque en realidad no éramos más que aprendices, aprendices de todo. Y no sabíamos una mierda de nada. Cuando ya era tarde y sus padres estaban a punto de regresar, abríamos de par en par las ventanas de la casa y dejábamos que el aire frío de la noche entrara a raudales y lo purificara todo. Y nos marchábamos cada uno a nuestra casa porque al día siguiente había que ir al instituto. Y nos volvíamos a encontrar a la misma hora, en el mismo sitio, los mismos amigos, el domingo siguiente.

jueves, 21 de octubre de 2010

Los días salvajes

Estos son los días salvajes.

Días de angustia y óxido.
Días de tumbas mancilladas.
Días autistas.
Días amnésicos.

Estos, de ahora, son los días salvajes.
Estos son los días de la inmundicia.
Estos son los días de la maleza y la herrumbre.

Días de tierra quemada.
Días de sueños podridos.
Días para desterrar el orgullo.

Estos no son días de esperanza.
Estos no son días de vino y rosas.
Ni siquiera son días azules.

Días sin futuro. Eso es lo que son.

Los días salvajes.

martes, 19 de octubre de 2010

Sequía

Llevaba más de tres semanas sin escribir una frase. Desde que se ganaba la vida con su escritura, de manera más o menos profesional —más mal que bien, todo había que decirlo— jamás había estado tanto tiempo sin escribir absolutamente nada. Ni un cuento, ni un artículo periodístico, ni tan siquiera un mal verso que llevarse a la impresora. En otras ocasiones de sequía creativa, la poesía siempre le había servido de tabla de salvación. Bastaba con escribir un buen verso para que el maleficio del bloqueo literario se desvaneciera como la niebla matinal. Como por arte de magia. Pero esta vez la cosa parecía diferente. Esta vez era incapaz de encontrar ese verso. Ni un maldito haiku. Joder, pensó, mira que si no vuelvo a escribir en mi puta vida. Tendría que volver a las clases de la universidad. Dios, como odio las putas clases, con todos esos zopencos drogadictos y subnormales pensando en el botellón. La sola idea de tener que volver a impartir clases de literatura norteamericana le aterraba. Estaba hasta las pelotas de Faulkner, de Hemingway, de Poe y de su puta madre. Sólo de pensar en Moby Dick se le revolvían las tripas y le entraban unas ganas terribles de cagar. Y prefería el suicido antes que volver a leer versos de Aullido o de La tierra baldía. Así que tomó papel y bolígrafo con la intención de desarrollar un buen argumento para escribir un relato corto decente. Nada. Sequía total. Después de una hora no había escrito ni una sola palabra. Es por el bolígrafo y el papel, dijo en voz alta, como si hablase con alguien, aunque estaba más solo que la una —desde que su mujer lo dejó por un tío más joven, más guapo y con la polla mucho más grande que la suya, su estado natural era la soledad). Así que cogió el ordenador portátil y se sentó delante de él. Seguro que con este chisme me relajo y lo consigo. Esperó unos minutos a que el ordenador se pusiera en marcha y abrió un documento de word. Escribió: El hombre se bajó del coche. Eran las tres de la tarde. Mierda. Mierda. Mierda. Y borró la frase. Empezó de nuevo: Los ojos de María eran del color de los caramelos de miel. Hostia puta, como siga así, acabaré escribiendo como Corín Tellado, pensó. Y así una y otra vez. Más de diez intentos. Basura. Sólo basura. Las frases que se le ocurrían apestaban. La sequía creativa que estaba padeciendo era mucho más seria de lo que había pensado en un primer momento. La dicotomía vital que se le planteaba estaba clara: literatura norteamericana en la facultad de filología o arrojarse a la vía del tren. Adolescentes pastilleros y borrachuzos o gusanos en un ataúd. De pronto lo vio todo claro. Escribiría un cuento sobre un escritor que sufre un bloqueo.
Llevaba más de tres semanas sin escribir una frase. Desde que se ganaba la vida con la escritura… tecleó en el ordenador. Y la cosa comenzó a fluir.

domingo, 17 de octubre de 2010

Palabras

…porque las palabras son cadáveres…
Francisco Umbral

Palabras
que nombran el mundo.

Palabras que expresan
el dolor de los que pierden,
el deseo de los que aman.
Palabras con forma de navaja,
afiladas,
frías,
metálicas,
que se clavan en el vientre insomne de la noche.
Palabras que describen
el miedo atávico de los hombres,
el azul de los delfines,
el prodigio de las utopías.

Palabras
que
narran
impúdicas
hazañas
bélicas.

Palabras como cadáveres
sobre el asfalto mojado.

Palabras que ya no respiran,
que no llenan el vacío
que van dejando
los días que pasan.
Palabras que disparan como una pistola nerviosa.
Palabras que tiritan de frío
en un banco
de un parque
de Granada.

Palabras solitarias.
Palabras oxidadas.
Palabras exiliadas.
Palabras sin alma.
Palabras que lo dicen todo.
Palabras que apenas significan nada.

(Poema incluido en mi libro Versos de alambre de espino, Editorial Alhulia, 2009)

viernes, 15 de octubre de 2010

Reyes

Teníamos todo el tiempo del mundo para perder. Nada nos importaba. Nos sentíamos como reyes, como auténticos reyes, en libertad absoluta para hacer lo que nos diera la gana en cada instante. Y tal vez lo éramos. Nos levantábamos a mediodía. Nuestros desayunos eran interminables. Nos gustaba charlar de esto y aquello, y fumar un cigarrillo tras otro. A ella le encantaba reírse de todos sus ex. Yo contaba anécdotas de otras épocas de mi vida. Algunas conseguían arrancarle una carcajada. Mientras comíamos tostadas de mantequilla y mermelada de fresa o pastelitos de chocolate y bebíamos taza tras taza de café con leche, poníamos música. Buscábamos alguna emisora en la radio donde hubiera música clásica: Bach, Mozart, Beethoven. Disfrutábamos, más que con ningún otro, con la música desordenada y rompedora de Mahler. Si había suerte y encontrábamos algo del compositor checo, nos quedábamos allí quietos, sentados en el sofá o simplemente tirados por el suelo, sin decir una palabra. Nuestros cinco sentidos puestos en la música. También nos gustaban las canciones de Leonard Cohen. En alguna ocasión encontramos, por casualidad, alguna vieja canción del canadiense y bailábamos muy juntos, abrazados como niños. A veces salíamos a dar largos paseos por el campo. Mirábamos los pájaros volar. O simplemente nos sentábamos sobre la hierba mojada de algún rincón despoblado a aspirar el olor a naturaleza, a lluvia fresca, y nos dejábamos perder en nuestros propios pensamientos. O íbamos de compras. Algunos días comprábamos compulsivamente, como lo harían dos enfermos terminales. Recuerdo un día en que gastamos un montón de pasta en ropa interior para ella. Solíamos gastar sin preocuparnos del futuro. El dinero no importaba. Por primera vez en mi vida, el dinero no era el problema. O mejor dicho, por primera vez en mi vida, no había ningún problema. Por las noches, después de cenar, veíamos películas antiguas, en blanco y negro. Mucho cine negro: Al rojo vivo, Casablanca, El halcón Maltés, El último refugio, Tener y no tener, Enemigo público número uno, El cartero siempre llama dos veces… Las de Bogart y Cagney eran nuestras favoritas. Podíamos verlas una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez. Si ese día nos sentíamos con ganas de reír, elegíamos una comedia de la época dorada de Hollywood: La fiera de mi niña, Historias de Philadelphia, Bola de fuego, Ser o no ser y otras por el estilo. Nunca discutíamos. Algo completamente anormal, si tenemos en cuenta que, en mis anteriores relaciones, las discusiones eran tan cotidianas como ir al supermercado o hacer la colada. Pero no con ella. Con ella no hubo ninguna discusión en todo el tiempo que compartimos. Follábamos casi a diario. Éramos dos seres absolutamente lujuriosos. Me gustaba acariciarla largamente. Sin prisas. Prenderle fuego al tiempo. Dejarlo que se fuese consumiendo, poco a poco, hasta que sólo quedaran los rescoldos. Yo la amaba hasta el delirio. A veces, ella clavaba sus uñas en mi espada y me decía, con voz suave, hipnótica, apenas perceptible, que me quería. Yo jamás le dije a ella que también la quería. No me sentía con fuerzas para decirlo. O tal vez sea que no era capaz. Qué se le va a hacer. Siempre fui un cobarde. Después de corrernos nos quedábamos extenuados, y nos dormíamos, muy juntos, dos cuerpos sudorosos, desnudos, el cabello revuelto, la ropa tirada por el suelo. Al día siguiente volveríamos a tener todo el tiempo del mundo para perder. Ella y yo. Los dos juntos. Como reyes. Como auténticos reyes. Por primera vez en nuestras vidas. Y quién podría decirlo, tal vez por última.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Lo peor de todo

Lo peor de todo es el silencio

y estas ganas terribles

de desempolvar mis alas blancas

y echar a volar

hacia el resplandor azul de sus ojos.

lunes, 11 de octubre de 2010

Las novelas de Bukowski: Mujeres (IV)

