—A ese cabrón lo apuntas también.
—Como usté mande, don Miguel ¿Y al hermano?
—Al
hermano me da igual, pero a él, apúntalo. Todavía me acuerdo de cuando
estuvo trabajando en el molino de aceite con nosotros hace cuatro o
cinco años. El hijoputa iba diciendo por las tabernas que mi padre era
un explotador, que no pagábamos lo que había que pagar y otros dicterios
por el estilo. Y también le gustaba amenazar. Me contaron que iba
diciendo a quien lo quisiera escuchar que cuando el comunismo libertario
se impusiera en Aguilar y en toda la campiña, él mismo, con sus propias
manos, se encargaría de ahorcar a mi padre del álamo más alto del
pueblo. Ahora se va a enterar este de lo que le pasa a los comunistas
cuando se meten con un miembro de mi familia.
—Pues ya está, don Miguel. Apuntao,
y escribe un nombre en el papel que sostiene en la mano izquierda.
Después de esta noche, de este ya no hay que preocuparse. Este, desde
luego, no va a ahorcar a nadie ¿Y al amigo que va siempre con él, al
Paco, el nieto de Antonio el Carbonero, qué hacemos con ese?
—¿Ese también es comunista?
—Hombre, don Miguel, usté verá, si los dos son íntimos. Además, yo creo que son maricones. Van siempre juntos. Los rusos estos son tós maricones, de igual que sean comunistas o socialistas. Igual de cabrones son tós. Rusos y maricones, eso es lo que son. Y si no lo es, como si lo fuera.
—Coño, pues la mujer está bien buena, Ya me gustaría tirármela. Lo mismo después de darle café al rojo del marío, me la follo, que las mujeres de los rojos, ya se sabe, son todas unas putas.
En
ese momento, los cuatro hombres que hay en la sala, se ríen con
estruendo y la carcajada se expande por la calurosa mañana de agosto
aguilarense. Los cuatro hombres están en un despacho de paredes blancas,
limpio, con el suelo de baldosas negras y blancas, como un tablero de
ajedrez. La habitación está presidida por un gran ventanal que da a la
calle Cánovas. Tiene los visillos echados y eso hace que la sala esté en
penumbra. Aún no es mediodía, pero sobre la mesa hay una botella de
vino blanco y cuatro vasos.
El
mayor de los hombres debe rondar los sesenta años. Es un tipo bajo y
rechoncho, aseado, con el pelo canoso peinado hacia atrás. Se nota que
sus ropas son de buena calidad, incluidas sus botas. Es el que lleva la
voz cantante. Por algo están en su casa y por algo es el señorito, hijo y
nieto de señoritos, dueño de varias fincas que suman más de setenta mil
olivos, varios cortijos, muchas, muchas fanegas de tierra, y una buena
cuadra de caballos de raza. También se nota que está acostumbrado a
mandar y, sobre todo, a que sus órdenes se obedezcan sin rechistar. Los
hombres que trabajan en sus tierras saben que sus decisiones no se
cuestionan. Eso no se le pasa a nadie por la cabeza. Cualquiera que
trabaje en esa casa sabe que siempre hay que hacer lo que don Miguel
diga, que para eso es el señorito. Las edades de los otros tres hombres
oscilan entre los veinte años apenas cumplidos del más joven, y los
cuarenta, más o menos, de los otros dos. De los tres, el más joven de
ellos, viste camisa azul mahón, con el yugo y las flechas bordado sobre
el corazón y unos correajes de cuero negro cruzados sobre el pecho.
Tiene un papel en la mano y un lapicero, con el que van confeccionando
la lista. Los otros dos van vestidos con sus ropas de jornaleros, pobres
y sucias.
—Otra cosa. A Zurera lo apuntas también.
—¿Qué Zurera,
don Miguel?, pregunta el más joven, el que va vestido de falangista,
que es quien tiene el lápiz en la mano y va escribiendo los nombres. Los
otros dos ni siquiera podrían escribir sus propios nombres, porque
nadie los ha enseñado a hacerlo.
