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lunes, 6 de febrero de 2017

Raúl Arévalo, Mariano Rajoy y los Premios Goya

Dice Rajoy que él no va al cine, que no tiene tiempo para esas fruslerías, y que, en todo caso, si va, no es para ver una película española. Y esto lo dice el capitán del barco, y se queda tan pancho. Así son los patriotas de chichinabo. Mucho hablar de España, mucho cacarear y presumir de la Marca España, pero la gente de este país, incluidos los que hacen películas, o mejor dicho, sobre todo los que hacen películas, se la traen requetefloja. Así que Raúl Arévalo, actor y director, que estaba nominado en varias categorías y anoche se llevó el premio gordo por Tarde para la ira (Goya a la mejor película del año 2016, Goya al mejor director novel, Goya al mejor Actor de Reparto -el genial Manolo Solo, que hace un papel en la película que ni Al Pacino en sus mejores momentos-, y Goya al mejor guión original -compartido entre Raúl Arévalo y David Pulido) se dejó caer el otro día por la sede del PP y le regaló al Presidente un dvd de su peli, otro de El hombre de las mil caras, del director sevillano Alberto Rodríguez y un tercero de Azuloscurocasinegro, de su primo Daniel Sánchez Arévalo, tres magníficas películas made in Spain, o como tanto les gusta decir a los del PP, Marca España, que representan la cultura de este país muchísimo mejor que, por ejemplo, Rafa Nadal.
El gesto de Raúl Arévalo es muy significativo, cargado de simbolismo, y si me apuráis de rabia y de reivindicación del trabajo bien hecho, el propio y el de sus compañeros, pero no creo que sirva para nada más allá del golpe de efecto. Rajoy no va a ver esas pelis y si las viera, que no lo hará, ya os digo yo que no le gustarán, porque carece de la sensibilidad necesaria para que le gusten. A él le gusta el fútbol, leer el Marca, fumarse un puro, y recortar el déficit público. Lo demás se la pela. Y el cine y la cultura, no digamos. Es como si lo estuviera viendo ahora mismo, sentado en un salón de la Moncloa, arrellanado en el sofá, dándole chupadas al puro, acompañado de Soraya Sáenz de Santamaría y de Rafael Hernando, delante de la pantalla, diciendo eso tan manido de “es que a mí el cine español, como que no, que sólo son tetas, coños y cosas de la guerra”.
A lo mejor, algún asesor del Presidente debería contarle que Raúl Arévalo, hijo del extrarradio madrileño, ha tardado 9 años en sacar adelante su proyecto, currando como una mula de carga para que la película llegase a buen puerto, y que nadie le ha regalado nada, y que la productora de la película, Beatriz Bodegas, tuvo que hipotecar su propia casa para conseguir la financiación necesaria para hacer la película. Y ya puestos, ese mismo asesor, u otro cualquiera de los que tenemos mantenidos, que le diga también que en España, el país que gobierna, sólo el ocho por ciento de los actores y actrices pueden vivir de su trabajo, porque el cine, el teatro, el arte, están en la UCI, y él y su gobierno son culpables en un gran porcentaje, por ejemplo, manteniendo un IVA cultural que es el más alto de toda la UE. Y si no es mucho pedir, que alguien le pase también los datos económicos relacionados con el cine, con el teatro, con la literatura, con la música, y que se entere de una vez de cuánta gente se gana la vida en este sector, y de cuánto aporta este sector al PIB nacional. Lo mismo hasta se sorprende.
Y para acabar sólo añadir que me alegro del éxito de Raúl Arévalo, porque yo sí he visto la película, pagando mi entrada en el cine, y es una maravilla, y porque Raúl, por su constancia, por su esfuerzo, por su honestidad, entre otras muchas cosas, se lo merece. Sí señor, Raúl Arévalo, de Móstoles, de barrio obrero, de escuela pública, de padres trabajadores, uno de los nuestros.