De amor y sexo: Mujeres

En 1978 aparece la tercera novela de Charles Bukowski, que se había empezado a fraguar a principios de 1976 y cuyo título inicial iba a ser Historias de amor de la hiena. Finalmente aparecerá con el nombre más genérico de Mujeres. La novela gira en torno a las relaciones personales. En este libro sigue estando presente el escritor inmaduro, irresponsable y borracho que ya conocíamos por sus primeras novelas y sus relatos cortos. En esta ocasión Bukowski nos relata las aventuras y desventuras de un Chinaski que ya ha saboreado las mieles del éxito como escritor y que empieza a conocer el lado negativo de la fama. La historia central gira en torno a las relaciones afectivas y sexuales del escritor. Tras un período aproximado de unos cuatro años en el que no ha tenido ninguna relación sexual o amorosa (“Yo tenía cincuenta años y no me había acostado con una mujer desde hacía cuatro.”), conoce a una chica y entablan una relación de pareja. A partir de este momento, las mujeres se suceden en su vida a un ritmo vertiginoso. A lo largo de la obra, Chinaski mantiene relaciones sexuales con veinte mujeres distintas. Las hay que sólo quieren sexo, pero otras quieren algo más: “Y sin embargo, las mujeres, las buenas mujeres, me daban miedo porque a veces querían tu alma, y lo poco que quedaba de la mía, quería conservarlo para mí.”, señala Henry Chinaski. Al mismo tiempo, Chinaski nos habla de sus lecturas poéticas en las universidades americanas, de su relación con otros escritores, de las cartas que recibe diariamente de sus seguidoras, de sus citas a ciegas con mujeres que vienen desde la otra parte del país para conocer cara a cara al escritor que las ha deslumbrado con su poesía y su prosa o de los ratos que pasa en el hipódromo, apostando o simplemente bebiendo.
La relación más importante de la novela la establece con Lydia Vance, una escultora a la que conoce en una lectura poética. A esta mujer le encantan las fiestas y la vida social, algo que Chinaski detesta profundamente. Algunos días después de su primer encuentro, ella le pide al poeta que pose como modelo para hacer una escultura de su cara, y a partir de ese momento comienza una tragicómica relación amorosa salpicada de sexo, fiestas, celos y peleas:

Lydia cogió mi máquina de escribir y fue corriendo con ella hasta el centro de la calle. Era una máquina pesada y antigua, modelo estándar. Lydia la levantó por encima de su cabeza con las dos manos y la estampó contra el suelo. El rodillo y otras piezas salieron volando. Volvió a levantarla otra vez, la alzó por encima de su cabeza y gritó: ¡NO ME HABLES DE TUS MUJERES!, y volvió a estamparla otra vez contra el suelo.


Al final del libro, y a pesar de todas las relaciones negativas que ha mantenido, sigue habiendo lugar para la esperanza. Ésta viene representada por Sara, la dueña de un bar de comida naturista a la que también ha conocido en una lectura poética, y de quien finalmente parece haberse enamorado:

Sara era una buena mujer. Tenía que centrarme. Cuando un hombre necesitaba muchas mujeres, era porque ninguna de ellas era buena. Un hombre podía perder su identidad jodiendo demasiado por ahí. Sara se merecía mucho más de lo que yo le daba. Ya era hora de que me portara como es debido.

sábado, 9 de octubre de 2010

Bichos

Tengo el cerebro lleno de bichos. No son visibles a simple vista. Pero yo sé que están en el interior de mi cráneo, horadando galerías internas en mi cerebro. Hace tiempo que andan por ahí. Los siento moverse. Oigo cómo se desplazan. Arriba y abajo. A izquierda y derecha. Siento sus microscópicas patas clavarse en mi corteza cerebral. Dan vueltas sin cesar. A veces con lentitud y parsimonia. O a toda velocidad, como si se hubiesen vuelto locos. Depende. Hablan mucho entre ellos. Yo no los entiendo, pero me da que dicen cosas raras de mí. Se reproducen de manera vertiginosa. En este mismo momento, millones de larvas diminutas están a punto de salir de sus huevos. Así que, en los próximos días, cantidades ingentes de bichos poblarán mi cerebro. Su piel es similar a la de los sapos, viscosa, de un color oscuro indefinido. Son gelatinosos. De aspecto asqueroso. Al moverse van dejando un rastro de líquido blanquecino. No sé cómo han llegado a mi cerebro. Si entraron solos o alguien los puso allí en un descuido. La única certeza que tengo es que viven allí. Y que no pararán hasta que lo ocupen por completo, hasta que sean los dueños absolutos de mi voluntad.

jueves, 7 de octubre de 2010

Antipoesía

¿Qué es poesía?
Gustavo Adolfo Bécquer

¿Qué es antipoesía?,

dices mientras das un trago

a tu cerveza fría.

¡Qué es antipoesía! ¿Y tú me lo preguntas?

Antipoesía… soy yo

miércoles, 6 de octubre de 2010

Bailar descalza

A mi pequeña

Adela

le gusta bailar

descalza,

como lo hace

un poema

nocturno

o

un rayo de sol

otoñal,

perezoso,


descalza,

como bailan

las palabras

en las canciones

de Patti Smith.

(Para mi pequeña Adela, que hoy cumple siete años.)

viernes, 1 de octubre de 2010

Escribo de noche

Escribo de noche, cuando todos duermen. Sólo el maullido, aquí y allá, de un gato callejero, rompe el sosiego de la noche tranquila. O los ladridos lejanos de un perro. A veces pasa un coche y deja en la oscuridad un rastro de humo y ruido. Las noches de lluvia, las gotas me regalan una sinfonía de notas minimalistas. Hay noches en las que busco refugio en la música. Siempre algo suave: Billie Holliday, Chet Baker, Aute, Bill Evans, Antonio Vega, viejos discos de blues. Música clásica. Otras noches prefiero el silencio. El silencio ejerce un gran magnetismo sobre la escritura. Algunos de los mejores versos que he escrito —si acaso he escrito alguno— han nacido del silencio. Me dejo envolver por él. Me acaricia. Me abandono a sus murmullos. Y lo mimo. Y como recompensa me premia con la alquimia de las palabras. Así, las metáforas y los símiles emergen de mundos ignotos, para acabar en un poema que he escrito yo.
Escribo de noche. Me siento frente a la hoja en blanco y me dejo llevar. Las palabras van ocupando el espacio, poco a poco, avanzando como soldados en el campo de batalla, tambaleándose, dispuestas para el combate. A veces, esas palabras ejercen sobre mi ánimo un efecto balsámico. Me tranquilizan. Me apaciguan. Me serenan. Otras veces, sin embargo, esas mismas palabras prenden en mí como un cóctel molotov, provocando pequeños incendios en el alma. Uno nunca sabe qué pasará con las palabras. Si tomarán un camino o el contrario. Si conducirán a la paz o a la guerra. Si serán de amor o de odio. Terapéuticas o cancerígenas. Lo que está claro es que la palabra jamás es inofensiva. Siempre hay un propósito detrás de cada palabra. Siempre. Aunque a veces se trate de ocultar y para ello se empleen trucos baratos de feriante. Hay noches en que esas palabras intentan, por todos los medios, volar solas. Buscan su camino, vagabundean, se mueven con libertad. Esas noches es difícil hacerlas entrar en razón. Creedme. No hay nada más terco que una palabra que va a su aire, sin dejarse someter, sin hacer caso a las señales, sin respetar las normas. Aunque luego el resultado es mucho más excitante.
Escribo de noche. A veces preparo café. El aroma del café se extiende por la habitación y ocupa cada rincón, cada recoveco de la estancia. El aroma del café me recuerda la felicidad. Algunos de los momentos más felices de mi vida están impregnados del olor del café recién hecho. Es por esto que me gusta preparar café, aunque la mayoría de las veces doy un par de sorbos y el café acaba frío en la taza. No siempre es así. En otras ocasiones tomo dos, tres tazas. Bien caliente. Y sin azúcar. Me gusta el sabor amargo del café. Me reconforta. Y me hace sentir bien. Al final, los pequeños detalles son los únicos que cuentan. Nos acordamos de un beso fugaz que dimos de madrugada. De una mirada que nos hizo estremecer. De una palabra que nos dolió como una puñalada en el estómago. Del sabor amargo de un café que tomamos una mañana de frío de cuando teníamos veinte años. Pequeños detalles. Sólo eso. Pequeños detalles.
Escribo de noche. A veces, el tiempo pasa despacio. Notas cómo los minutos se atascan. Son incapaces de avanzar. Se van agolpando, uno detrás de otro, sin posibilidad de seguir adelante. Se forman colas interminables de minutos, de segundos, de milésimas de segundo. Como automóviles en una autopista en hora punta. Entonces no existe ninguna posibilidad de movimiento. Todo se ralentiza. No hay avance posible. Esas noches son interminables. Eternas. Y no hay nada que pueda hacer para que el tiempo siga su curso. Así que lo mejor es aceptarlo. Y me resigno. Otras noches, sin embargo, las horas se escurren como la arena del desierto entre los dedos. Vuelan como pájaros luminosos. Se lanzan al vacío. Es como si el tiempo se comprimiera y las horas se travistieran de segundos. Esas noches se parecen a los sueños. Visto y no visto. Noches irreales, fragmentadas, crepusculares.
Noches de escritura.
Noches que escupen poesía.

jueves, 30 de septiembre de 2010

Hay días

Hay días que preludian un desastre.
En ellos se entremezclan,
por los rincones del absurdo,
las multas de tráfico
los dolores de cabeza,
las rosas muertas,
los estúpidos programas
de televisión.