—
El que trabajaba con tu padre. Aquel al que pilló robándole trigo hace
un par de veranos, ¿te acuerdas? Uno que vive en la calle Molinos, ese
que es bizco. A ese, cuando lo encontró tu padre en su finca robando, la
única explicación que se le ocurrió dar fue que tenía cuatro hijos y
que tenían que comer, que no los iba a dejar que se murieran de hambre.
¡Será cabrón! ¡Y a mí qué me cuentas si tienes cuatro hijos! No los
hubieras hecho. A ver si ahora vamos a tener que alimentar nosotros a
todo el que tenga cuatro hijos. Lo que yo os digo, estos rojos no tienen
apaño.
Las
estruendosas carcajadas llenan la habitación. A los cuatro hombres se
les nota la felicidad en los rostros, como niños con juguetes nuevos,
escribiendo los nombres en la lista, nombres de personas que van a
morir. Vecinos de Aguilar que serán sacados de sus casas a altas horas
de la noche, golpeados, insultados, vejados, arrastrados y fusilados
contra la tapia del cementerio, en la madrugada siguiente y enterrados,
después, en una fosa común que ellos mismos habrán tenido que cavar. A
los cuatro hombres se les nota el odio en la mirada, un odio que han ido
amasando durante los cinco años que ha durado el régimen republicano.
Un odio irracional para el que no existe explicación científica.
—Si usted lo dice, don Miguel, así se hará, contesta el joven y apunta
el nombre con una buena caligrafía que denota que es una persona culta.
—¿Cuántos van?, pregunta don Miguel.
—Nueve.
—A
ver si llegamos por lo menos a diez, que no salga el viaje en balde,
que hoy no hay nadie de Monturque, ni de Montemayor, ni de ningún otro
pueblo. Hoy todos los rojos son de Aguilar.
Los hombres permanecen pensativos durante un rato, apenas un minuto, en el que nadie dice nada.
—
Pues si no se os ocurre ninguno más, dice don Miguel, apunta al hermano
de ese, y señala con el dedo uno de los nombres que están escritos en el
papel. Al que es un poco más chico que él. El que no me quiso vender
aquel galgo tan bueno que tenía. Con el otro, con el mayor no os metáis
que ese no es mal tío. Además, así la madre, con las mismas lágrimas,
llora a los dos hijos.
—Don Miguel, que ese es de mi edad, y tiene a la mujer preñá y
me da no sé qué, dice el falangista sin pensar siquiera en las
consecuencias que pueden tener su salida de tono. Y luego el cura se
cabrea conmigo porque dice que no tenemos sentimientos y matamos por
matar, que matemos a quien lo merezca, pero a quien no se haya metido
con nadie, que los dejemos vivir en paz.
—Al
cura que le den por culo, Eduardo. Los curas ya sabemos cómo se las
gastan: lo invitas a almorzar un pollo con arroz, un conejo frito, una
buena botella de vino, y se pone como unas castañuelas. ¿O es que aún no
te has dao cuenta
de lo que quiere el cura? Coño, que todos los curas son iguales, unos
llenapanzas. Además, si esta cruzada la hacemos por ellos, para que no
les quemen las iglesias y los conventos y los dejen decir misa en paz, y
respeten las imágenes de la Virgen y del Niño Jesús. ¿No os habéis enterao de
lo que están haciendo en Cataluña y en otros sitios los bolcheviques?
Pues yo os lo voy a decir. ¡Quemar y saquear las iglesias y los
conventos y convertirlas en burdeles! ¿Es que no habéis leío lo que dice el ABC?
Estos dos no lo saben, Eduardo, porque son unos ignorantes, y no saben
leer, pero tú, hombre, tú has ido a la escuela, y eres un muchacho con
cultura y con estudios. No te compadezcas de los ateos, masones,
anarquistas de mierda. Lo único que nos faltaba, tener compasión de esto
criminales.
El
joven, el que se llama Eduardo y va vestido de falangista, enseña una
sonrisa falsa y forzada, una sonrisa de sometimiento y sin volver a
cuestionarse la orden, hace lo que le dice don Miguel, apuntar el nombre
del muchacho en la lista.
