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domingo, 26 de febrero de 2017

Cristal

"Nunca jamás metas la polla en nada que esté hecho de cristal."

Charles Bukowski

Ya sabéis, seguid los consejos del viejo indecente, que por algo llegó a viejo, a pesar de todo.

domingo, 15 de mayo de 2016

Charles Bukowski, tocando los cojones al poder establecido



Charles Bukowski murió en marzo de 1994, o sea, que ya han transcurrido 22 años desde su muerte. Y a pesar de todo este tiempo, el viejo indecente la ha vuelto a liar parda. Seguro que el muy cabronazo estará partiéndose de risa en su tumba, en el cementerio de Los Angeles, en California.
Para quien no esté al tanto de lo que ha pasado, le hago un breve resumen de la movida. El ayuntamiento de Barcelona ha montado una semana de poesía entre el día 4 y el 10 de mayo. Entre los diferentes actos incluidos en Barcelona Poesía, que era el nombre de la criatura, se habían instalado unos paneles repartidos por diferentes espacios de la ciudad con poemas de poetas de diferentes procedencias. Uno de los poetas elegidos era el insigne Charles Bukowski, poeta bastante famoso a esta altura del partido, pero por si alguien no tiene el gusto de conocerlo aún, diremos que el viejo Hank fue un poeta nacido en Alemania, pero que desarrolló toda su carrera en los EE.UU, y que además de poesía, escribió novelas, relatos cortos, e incluso un guión cinematográfico. Bukowski, le pese a quien le pese, ha sido uno de los grandes escritores norteamericanos del siglo XX. Y para que nadie dude de su magnitud, sólo daré un dato. Cuando murió en 1994, Bukowski era el autor norteamericano más traducido y uno de los más vendidos en todo el mundo, a pesar de que su obra no es nada complaciente y a pesar de que no hubo premios ni zarandajas por el estilo. Lo que había en aquellos poemas era mucha rabia y muchas ganas de tocar los cojones, como se ha visto estos días en la ciudad de Barcelona.
El poema en cuestión se titula “4 polis” (4 cops, en inglés) y es un oscuro (por raro, quiero decir) poema, incluido en uno de los muchos libros póstumos que se han publicado en los últimos años. En el poema, el viejo Buk, narra su encuentro con cuatro polis en un bar, y muestra, como no podía ser de otra manera, viniendo de quien viene, lo poco que le gustaban los representantes de la ley. En fin, parece ser que a ni a la policía de la ciudad de Barcelona ni a la Delegada del Gobierno, ni a su jefe, el Ministro de Interior, el simpar Fernández Díaz, metidos ahora a críticos literarios, les gusta la poesía de Bukowski y se han tomado la cosa por la tremenda. A mí me parece genial que a toda esta gente no les guste el poema en cuestión, y además me parece genial que lo digan, faltaría más, lo que ya no me parece tan genial es que el ayuntamiento de Barcelona lo haya censurado y haya acabado tapándolo. Eso, sinceramente, me parece una ridiculez y creo que en este país estamos llegando a un nivel de estupidez  tan mayúsculo que uno ya no sabe si reír o si llorar. Hace un par de meses fue el tema de los titiriteros granadinos; ahora la toman con Bukowski. Habrá que estar atentos a ver qué es lo próximo. Porque sin duda, habrá otra cosa que quieran censurar dentro de unos días o unas semanas. Tiempo al tiempo. Porque no nos vamos a engañar, todo esto tiene poco que ver con Bukowski y con su poema. Esto, queridos amiguitos, va de otra cosa bien diferente. Y todos sabemos qué es esa otra cosa. 
Lo bueno de todo este asunto del poema de Bukowski es que, como muchos venimos sosteniendo desde hace mucho tiempo, la poesía SÍ es capaz de cambiar el mundo, y si no lo cambia, al menos remueve conciencias, y si tampoco consigue eso, al menos toca los cojones, que eso era algo que sabía hacer muy bien el autor de La máquina de follar. 

martes, 28 de febrero de 2012

Charles Bukowski: no más héroes

Estos días los lectores de Bukowski estamos de enhorabuena. La editorial Anagrama ha publicado hace apenas unas semanas una nueva obra del viejo indecente. Se titula Ausencia del héroe (toma el título de uno de los relatos que se incluyen en el libro) y se subtitula Relatos y ensayos inéditos (1946-1992) y es, esta vez sí, una obra en prosa. Últimamente se han editado en castellano muchos de sus libros de poesía, sobre todo sus obras póstumas. Tengo que confesar que al principio me acerqué a estas obras (las póstumas, digo) entusiasmado, pero poco a poco mi interés ha ido decayendo, porque me he ido dando cuenta de que esos poemas de madurez, salvo honrosas excepciones, no eran tan potentes, tan claros, tan milagrosos (por decirlo con palabras del propio Buk) como habían sido los poemas de la década de los sesenta y setenta incluidos en obras como Madrigales de la pensión, Guerra todo el tiempo o Los días pasan como caballos salvajes por las colinas.
Sin embargo, desde que me llegaron las primeras noticias de que la editorial de Jorge Herralde preparaba la edición de este libro, el radar se puso en marcha. Así que nada más salir al mercado, me he hecho con un ejemplar y he tratado de leerlo con el interés del lector novel, con los ojos del que se acerca a la obra de Bukowski por primera vez.
Durante toda su vida como escritor, Bukowski fue un gran colaborador de la prensa alternativa americana. Incluso siendo un autor consagrado seguía enviando sus escritos a pequeñas revistas que, las más de las veces, no publicaban más allá de dos o tres números. Eran revistas mimeografiadas publicadas por editores vocacionales, gente que ponía toda la carne en el asador para hacer su propia publicación, y que en gran parte fueron los “culpables” del fenómeno Bukowski. Algunas de esas revistas fueron Matrix, Open City, Harlequin, L. A Free Press (donde tuvo durante algún tiempo la columna “Escritos de un viejo indecente”), Second coming, Nola, etc.
Ausencia del héroe contiene 39 textos en prosa recopilados de estas revistas, por lo que el subtítulo tiene poca razón de ser. Estos relatos y ensayos no eran inéditos, más bien habría que llamarlos perdidos. Y es que la mayoría de estos escritos estaban perdidos en bibliotecas públicas o particulares. Así que David Stephen Calonne, estudioso de la obra del autor americano, se puso manos a la obra y recopiló estos 39 escritos, que conforman Ausencia del héroe. Se trata de un cajón de sastre donde podemos encontrar relatos de ficción (todo lo ficticios que pueden ser los relatos de Bukowski, por supuesto), como “El invasor”, “Cristo con salsa barbacoa” o “La historia del violador”, pero también reseñas literarias (es curiosa la que hace de su propia obra Escritos de un viejo indecente en “Bukowski sobre Bukowski”), prólogos para alguna obra ajena, escritos personales donde da rienda suelta a su pensamiento filosóficopolíticovital, etc.
Si te gusta Bukowski, está claro que te gustará este libro. Porque en las páginas de este libro se puede hallar el rastro del Bukowski más conocido, el mujeriego que se regodeaba en escenas de sexo casi pornográficas, el borracho empedernido, el que detestaba al resto de la humanidad, el lector ácido que ataca sin piedad a otros escritores, el escritor que escribía de noche mientras sonaba en su pequeño transistor algo de Mahler o Bach, el narrador que te arranca una carcajada evidenciando lo imbéciles que llegamos a ser los seres humanos, el gran escritor que mandó a tomar por culo el sueño americano. El genial Bukowski.