La noche urgente
golpea las ventanas
de las casas ahí afuera,
y todos los dioses se emborrachan
con alcohol de garrafa,
y la ausencia dolorosa
de algo a lo que agarrarse
se aferra a tu vida,
y entre el mundo y tú se levanta
un muro infranqueable
de abismo y hormigón.

Hay días absolutamente desastrosos.

lunes, 27 de septiembre de 2010

De regreso al hogar

El poeta,

para no perderse

en el bosque,

fue dejando

miguitas de versos,

aquí y allá,

con la intención

de regresar

sano y salvo

al hogar.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Érase una vez un país

Érase una vez un país donde gobernaba la socialdemocracia, aunque a ellos les gustaba utodefinirse como "socialistas". El gobierno de este país, con su Presidente a la cabeza, tenía por costumbre mentir a los ciudadanos. No era nada extraño oírles decir una cosa para, acto seguido, hacer todo lo contrario. Sucedió que, en la época en que gobernaba la socialdemocracia en este país, estalló una gran crisis económica mundial, producida por la avaricia sin límite de las grandes corporaciones capitalistas, que se habían dedicado a trapichear con el dinero ajeno como mangantes del tres al cuarto. Durante una legislatura completa y la mitad de otra, el gobierno de este país puso en marcha medidas económicas a las que podríamos calificar de excéntricas y demagógicas, tales como regalar a cada persona cuatrocientos euros, pagarles cien euros a cada mamá con hijos menores de tres años independientemente de cuál fuese su nivel de ingresos, comprar un ordenador a cada niño de quinto de primaria aunque ese niño fuese hijo de un multimillonario, etc., etc. Cada una de estas medidas, por sí sola, no suponía un coste excesivo, pero todas juntas, llevaron al Estado a una situación cercana a la bancarrota. Así pues, bajo la influencia de múltiples factores nacionales e internacionales, la economía de este país entró en una terrible recesión y la destrucción de empleo fue masiva, llegando a la nada desdeñable cifra de cuatro millones seiscientos mil desempleados. No obstante, el Presidente del Gobierno juraba y perjuraba que no habría recortes sociales, que la crisis no la pagarían los de siempre (léase las trabajadoras y los trabajadores). Mientras tanto, los sindicatos mayoritarios, que se habían vuelto conniventes con el poder y poco reivindicativos, eran incapaces de morder la mano que les había estado dando de comer. Pero resultó que el Gobierno de este país puso en marcha una serie de medidas encaminadas, según ellos, a sacarnos de la crisis. Las medidas eran, a todas luces, reaccionarias, conservadoras y antisociales. Hubo una gran oleada de recortes sociales y, desde el Gobierno, se impulsó una reforma laboral que abarataba el despido y precarizaba, más aún, si cabe, el empleo. La envergadura de las medidas adoptadas era tal, que los sindicatos mayoritarios, antaño sostén incuestionable de la paz social, de la concertación y del gobierno, se vieron obligados a convocar una huelga general. En el país donde tuvieron lugar estos acontecimientos, la huelga era un derecho reconocido por la Constitución, que también reconocía otros derechos, como el derecho a una vivienda, al trabajo, a la educación, a la sanidad, etc., etc. Pero todos los ciudadanos de este país sabían que eso eran sólo palabras escritas en un papel.
En torno a esa huelga general, se contaron muchas, muchas mentiras. Por ejemplo, se contó que la gente podía decidir libremente si iba o no iba a la huelga. Pero resulta que eso no era cierto. Porque muchos trabajadores y trabajadoras recibieron la consigna, por parte de su empresa, de que, si se apoyaba la huelga, "peligraba el puesto de trabajo". Los medios de comunicación reaccionarios (es decir, prácticamente todos los medios de comunicación) pusieron en marcha la maquinaria pesada contra los sindicatos (se les acusaba de cobrar subvenciones, algo que en este país estaba a la orden del día. Un inciso: en el país de nuestro cuento, cobran subvenciones públicas desde la editorial Planeta al diario El País; desde la Duquesa de Alba a los equipos de fútbol, pasando por las empresas del carbón, la automovilística, la banca, etc., etc. No hay ni un solo sector que no tenga subvenciones). También se contó que aquella huelga general no serviría de nada. Pero el gobierno era consciente de que sí serviría, y de que, de su éxito o fracaso dependerían muchos de los próximos movimientos de aquel Gobierno errático y derechoso. También se contó que aquella era una huelga política. Y resultó que aquello sí era cierto, pues aquella era una huelga contra la política del Gobierno de la nación, una política encaminada a satisfacer el hambre voraz de los mercados financieros, y que, sin embargo, atacaba, sin miramientos, lo poco que quedaba del mal llamado "Estado del bienestar".
El futuro de las trabajadoras y los trabajadores de este país, el de sus hijos e hijas, estuvo, por una vez, en sus manos. Si se apoyaba la huelga y esta era un éxito, las cosas, el día de mañana, podrían ser un poco menos malas para todos. Si por el contrario, la huelga fracasaba, y se dejaba el camino expedito para que el gobierno socialdemócrata y los próximos gobiernos conservadores hicieran y deshicieran a su antojo, el mundo sería un lugar peor. Sin lugar a dudas. Mucho peor.

martes, 21 de septiembre de 2010

Yo copio, tú copias, él copia...

Hace unos días dejé el el blog un poema titulado "El amor: efectos adversos". En él comparaba al amor con una enfermedad que puede tener distintos efectos nocivos para la salud humana. Un lector anónimo (o lectora, tanto da) me dejó un comentario/consejo/crítica: "No copies a Sabina." "Más quisiera Sabina", fue mi respuesta, medio en broma, medio en serio. Puede parecer, en principio una frase escrita para epatar, pero no es así. Es lo que pienso. A mí Joaquín Sabina me parece un tío que ha escrito un puñado de excelentes canciones ("Ahora que", "El rocanrol de los idiotas", "Y sin embargo", "La canción más hermosa del mundo" y alguna más); y otras que ni fu ni fa. Eso si hablamos de él como escritor de canciones. Si lo hacemos como escritor de poemas, que el espíritu de Bakunin nos proteja. Sus sonetos me parecen un bodrio de talla XXL. Habría que ver si Visor hubiese publicado Ciento volando de catorce, si en vez de Joaquín Sabina el autor de esa cagada hubiese sido, por ejemplo, Jacinto Díaz, con todos mis respetos hacia el susodicho Jacinto. Creo que la respuesta es evidente.
Por otra parte, y centrándonos en el tema de las influencias, o como insinuaba el Anónimo, del copieteo, leí hace unos días una entrevista con el director de cine Álex de la Iglesia, y venía a decir el director de El día de la bestia que esa es, precisamente, la característica principal del postmodernismo, la capacidad de copiar a los maestros. Nada que objetar. Todos copiamos. Desde el autor más consagrado al principiante. Poetas, novelistas, directores de cine, guionistas, pintores, escultores, diseñadores y músicos, entre otros, toman de aquí y allá, y es de ahí, de esa mezcla de donde nace la creación. La diferencia radica, obviamente, en la originalidad del resultado. A unos se les nota más y a otros menos. Yo creo, con total honestidad, que a mi escritura se le nota poco. Y eso se debe a que utilizo un gran abanico de influencias, donde caben desde una frase de Bob Esponja o un verso de San Juan de la Cruz a una escena de Vidas cruzadas o un tebeo de Carlos Giménez. En uno de mis libros hay un poema que se titula "Escenas de una batalla casi perdida" de un tono bastante descorazonador. Cierto poeta me dijo, muy circunspecto, que se notaba la influencia de la poesía existencialista en sus versos. Por supuesto, respondí. En realidad el poema había nacido de una frase que escuché en la serie de dibujos animados Futurama. Conclusión: Yo también copio, pero a Sabina, ¡ni de coña! En cualquier caso a...

lunes, 20 de septiembre de 2010

Las novelas de Charles Bukowski: Factótum (III)

Haciendo añicos el sueño americano: Factótum

En 1975, aparece Factótum, la segunda novela de Charles Bukowski. A propósito del proceso de creación de la novela, Neeli Cherkovski cuenta:

En medio de la creación de nuevos poemas, la desenfrenada sucesión de recitales de poesía y el continuo drama con Linda, Hank acabó su segunda novela, Factótum. Había descubierto el título un día en que estaba buscando algo en el diccionario: se topó con la palabra y, al leer la definición, decidió que era lo que le iba a los años cuarenta, el período sobre el que había escrito; “Persona que hace toda clase de servicios…” El título fue fácil, pero escribir la obra no: trabajó esporádicamente en el libro a finales de 1973 y durante el año siguiente. En el otoño de 1974 estuvo a punto de quemarlo, pero lo acabó a tiempo para su publicación.

En Factótum, Bukowski nos presenta al joven Henry Chinaski en el período de tiempo que se extiende desde la Segunda Guerra Mundial hasta el comienzo de la década de los años cincuenta. Cada vez más cerca de convertirse en un antihéroe, Bukowski nos narra las idas y venidas de Henry Chinaski a lo largo y ancho de los Estados Unidos, desde Nueva York a Filadelfia, pasando por Nueva Orleans, Chicago, San Luis, Dallas, San Francisco o Miami. Chinaski viaja de un sitio para otro, sin destino predeterminado. Su medio de transporte favorito es, sin duda, el autobús:

Llevé a Henry Miller conmigo y traté de leerlo a lo largo del viaje. Era bueno cuando era bueno, y viceversa. Acabé con una botella de whisky, luego otra, y otra. El viaje duró cuatro días y cinco noches. (…) Yo siempre he padecido de insomnio y en un autobús sólo puedo dormir cuando estoy totalmente borracho. Ni siquiera lo intenté. Cuando llegamos no había dormido ni cagado en cinco días y apenas podía caminar.