viernes, 1 de mayo de 2015

Qué gran ocasión perdida



Si me paro a pensarlo con detenimiento, aún me emociona. Recuerdo a toda aquella gente, chavales jóvenes y personas mayores, mujeres y hombres, parados y gente que aún tenía un curro. No importaba la edad. No importaba el sexo. Nada importaba nada. Tan solo las ganas de tomar las calles, de gritar con libertad, de expresarse sin mordazas. Las plazas de España se llenaron de gente. Por primera vez en sus vidas, muchas de esas personas estaban debatiendo, hablando de política, pergeñando ideas, trazando planes, confrontando estrategias. Era mayo y España estaba inmersa en una movida de dimensiones bíblicas. 
Los eslóganes, a cada cual más ingenioso, a cada cual más perspicaz, se extendieron como la pólvora. Parecía que el sistema empezaba a hacer crack, a resquebrajarse por alguna parte, aunque sólo fuera una pequeña rajita por la que se colara el viento fresco que aireara las estancias. Los profesionales de la política, por primera vez en sus (holgadas) vidas, se echaron a temblar. Era como si la gente hubiese despertado de un mal sueño y de repente todo el mundo se hubiera dado cuenta de la gran mentira, de la gran mierda en la que estábamos hundidos: corrupción, desempleo, falsedades y un sistema hecho a la medida de los poderosos.
Apenas han pasado cuatro años de toda aquella explosión de júbilo y ¿dónde coño estamos hoy? En mi opinión todo tirado por el sumidero. Toda la energía, toda la fuerza que se generó en aquellos días primaverales, toda la pasión, toda la libertad, todo, absolutamente todo, tirado por la borda. Si te paras a pensarlo diez segundos, convendrás conmigo en que resulta increíble la capacidad que tiene el propio sistema para auto-regenerarse, para reinventarse a cada momento. El sistema no va permitir que un grupo de zarrapastrosos vengan a poner el statu quo patas arriba. Ni de coña. El sistema hará todo cuanto esté en sus manos para asimilarlos, para domesticarlos, o para aniquilarlos. Depende.
Y sin embargo, a veces ni siquiera es el sistema el que tiene que actuar. A veces basta con la propia ambición de los protagonistas. Se empieza trazando un plan con unas cuantas líneas básicas (tengo a fuego grabadas estas palabras de Nega en un artículo que escribió en 2014; “en líneas generales, (el programa de Podemos) —la cursiva es mía— es muy parecido al de IU, al de IZAN, al de Bildu, al de las CUP, al PCPE, etc. En definitiva un programa que cualquier persona meridianamente progresista suscribiría: auditoría pública de la deuda, nacionalización de los sectores estratégicos, un plan de vivienda social y la inmediata recuperación de lo público (sanidad y educación) que nos saque de esta miseria extrema.) y se acaba aplaudiendo a rabiar al Papa, regalándole una serie de televisión al rey que nadie ha elegido, haciendo pesas en el Parlamento europeo, y/o mirando para otro lado para que puedan seguir accediendo al gobierno las aves de rapiña de los ERE en la comunidad autónoma de Andalucía.   
Estaba tan claro que no sé cómo la gente no lo vio desde el minuto cero. Todo esto, en realidad, iba de lo que ha ido siempre: de sillones, de escaños, de concejalías, de coches oficiales, de sueldos de puta madre, de pegarse la gran vida sin dar un palo al agua. Todo esto iba, cojones, de engordar un ego más grande que la estupidez de Homer Simpson. O sea, todo esto iba de lo que, repito, ha ido toda la puta vida. De mandar yo en vez de que me mande mi vecino. Esto, amigo Nega, no iba de auditar la deuda pública, ni de nacionalizar los sectores estratégicos, ni de recuperar lo público, ni de cortar de raíz, de una vez por todas, la miseria extrema, para que ningún niño se desmayase de hambre en la escuela. Ojalá toda esta mierda hubiera ido de eso.
Hoy al señor Piquito de oro lo he visto en televisión, megáfono en mano, hablando para unos trabajadores que están en huelga. Hoy, tras la huida del señor Intelectual a quien le gusta más Galeano que Juego de tronos, el señor Piquito de oro ha decidido que tocaba interpretar el papel de revolucionario-arengador de las masas obreras. Ya veremos qué papel le toca interpretar mañana.
En fin, qué gran ocasión que se nos ha escurrido entre las manos y mientras tanto seguiremos avanzando, de derrota en derrota, hasta la derrota final. Así es la vida y así es el capitalismo.

