sábado 7 de noviembre de 2009

Su pelo

Su pelo,
quimera sutil
en esta mañana tibia,
como vida derramada
en un instante.

viernes 6 de noviembre de 2009

28 de marzo de 1941

Hoy te has despertado un poco más triste que de costumbre
y has sentido que, a pesar de la fecha –casi abril- hace frío
y una lluvia cómplice, apenas perceptible,
como en un cuadro de Turner,
cae con desgana sobre Monk’s House.
Una taza de té caliente y Leo hablando de mil cosas,
- Llevará años reconstruir Londres, dice en voz alta.
Pero no le prestas atención.
Posas tus ojos de niebla azul
en el rojo resplandor que escapa de la chimenea
y una miríada de imágenes irreales fluye,
imparable, por tu mente:
tu padre, trabajando en su despacho,
Vanesa, limpiando sus pinceles,
la hermosura andrógina de Violet,
caminando junto a ti por Gordon Square,
una mañana estival de 1904 rebosante de gente y luz.
Más tarde, coges tu abrigo y sales a pasear
por la desgarrada soledad que te rodea.
Te acercas hasta la orilla del río Ouse,
que agotado y nervioso, resopla a lo lejos.
Y con los bolsillos repletos de piedras
entras en el agua
y en un gesto de extrema fatiga reflexionas:
“Bueno, ya está, he tenido mi visión.”

Este poema está incluído en mi llibro, Desorden. El título hace referencia a la fecha de la muerte de la escritora Virginia Woolf, que se suicidó en las frías aguas del río Ouse, junto a su casa de campo. El poema fue escrito algunos años antes de que se hiciese la película Las horas, de Staphen Daldry, por lo que cualquier parecido entre ambos es sólo fruto del azar. No voy a negar que siempre he sentido una especie de fatal atracción por las personas que un día se levantan y deciden que ése es el último día.

jueves 5 de noviembre de 2009

Y tú, ¿qué elegirías?

Entre el dolor y la nada, elegí el dolor.
Nacho Vegas

miércoles 4 de noviembre de 2009

Él tiene un secreto

Él tiene un secreto. No uno de esos secretos tontos, como de patio de recreo o de cafetería de instituto, que uno comparte con su mejor amigo, sino un secreto real, de esos que laten en lo más profundo de uno mismo, en algún recoveco perdido del alma. Uno de esos secretos que no se cuentan a nadie. Vamos, un secreto, secreto. De los de verdad.
Él tiene un secreto. Lo sabe desde hace días. Lo descubrió casi por casualidad. Estaba buscando un libro en una famosa librería de su ciudad y de pronto fue consciente de que el secreto estaba allí, de que era tan real, o tal vez mucho más real, que la gente que andaba por la tienda. Podría incluso señalar el instante preciso en que reparó en la existencia de su secreto. Acababa de coger de la estantería un ejemplar de la última novela de Walter Mosley, cuando lo vio merodear a su alrededor por primera vez, como un pájaro despistado que se hubiera escapado de su jaula.
Él tiene un secreto. A veces se descubre pensando en su secreto en los lugares más insospechados, por ejemplo, en la ducha, bajo el fuerte chorro de agua caliente, con la cabeza cubierta de espuma. En ese momento ha de ser muy cuidadoso, porque si piensa demasiado en su secreto, la espuma se le puede meter en los ojos, y todo se complica. Otras veces su secreto toma forma cuando hace deporte, entre el fuerte olor a sudor que transpira su piel. Incluso a veces, el secreto se hace corpóreo en el almuerzo o el desayuno, cuando está en mitad de un filete con patatas o de un par de tostadas de aceite con tomate. Y es que cualquier momento es bueno para compartirlo con su secreto.
Él tiene un secreto. Las primeras veces se sentía un poco molesto. Pero ahora no. Ahora se podría decir, incluso, que su secreto lo hace feliz. Sí, así es. Él es un tipo feliz por tener un secreto. Se ha dado cuenta de algunas cosas. Se ha dado cuenta de que el sol luce más desde que él tiene su secreto. El cielo es más azul, y sus compañeros de trabajo no le parecen tan insulsos. Y todo se lo debe a su secreto. Ah, y ahora le gustan cosas que antes no le gustaban. Por ejemplo, las películas francesas. No sabe hasta cuándo durará todo este asunto del secreto. Tal vez desaparezca como llegó, sin hacer ruido, sin hacer grandes aspavientos. Así que por ahora, lo único que tiene claro es que tiene un secreto. Y está dispuesto a defenderlo con uñas y dientes. Es lo menos que puede hacer por su secreto.