De esta manera, se convierte en un asiduo de las terminales de autobuses Greyhound de todo el país:

Luego di una vuelta por la estación y me senté en los incómodos bancos junto a los demás pasajeros. Estábamos allí todos sentados, contemplándonos unos a otros y contemplando el vacío. Mascábamos chicle, bebíamos café, entrábamos en los retretes, orinábamos, nos dormíamos. Nos sentábamos en los duros bancos de espera y fumábamos cigarrillos que no queríamos fumar. Observábamos a los demás y no nos gustaba lo que veíamos.


A lo largo de la obra, el protagonista se enfrenta a unos veinte empleos, unas veces humillantes y otras, simplemente cómicos. En la mayoría de las ocasiones, estos trabajos no duran más de una semana, y algunos, no más de unas horas. Recolecta fruta, empaqueta revistas, hace recados en un periódico, fabrica galletas para perros, embala ropa de señoras, pedales de bicicleta, tubos fluorescentes, etc. Entre empleo y empleo, bebe, apuesta en las carreras de caballos y conoce a mujeres tan desesperadas y autodestructivas como él mismo. Una de estas mujeres es Jan.

Había tenido dos niños, pero tenía un polvo de lo más acojonante. Nos habíamos conocido en una camioneta-bar —yo estaba gastando mis últimos cincuenta centavos en una grasienta hamburguesa— y habíamos empezado a hablar. Ella me invito a una cerveza, me dio un número de teléfono, y tres días más tarde me mudaba a su apartamento.

Con Jan inicia una relación amorosa repleta de borracheras, sexo y peleas. Cuando las resacas y los empleos se lo permiten, Chinaski trata de abrirse camino como escritor, escribiendo relatos cortos que envía a revistas como Harper y Atlantic Monthly.

La mayoría de ellos los mandaba a Clay Gladmore, cuya revista neoyorquina Frontfire yo admiraba. Sólo pagaban 25 dólares por historia, pero Gladmore había descubierto a William Saroyan y a muchos otros, y había sido amigo íntimo de Sherwood Anderson. Gladmore me devolvía muchas cosas con notas de rechazo escritas por él mismo.


Hasta que un día, al fin, Gladmore le envía una nota donde le comunica que un relato de Chinaski será publicado en el próximo número de Frontfire. Chinaski se vuelve loco de alegría:

Me levanté de la silla sosteniendo todavía la nota ente mis manos, mi PRIMER texto aceptado. De la revsita literaria número uno de América. Nunca me había parecido el mundo tan hermoso, tan lleno de promesa. Caminé encima de la cama, me senté, me tumbé en el suelo, la leí otra vez, estudié cada curvatura de la firma de Gladmore. Me levanté, llevé la nota hasa la cómoda, la apoyé allí. Entonces me desnudé, apagué las luces y me emtí en la cama. No me podía dormir. Me levanté, encendí la luz, me acerqué a la cómoda y la leí de nuevo: Estimado Sr. Chinaski…


Factótum describe el cansancio, sufrimiento y humillación de su protagonista como si se tratase de una novela de denuncia social de los años treinta, al estilo de las novelas de John Steinbeck, pero sin el tono melodramático que caracterizó a este tipo de literatura.

Para el profesor Cándido Pérez Gállego, Factótum,

Nos conduce a un decorado sombrío en el que Chinaski lleva una existencia picaresca, cambiando de amor y de dueño, alternando la borrachera con el sexo y dando prueba de un absoluto fracaso vital. El estilo es directo, seco, no lejano del de (Richard) Brautigan, de notable eficacia. (…) Este decorado nos lleva a una vida contracultural: los hoteles lúgubres se suceden, las personas anodinas entran y salen. Hay una extraña sensación de libertad.

domingo, 19 de septiembre de 2010

Yo, de mayor, quiero ser como José Antonio Labordeta


(...)

También será posible
que esa hermosa mañana
ni tú, ni yo, ni el otro
la lleguemos a ver;
pero habrá que forzarla
para que pueda ser.

Que sea como un viento
que arranque los matojos
surgiendo la verdad,
y limpie los caminos
de siglos de destrozos
contra la libertad.

Habrá un día
en que todos
al levantar la vista,
veremos una tierra
que ponga libertad.

Fragmento de "Canto a la libertad", canción compuesta por José Antonio Labordeta (Zaragoza, 10 de marzo de 1935- Zaragoza, 19 de septiembre de 2010).

viernes, 17 de septiembre de 2010

Caballos

A veces, cuando vuelvo del trabajo a mediodía, paso junto a una finca en la que pastan, ajenos al mundo, una manada de ocho o diez caballos. Son todos de color marrón, menos uno, que es blanco, moteado de pequeñas manchas negras. Son caballos adultos, pero hay dos potros que suelen estar mamando de las ubres de sus madres. Son hermosos y se les ve felices, corriendo en libertad por el campo.
Uno de esos días que volvía a casa después del trabajo, el único caballo blanco de la manada estaba en medio de la carretera, comiendo hierba seca de la cuneta. Detuve el coche delante de él, y se quedó mirándome. Esperé durante unos segundos a ver si se apartaba, pero el caballo seguía allí, de pie, mordisqueando aquí y allá, ignorando por completo aquel coche blanco que tenía ante sus narices. Así que no me quedó más remedio que parar el motor de mi coche y bajarme, despacio, para no asustarlo. Lo agarré de la cabeza con suavidad, casi con ternura, y comencé a hablarle con voz suave tratando de no asustarlo. Él seguía a lo suyo, sin inmutarse. Al final conseguí que volviera con el resto de los caballos y yo regresé al coche y continué mi camino de vuelta a casa.
Conduciendo, me acordé de un relato de Raymond Carver que había leído hacía unos cuantos años.
En el cuento de Carver es de madrugada y hay una gran niebla. El protagonista de la historia acaba de sufrir una crisis matrimonial y está sentado mirando el fuego crepitar en la chimenea. De repente oye un ruido en el jardín y al asomarse descubre unos cuantos caballos paseando junto a su coche, mordisqueando la hierba del jardín. La sorpresa del hombre es mayúscula. Así que decide despertar a su mujer para que admire el pequeño milagro de aquellos caballos correteando allí fuera.
En todo eso voy pensando, en Raymond Carver y en los caballos de su cuento, y en el caballo blanco que acabo de apartar de la calzada para poder pasar y en los potrillos que no se separan de sus madres. Y sigo conduciendo hasta mi casa con la esperanza de que mañana los caballos sigan pastando en aquella finca junto a la carretera.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Narcisismo

Te amo más que a mí mismo, le dijo el hombre al tipo despistado que lo miraba, fijamente, desde el fondo del espejo.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Y ahora en francés...

Este verano escribí un artículo, que fue publicado en Rebelión, titulado Un día histórico. Manuel Colinas, a quien no tengo el gusto de conocer, se tomó la molestia de traducirlo al francés, y de enviarlo a algunas webs francesas. Como es la primera vez que alguien traduce un texto mío, me voy a tirar el rollo y lo voy a poner aquí. Para que se joda Sarkozy.

Un jour historique.

Ce matin, j’avais dans l’idée de mettre sur mon blog un récit que j’ai écrit ces derniers jours avec pour titre « Un jour quelconque ». Mais, à sa place, je vais écrire, plein de rage et d’impuissance, quelques mots sur ces cinq êtres humains, ces trois femmes adultes (l’une d’elles était enceinte) et ces deux bébés qu’on vient d’enterrer, le 15 juillet, dans le Cimetière Municipal de Motril (Espagne). Ces cinq personnes sont mortes, samedi 10 juillet. Elles naviguaient, ainsi que trente-sept autres, sur une embarcation de fortune. Elles se sont noyées en mer alors qu’elles se dirigeaient vers nos terres dans l’espoir d’y trouver un avenir un peu meilleur que celui qui les attendait dans leur pays (ces malheureux ne savent pas ce qui en réalité les attend de ce côté-ci de la Méditerranée ; s’ils le savaient…). Lecteurs qui me lisez, si vous avez vu les images que la Télévision a transmises des cercueils de ces enfants, vous comprendrez ma rage et ma colère et je suis certain que vous la partagez parce que personne ne peut rester indifférent devant tant de douleur et tant d’injustice.

Le hasard a voulu que le lendemain du jour où sont survenues ces cinq terribles morts, le dimanche 11 juillet, notre pays tout entier a été pris de folie suite à la finale du Mondial de football (un évènement historique, qu’on nous a répété sur tous les tons).

Que voulez-vous que je vous dise ? Que ce qui, pour moi, est véritablement historique, (même si c’est devenu, c’est vrai, presque un événement quotidien), c’est qu’on enterre ces cinq personnes dans la plus infinie solitude et de la façon la plus anonyme qui soit.

Pour moi, ce qui est historique, c’est cet échec le plus total de l’espèce humaine, de nos responsables politiques toutes obédiences confondues, des organisations humanitaires et tout le saint-frusquin puisque nous sommes, nous tous, incapables d’empêcher que deux bébés et trois femmes ne se noient à quelques milles marins des côtes de Motril.

Pour moi, ce qui serait historique, ce serait qu’une maudite fois pour toutes quelqu’un mette un point final à ce genre de tragédies ou que d’autres êtres humains ne soient pas poussés, au péril de leur vie, à venir dans un pays où on les traite du bout du pied et où on les accuse de tous les maux existant et à venir.