—¿Tú
te crees que si la moneda hubiera caído del otro lado, ellos se iban a
preocupar de si nuestras mujeres esperan un niño o no? Hombre de dios,
no estás viendo lo que están haciendo los rojos en la zona republicana?
Si son unos hijoputas sin piedad, que sólo saben robar, matar y violar a
la gente de bien.
—Como
usted diga, don Miguel, tercia uno de los otros dos, que hasta el
momento no había dicho esta boca es mía. Si Eduardo lo decía sin maldad,
sin pararse a pensar. Si él lo que quiere es ver muertos a tós los
rojos. Tendría usted que ver la puntería que tiene con la Tigresa, el
rifle que usted le prestó y cómo los remata cuando están tirados en el
suelo. Y no le tiembla el pulso dando el tiro de gracia. Es más valiente
que los civiles, don Miguel.
En
ese momento Eduardo mira a don Miguel con orgullo, haciéndole ver que
él está allí para hacer lo que se le mande, sin rechistar, y que no va a
encontrar en todo el término de Aguilar a otro que odie como él a los
rojos, y que dispare con tanta saña como lo hace él.
—Coño,
es que disparar con la Tigresa es como follarse a una mujer bonita.
Eduardo, por lo que más quieras, cuida esa carabina como si fuesen tus
cojones, que es un regalo de mi padre y lo quiero más que a mi mujer.
Eduardo asiente con la cabeza y los tres hombres se vuelven a reír de las ocurrencias de don Miguel.
—Otra
cosa, dice don Miguel. ¿Qué pasa con el chófer del camión? Me ha dicho
tu primo Rafael que la última noche empezó a llorar y a protestar y a
decir que ya no lo hacía más, que esa era la última vez que llevaba a
gente en su camión para que los mataran como a perros y otras tonterías
por el estilo.
—Sí,
es verdad todo lo que le ha contado mi primo, don Miguel, dice Eduardo,
mostrándose aún más sumiso ante el señorito. Lo que pasó es que uno de
los que llevábamos para darle café era el hermano más chico de su mujer,
ese anarquista al que le dicen Juan el Fandangos, y se ve que al hombre
le dio un noséqué ver
que lo íbamos a fusilar, y cuando los bajamos del camión en la puerta
del cementerio, el chófer se nos puso a llorar y a decir que si
matábamos a su cuñao, que lo matáramos a él también, porque él ya no iba más, y le dio un ataque de nervios y un llanto que no vea usté.
—¿Y qué pasó? ¿Cómo lo arreglasteis?
—Nada, nos lo cargamos igual. Le dijimos al Sixto, el del camión, que si no se callaba, él iba detrás. Y vaya si cerró el pico.
—Por
esta vez, pase, pero si el chófer da algún problema más, le decís, que
se atenga a las consecuencias. Veréis como se acojona y no dice ni mú.
—No
se preocupe usted, don Miguel. Así se hará, pero ese ya no da más
problemas, corre de mi cuenta. Ese sabe muy bien lo que tiene que hacer.
—Bueno,
pues andando, ahora cuando salgáis de aquí os pasáis por el cuartel de
la Guardia Civil y le dais la lista al Teniente, para que vaya
preparándolo todo, que no quiero ningún contratiempo esta noche. No vaya
a ser que a alguno de estos cabrones les dé por pasarse hoy a la zona
roja y no le podamos dar el paseo. Tenemos que limpiar Aguilar de rojos,
masones, judíos, hijoputas. Ya sabéis, son ellos o nosotros.
Antes
de que los tres hombres salgan por la puerta de la sala, don Miguel,
con su voz viril, de hombre acostumbrado a mandar, pronuncia un ¡Arriba
España!, enérgico y brioso, al tiempo que levanta el brazo derecho a
modo de saludo.
¡Viva
Franco!, contestan los tres hombres, con el mismo ímpetu, levantando,
cada uno de ellos, el brazo derecho como si les fuese la vida en ello. Y
salen hacia la calle, con diez nombres escritos en una lista.
Rafael Calero Palma. El llanto, la sangre, el fuego (relatos y poemas de la Memoria).
Alhulia, 2012