domingo, 8 de mayo de 2011

John Fante: Oro en el basurero (I)

Una forma distinta de escribir

Principios de los años treinta. Biblioteca Pública de Los Ángeles. Un joven llamado Charles Bukowski pasa allí la mayor parte de su tiempo. Su único deseo es llegar a ser escritor. Como por arte de magia, descubre una novela titulada Pregúntale al polvo. Su autor, un tal John Fante (Denver, Colorado, 1909 – Los Ángeles, California, 1983).
Finales de los años setenta. Asilo para veteranos de la industria del cine y la televisión en Woodland Hills. John Fante no es más que un escritor sepultado por el peso implacable del olvido, postrado en una cama, ciego y con ambas piernas amputadas a causa de una terrible diabetes. A pesar de haber publicado varias novelas y colecciones de relatos cortos, a pesar de haber trabajado en numerosos guiones para la industria cinematográfica, a pesar de haber luchado constantemente en pos de una fama y un éxito que siempre se le habían escurrido de las manos en el último momento.
Pero volvamos a Charles Bukowski. En 1978, publica una novela titulada Mujeres. En ella reconoce que su autor favorito es un escritor desconocido para el gran público, un italo-americano llamado John Fante. “¿Por qué le gusta?”, le preguntan en una rueda de prensa a Henry Chinaski, alter ego de Bukowski en la obra. “Emoción total. Un hombre muy valeroso”, es su respuesta.
A partir de este momento, el nombre de John Fante empieza a pasar de boca en boca. El primer sorprendido es John Martin, factótum de la editorial Black Sparrow Press, que se encarga de la edición de la obra de Charles Bukowski. Martin se interesa por John Fante y pone en circulación, de nuevo, Pregúntale al polvo, la primera novela que impactó al joven Bukowski en los lejanos días de la Biblioteca Pública de Los Ángeles. John Martin le pide al viejo indecente que se encargue de prologar la reedición de la novela. En ese prólogo, Charles Bukowski explica cómo descubrió la obra de Fante y qué experimentó ante tal descubrimiento:

Yo era joven, pasaba hambre, bebía, quería ser escritor (...) pero nada de cuanto me caía en las manos tenía que ver conmigo, con las calles, ni con las personas que me rodeaban. (...) Había excepciones, pero eran tan escasas que se agotaban rápidamente y uno se quedaba sin saber qué hacer ante las filas interminables de libros insípidos.


Hasta que, finalmente, continúa Charles Bukowski, un día en que no esperaba encontrar nada que mereciera la pena,

(…) cogí un libro, lo abrí y se produjo un descubrimiento. Pasé unos minutos hojeándolo. Y entonces, como el hombre que ha encontrado oro en el basurero, llevé el libro hasta una mesa. Las líneas rodaban con facilidad por la página, había fluidez. Cada renglón poseía energía propia y lo mismo sucedía con los siguientes. La esencia misma de los renglones daba entidad formal a las páginas, la sensación de que allí se había esculpido algo. He aquí, por fin, un hombre que no tiene miedo de los sentimientos. El humor y el dolor se mezclaban con una sencillez soberbia. Comenzar a leer ese libro fue para mí un milagro tan fenomenal como imprevisto.

De esta manera, el joven Charles Bukowski, que es socio de la Biblioteca Pública de Los Ángeles, se lleva el libro a su casa, y tumbado en la cama, comienza a leer y, mucho antes de haber acabado, supo “que había dado con un autor que había encontrado una forma distinta de escribir.”

domingo, 13 de marzo de 2011

Las novelas de Bukowski (VII y final)

Dedicado a la mala escritura: Pulp

Dos semanas después de su muerte, aparece publicada la última novela de Charles Bukowski, Pulp. Bukowski había estado trabajando de manera intermitente en esta novela durante los dos últimos años de su vida, cuando ya estaba enfermo de leucemia y la muerte acechaba al escritor californiano.
Pulp es un sentido homenaje a un tipo de literatura que Bukowski admiraba: la “pulp fiction”, es decir, las novelas de detectives que se publicaban para ser comercializadas en los quioscos y que gozaron de notable éxito entre las décadas de los veinte y los cincuenta en los Estados Unidos y en otros muchos lugares del mundo. Eran ediciones hechas en papel barato, imperfectas, escritas la mayoría de las veces en unos días, pero emocionantes, que los lectores devoraban más rápidamente de lo que habían sido escritas.
Aparentemente, esta novela es la menos autobiográfica de todas las obras de Bukowski, ya que es la única cuyo protagonista no es Henry Chinaski. En Pulp, Charles Bukowski nos cuenta las desventuras del detective privado de Los Ángeles Nick Belane, un detective “de cincuenta y cinco años”, que lleva una Luger debajo del sobaco y tiene los “ojos tristes, los zapatos viejos” y al que, según sus propias palabras, nadie quiere. Nick Belane es un detective de seis dólares la hora, alcohólico, barrigón, violento, tres veces casado y tres veces divorciado, “un perdedor”, “un detective incapaz de resolver nada”, al que le gusta apostar en el hipódromo. Por supuesto, como buen detective privado, tiene una visión bastante pesimista tanto de sí mismo como del mundo en el que le ha tocado vivir. En su opinión, la “inmensa mayoría de la gente estaba loca. Y los que no estaban locos estaban furiosos. Y los que no estaban locos ni furiosos eran idiotas. No tenía escapatoria.” Cuando Belane se mira en el espejo sólo atina a ver “depresión y derrota. Unas bolsas oscuras debajo de los ojos. Ojillos cobardes, los ojos de un roedor atrapado por un jodido gato.”
Al comienzo del libro, Belane nos cuenta:

Yo estaba sentado en mi oficina, mi contrato de alquiler había vencido y McKelvey estaba empezando los trámites para desahuciarme. Aquel día hacía un calor del demonio y el aire acondicionado se había roto.

En esas se encuentra cuando la señora Muerte, una hermosa mujer de voz sexy, con un vestido “tan apretado que casi le estallaban las costuras”, visita su despacho para encargarle un escabroso asunto: debe encontrar a un tal Céline, que “se ha pasado varias veces por la librería de Red (Koldowsky), ha estado hojeando libros, preguntando sobre Faulkner, Carson McCullers, Charles Manson…” Corre el rumor de que ese hombre podría ser el escritor maldito Louis Ferdinand Céline, el “escritor más importante de Francia”, que no habría muerto en 1961. Al mismo tiempo, un tipo llamado John Barton le encarga encontrar al Gorrión Rojo, y si lo consigue le dará “100 dólares mensuales de por vida.” Barton no tiene evidencias de que el Gorrión Rojo exista, pero sabe que si es así, sólo Belane podrá encontrarlo. Estos dos casos se mezclan con un caso de infidelidad conyugal, con deudas de juego del propio Belane y con una invasión de extraterrestres del planeta Zaros. Como se puede imaginar, una mezcla explosiva.
Aunque a grandes rasgos Pulp es una parodia/homenaje de la novela de detectives, podemos afirmar que es algo más que eso. Pulp esconde entre sus divertidas páginas una profunda reflexión sobre la muerte. A lo largo de la novela, son abundantes las referencias a la muerte: “El hombre ha nacido para morir. ¿Qué quiere decir eso? Perder el tiempo y esperar.” O este otro fragmento:

Maldita sea, la muerte está en todas partes. Ni hombres, ni pájaros, ni fieras, ni reptiles, ni roedores, ni insectos, ni peces, ninguno tenía una oportunidad. El final estaba fijado. No sabía qué hacer. Me empecé a deprimir. Ya saben, veo al dependiente del supermercado metiendo en la bolsa lo que he comprado y a continuación le veo metiéndose en su propia tumba junto con el papel higiénico, la cerveza y las pechugas de pollo.