domingo, 12 de abril de 2015

Rajoy y los seres humanos normales



Ha dicho el presidente del gobierno de España y líder del Partido Popular, Mariano Rajoy, en la clausura de la convención de la presentación del programa electoral del PP, que a él y a su partido acabarán votándolo en las próximas elecciones municipales, autonómicas y generales, todos los “seres humanos normales”. Cuando he leído el titular en la prensa esta mañana, me he invadido una ola medio de sorpresa, medio de miedo. Me explico. Dado que yo jamás he votado al PP, y no se me pasa ni remotamente por la cabecita votarlos, me he puesto a cavilar sobre mi “normalidad”. ¿No seré yo un ser humano normal”? ¿Tendré varios estómagos, como los animales rumiantes y no me he dado cuenta todavía?¿Tendré rabo y cuernos y la piel roja como un demonio infernal ¿Será tal vez que soy subnormal? ¿O más bien seré un anormal? ¿Qué quiere decir Rajoy cuando habla de “seres humanos normales”?
Como la duda me corroía he continuado con la lectura de la noticia para ver si sacaba algo en claro. Entre otras muchas tonterías, ha dicho Rajoy que “detrás de populistas y demagogos, (sic) hay personas honradas, que quieren a su país”, y los ha identificado, a esas personas honradas y que quieren a su país, a los “que trabajan y quieren que se acabe el paro” con los seres humanos normales, en un claro ejemplo del lenguaje metonímico que tanto le gusta al ínclito Rajoy. Y yo sigo sin aclararme: ¿soy o no soy normal? Porque, a ver, yo me considero, —¡qué coño, lo soy!— honrado (no robo, no estoy imputado en ningún caso de corrupción, no soy político, etc., etc.), trabajo de lunes a viernes y, a veces, hasta algún que otro fin de semana, y quiero, como no podía de ser de otra manera, que se acabe el paro, aunque eso sí, no estoy, lo que se dice locamente enamorado del país. Y aún así, no votaré al Partido Popular, ergo, según las palabras del presidente del gobierno, no soy normal.
Continué leyendo el artículo por mor de salir de dudas. Entre otras lindezas, Rajoy ha soltado esta perla, que oiga usted, ni mandada a hacer de encargo: "No se puede frivolizar a la hora de gobernar, por eso las elecciones son tan importantes". Y esta otra: "Se puede perder lo conseguido si volvemos a la frivolidad o la incompetencia o con aventuras equivocadas que no van a parte alguna". ¡Ese es mi Rajoy!
Así que después de releer el artículo, llego a la conclusión de que, cuando Rajoy habla de “seres humanos normales”, en realidad está refiriéndose a los votantes del Partido Popular. Es decir, si votas al PP, eres un ser humano normal. Y es que para Rajoy, y para otros muchos miembros de su partido, como ya hemos tenido ocasión de escuchar más de una vez, todos los que no comulgamos con su política rancia y clasista, con sus medidas impopulares, de recortes y de privatizaciones a mansalva, no somos “españoles de bien”, o simplemente somos “seres humanos” poco normales.
Pues querido Rajoy, siento decirle que me encanta pertenecer al grupo de los seres humanos que, según usted, no somos normales. Si no ser normal es estar en contra de la ley mordaza; estar a favor del derecho de la mujer a decidir si aborta o no aborta; estar a favor de la escuela pública, gratuita, laica y democrática; estar a favor de la sanidad pública y de calidad; estar en contra de la manipulación de RTVE; estar en contra de que se desahucie a las personas; estar en contra de la pobreza, y del hambre, del infantil y del de los adultos; estar en contra de 21% del IVA cultural; estar a favor de la circulación libre de seres humanos por el ancho mundo; estar a favor de la solidaridad y en contra de políticas neoliberales y asesinas que su partido ha venido poniendo en marcha de manera sistemática en los últimos años en el estado español y en muchas de las comunidades autónomas, pues sí, lo admito: No soy un ser humano normal. Y a mucha honra.  
Y que le quede claro a Rajoy que la inmensa mayoría de los españoles, según su criterio, no somos seres humanos normales.