Pour moi, ce qui serait historique, ce serait que la richesse soit partagée, qu’un individu ne puisse pas se fourrer dans la poche six cent mille euros rien que parce qu’il gagne quelques matchs de football et que les autres puissent vivre sur la terre qui les a vu naître sans être obligés de s’élancer sur la mer vers une mort assurée.

Pour moi, le jour véritablement historique, ce sera ce jour où les bébés ne mourront pas noyés dans la mer pour la simple raison qu’ils sont nés du côté déglingué du monde.

Enfin, pour moi, un jour historique, ce sera ce jour où tout être humain et la vie de n’importe quel être humain seront sacrés.

Qu’il est encore loin ce jour !

martes, 14 de septiembre de 2010

El amor: efectos adversos

El amor,
como otras drogas,
puede tener efectos adversos.
Frecuentemente
puede producir
dolor de cabeza, fatiga,
nerviosismo injustificado,
inapetencia generalizada,
latidos cardíacos irregulares
o rápidos, sequedad de boca,
alucinaciones, estómago revuelto,
palpitaciones, confusión,
aturdimiento, sedación,
aumento de la libido,
respiración entrecortada o ruidosa,
calambres fuertes en el alma,
temblores y rigidez de los músculos,
y/o dificultad para dormir.
También puede producir
unos deseos incontrolados
de estar en todo momento
con la persona amada
(sobre todo cuando el amor
se suministra por vía intravenosa).
No obstante,
todo esto suele desaparecer
cuando se interrumpe
el tratamiento.
Si usted padece
uno o más de estos síntomas,
deje su amor en la mesita de moche
y consulte a su médico
o farmacéutico.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Si resisto...

Si resisto,
si resisto
y sobrevivo
es por tu luz.

Kortatu (Fragmento de "Equilibrio", tema incluido en El estado de las cosas)

domingo, 12 de septiembre de 2010

Las novelas de Charles Bukowski: Cartero (II)

Un poeta maldito en la oficina de Correos: Cartero

El día dos de enero de 1970, Charles Bukowski, a punto de cumplir cincuenta años de edad, presenta su dimisión en la oficina de Correos en la que llevaba trabajando desde 1958. Ha tomado una decisión irrevocable: convertirse en escritor profesional. Al día siguiente, Bukowski comienza a escribir la que será su primera novela: Post Office (Cartero), escrita “(…) en veinte días, ciento veinte mil palabras, de las cuales eliminé treinta mil en la corrección”, según escribía el propio autor en una carta a un amigo. Según Neeli Cherkovski, biógrafo de Bukowski, la escritura de esta novela permitió al autor californiano

repasar todos aquellos años de sufrimiento como funcionario de Correos. Revivió cada incidente con distancia, libre como estaba ahora de reglamentos, normas, supervisores y compañeros de trabajo. (…) En Cartero compara el dejar el trabajo con escaparse de la cárcel; escribir aquella novela fue como una liberación catártica, un medio de salir de una mala situación.

Sobre la manera en que fue escrita Cartero, Cherkovski cuenta lo siguiente:

El día que empezó la novela, Hank entró en una especie de trance, y no se tomó ni un día de descanso hasta que acabó. Empezaba a escribir a las dos y media de la tarde y seguía hasta medianoche, en que paraba, salía un rato y comía algo. Iba revisando a medida que iba escribiendo.

El día 21 de enero, tres semanas después de haber comenzado a escribirla, Charles Bukowski puso el punto y final a Cartero. Luego telefoneó a John Martin para darle la buena noticia. La novela fue publicada el ocho de febrero de 1971, prácticamente un año después de concluida. El libro, de carácter autobiográfico, narra las vicisitudes tanto a nivel laboral como personal, del personaje principal, Henry Chinaski, alter ego del autor, durante los dos períodos de tiempo en que trabajó como empleado en la oficina de Correos de Los Ángeles: el primero, tres años y medio como cartero; el segundo, doce años como funcionario clasificando la correspondencia en dicha oficina. El protagonista, Henry Chinaski, aparece como un hombre que no se asusta ante nada, que no se somete sumisamente a las órdenes injustas de sus superiores, que se rebela ante el sistema y ante sus representantes, los supervisores de la oficina de Correos. La parte más importante de la novela es el final, cuando el día de su cumpleaños, Chinaski, al igual que había hecho el propio Charles Bukowski unos meses antes, presenta su dimisión irrevocable para dedicarse por entero a lo que hasta ese momento había ocupado su tiempo libre: la literatura.
Esta primera novela aporta dos elementos fundamentales a la prosa de Bukowski:
a) La estructura formal: en esta obra Bukowski utiliza una estructura formal que mantendrá en el resto de sus novelas. Los orígenes de esta estructura los encontramos en el relato Confesiones de un hombre lo bastante loco como para vivir con las bestias. Consiste en una serie de capítulos, sin título, encabezados por un número que marca el orden de la narración. Esos capítulos son, por lo general, más breves que un relato y más largos que un simple boceto, aunque no se puede decir que haya una extensión media.
b) El personaje de Henry Chinaski: es el nombre que Bukowski utiliza para su alter ego. Hasta este momento, Bukowski había probado con otros nombres, por ejemplo, Puchinski en el relato Todos los culos del mundo y el mío, pero no los había conservado durante mucho tiempo. Sin lugar a dudas, una de las aportaciones más importantes y originales de Bukowski como novelista es el personaje de Henry Chinaski, que será el protagonista del resto de novelas de Charles Bukowski, excepto de la última.
El crítico Michael Basinski nos presenta a Henry Chinaski como,

un vagabundo y un alcohólico, inflexible, intransigente, groseramente poético y original. Es un personaje dostoyevskiano, un moderno y americano hombre del subsuelo. Es también un autoproclamado cobarde que obtiene un gran placer en las cosas más básicas: la imaginación, la creación, la defecación, la copulación y la intoxicación. Vive en una sociedad americana que está en ruinas, aunque es por elección propia y no porque las circunstancias lo obliguen. Chinaski ha cambiado la normalidad y la mediocridad por la ventaja del autoconocimiento y la exploración que sólo se puede alcanzar en un medio que no esté restringido desde el punto de vista social. Su yo supremo, un yo de connotaciones ácratas, ha encontrado su santuario en los barrios bajos, lejos de las demandas de la clase media de seguridad, empleo y un césped cortado con esmero. Chinaski no es un lerdo; es un superviviente. Su vida de alcohólico pobre y oprimido no lo deprime. Tampoco le da un carácter romántico —como ocurriría con un bohemio— a esa vida al margen de la sociedad. Chinaski ha inventado un espacio cultural donde él es el centro de su propio mundo, desde el cual ve pasar a toda prisa el loco mundo real. La filosofía de vida de Chinaski es bien sencilla y original. Es muy satírico y en apariencia anti-americano, aunque su espíritu es claramente yanqui e incluso su modelo vital, arquetípicamente americano. Es resuelto, testarudo, crítico, intolerante, autosuficiente y oportunista.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Te amo, no puedo vivir sin ti

La mañana era fría y desapacible. Un sol débil, como enfermo de cáncer, trataba de abrirse paso entre la espesura de las nubes, sin éxito. El hombre caminaba deprisa por aquella gran avenida. Llevaba tanto tiempo transitando, día tras día, por aquellas mismas calles que era capaz de hacer el camino hasta su trabajo con los ojos vendados. Nunca ocurría nada digno de mención. Siempre lo mismo. Las mismas caras cansadas ya tan de mañana, los mismos rostros desganados, las mismas almas exhaustas, los mismos seres humanos completamente vacíos por dentro. No obstante, aquel día no iba a ser como todos los demás. Aquel iba a ser un día especial. Al pasar junto al escaparate la vio. Al principio fue sólo un destello, como un breve retazo de un sueño. Tan irreal le pareció al hombre lo que había visto, o lo que creía haber visto, que hizo algo que no había hecho jamás durante los veinte años que llevaba pasando, día tras día, por aquella calle. El hombre volvió sobre sus pasos. Y sí, era cierto lo que había visto. No había sido fruto de su retorcida imaginación. Allí estaba, de pie, altiva, elegante, voluptuosa, felina. Llevaba un vestido primaveral de color verde, vaporoso, con tirantes, que dejaba al desnudo sus hombros breves y que contrastaba fuertemente con la ropa que llevaba puesta el resto de la gente aquel gélido día de invierno. Ella lucía una hermosa cabellera de un negro espeso. E iba descalza. El hombre le lanzó una mirada esquiva, mirando sin mirar. Pero pasados unos minutos, se dejó llevar y empezó a observarla con descaro, sin preocuparse en absoluto por llamar la atención entre los demás transeúntes. Sus ojos se posaron en los de ella. El hombre pensó que no debía llevar ropa interior pues no había rastro de ella por ningún lado, por más cuidado que pusiera en su observación. Y en aquel momento, mientras pensaba en todo lo que estaba sucediendo, que ella estaba allí de pie, con su vestido verde mostrando sus bellísimos hombros y la piel morena más hermosa que el hombre había visto en toda su vida, sin rastro de las braguitas o el sujetador por ningún sitio, sin zapatos, el hombre sintió que estaba teniendo una erección, una extraordinaria y terrible erección. Lejos de avergonzarse, el hombre se sintió orgulloso. A pesar de la edad, todavía era capaz de experimentar ese tipo de sensaciones cuando veía la belleza en su estado natural. La volvió a mirar y pensó que ella tenía que ser suya a cualquier precio, que no repararía en nada hasta tenerla entre sus brazos. Jamás en sus sesenta y cuatro años de vida había sentido por nadie lo que sentía en aquellos momentos. Se acercó al cristal del escaparate y rozándolo levemente con las yemas de sus dedos le dijo a aquella maniquí del vestido verde y el pelo negro: Te amo, no puedo vivir sin ti.
La gente seguía caminando junto a él, cada uno a lo suyo.