Y en otro momento de la novela, Belane visita una funeraria y al abrir un ataúd, se ve a sí mismo dentro:

La persona que estaba en aquel ataúd era yo. El ataúd estaba forrado de terciopelo y yo tenía una sonrisa de cera. Llevaba un traje marrón oscuro arrugado y tenía las manos cruzadas sobre el pecho con un clavel blanco.

También en el libro podemos encontrar numerosos pasajes en los que Bukowski expone, usando la voz de Nick Belane, lo que podríamos denominar su filosofía vital:

Considerándolo todo, había hecho bastante más de lo que me había propuesto hacer durante toda mi vida. Había conseguido algunas jugadas bastante buenas. No estaba durmiendo en la calle. (…) Yo había tenido suerte, pero también es verdad que algunas de las jugadas me las había pensado bien antes. Pero, considerándolo todo, era un mundo bastante horrible y a menudo me sentía deprimido por la mayoría de la gente que lo habitaba.

Este párrafo avala la tesis de Iñaki Esteban cuando afirma que “Belane es un disfraz de detective hecho a medida para Bukowski.” En la misma línea se expresa Benjamín Prado cuando escribe que,

El detective Nick Belane comparte muchos de los rasgos del propio Bukowski, pasa tantas tardes como lo hizo él apoyado en las barras de los bares pensando en la diferencia entre todas las mujeres que le gustaría tener y en las únicas que puede tener, le gustan las peleas aunque siempre suele sacar la peor parte de ellas, tiene tanta esperanza en el género humano como una manada de ovejas en un lobo hambriento y, finalmente, está convencido de que no hay nada que no pueda solucionarse con un trago y un par de buenas mentiras.

No nos cabe ninguna duda de que la última novela de Charles Bukowski es algo más que un intento de parodiar u homenajear la literatura detectivesca. Así lo señala Fernando Baeta al afirmar que,

Pulp pretende, y consigue, ser una parodia irreverente, descarnada y divertida de la novela negra norteamericana, un intento de quitarle a Bogart la gabardina y dejarlo en pelota picada; Pulp pretende ser, y lo consigue, otra vuelta de tuerca más de Bukowski para despertarnos a todos de ese sueño americano que sólo produce pesadillas. Además, Bukowski consigue, posiblemente sin pretenderlo, escribir un tratado de su Filosofía, un libro de bolsillo sobre un estilo de vida, sobre el determinado estilo de vida que el gran zafio practicó hasta el final y que él reivindica como esta última voluntad a la que todo condenado a muerte tiene derecho.

A pesar de las reticencias iniciales hacia el género novelístico y de que empezó a cultivarlo mucho después que la poesía o el relato corto, Charles Bukowski fue un gran novelista. A lo largo de sus seis novelas, creó su propio universo literario, poblado por esos personajes que tanto le gustaban, pues según confesaba en una entrevista con Fernanda Pivano, siempre había sentido especial predilección por “el forajido, el hijo de puta." Y añadía:

No me gustan los buenos chicos de pelo corto, corbata y un buen empleo. Me gustan los hombres desesperados, los hombres con los dientes rotos y el cerebro roto… Me interesan más los pervertidos que los santos.

Todas estas coordenadas lo convirtieron en uno de los novelistas norteamericanos contemporáneos más innovadores y arriesgados de la segunda mitad del siglo XX. Meneses sintetizaba de esta manera el espíritu de la obra bukowskiana:

Para muchos Charles Bukowski sólo era un torrente de desvergüenzas. Un sucio desnudador de cuerpos, cuando lo que desnudaba eran conciencias. Esos muchos no se detenían a pensar en las razones que conducían al escritor a tales historias. En cambio, había —hay— otro público que lo leía con voracidad. No dominado por el placer de leer páginas impregnadas de sexualidad. Más bien degustando la hermosa voz del fracaso lanzada sobre el mundo de los fáciles triunfadores. El hablar de marginados, el meterse en el alma de los alcohólicos o el correr las cortinas de la alcoba y permitir que se vea lo que ahí está pasando, no era el espíritu de sus historias. Eso era sólo el ropaje. La esencia estaba en su afán de mostrar la debilidad del éxito. La inconsistencia del triunfo de quienes no lo merecen. Y. por supuesto, en utilizar personajes que como Sísifo suben para luego caer aunque éstos por su propia voluntad. Bukowski escribía con la vitalidad de un muchacho. Y parecía, por su lealtad con sus propias ideas, un poeta maldito del romanticismo. O un maldito a la usanza de Baudelaire o Rimbaud.


lunes, 6 de diciembre de 2010

Las novelas de Bukowski (VI)

Así se hace una película: Hollywood

En 1978, Barbet Schroeder, director francés de cine, visita por primera vez a Charles Bukowski con la intención de proponerle que escribiera un guión para una película que él pensaba dirigir. Schroeder había dirigido y producido algunas películas en su país de origen, destacando el documental General Idi Amin Dadda (1977), sobre el peculiar dictador de Uganda y Koko, el gorila que habla (1974).
Al principio aquella propuesta no entusiasmó a Bukowski, cuya opinión sobre el cine como medio de entretenimiento de masas ha sido siempre muy negativa:

Si Linda dice “vayamos al cine”, le respondo: “Oh, Cristo”. Es un coñazo ver una película. Me parece que me estafan cuando me siento allí, con toda esa gente. (…) Cuando era niño, en los años de la Depresión, cuando tienes once años, Buck Rogers te parece muy bueno. Incluso Tarzán. Aun Cary Grant y todo eso; nosotros solíamos bostezar sin parar. Yo todavía lo hago. El cine no ha dado mucho en varios decenios.


No obstante, hay algunas películas y algunos directores que sí producen en Bukowski un efecto positivo:

¿Quieres que te nombre algunas películas buenas? Alguien voló sobre el nido del cuco, El hombre elefante, Cabeza borradora, ¿Quién teme a Virginia Woolf?, esas películas son títulos clásicos. Kurosawa y sus escenas grandiosas de batalla. (…) La primera película que me produjo impresión, la primera que me hizo llorar fue Sin novedad en el frente. La escena de la mariposa me cautivó.

Finalmente se deja convencer por el director francés y en enero de 1979 firma un contrato con Schroeder para escribir un guión, que será completado en tres meses y que se convertirá en la película El borracho (1987), dirigida por el propio Barbet Schroeder e interpretada por Mickey Rourke y Faye Dunaway, en sus papeles protagonistas.