martes, 10 de febrero de 2015

La alegría de Juan Carlos Monedero



Hace aproximadamente un año, tuve ocasión de asistir en Salobreña, el pueblo donde vivo, a una conferencia del profesor Juan Carlos Monedero. Confieso abiertamente mi ignorancia. Hasta que dicha conferencia fue anunciada, no había oído hablar en mi vida de este hombre. No tenía ni puta idea de quién era o de dónde trabajaba, no había leído ni uno solo de sus libros o sus artículos. Un buen amigo mío con el que me encontré en el mercado unos días antes del acto, me habló de él, aconsejándome que por nada del mundo me perdiera la conferencia del tal Monedero. Una de las mentes más agudas de la izquierda. Así lo definió mi amigo. Yo, que tengo a mi amigo por una persona de valía, le hice caso y tomé nota.  
El día de la charla, a pesar de que era un lunes invernal por la noche, yo estaba allí como un reloj. Mi sorpresa fue mayúscula. El auditorio estaba absolutamente abarrotado, e incluso había gente de pie, lista para escuchar lo que el profesor de la Complutense tuviera a bien contarnos. Por cierto, la charla versaba sobre la transición española, y cómo no podía ser de otra manera, sobre la crisis política y económica que asola el estado español desde hace varios años. Yo no sé vosotros, pero lo que es yo, no estoy acostumbrado a ir a conferencias de tema político —qué coño, ni político ni de ningún otro tema— y encontrarme con semejante número de personas. Por ese mismo auditorio habían pasado otros ponente de mucha valía intelectual, como el periodista Pascual Serrano o el escritor Matías Escalera, y el éxito de convocatoria había sido bastante más discreto.
En fin, a lo que vamos. Juan Carlos Monedero era como una estrella del rock. Qué digo. Como Julio Iglesias. Más de doscientas personas, muchas de ellas estudiantes de Políticas y Sociología llegados desde Granada para escuchar al insigne orador, mucha militancia de Izquierda Unida —en aquel momento aún no existía Podemos y las relaciones con IU eran más o menos cordiales—, algunos curiosos poco interesados en el tema, etc.  
Cuando Monedero empezó a hablar mi sorpresa fue mayúscula. Monedero era un tío feliz. De eso no cabía ninguna duda. Se notaba a la legua. Bromeaba. Contaba chascarrillos. Arrancaba carcajadas entre el público. Por momentos uno creía estar ante un cómico de El club de la comedia, dicho esto desde el más absoluto respeto. Joder. Yo estaba completamente descolocado. No era la primera vez que iba a un acto de este tipo. De hecho, durante los últimos años he ido a muchos y, como ya he señalado, con muy distintos oradores. Había visto a otros militantes charlando sobre este mismo tema o temas relacionados. Y ninguno lo hacía con la gracia de Monedero. Por poner un ejemplo que todos conocemos, siempre que he asistido a una charla de Diego Cañamero, he salido de allí cabreado. Diego tiene esa habilidad. Te enciende. Hace que te mosquees. Hace que te creas lo de la lucha de clases. Así que eché la vista atrás y me miré a mí mismo. Me di cuenta de que durante más de cinco años había estado escribiendo sobre la realidad española desde la más absoluta amargura. Copón, me dije, no soy más que un puto amargado. Este tío sí que es la leche. Mis artículos, mis reflexiones, mis relatos y mis poemas, en definitiva, mi manera de contar las cosas, sólo llevaban a la amargura, a la constatación de que la pobreza es una mierda, de que si no tienes curro, o si lo tienes pero tu sueldo bordea la miseria, tu vida es una puta mierda.  
Durante los días que siguieron a la charla de Juan Carlos Monedero en Salobreña, yo pensé una y otra vez en aquello. ¿Por qué este tío se enfrentaba a la realidad, dura e hijoputa, con una sonrisa en los labios, y Cañamero, o yo mismo, parecíamos unos miserables amargados? No encontré una respuesta satisfactoria. En aquellos días lo achaqué a su personalidad, a su propia idiosincrasia, a su manera de ser. Monedero era divertido y yo no. Punto y final.
Un año después lo he comprendido todo. No se trataba simplemente de personalidades. Había algo más y ahora sé lo que es. Monedero era millonario y yo no. Ni Cañamero tampoco. Monedero tenía una cuenta bancaria llenita de ceros y yo una deuda con el banco más larga que un día sin pan. Y eso, lo queramos o no, afecta. Y es que el dinero, cuando se tiene, imprime carácter. Y hace que uno vea las cosas de otra manera, con menos acidez, con menos amargura, con más dulzura, con mucha más alegría. Como le pasaba a Monedero. Que era tela de feliz. Así de simple.