jueves, 9 de septiembre de 2010

Las novelas de Charles Bukowski: Introducción (I)

Charles Bukowski (Andernach, Alemania, 20 de agosto, 1920 / San Pedro, California, USA, 9 de marzo, 1994) es, con toda probabilidad, el escritor norteamericano que más éxito y fama ha alcanzado en Europa en las últimas décadas, desde que se diera a conocer en este continente con sus relatos, sus novelas y sus poemas a mediados de la década de los años setenta. Estas obras llegaron a España avaladas por el tremendo éxito de público y crítica que habían cosechado en otros países europeos, sobre todo en Alemania, Francia e Italia. En muy poco tiempo, empezaron a disfrutar en nuestro país de ese mismo éxito, consiguiendo un buen número de fieles seguidores. Su proyección internacional hizo que intelectuales, periodistas y críticos se interesasen de manera permanente por su obra.
El éxito masivo de sus obras, unido a las coordenadas narrativas mostradas por el autor, lo convirtieron en un revulsivo en el panorama internacional literario. Los personajes que pueblan sus obras —con frecuencia, gente con vidas al límite: prostitutas, borrachos, desempleados, fracasados de cualquier pelaje— y la propia temática de las mismas, es decir, su estilo narrativo, lo han convertido en uno de los escritores más originales, valientes e inteligentes de los últimos años. O como lo definiera Álvarez Flores, Charles Bukowski es,

(…) un escritor apresurado, descuidado, pero rápido y diestro lírico. Es obsceno y procaz pero magnánimo y magnífico y relampagueante, y terapéutico. Y es, sobre todo (…) profundamente humano y valeroso y príncipe.

Estamos, pues, ante un artista fruto de su época, perspicaz y agudo, satírico y delirante. Un artista cuyo universo creativo, cultural y vital es enteramente propio, aunque en él encontremos el rastro de influencias numerosas y, a veces, hasta dispares.

Las novelas de Charles Bukowski

En los años setenta, Bukowski abandonó durante poco más de una década el relato corto para centrarse en la novela. Éste era un género con el que no se había sentido nunca demasiado identificado, como demuestran muchas de sus cartas de este período:

(…) estoy seguro de que no puedo pasarme a la novela, al menos no en mi estado de ánimo, me parece que escribir una novela no es sino mucho trabajo, un concepto grandioso para no decir nada, y creo que la idea del poema, bueno o malo, es evitar que me vuelva más loco aún.


Algunos meses más tarde, aunque seguía pensando del mismo modo, dejaba una puerta abierta a una futura novela, si encontraba a alguien dispuesto a adelantar el dinero necesario para escribirla:

¿Una novela? Soy demasiado perezoso y estoy demasiado enfermo, para tal desperdicio de palabras, (…) por supuesto, soy como una prostituta, y si conoces a alguien que me adelante 500$ haré el truco porque estoy seguro de que seré capaz de escribirla de la manera que yo quiero, pero tú y yo sabemos que no aparecerá nadie con esas características, así que no afilaré la navaja, y hasta doy gracias por ello.


Pero al contrario de lo que Bukowski pensaba, sí que hubo alguien que adelantó el dinero para que él se pusiese a escribir una novela. El hombre en cuestión se llamaba John Martin, y era el dueño de la pequeña editorial Black Sparrow Press, que ya había publicado algunos volúmenes de poesía del viejo Bukowski.
Así pues, a lo largo de su carrera, Charles Bukowski escribió seis novelas: Post office (Cartero) en 1971, Women (Mujeres) en 1975, Factotum (Factótum) en 1978, Ham on Rye (La Senda del Perdedor) en 1982, Hollywood (Hollywood) en 1989 y Pulp (Pulp) en 1994.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

martes, 7 de septiembre de 2010

Savoir faire (a Tom Waits)

Una lágrima de regaliz
tatuada en el hombro derecho,
y en el izquierdo,
el beso que le robaste a una rubia platino.
Testarudo como una mula,
sabes que el Diablo es Dios
cuando toma unas copas.
Prefieres a las chicas
cuyos nombres empiezan por la letra M,
de misterio, de mordisco,
y hace siglos que descubriste
la imposibilidad de mezclar
cerveza caliente y mujeres frías.
Viajas con una vieja maleta llena
con la luz de una farola,
los silbidos de una locomotora,
media botella de Ballantine´s
y una buena coartada.

(De Los poemas del frío, ediciones Osuna, 2000)

domingo, 5 de septiembre de 2010

Cómo se lee una novela (según Manolo Vázquez Montalbán)

Leer una novela es lo más previsible que hay. Lees página sí y página no hasta la cincuenta. Luego te lees el final y vas avanzando la lectura, dos páginas sí, dos páginas no, para retomar el final. Ya está.

sábado, 4 de septiembre de 2010

¡Viva la tristeza!

A ella le gustaba estar triste. Parecía extraño, pero era así. Se sentía bien estando triste. ¿Por qué una tenía que estar siempre alegre? ¿Por qué había que lucir, a todas horas, una gran sonrisa en el rostro? De ahora en adelante estaría triste siempre que le viniera en gana. Se acabó la alegría fingida. Sería siempre ella misma y si a ella lo que le apetecía era estar triste, pues estaría triste. La tristeza era su estado natural y había decidido llevarla hasta sus últimas consecuencias. Disfrutaría con su tristeza. Le sacaría todo el partido posible. Iría a una tienda de discos y se compraría todos la discografía de Los Secretos y de Antonio Vega, y los escucharía hasta la extenuación, recreándose en los versos más desgarradores. Volvería a leer La Carretera hasta que las frases quedasen grabadas a fuego en su memoria y sólo iría al cine a ver melodramas lacrimógenos en los que al final siempre mueren los protagonistas. ¡Qué le den por culo a Woody Allen! Desde ese día, sólo tendría un grito de guerra: ¡Viva la tristeza!

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Diez perversiones (confesables) que han hecho que el verano haya sido especial

Los relatos descorazonadores de Alice Munro.
El reencuentro, casi veinte años después, con las canciones de Silvio Rodríguez.
La serie norteamericana Deadwood.
La serie española Guante blanco.
La novela de Don Winslow El poder del perro.
El concierto que Nacho Vegas dio en Salobreña la noche del día seis de agosto.
La magnífica reedición en vinilo de Actos inexplicables, el primer disco en solitario de Nacho Vegas, acompañado de cuatro de sus primerísimas canciones compartidas con Aroah.
Los poemas libertarios de Antonio Orihuela.
Los dvds de La edad de oro, la serie mítica de TVE.
El último disco de Andrés Calamaro

martes, 31 de agosto de 2010

Los pies del ángel

Los pies del ángel son pequeños. Su piel, suave, delicada, como de terciopelo. A los ojos de los demás, parecen frágiles. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Me gusta recorrerlos con caricias lentas, ir subiendo por las pantorrillas, detenerme en las rodillas, y después, continuar por la cara interna de los muslos, hasta llegar al pubis. Allí me demoro, sin prisas, el tiempo detenido en instantes eternos. Luego, inicio el camino de vuelta. Bajo, con parsimonia, delicadamente, hasta encontrarme con esos pequeños dedos que parecen tener vida propia, que se mueven como gusanos de seda, perezosos. Yo, los mimo, los arrullo, los beso. Y ellos se dejan querer.