El título original de la película es Barfly. El propio Charles Bukowski explica a Fernanda Pivano el significado de la palabra:

“(…) es alguien que como yo en los viejos tiempos, está sentado en un taburete de un bar desde el momento en que se despierta hasta el momento en que cierra el bar. Creo que barflybarfly es una persona que siempre está en el bar, subsiste allí, lo necesita. Y yo durante mucho tiempo he sido un barfly, estaba allí sentado en el taburete de un bar. Entras por la mañana, te sientas y a veces tienes unos centavos para la primera cerveza y esperas a que alguien te invite.” (literalmente, mosca de bar) viene de ahí, que cuando se bebe cerveza y hay un montón de espuma en la barra, hay unas moscas que zumban y se posan junto a la cerveza y dan una vuelta y luego vuelan de nuevo. Y un


Después del estreno de la película, Charles Bukowski decidió narrar todas las experiencias relacionadas con ella en una novela que acabó llamándose Hollywood, y que fue publicada en 1989. En la obra, Henry Chinaski firma un contrato con un director de cine llamado Jon Pinchot para escribir el guión de una película, aunque para él hacer tal cosa era “algo muy estúpido”. Lo que en principio parece simple, se va complicando de manera increíble, sobre todo por el tema económico. Pinchot no encuentra a nadie que se quiera hacer cargo de la financiación de su proyecto cinematográfico. Sucesivamente van apareciendo empresas que parecen fiables, pero en última instancia, todas acaban desistiendo. Al final se hará cargo de la película una compañía llamada, Firepower Productions,

Son nuevos en Hollywood. Son de fuera. Nadie Sabe qué hacer con ellos. Antes hacían películas oportunistas en Europa. Llegaron de la noche a la mañana y empezaron a hacer docenas de películas, una tras otra. Todo el mundo los odia. Pero negocian, aunque negocian duro.


Los problemas siguen haciendo acto de presencia, hasta tal punto que Pinchot amenaza con suicidarse si no se cumplen las condiciones pactadas en el contrato.
La fuerza del libro radica principalmente en la línea argumental que atrapa al lector desde el comienzo. Hollywood se mueve en tres planos diferentes. Por un lado, Charles Bukowski nos describe el lado más siniestro de Hollywood, esa parte que intuimos pero que en realidad permanece oculta tras el glamour que envuelve todo lo relacionado con la industria cinematográfica y que nos venden en los medios de comunicación:

Las películas costaban una gran cantidad de dinero porque la mayor parte del tiempo nadie hacía nada más que esperar y esperar y esperar. Hasta que esto no estuviese listo y aquello no estuviese listo y la peluquera acabase de mear y el consejero técnico hubiese dado su consejo, no pasaba nada. Todo era una paja deliberada, un sueldo para esto y un sueldo para aquello, y había sólo un hombre que estaba autorizado a poner un enchufe en la pared, y el técnico de sonido estaba cabreado con el ayudante de dirección, y luego los actores no se sentían bien porque así es como se supone que deben sentirse los actores, y así sucesivamente. Era todo malgastar, malgastar, malgastar.

Henry Chinaski siente un profundo desdén hacia este ambiente (“Todo vale en la guerra y en Hollywood”), pero piensa que escribir ese guión es un paso necesario en su carrera como escritor, un peldaño más en su evolución personal como artista. Para Chinaski, la gente que pulula por los estudios y las fiestas, son gente “sin alegría”: “Simplemente no tenían vida por dentro. No podían hacer otra cosa sino encerrarse dentro de un yo que no estaba muy presente.”
El segundo plano en el que se mueve la novela es la situación en la que se encuentra el propio Henry Chinaski al convertirse en un escritor de éxito que vende cientos de miles de libros y empieza a ser conocido mundialmente. Por más que le pese a una parte de sus lectores e incluso a él mismo, Chinaski ha dejado de ser el escritor pobre, demente, resacoso, siempre al límite, que solía ser, para convertirse en un escritor con asesor fiscal, una hermosa casa de dos plantas con jardín y un BMW negro modelo 320i. No obstante, hay cosas que permanecen inmutables:

Así que allí estaba yo sentado a la máquina, escribiendo poemas y enviándolos a revistas de poca tirada. No sé por qué, el cuento no aparecía por la máquina de escribir y eso no me gustaba, pero no podía forzarlo, así que me dedicaba a juguetear con la poesía. Era mi escape y mi festín. Tal vez el cuento volvería algún día. Yo, por supuesto, esperaba que así fuese. Los caballos seguían corriendo, el vino seguía manando y Sarah hacía hermosos arreglos en el jardín.


Por último, el libro está salpicado de historias sobre los viejos tiempos, cuando Chinaski era joven y se “moría de hambre con tal de tener tiempo para escribir”. Volviendo la vista atrás, Chinaski reflexiona sobre aquel período:

Debía de estar loco. Sin afeitar. La camiseta llena de quemaduras de cigarrillos. Mi único deseo era tener más de una botella en el aparador. Yo no estaba de acuerdo con el mundo y el mundo no estaba de acuerdo conmigo, y había encontrado a otros como yo, la mayoría mujeres, mujeres que la mayor parte de los hombres no querrían en su misma habitación, pero yo las adoraba, me inspiraban, yo hacía teatro, soltaba tacos, me pavoneaba de un lado a otro en ropa interior diciéndoles lo fantástico que era, pero sólo yo me lo creía. Ellas simplemente gritaban: “¡Vete a tomar por culo!”, “¡Sirve más alcohol!” Aquellas damas del infierno, aquellas damas en el infierno conmigo.

En Hollywood encontramos todo un elenco de personajes que, como él propio Chinaski, desprecian la industria cinematográfica: actores, extras, productores, directores, guionistas, etc. Tipos raros, extravagantes, con manías extrañas que descolocan a Chinaski. Uno de estos personajes es François Racine, “un gran actor, pero de vez en cuando se vuelve loco. Simplemente se olvida del guión y de la escena que se supone que están rodando y hace lo que le viene en gana.”
Henry Friedman es otro de los personajes grotescos que pueblan el universo bukowskiano. Es uno de los dueños de la productora Firepower Productions. Todo el mundo lo odia, pero al mismo tiempo, todos se someten a sus caprichosos deseos. Chinaski lo ve por primera vez en una fiesta de cumpleaños:

Allí estaba con un traje viejo, sin corbata; le faltaba el botón de arriba de la camisa, que estaba arrugada. Friedman tenía la cabeza en otras cosas que no eran la ropa. Pero tenía una sonrisa fascinante y sus ojos miraban fijamente a la gente como si les estuvieran haciendo una radiografía. Había venido del infierno y estaba todavía en el infierno y lo llevaría a uno al infierno también, si se le diera la más mínima oportunidad.


Otro de estos tipos pintorescos es John Galt, un poeta que, en los viejos tiempos, había ayudado a Chinaski. Después de mucho tiempo sin verse, ser produce un reencuentro:

Parecía amable y bueno pero vi un dolor profundo en sus ojos que antes no había visto nunca. Más que un hombre que había querido ser feliz parecía un hombre que había perdido dos peones en los primeros movimientos de una partida de ajedrez sin sacar ninguna ventaja.