jueves, 29 de enero de 2015

Crónica de una traición anunciada



El pasado lunes, 26 de enero, la presidenta de la Junta de Andalucía, la socialista Susana Díaz, finalmente decidió deshojar la margarita de las elecciones anticipadas. En poco menos de dos meses, las mujeres y hombres de esta tierra seremos convocados a unas elecciones autonómicas para decidir quiénes gobernarán en los próximos cuatro años (¿?). Con esta decisión, Díaz daba por finiquitado el pacto que, tres años antes, el PSOE e Izquierda Unida firmaban para formar un gobierno de coalición que dirigiera los destinos de Andalucía.
Muchas fueron las voces, dentro y fuera de la propia Izquierda Unida, que en su momento mostraron su rechazo frontal a dicho acuerdo. Algunas de ellas bastante autorizadas, como la de Julio Anguita, figura de referencia para gran parte de la militancia de la coalición. Yo mismo escribí sobre aquel pacto. En uno de los artículos que por aquellos días publiqué en varias webs de información alternativa, defendí la tesis de que, los socialistas no eran —no son, porque nunca lo han sido— de fiar.  Y es que no se puede confiar en un partido que, sistemáticamente, incumple sus promesas electorales, sus acuerdos, sus líneas ideológicas y todo lo que sea susceptible de ser incumplido. Y esto no es algo nuevo. Esto ha sido así, desde los lejanos tiempos de Felipe González. Otra de las tesis que sostuve por aquellos días era que cualquiera que caminara de la mano del PSOE en un gobierno, era poco menos que un suicida, pues la ciudadanía no acabaría por entender que un partido como IU, que tanto había criticado las políticas neoliberales, que tanto rechazo verbal había mostrado hacía la corrupción, acabara sosteniendo precisamente a quienes ponían en marcha políticas de recortes antisociales y a quienes habían hecho de la corrupción generalizada su modus vivendi. Finalmente, el tiempo no ha hecho más que darnos la razón a quienes considerábamos un disparate aquel acuerdo de gobierno.
Después de tres años de gobierno de coalición, creo que es la hora de reflexionar y pararse a preguntarse para qué ha servido este gobierno y si se han cumplido muchos (ejem, dejémoslo simplemente en alguno) de los objetivos que se plantearon al comienzo de la legislatura. Yo, que soy andaluz y que vivo en Andalucía, creo que no, que la experiencia de cogobierno, más allá de los logros nominales, no ha servido para nada, ya que desde el gobierno andaluz, sostenido con los votos en el Parlamento de PSOE e IU, se han seguido haciendo políticas de recortes, no se ha creado empleo, no se ha puesto en marcha la tan cacareada banca pública, la educación andaluza sigue dando pena, la RTVA es una basura de dimensiones bíblicas, no se ha profundizado en políticas económicas alternativas que favorecieran, por ejemplo, la creación de tejido cooperativo, no se han llevado a cabo políticas radicales de igualdad, etc., etc. Y al final, ni siquiera ha salido adelante la ley de memoria democrática, que prometía un avance real en la recuperación de la memoria y que tantas expectativas había creado. En fin, desde mi punto de vista, la cosa ha dejado mucho que desear.
Y si algo ha quedado demostrado tras la experiencia de coalición entre los dos partidos es que el PSOE fagocita a todas aquellas fuerzas políticas que se atreven a compartir con ellos el gobierno. Cuando firmaron el pacto, los socialistas eran un partido herido de muerte, pero Izquierda Unida con su apoyo, ha conseguido insuflarle vida. Ya le pasó algo muy parecido al Partido Andalucista. Y tras la coalición con los socialistas, quedó tan destrozado que apenas ha conseguido levantar cabeza en estos años y ha terminado por convertirse en una organización residual en la política andaluza. Mucho me temo que a Izquierda Unida le va a ocurrir algo muy similar. Las encuestas no son muy favorables para la coalición de izquierdas, y con Podemos afilando las espadas y pisando fuerte, creo que de cara al 22 de marzo, IU lo tiene muy, pero que muy complicado, y que la coalición se juega algo más que el presente.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Golpes de estado




