Teníamos quince años. Recuerdo las tardes de domingo. Solíamos quedar en su casa porque sus padres iban al fútbol casi todas las semanas. Escuchábamos los discos de Dogo y los Mercenarios, de los Clash, de los Ramones, de Radio Futura o los Burning. Fumábamos cigarrillos rubios, cientos de cigarrillos rubios y bebíamos café. Café negro, amargo, fuerte. Café recién salido de la cafetera, humeante y aromático. A veces comprábamos pasteles. Otras veces alguien llevaba costo. Y nos fumábamos unos canutos. Reíamos. Cantábamos. Hacíamos como que tocábamos la guitarra. Hablábamos del amor, del dolor, de las cosas de la vida. Éramos arrogantes, con esa arrogancia que sólo se tiene a los quince años. Pensábamos que lo sabíamos todo, que teníamos en nuestras manos el secreto, no importa demasiado de qué. Aunque en realidad no éramos más que aprendices, aprendices de todo. Y no sabíamos una mierda de nada. Cuando ya era tarde y sus padres estaban a punto de regresar, abríamos de par en par las ventanas de la casa y dejábamos que el aire frío de la noche entrara a raudales y lo purificara todo. Y nos marchábamos cada uno a nuestra casa porque al día siguiente había que ir al instituto. Y nos volvíamos a encontrar a la misma hora, en el mismo sitio, los mismos amigos, el domingo siguiente.
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