A pesar de todo, Henry Chinaski sigue sintiendo el mismo desprecio que mostraba en sus novelas anteriores por la gente:

A mí cada vez que alguien me hablaba me entraban ganas de tirarme por la ventana o de escapar por el ascensor. La gente, simplemente, no me parecía interesante. Quizá no tenía por qué serlo. Pero los animales, los pájaros, incluso los insectos lo eran. No lograba comprenderlo…

Al final de la novela, Henry Chinaski decide que escribirá una novela “sobre la creación del guión y la filmación de la película” y, evidentemente, se titulará Hollywood.
Para Félix romeo Pescador, Hollywood es, sin lugar a dudas, la mejor novela que ha escrito Charles Bukowski, y nos la define como

(…) una historia fuerte, dura, la historia del desengañado viejo que no es. De un escritor movido por el vaivén de los acontecimientos, muy poco preocupado por la acción y guiado por intereses ajenos a él que lo introducen en una dinámica de vida “desordenada”. (…) Hollywood es el retrato de dos decadencias, la de la industria del cine y la de la vida del escritor que se siente absolutamente estafado. Un escritor que se pregunta si alguno de sus lectores será inteligente, que se encierra en su mundo de carreras de caballos, poesía, alcohol y amor. Bukowski consigue crear en Hollywood un ambiente doblemente sórdido: el del mundo insoportable del cine y el de su vida guiada por una razón ajena a él mismo.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Las novelas de Bukowski (V)

La forja de un rebelde: La senda del perdedor

En 1982 se publica su cuarta novela, La senda del perdedor . Esta novela entronca directamente con la tradición norteamericana de novelas cuyo protagonista principal es un niño que nos muestra el mundo desde su particular óptica, tales como Tom Sawyer o Huckleberry Finn, de Mark Twain, El Arpa de Hierba, de Truman Capote o El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger. Sin embargo, la obra de Charles Bukowski, por su temática, está más cerca de los sufridos protagonistas infantiles de Charles Dickens (por ejemplo, Sissy en Tiempos difíciles u Oliver Twist en la obra homónima) que de Hackleberry Finn en la novela de Twain o Holden Caulfield en la novela de Salinger.
Durante mucho tiempo John Martin había intentado que Bukowski escribiera una novela sobre su niñez, pero el autor siempre se había negado argumentando que era una época que sólo despertaba en él malos recuerdos, y por tanto, le resultaba muy difícil escribir sobre esa etapa de su vida. En una carta dirigida a John Martin fechada el día siete de octubre de 1976, Charles Bukowski reflexiona a propósito de este tema: “Creo que nunca seré capaz de escribir sobre mi niñez. Quizás con setenta años (…)”. Y no sería hasta 1980 cuando empezara a escribir sus recuerdos de infancia y juventud.
En esta obra se relata la infancia y adolescencia de Henry Chinaski, partiendo desde su primer recuerdo, hasta el día en que Pearl Harbor es bombardeado por la aviación japonesa y los Estados Unidos entran en la Segunda Guerra Mundial. El joven Chinaski nos presenta una época durísima de la historia americana: la Gran Depresión de los años treinta.

La gente empezó a ir a los solares donde crecía la hierba. Habían aprendido que algunas de las hierbas podían ser guisadas y comidas. Había peleas a puñetazos entre hombres en los solares y en las esquinas. Todo el mundo estaba furioso. Los hombres fumaban Bull Durham y no aguantaban a nadie. (…) La gente hablaba de segundas y terceras hipotecas. Mi padre vino a casa una noche con un brazo roto y los dos ojos morados. Mi madre tenía un trabajo en alguna parte que le daba un poco de dinero. Y todos los chicos del vecindario teníamos un par de pantalones para los domingos y otro par de pantalones para diario. Cuando los zapatos se desgastaban, no había otros para reponerlos. En las tiendas se vendían suelas y tacones por 15 o 20 centavos junto a la cola, y éstas se pegaban en los zapatos desgastados.


Además de la terrible situación socioeconómica, Chinaski tiene que soportar el hecho de tener un padre cruel, cuyas palizas se van haciendo prácticamente diarias:

Entré y él cerró la puerta tras nosotros. Las paredes eran blancas. Había un espejo de baño y una pequeña ventana, con una cortinilla negra rota. Estaban la bañera y el retrete y los azulejos del suelo. Cogió la badana de cuero para afilar la navaja de afeitar que colgaba de un gancho. Iba a ser la primera de una serie incontable de palizas que se fueron haciendo más y más frecuentes. Siempre, me parecía a mí, sin una verdadera razón.


Su madre es una mujer sumisa y obediente, incapaz de rebelarse contra el yugo de su esposo. Para colmo de males, Chinaski se ve sorprendido por el peor caso de acné de la ciudad de Los Ángeles:

Pasaron unos minutos y de repente la habitación se llenó de gente. Todos eran doctores. Al menos tenían el aspecto y hablaban como doctores. ¿De dónde habían salido? Creía que apenas había doctores en el Hospital General de Los Ángeles.
—Acne vulgaris. ¡El peor caso que he visto en todos mis años de ejercicio!
—¡Fantástico!
—¡Increíble!
—¡Mirad su cara!
—¡El cuello!
—Acabo de examinar a una joven con acne vulgaris. Su espalda estaba cubierta de granos. Ella lloró y me dijo: “¿Cómo podré jamás ligarme a un hombre? Mi espalda quedará marcada para siempre. ¿Quiero suicidarme!” ¡Y ahora mirad a este tipo! Si ella pudiera verlo, sabría que no tenía razón para quejarse.

Por todo esto, el joven Chinaski se ve rechazado tanto por sus compañeros de colegio como por las chicas. La lectura y la escritura se convierten en la única escapatoria posible, y el único lugar donde se encuentra a gusto, la Biblioteca Pública de Los Ángeles. Allí empieza a leer un libro cada tarde y por sus manos pasan todos los grandes autores americanos y europeos: Upton Sinclair, D. H. Lawrence, Iván Turgenev, Maximo Gorki, John Dos Passos, Ernest Hemingway, Sherwood Anderson, Fiódor Dostoyevski, John Fante y un largo etcétera. Un poco más tarde conoce los encantos del alcohol, creándose un paraíso artificial en el que intenta escapar de todos los horrores de la vida cotidiana:

Nos sentamos en un banco del parque mascando chicle, y yo pensé, bueno, ahora sí que he encontrado algo, algo que me va a ayudar en los días venideros. La hierba del parque parecía más verde, los bancos del parque tenían mejor aspecto y las flores lucían más. Quizás aquella bebida no fuera buena para los cirujanos, pero el que alguien quisiera ser cirujano ya indicaba que no estaba bien desde el principio.


La senda del perdedor retrata a la perfección la otra cara del sueño americano: la carencia de oportunidades, el rechazo social, el alcohol como refugio seguro ante los problemas cotidianos, así como la falta de ambición y de autoconfianza del protagonista. En un pasaje de la novela, su protagonista, Henry Chinaski habla de sus deseos más inmediatos:

Podía ver el camino que se abría frente a mí. Yo era pobre e iba a continuar siéndolo. Pero tampoco deseaba especialmente tener dinero. No sabía qué es lo que quería. Sí, lo sabía. Deseaba algún lugar donde esconderme, algún sitio donde no tuviera que hacer anda. El pensamiento de llegar a ser alguien no sólo no me atraía sino que me enfermaba. Pensar en ser un abogado, concejal, ingeniero, cualquier cosa por el estilo, me parecía imposible. O casarme, tener hijos, enjaularme en la estructura familiar. Ir a algún sitio para trabajar todos los días y después volver. Era imposible. Hacer cosas normales como ir a comidas campestres, fiestas de Navidad, el 4 de julio, el Día del trabajo, el Día de la Madre… ¿acaso los hombres nacían para soportar esas cosas y luego morir? Prefería ser un lavaplatos, volver a mi pequeña habitación y emborracharme hasta dormirme.