viernes, 27 de agosto de 2010

Actor secundario Gómez


Este hombre a quien aquí veis, no es otro que Tomás Gómez Franco (ya es mala suerte, joder, tener este apellido y militar en el PSOE), el que fuera alcalde socialista de la localidad madrileña de Parla hasta hace cuatro días, y en la actualidad Secretario General del PSM o Partido Socialista de Madrid, que de ambas maneras puede y debe decirse. Este hombre a quien aquí veis ostenta el récord de ser, en las últimas elecciones municipales, el alcalde más votado no sólo de la Comunidad de Madrid sino del resto del Estado.
Cuando Gómez tomó las riendas del PSM, el partido estaba fragmentado en diez mil pedacitos, familias, grupúsculos, etc., etc. Resulta que el hombre, durante los tres años que lleva al frente de los socialistas madrileños, ha aunado (dentro de un orden, of course), todas estas facciones, formando un partido compacto, como no lo había estado desde los tiempos de maricastaña. Imagino que para ello habrá tenido que actuar con brazo de hierro, cogiendo de la oreja al que se porte mal y castigándolo sin recreo o sin postre, eso sí, apoyado siempre por el aparato (curioso término para denominar a los que parten el bacalao) del PSOE. Y ahora viene lo bueno. Al hombre, que lleva desde 2007 currándoselo para ser el candidato de su partido a las elecciones para la Comunidad de Madrid del próximo mes de mayo, no lo dejan que sea el candidato. Bueno, no es exactamente que no lo dejen, que el PSOE es un partido muy democrático y en él cualquiera puede aspirar a todo. La cruda realidad es que los mandamases del socialismo hispano prefieren que sea otra persona la candidata, en este caso una chica rubia y simpática, dicharachera y elegante, que ejerce de Ministra de Sanidad en el Consejo de Ministros que preside el amiguito de los banqueros, y que responde al nombre de Trinidad Jiménez. Según el aparato, Gómez no tiene glamour, y Trinidad otra cosa no tendrá, pero el glamour le chorrea por las orejas. Así que ya tenemos la polémica servida. Gómez dice que el candidato será él y el aparato (simbolizado ahora por Leire, ya sabéis, la chica de los veinte mil euros al mes), dice que nones, que la candidata es la Trini. Y como los dos no pueden ser candidatos (aunque para vencer a Esperanza Aguirre, a lo mejor el PSM necesita dos candidatos, uno que ataque por la izquierda y otro por la derecha), todo se solventará en una Primarias.
Sinceramente yo creo que Gómez no tiene nada que hacer. Y no porque el tío no valga, que no lo sé. Pero en la historia de la política, poca gente ha hecho carrera peleando contra los aparatos de sus propios partidos. Sin ir más lejos, ahí tenemos el caso de Borrell versus Almunia. El aparato del partido apoyó a Almunia y las bases a Borrell, que a la postre fue el vencedor de las Primarias, pero no el candidato en las elecciones. Desde el propio PSOE llevaron a cabo un boicot contra el político catalán, que acabó tirando la toalla. Mucho me temo que a Gómez le va a ocurrir más o menos lo mismo. Está claro que Gómez es el actor secundario, un tipo que se desenvuelve bien entre bambalinas, con poco papel, pero que no puede aspirar a protagonizar una peli completita, mientras que Trinidad ha nacido para ser una rutilante estrella de la política nacional.

lunes, 23 de agosto de 2010

No tengo...

No tengo ambiciones personales, salvo negociar siempre a mi favor y correrme una vez al día.

Al Swearengen

sábado, 21 de agosto de 2010

jueves, 19 de agosto de 2010

La magnitud de la tragedia

El pasado lunes 16 de agosto, Aguilar de la Frontera sufrió la que, probablemente, ha sido la peor catástrofe natural de toda su historia. Al menos, si hemos de hacer caso a los más viejos del lugar, nadie, nunca, vio caer agua sobre Aguilar con la fuerza y la capacidad destructiva con la que cayó el lunes. El resultado ya lo conocemos todos: dos personas han perdido la vida. A esta tragedia inconmensurable hay que sumar los daños materiales en viviendas, en cocheras, en las infraestructuras públicas, en las cosechas, caminos, etc. El barro lo ha anegado todo y por lo que he podido ver en diferentes medios de comunicación (yo no vivo ya en Aguilar, pero puedo asegurar que llevo desde el lunes controlando las noticias en la televisión, en internet, en la prensa escrita, en la radio, hablando con diferentes familiares, etc.) el paisaje es cuasi apocalíptico, con todos esos coches destrozados, las casas embarradas, los enseres domésticos destruidos, etc., etc.
Supongo que todos los aguilarenses que estamos diseminados por los cuatro puntos cardinales hemos experimentado estos días el mismo tipo de sensaciones al ver las terribles imágenes de la catástrofe y al conocer la muerte de estas dos personas. Mi estado de ánimo estos días es una extraña mezcla de tristeza, apatía, rabia, y mil cosas más. Pero en fin, creo que ahora es el momento de mirar hacia adelante. Y aunque poco puede hacer el ser humano frente a la fuerza descomunal de la naturaleza (aunque seamos tan necios que pensemos lo contrario), tiempo habrá para pedir cuentas a los responsables políticos y preguntarles, por ejemplo, porque consideraron que era una prioridad “arreglar” el Llano, mientras que las alcantarillas de la Calle San Cristóbal, simplemente, no existen desde hace años y años. El martes por la tarde, el Presidente de la Junta de Andalucía, José Antonio Griñán, visitó Aguilar y se comprometió a ayudar a todos aquellos que lo necesiten. Esperemos que sea así, y que la ayuda no se pierda por los caminos inexpugnables de la burocracia. El problema hay que solucionarlo con rapidez y eficacia. Eso es lo único que se les debe pedir a los gobernantes.
En mi propia familia la lluvia ha golpeado con saña. Mis padres, mayores y enfermos, han tenido que abandonar su casa porque el patio se ha hundido. Como se suele decir, lo único que no tiene arreglo es la muerte. Todo lo demás, todo lo material, en este caso, los coches, las casas, los electrodomésticos, los muebles se podrán reemplazar. Las dos personas que han muerto jamás podrán ser reemplazadas en los corazones de sus seres queridos.
Las mujeres y los hombres de Aguilar son, somos, gente curtida, laboriosos, con capacidad para sobreponernos a las desgracias y, como ha quedado demostrado en estas trágicas jornadas, valientes y solidarios. Un pueblo con esas características, tiene, por fuerza, que superar este mal trago. Tiempo al tiempo.

lunes, 16 de agosto de 2010

Alicia

Alicia ya no podía esquivar más golpes. Había llegado al límite de su aguante. Durante demasiado tiempo había evitado cada uno de los envites, cada uno de los derechazos, cada uno de los golpes bajos que la vida le había dado, pero su capacidad de resistencia había saltado por los aires como un coche bomba en un mercado de la ciudad de Bagdad. Había llegado la hora de tirar la toalla, de tumbarse sobre la lona y dejar que una voz anónima iniciara la tenebrosa cuenta atrás: diez, nueve, ocho... Hasta que el sonido metálico de la campana marcara el final del combate. Aunque eso supusiese la derrota definitiva.

sábado, 14 de agosto de 2010

La vida...




La vida, desde el nacimiento hasta la muerte, es una larga destrucción.

Francis Bacon

jueves, 12 de agosto de 2010

miércoles, 11 de agosto de 2010

martes, 10 de agosto de 2010

El extraño sueño de Dulce Nombre de María (2ª parte)

Entonces Dulce Nombre de María se lo contó todo al sacerdote con pelos y señales, tal y como lo había experimentado en sus terribles sueños. Le habló del aparato endiablado que en un futuro, aún lejano, dominaría a los seres humanos en cuerpo y alma. Según contó el sacerdote más tarde, ella le dijo que era una caja de color oscuro y, dentro de un cristal, se proyectaban imágenes. Sin ninguna duda, eran seres humanos, pero iban extrañamente vestidos, y sus rostros parecían como si hubiesen sufrido una terrible transformación, pues parecían más imbéciles que las personas que ella estaba acostumbrada a ver. Además, a veces se oían risas extrañas provenientes de ningún sitio, y la gente se gritaba una a otra, sin mostrarse la más mínima consideración.
No obstante, lo peor estaba por llegar.
Según dejó escrito el padre Eusebio en sus memorias, algunos años después, Dulce Nombre de María sufrió un desvanecimiento súbito al pronunciar estas palabras.
–Programas del corazón.
–¿A qué te refieres?, –preguntó el cura contagiado del malestar de la joven.
–Así los llaman. Consisten en perseguir a unas personas que no trabajan, ni estudian, ni dedican su tiempo a Cristo Redentor, para que todos vean lo inútiles que resultan sus vidas. Pero lo peor del caso es que la plaga se extiende como una gran mancha de aceite, y todos los que lo ven quieren ser como ellos. Además, Padre, –añadió Dulce Nombre de María reuniendo todas sus fuerzas– allí salen hombres y mujeres cantando horribles canciones envueltas en melodías perjudiciales para los oídos.
Al oír esto, el cura, que había permanecido al acecho durante toda la confesión, estalló con un grito iracundo, que obligó a todos los que estaban orando en el sagrado templo a volver su vista hacia el confesionario, pues cualquier granadino de bien sabía que lo que más molestaba al padre Eusebio, era el mal gusto artístico.
–Hija mía, ya sabes lo que siento por ti y por toda tu familia, cómo estimo a tu honrado padre y cómo disfruto de la compañía de tu piadosa madre. Y también sabes que, por nada del mundo, me gustaría verlos sufrir. Pero no veo otra solución que denunciar tu caso ante el Tribunal de la Santa Inquisición.
La chiquilla, pues a pesar de su belleza y delicadeza de formas, en ese momento sólo era una niña asustada y temblorosa, se echó a llorar, pues no ignoraba lo que eso significaba para ella y para sus queridísimos padres.
–Padre, si usted piensa que esa es la voluntad de Cristo Nuestro Señor y de su Madre, la Virgen Santísima, estoy dispuesta a cualquier cosa por conseguir la salvación eterna de mi alma, –dijo Dulce Nombre de María conteniendo a duras penas las lágrimas.
Dos semanas más tarde, el domingo 3 de marzo de 1775 para ser más exactos, una mañana que presagiaba la belleza y frescura de la primavera andaluza, la bella niña era conducida a la hoguera, pues según dictaminó el Santo Tribunal de la Inquisición de la muy noble ciudad de Granada, no cabía ninguna duda de que Dulce Nombre de María de la Santísima Trinidad Díaz-Rodríguez de Bobadilla y Benavides estaba poseída por las fuerzas del Mal, pues una visión tan horrible como la que ella había descrito, aun tratándose de un sueño, sólo podía ser obra de Satán.

sábado, 7 de agosto de 2010

El extraño sueño de Dulce Nombre de María (1ª parte)