Cuando alguien utiliza el término “golpe de estado”, la idea general, la más común y extendida entre la mayoría de los habitantes de este país, la que probablemente primero se nos viene a la mente, es la imagen de un guardia civil bigotudo, con cara de cabrón, con su uniforme de teniente coronel, incluido el tricornio —no debemos olvidar que en toda obra que se precie, el attrezzo juega un papel primordial— pistolón en mano, gritando a los cuatro vientos “Se sienten, coño” y un numeroso grupo de diputados tirándose al suelo, cagados de miedo, pensando que aquel era su último día en la tierra. Al menos esa es la imagen que, como digo, la mayoría de los españoles tenemos asociada a la expresión golpe de estado.
No obstante, si tratáramos de establecer una tipología de golpes de estado, veríamos que, el arriba mencionado, conocido en el mundo entero como el “Tejerazo”, y que debe su nombre al tristemente célebre Antonio Tejero que, junto a otros elementos reaccionarios y patrióticos puso en marcha la intentona golpista del 23F, en aquel ya lejano 1981, es sólo un tipo de golpe de estado..  
No podemos olvidar que no todos los golpes de estado que han llegado a buen término en la historia de la humanidad han sido tan burdos como el de Tejero. Los ha habido mucho más sutiles, más refinados, menos evidentes y bruscos, aunque al final, esa sutileza y refinamiento no han enmascarado el objetivo final, que siempre suele ser el mismo, evitar que un político concreto o un determinado partido político lleguen al poder, o en el caso de que ya hubiera llegado, que lo abandone a la mayor brevedad posible. Esto ocurrió, por ejemplo, en 1963, en los Estados Unidos, con el asesinato de JFK. Esto ocurrió, por ejemplo, durante muchos años en Italia y otros países europeos, donde la CIA evitó a toda costa que los partidos comunistas ganasen las elecciones supuestamente democráticas. Y en América Latina. Y en Asia. Y esto también ocurrió en 2003 en la Asamblea de Madrid, cuando empresarios cercanos al PP compraron a Tamayo y a su compañera de partido y al final, Esperanza Aguirre se hizo con el control del gobierno de la Comunidad de Madrid.
Y si nada ni nadie lo remedia, mucho me temo que esto está a punto de ocurrir, una vez más, en Grecia, y en menor medida —o tal vez, en la misma medida, quién sabe— en España. A finales de enero, se celebrarán elecciones en Grecia. Todas las encuestas apuntan en la dirección de un único ganador: Syriza. Estoy absolutamente convencido de que al final, la coalición de izquierdas no ganará las elecciones. Desde el mismo instante en que se supo que habría elecciones en el mes de enero, las fuerzas reaccionarias se lanzaron a la yugular, presagiando todo tipo de males si Syriza se hace con el poder. Desde la Comisión Europea al BCE, pasando por el FMI y, por supuesto, todos los gobiernos de la UE, han pronosticado la hecatombe que supondría para Grecia y sus habitantes que Syriza sea el partido del gobierno.  No sé qué opinaréis pero yo lo tengo claro. Para mí, eso es un golpe de estado. Durante un mes no van a parar de lanzar amenazas contra todo un país, haciéndoles ver lo malo que sería para el pueblo griego y para sus intereses económicos que los gobiernen los de Syriza, cuando todos sabemos que un gobierno de Syriza sólo perjudicaría los intereses del ultraliberalismo europeo y mundial.
Y algo similar empieza a moverse en nuestro país. No hay una sola comparecencia pública de algún destacado miembro del Partido Popular en la que no nos prevenga de lo malo que sería para todos que los radicales de Podemos lleguen al poder. Estoy seguro que en las alcantarillas del sistema ya se está preparando el golpe de estado. Tiempo al tiempo.  Ya queda menos para verlo.