En palabras de Barry Miles, autor de una biografía sobre Charles Bukowski, este libro es posiblemente su mejor novela, su Bildungsroman, la historia novelada de su infancia, la torturada relación con su padre, hasta el instituto de secundaria y hasta Pearl Harbor y la primera vez que se marchó de casa. Es una obra conmovedora, mordaz, divertida a veces y a veces inquietante.

lunes, 11 de octubre de 2010

Las novelas de Bukowski: Mujeres (IV)

De amor y sexo: Mujeres

En 1978 aparece la tercera novela de Charles Bukowski, que se había empezado a fraguar a principios de 1976 y cuyo título inicial iba a ser Historias de amor de la hiena. Finalmente aparecerá con el nombre más genérico de Mujeres. La novela gira en torno a las relaciones personales. En este libro sigue estando presente el escritor inmaduro, irresponsable y borracho que ya conocíamos por sus primeras novelas y sus relatos cortos. En esta ocasión Bukowski nos relata las aventuras y desventuras de un Chinaski que ya ha saboreado las mieles del éxito como escritor y que empieza a conocer el lado negativo de la fama. La historia central gira en torno a las relaciones afectivas y sexuales del escritor. Tras un período aproximado de unos cuatro años en el que no ha tenido ninguna relación sexual o amorosa (“Yo tenía cincuenta años y no me había acostado con una mujer desde hacía cuatro.”), conoce a una chica y entablan una relación de pareja. A partir de este momento, las mujeres se suceden en su vida a un ritmo vertiginoso. A lo largo de la obra, Chinaski mantiene relaciones sexuales con veinte mujeres distintas. Las hay que sólo quieren sexo, pero otras quieren algo más: “Y sin embargo, las mujeres, las buenas mujeres, me daban miedo porque a veces querían tu alma, y lo poco que quedaba de la mía, quería conservarlo para mí.”, señala Henry Chinaski. Al mismo tiempo, Chinaski nos habla de sus lecturas poéticas en las universidades americanas, de su relación con otros escritores, de las cartas que recibe diariamente de sus seguidoras, de sus citas a ciegas con mujeres que vienen desde la otra parte del país para conocer cara a cara al escritor que las ha deslumbrado con su poesía y su prosa o de los ratos que pasa en el hipódromo, apostando o simplemente bebiendo.
La relación más importante de la novela la establece con Lydia Vance, una escultora a la que conoce en una lectura poética. A esta mujer le encantan las fiestas y la vida social, algo que Chinaski detesta profundamente. Algunos días después de su primer encuentro, ella le pide al poeta que pose como modelo para hacer una escultura de su cara, y a partir de ese momento comienza una tragicómica relación amorosa salpicada de sexo, fiestas, celos y peleas:

Lydia cogió mi máquina de escribir y fue corriendo con ella hasta el centro de la calle. Era una máquina pesada y antigua, modelo estándar. Lydia la levantó por encima de su cabeza con las dos manos y la estampó contra el suelo. El rodillo y otras piezas salieron volando. Volvió a levantarla otra vez, la alzó por encima de su cabeza y gritó: ¡NO ME HABLES DE TUS MUJERES!, y volvió a estamparla otra vez contra el suelo.


Al final del libro, y a pesar de todas las relaciones negativas que ha mantenido, sigue habiendo lugar para la esperanza. Ésta viene representada por Sara, la dueña de un bar de comida naturista a la que también ha conocido en una lectura poética, y de quien finalmente parece haberse enamorado:

Sara era una buena mujer. Tenía que centrarme. Cuando un hombre necesitaba muchas mujeres, era porque ninguna de ellas era buena. Un hombre podía perder su identidad jodiendo demasiado por ahí. Sara se merecía mucho más de lo que yo le daba. Ya era hora de que me portara como es debido.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Las novelas de Charles Bukowski: Factótum (III)

Haciendo añicos el sueño americano: Factótum

En 1975, aparece Factótum, la segunda novela de Charles Bukowski. A propósito del proceso de creación de la novela, Neeli Cherkovski cuenta:

En medio de la creación de nuevos poemas, la desenfrenada sucesión de recitales de poesía y el continuo drama con Linda, Hank acabó su segunda novela, Factótum. Había descubierto el título un día en que estaba buscando algo en el diccionario: se topó con la palabra y, al leer la definición, decidió que era lo que le iba a los años cuarenta, el período sobre el que había escrito; “Persona que hace toda clase de servicios…” El título fue fácil, pero escribir la obra no: trabajó esporádicamente en el libro a finales de 1973 y durante el año siguiente. En el otoño de 1974 estuvo a punto de quemarlo, pero lo acabó a tiempo para su publicación.

En Factótum, Bukowski nos presenta al joven Henry Chinaski en el período de tiempo que se extiende desde la Segunda Guerra Mundial hasta el comienzo de la década de los años cincuenta. Cada vez más cerca de convertirse en un antihéroe, Bukowski nos narra las idas y venidas de Henry Chinaski a lo largo y ancho de los Estados Unidos, desde Nueva York a Filadelfia, pasando por Nueva Orleans, Chicago, San Luis, Dallas, San Francisco o Miami. Chinaski viaja de un sitio para otro, sin destino predeterminado. Su medio de transporte favorito es, sin duda, el autobús:

Llevé a Henry Miller conmigo y traté de leerlo a lo largo del viaje. Era bueno cuando era bueno, y viceversa. Acabé con una botella de whisky, luego otra, y otra. El viaje duró cuatro días y cinco noches. (…) Yo siempre he padecido de insomnio y en un autobús sólo puedo dormir cuando estoy totalmente borracho. Ni siquiera lo intenté. Cuando llegamos no había dormido ni cagado en cinco días y apenas podía caminar.

De esta manera, se convierte en un asiduo de las terminales de autobuses Greyhound de todo el país:

Luego di una vuelta por la estación y me senté en los incómodos bancos junto a los demás pasajeros. Estábamos allí todos sentados, contemplándonos unos a otros y contemplando el vacío. Mascábamos chicle, bebíamos café, entrábamos en los retretes, orinábamos, nos dormíamos. Nos sentábamos en los duros bancos de espera y fumábamos cigarrillos que no queríamos fumar. Observábamos a los demás y no nos gustaba lo que veíamos.


A lo largo de la obra, el protagonista se enfrenta a unos veinte empleos, unas veces humillantes y otras, simplemente cómicos. En la mayoría de las ocasiones, estos trabajos no duran más de una semana, y algunos, no más de unas horas. Recolecta fruta, empaqueta revistas, hace recados en un periódico, fabrica galletas para perros, embala ropa de señoras, pedales de bicicleta, tubos fluorescentes, etc. Entre empleo y empleo, bebe, apuesta en las carreras de caballos y conoce a mujeres tan desesperadas y autodestructivas como él mismo. Una de estas mujeres es Jan.

Había tenido dos niños, pero tenía un polvo de lo más acojonante. Nos habíamos conocido en una camioneta-bar —yo estaba gastando mis últimos cincuenta centavos en una grasienta hamburguesa— y habíamos empezado a hablar. Ella me invito a una cerveza, me dio un número de teléfono, y tres días más tarde me mudaba a su apartamento.