La mañana del día 7 de enero de 1775 amaneció nevando en la ciudad de Granada. Esa mañana, Dulce Nombre de María de la Santísima Trinidad Díaz-Rodríguez de Bobadilla y Benavides, una hermosa joven de quince años, hija y nieta de una aristocrática familia formada exclusivamente por cristianos viejos, se despertó asustada, sudando, a pesar de las bajas temperaturas, pues no tenía por costumbre recordar los sueños nocturnos:
–Yo no sueño–, solía decir de manera tajante, si alguien le preguntaba qué había soñado tal o cual noche.
Y aquella mañana, en contra de lo que era su costumbre, Dulce Nombre de María recordaba todo lo que había soñado: podía ver cada imagen con una precisión tal que se asustaba; podía oír cada palabra, cada nota musical, cada sonido, por extraño que éste fuese, como si aún estuviese dormida; era capaz de repetir de memoria cada uno de los nombres de los desconocidos que anduvieron por su sueño.
Para ella todo esto resultaba difícil de digerir. Tanto que decidió no contárselo a nadie, ni a su madre, ni a su criada, ni por supuesto, a ninguna de sus amigas. Pensó que lo mejor era tratar de olvidarlo, pues estaba segura de que todo se debía a la opípara cena de Reyes a la que había asistido, junto con sus padres, en casa de un rico comerciante granadino.
A la mañana siguiente, todo volvió a ser como siempre: Dulce Nombre de María despertó sin recordar nada de lo que había soñado. Lo mismo ocurrió al otro día. Y al otro, y así sucesivamente.
Cuando ya había transcurrido más de un mes –treinta y ocho días para ser exactos– desde aquella terrible mañana de enero y la hermosa joven pensaba, confiada, que ya no se repetiría, Dulce Nombre de María se volvió a despertar aterrorizada. La criada que la ayudó aquella mañana con el aseo personal y con la ropa, y le sirvió el desayuno, aunque ella ni siquiera hizo ademán de probarlo, declaró más tarde:
–Parecía como si ella hubiese visto al Maligno entre las sábanas de su cama.
Aquel día transcurrió lentamente, como si cada segundo se multiplicara por diez. Al llegar la noche, trató de retrasar la hora de irse a dormir. Cuando ya no tuvo más remedio que acostarse, intentó por todos los medios no sucumbir al sueño. Peleó con todas sus fuerzas por no caer rendida, por no cerrar sus brillantes ojos oscuros, pero al final lo inevitable tuvo que pasar y Dulce Nombre de María cayó irremisiblemente dormida en un sueño profundo.
Muy temprano, cuando apenas los primeros rayos del sol empezaban a romper la noche oscura, despertó. Y supo con total claridad que otra vez había vuelto a ocurrir. Entonces pensó que ya no había remedio y decidió que lo mejor sería ir hasta la catedral y contárselo todo en sagrada confesión al padre Eusebio, el mismo sacerdote que la había bautizado quince años atrás, el mismo que le había dado a comer el Cuerpo de Cristo en su Primera Comunión, y el mismo que, si era la voluntad de Dios Todopoderoso, oficiaría la Santa Misa el día que ella contrajera matrimonio.
Así pues, muy de mañana, y acompañada de su criada, encaminó sus pasos hacia la Plaza de las Pasiegas. Escuchó misa en silencio y, cuando le llegó su turno, se dirigió hasta el confesionario, y allí, arrodillada ante Dios y su representante, y de la manera más humilde que encontró, dijo:
–Padre, algo muy grave me está ocurriendo.
El sacerdote, que no tenía por costumbre escuchar pecados mortales provenientes de labios tan hermosos, sintió una leve punzada, como si un pájaro ligero se hubiese posado en su alma.
–¿De qué se trata? –quiso saber sin dilación.
–Un sueño.
–¿Un sueño? Explícate mejor, hija mía.
Dulce Nombre de María sintió que el rubor se apoderaba completamente de ella. Un ligero mareo la aturdió por un instante y si no llega a ser porque ya estaba de rodillas, hubiese caído al suelo. Y sacando fuerzas de donde no las había, continuó:
–Padre, he soñado con la televisión.
El sacerdote, más por ignorancia que por mala intención, dudó un instante.
–Hija mía, en estos momentos no sé a qué te refieres. ¿Cómo has dicho que se llama lo que has visto en tu sueño?
–Televisión, –dijo ella con las manos y la cara empapadas en sudor, y al borde de las lágrimas.
–Hija mía, si no te tranquilizas y te explicas un poco mejor, no podré ayudarte, –sentenció el padre Eusebio.

jueves, 5 de agosto de 2010

Distorsión

No conozco esta ciudad cuando llueve.
Todo es distinto. La lluvia penetra en cada célula
de mi cuerpo, se pasea por mis venas,
llega hasta las uñas de los dedos de mis pies.
Una paloma mensajera bebe en un charco
y deja olvidado en él una parte de su corazón.
Yo la miro a través del cristal sucio de mi dormitorio,
mientras pienso por qué Gil de Biedma no escribió
una sextina sobre las putas del Barrio Chino.
La muerte no es el principio,
no obstante, tampoco es el final.
Y el suicidio es puntos suspensivos.
Cuando era niño mi hermana solía decir
las gotas de lluvia son lágrimas de Dios.
El agua corre calle abajo. Viene un barco
de papel navegando en la misma dirección,
pero naufraga estrepitosamente
en un arco iris de sangre.
Esta ciudad es como las demás,
pero distinta a todas las otras.
Esta ciudad contiene en su interior cientos de ciudades.
Un perro con tres patas se ladra a sí mismo
con desgana. Quizás haya descubierto
el significado de la palabra espejismo.

(De Los poemas del frío, Ediciones Osuna, 200)

miércoles, 4 de agosto de 2010

Las vueltas que da la vida

Es curioso ver las vueltas que da la vida. Si alguien le hubiese dicho a Jane, la primera vez que lo vio, que aquel español de mirada furtiva y ademanes turbios, le daría los besos más dulces de su vida, le regalaría las caricias más sensuales, le proporcionaría los orgasmos más brutales, la guiaría por caminos inimaginables para ella, en definitiva, si alguien le hubiese dicho, aquel primer día, que ella, algunos meses después, caería totalmente rendida a los pies de aquel hombre, a Jane no le hubiese quedado más remedio que pensar que ese alguien estaba loco de remate. Y sin embargo, eso es exactamente lo que ocurrió.

lunes, 2 de agosto de 2010

Cecilia, un millón de sueños rotos en la carretera

En la madrugada del día dos de agosto de 1976, la cantante Cecilia viajaba desde la ciudad gallega de Vigo, donde había estado cantando en la Sala Nova Olympia, de regreso a Madrid. En el pequeño pueblo de Colinas de Trasmonte, en la provincia de Zamora, un carro de bueyes (en aquellos tiempos era bastante común ese tipo de estampa) apareció como un fantasma ante el coche de la cantautora, sin que el conductor del vehículo pudiera hacer nada por esquivarlo. Sobre el asfalto caliente quedaban esparcidos un millón de sueños que jamás se cumplirían. Junto a ella fallecía el batería Carlos de la Iglesia. En aquel momento, la autora de "Un ramito de violetas" se encontraba en el momento más dulce de su breve carrera musical. Tenía 27 años.
Cecilia, cuyo verdadero nombre era Evangelina Sobredo, había nacido un once de octubre de 1948, en la capital de España. Fue hija de un diplomático español. Por esta razón, gran parte de su vida transcurrió en el extranjero. Su formación cultural, cosmopolita y abierta, le permitió, desde muy niña, no sólo aprender a tocar la guitarra sino también desarrollar un gusto por la música que, con toda seguridad, no hubiese sido el mismo de haber crecido en la España retrógrada y oscurantista de la época.
Su primer intento musical serio lo llevó a cabo con el grupo Expresión, donde también estaba el gran Nacho Sáez de Tejada. En 1970, Expresión grabó un single con dos temas, titulados "Try catch the sun" y "Have you ever had a blue day", en los que las influencias del folk americano de la época, son más que evidentes. Entre esas influencias figuraban en lo más alto del podio el dúo Simon y Garfunkel, de cuyo tema "Cecilia", la cantante toma su nombre artístico.
En 1971, ya bajo el seudónimo de Cecilia, inicia una exitosa carrera en solitario, que la llevó a publicar tres magníficos discos en vida y uno de manera póstuma: Cecilia (1972), Cecilia 2 (1973), Un ramito de violetas (1975) y Canciones inéditas (1983).
Cecilia escribió algunas de las canciones más hermosas de aquellos años. La marca de la casa eran unos arreglos preciosistas, rebosantes de detalles, y una atmósferas íntimas, cuasi existencialistas. Brillan con luz propia la poéticas letras de la cantante, de un nivel poco inusual para lo que era habitual en aquellos años. Cecilia formó parte de lo que después se ha llamado la "tercera vía" del pop español, junto con otros artistas como Mari Trini, Solera, Picnic, Patxi Andión, etc.
Sus cuatro discos están plagados de excelentes canciones. Si aún no la conoces, no sabes lo que te pierdes. Canciones como "Un ramito de violetas", "Nada de nada", "Me iré de aquí", "Me quedaré soltera", "Fui", "Doña Estefaldina" (con letra de Ramón María del Valle Inclán), "Andar", "Don Roque", "Soldadito de plomo", "Lluvia" y muchas más están entre las mejores composiciones de la época y muchas de ellas han superado con nota la barrera implacable del tiempo. Cecilia, totalmente recomendable.