Con Jan inicia una relación amorosa repleta de borracheras, sexo y peleas. Cuando las resacas y los empleos se lo permiten, Chinaski trata de abrirse camino como escritor, escribiendo relatos cortos que envía a revistas como Harper y Atlantic Monthly.

La mayoría de ellos los mandaba a Clay Gladmore, cuya revista neoyorquina Frontfire yo admiraba. Sólo pagaban 25 dólares por historia, pero Gladmore había descubierto a William Saroyan y a muchos otros, y había sido amigo íntimo de Sherwood Anderson. Gladmore me devolvía muchas cosas con notas de rechazo escritas por él mismo.


Hasta que un día, al fin, Gladmore le envía una nota donde le comunica que un relato de Chinaski será publicado en el próximo número de Frontfire. Chinaski se vuelve loco de alegría:

Me levanté de la silla sosteniendo todavía la nota ente mis manos, mi PRIMER texto aceptado. De la revsita literaria número uno de América. Nunca me había parecido el mundo tan hermoso, tan lleno de promesa. Caminé encima de la cama, me senté, me tumbé en el suelo, la leí otra vez, estudié cada curvatura de la firma de Gladmore. Me levanté, llevé la nota hasa la cómoda, la apoyé allí. Entonces me desnudé, apagué las luces y me emtí en la cama. No me podía dormir. Me levanté, encendí la luz, me acerqué a la cómoda y la leí de nuevo: Estimado Sr. Chinaski…


Factótum describe el cansancio, sufrimiento y humillación de su protagonista como si se tratase de una novela de denuncia social de los años treinta, al estilo de las novelas de John Steinbeck, pero sin el tono melodramático que caracterizó a este tipo de literatura.

Para el profesor Cándido Pérez Gállego, Factótum,

Nos conduce a un decorado sombrío en el que Chinaski lleva una existencia picaresca, cambiando de amor y de dueño, alternando la borrachera con el sexo y dando prueba de un absoluto fracaso vital. El estilo es directo, seco, no lejano del de (Richard) Brautigan, de notable eficacia. (…) Este decorado nos lleva a una vida contracultural: los hoteles lúgubres se suceden, las personas anodinas entran y salen. Hay una extraña sensación de libertad.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Las novelas de Charles Bukowski: Cartero (II)

Un poeta maldito en la oficina de Correos: Cartero

El día dos de enero de 1970, Charles Bukowski, a punto de cumplir cincuenta años de edad, presenta su dimisión en la oficina de Correos en la que llevaba trabajando desde 1958. Ha tomado una decisión irrevocable: convertirse en escritor profesional. Al día siguiente, Bukowski comienza a escribir la que será su primera novela: Post Office (Cartero), escrita “(…) en veinte días, ciento veinte mil palabras, de las cuales eliminé treinta mil en la corrección”, según escribía el propio autor en una carta a un amigo. Según Neeli Cherkovski, biógrafo de Bukowski, la escritura de esta novela permitió al autor californiano

repasar todos aquellos años de sufrimiento como funcionario de Correos. Revivió cada incidente con distancia, libre como estaba ahora de reglamentos, normas, supervisores y compañeros de trabajo. (…) En Cartero compara el dejar el trabajo con escaparse de la cárcel; escribir aquella novela fue como una liberación catártica, un medio de salir de una mala situación.

Sobre la manera en que fue escrita Cartero, Cherkovski cuenta lo siguiente:

El día que empezó la novela, Hank entró en una especie de trance, y no se tomó ni un día de descanso hasta que acabó. Empezaba a escribir a las dos y media de la tarde y seguía hasta medianoche, en que paraba, salía un rato y comía algo. Iba revisando a medida que iba escribiendo.

El día 21 de enero, tres semanas después de haber comenzado a escribirla, Charles Bukowski puso el punto y final a Cartero. Luego telefoneó a John Martin para darle la buena noticia. La novela fue publicada el ocho de febrero de 1971, prácticamente un año después de concluida. El libro, de carácter autobiográfico, narra las vicisitudes tanto a nivel laboral como personal, del personaje principal, Henry Chinaski, alter ego del autor, durante los dos períodos de tiempo en que trabajó como empleado en la oficina de Correos de Los Ángeles: el primero, tres años y medio como cartero; el segundo, doce años como funcionario clasificando la correspondencia en dicha oficina. El protagonista, Henry Chinaski, aparece como un hombre que no se asusta ante nada, que no se somete sumisamente a las órdenes injustas de sus superiores, que se rebela ante el sistema y ante sus representantes, los supervisores de la oficina de Correos. La parte más importante de la novela es el final, cuando el día de su cumpleaños, Chinaski, al igual que había hecho el propio Charles Bukowski unos meses antes, presenta su dimisión irrevocable para dedicarse por entero a lo que hasta ese momento había ocupado su tiempo libre: la literatura.
Esta primera novela aporta dos elementos fundamentales a la prosa de Bukowski:
a) La estructura formal: en esta obra Bukowski utiliza una estructura formal que mantendrá en el resto de sus novelas. Los orígenes de esta estructura los encontramos en el relato Confesiones de un hombre lo bastante loco como para vivir con las bestias. Consiste en una serie de capítulos, sin título, encabezados por un número que marca el orden de la narración. Esos capítulos son, por lo general, más breves que un relato y más largos que un simple boceto, aunque no se puede decir que haya una extensión media.
b) El personaje de Henry Chinaski: es el nombre que Bukowski utiliza para su alter ego. Hasta este momento, Bukowski había probado con otros nombres, por ejemplo, Puchinski en el relato Todos los culos del mundo y el mío, pero no los había conservado durante mucho tiempo. Sin lugar a dudas, una de las aportaciones más importantes y originales de Bukowski como novelista es el personaje de Henry Chinaski, que será el protagonista del resto de novelas de Charles Bukowski, excepto de la última.
El crítico Michael Basinski nos presenta a Henry Chinaski como,

un vagabundo y un alcohólico, inflexible, intransigente, groseramente poético y original. Es un personaje dostoyevskiano, un moderno y americano hombre del subsuelo. Es también un autoproclamado cobarde que obtiene un gran placer en las cosas más básicas: la imaginación, la creación, la defecación, la copulación y la intoxicación. Vive en una sociedad americana que está en ruinas, aunque es por elección propia y no porque las circunstancias lo obliguen. Chinaski ha cambiado la normalidad y la mediocridad por la ventaja del autoconocimiento y la exploración que sólo se puede alcanzar en un medio que no esté restringido desde el punto de vista social. Su yo supremo, un yo de connotaciones ácratas, ha encontrado su santuario en los barrios bajos, lejos de las demandas de la clase media de seguridad, empleo y un césped cortado con esmero. Chinaski no es un lerdo; es un superviviente. Su vida de alcohólico pobre y oprimido no lo deprime. Tampoco le da un carácter romántico —como ocurriría con un bohemio— a esa vida al margen de la sociedad. Chinaski ha inventado un espacio cultural donde él es el centro de su propio mundo, desde el cual ve pasar a toda prisa el loco mundo real. La filosofía de vida de Chinaski es bien sencilla y original. Es muy satírico y en apariencia anti-americano, aunque su espíritu es claramente yanqui e incluso su modelo vital, arquetípicamente americano. Es resuelto, testarudo, crítico, intolerante, autosuficiente y oportunista.

jueves, 9 de septiembre de 2010

Las novelas de Charles Bukowski: Introducción (I)

Charles Bukowski (Andernach, Alemania, 20 de agosto, 1920 / San Pedro, California, USA, 9 de marzo, 1994) es, con toda probabilidad, el escritor norteamericano que más éxito y fama ha alcanzado en Europa en las últimas décadas, desde que se diera a conocer en este continente con sus relatos, sus novelas y sus poemas a mediados de la década de los años setenta. Estas obras llegaron a España avaladas por el tremendo éxito de público y crítica que habían cosechado en otros países europeos, sobre todo en Alemania, Francia e Italia. En muy poco tiempo, empezaron a disfrutar en nuestro país de ese mismo éxito, consiguiendo un buen número de fieles seguidores. Su proyección internacional hizo que intelectuales, periodistas y críticos se interesasen de manera permanente por su obra.
El éxito masivo de sus obras, unido a las coordenadas narrativas mostradas por el autor, lo convirtieron en un revulsivo en el panorama internacional literario. Los personajes que pueblan sus obras —con frecuencia, gente con vidas al límite: prostitutas, borrachos, desempleados, fracasados de cualquier pelaje— y la propia temática de las mismas, es decir, su estilo narrativo, lo han convertido en uno de los escritores más originales, valientes e inteligentes de los últimos años. O como lo definiera Álvarez Flores, Charles Bukowski es,

(…) un escritor apresurado, descuidado, pero rápido y diestro lírico. Es obsceno y procaz pero magnánimo y magnífico y relampagueante, y terapéutico. Y es, sobre todo (…) profundamente humano y valeroso y príncipe.

Estamos, pues, ante un artista fruto de su época, perspicaz y agudo, satírico y delirante. Un artista cuyo universo creativo, cultural y vital es enteramente propio, aunque en él encontremos el rastro de influencias numerosas y, a veces, hasta dispares.

Las novelas de Charles Bukowski

En los años setenta, Bukowski abandonó durante poco más de una década el relato corto para centrarse en la novela. Éste era un género con el que no se había sentido nunca demasiado identificado, como demuestran muchas de sus cartas de este período:

(…) estoy seguro de que no puedo pasarme a la novela, al menos no en mi estado de ánimo, me parece que escribir una novela no es sino mucho trabajo, un concepto grandioso para no decir nada, y creo que la idea del poema, bueno o malo, es evitar que me vuelva más loco aún.


Algunos meses más tarde, aunque seguía pensando del mismo modo, dejaba una puerta abierta a una futura novela, si encontraba a alguien dispuesto a adelantar el dinero necesario para escribirla:

¿Una novela? Soy demasiado perezoso y estoy demasiado enfermo, para tal desperdicio de palabras, (…) por supuesto, soy como una prostituta, y si conoces a alguien que me adelante 500$ haré el truco porque estoy seguro de que seré capaz de escribirla de la manera que yo quiero, pero tú y yo sabemos que no aparecerá nadie con esas características, así que no afilaré la navaja, y hasta doy gracias por ello.


Pero al contrario de lo que Bukowski pensaba, sí que hubo alguien que adelantó el dinero para que él se pusiese a escribir una novela. El hombre en cuestión se llamaba John Martin, y era el dueño de la pequeña editorial Black Sparrow Press, que ya había publicado algunos volúmenes de poesía del viejo Bukowski.
Así pues, a lo largo de su carrera, Charles Bukowski escribió seis novelas: Post office (Cartero) en 1971, Women (Mujeres) en 1975, Factotum (Factótum) en 1978, Ham on Rye (La Senda del Perdedor) en 1982, Hollywood (Hollywood) en 1989 y Pulp (Pulp) en 1994.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Fragmentos de un cuaderno manchado de vino



Hace quince años, un nueve de marzo de 1994, moría en la ciudad de Los Ángeles el que ha sido probablemente el último icono de la literatura mundial: Charles Bukowski. Tras de sí dejaba una carrera rebosante de poemas, relatos cortos, y seis magníficas novelas: Cartero, Mujeres, Factótum, La senda del perdedor, Hollywood y Pulp. Tras su muerte, su viuda, Linda Bukowski, con la ayuda de John Martin, dueño y señor de la editorial Black Sparrow Press, se han encargado de mantener viva su memoria, dando salida a una cantidad ingente de material que el viejo indecente había dejado escrito. Ese material inédito era sobre todo poesía: Lo más importante es saber atravesar el fuego, Escrutaba la locura en busca de la palabra, el verso, la ruta, Adelante y La gente parece flores al fin son algunos de los volúmenes póstumos que recopilan esos poemas. No obstante, estos días, la Editorial Anagrama acaba de publicar el libro Fragmentos de un cuaderno manchado de vino, con el subtítulo de Relatos y ensayos inéditos 1944-1990, una colección de 36 relatos y ensayos más o menos críticos, que nos muestran al enfant terrible de la literatura estadounidense en plenitud de sus facultades. Antes de seguir adelante, me gustaría hacer una matización: estos textos no son inéditos o lo son sólo en castellano, ya que todos ellos proceden de revistas, prólogos de libros y volúmenes de homenaje a otros poetas. De hecho, al final del libro aparece un índice de procedencia de cada uno de los textos.
Fragmentos de un cuaderno manchado de vino supone un colofón perfecto a la obra bukowskiana. En estas páginas están todos los bukowskis que han sido: el viejo borracho, el follador empedernido, al ácrata descreído, el escritor que detesta al resto de la humanidad, empezando por los otros escritores, el escritor humorístico que hace que te desternilles de risa con ciertas situaciones, el surrealista, el escritor agradecido que rinde pleitesía a sus maestros, el pirado de los hipódromos, etc., etc. Y es que este libro compila verdaderas joyas. Empezando por “Consecuencias de una larga nota de rechazo”, el primer relato que el viejo Hank publicó en la revista Story en 1944, “El viejo indecente se confiesa”, un magnífico texto en primera persona donde Bukowski expone sus filias y sus fobias, o esa maravilla que es “Conozco al maestro”, en mi opinión, uno de los mejores relatos que han salido de la máquina de escribir de este escritor. Este relato fue publicado originalmente en dos partes en la revista Oui, en diciembre de 1984 y enero de 1985. En él cuenta, de una manera detallada, cómo llegó a conocer a uno de sus héroes de juventud, el escritor italoamericano John Fante y cómo, gracias a la ayuda que Bukowski le prestó, la figura de Fante recuperó el brillo de que había gozado en los años treinta y que se había desvanecido por avatares de la vida. En este relato el viejo Buk se nos revela como un maestro de la concisión. No me resisto a reproducir un fragmento de “Conozco al maestro”:

Para no alargarme: llegó y se fue un matrimonio. Tenía cientos de revistas con mis poemas publicados pero también las tenía todo el mundo; era algo así como limpiarse el culo o cambiarle un tubo con un escape a una lavadora. Pasaron las guerras y los años, y las novias dementes y los empleos dementes e inútiles. ¿Cómo relata uno 2 ó 3 décadas de desperdicio? En un instante. Es fácil. Los años son para desperdiciarlos.


Para los que ya conozcan la obra bukowskiana, este libro cierra el círculo. Si, por el contrario, nunca te has acercado al trabajo de Bukowski, ¿a qué estás esperando? Fragmentos de un cuaderno manchado de vino puede ser un comienzo perfecto. Buen provecho.