martes 3 de noviembre de 2009

Esta mañana

Esta mañana, al despertar, he pensado en ti. Luego, he sonreído.

lunes 2 de noviembre de 2009

Fragmentos de un cuaderno manchado de vino



Hace quince años, un nueve de marzo de 1994, moría en la ciudad de Los Ángeles el que ha sido probablemente el último icono de la literatura mundial: Charles Bukowski. Tras de sí dejaba una carrera rebosante de poemas, relatos cortos, y seis magníficas novelas: Cartero, Mujeres, Factótum, La senda del perdedor, Hollywood y Pulp. Tras su muerte, su viuda, Linda Bukowski, con la ayuda de John Martin, dueño y señor de la editorial Black Sparrow Press, se han encargado de mantener viva su memoria, dando salida a una cantidad ingente de material que el viejo indecente había dejado escrito. Ese material inédito era sobre todo poesía: Lo más importante es saber atravesar el fuego, Escrutaba la locura en busca de la palabra, el verso, la ruta, Adelante y La gente parece flores al fin son algunos de los volúmenes póstumos que recopilan esos poemas. No obstante, estos días, la Editorial Anagrama acaba de publicar el libro Fragmentos de un cuaderno manchado de vino, con el subtítulo de Relatos y ensayos inéditos 1944-1990, una colección de 36 relatos y ensayos más o menos críticos, que nos muestran al enfant terrible de la literatura estadounidense en plenitud de sus facultades. Antes de seguir adelante, me gustaría hacer una matización: estos textos no son inéditos o lo son sólo en castellano, ya que todos ellos proceden de revistas, prólogos de libros y volúmenes de homenaje a otros poetas. De hecho, al final del libro aparece un índice de procedencia de cada uno de los textos.
Fragmentos de un cuaderno manchado de vino supone un colofón perfecto a la obra bukowskiana. En estas páginas están todos los bukowskis que han sido: el viejo borracho, el follador empedernido, al ácrata descreído, el escritor que detesta al resto de la humanidad, empezando por los otros escritores, el escritor humorístico que hace que te desternilles de risa con ciertas situaciones, el surrealista, el escritor agradecido que rinde pleitesía a sus maestros, el pirado de los hipódromos, etc., etc. Y es que este libro compila verdaderas joyas. Empezando por “Consecuencias de una larga nota de rechazo”, el primer relato que el viejo Hank publicó en la revista Story en 1944, “El viejo indecente se confiesa”, un magnífico texto en primera persona donde Bukowski expone sus filias y sus fobias, o esa maravilla que es “Conozco al maestro”, en mi opinión, uno de los mejores relatos que han salido de la máquina de escribir de este escritor. Este relato fue publicado originalmente en dos partes en la revista Oui, en diciembre de 1984 y enero de 1985. En él cuenta, de una manera detallada, cómo llegó a conocer a uno de sus héroes de juventud, el escritor italoamericano John Fante y cómo, gracias a la ayuda que Bukowski le prestó, la figura de Fante recuperó el brillo de que había gozado en los años treinta y que se había desvanecido por avatares de la vida. En este relato el viejo Buk se nos revela como un maestro de la concisión. No me resisto a reproducir un fragmento de “Conozco al maestro”:

Para no alargarme: llegó y se fue un matrimonio. Tenía cientos de revistas con mis poemas publicados pero también las tenía todo el mundo; era algo así como limpiarse el culo o cambiarle un tubo con un escape a una lavadora. Pasaron las guerras y los años, y las novias dementes y los empleos dementes e inútiles. ¿Cómo relata uno 2 ó 3 décadas de desperdicio? En un instante. Es fácil. Los años son para desperdiciarlos.


Para los que ya conozcan la obra bukowskiana, este libro cierra el círculo. Si, por el contrario, nunca te has acercado al trabajo de Bukowski, ¿a qué estás esperando? Fragmentos de un cuaderno manchado de vino puede ser un comienzo perfecto. Buen provecho.

sábado 31 de octubre de 2009

El día que hablé con Paul Auster



No es por tirarme el rollo, ni por vacilar sin ton ni son, pero yo, un día hablé con Paul Auster. Tampoco es que eso me quite el sueño, que conste, pero yo un día hablé con Paul Auster. De hecho, casi que no me acordaba de esa historia, pero hoy, leyendo un libro sobre la ciudad de Nueva York, el autor contaba que había ido a la presentación de la novela Tombuctú, en un local neoyorquino llamado The Screening Room, y allí había visto a Paul Auster, incluso le había firmado un ejemplar de la novela, pero no había cruzado con él ni media palabra. Yo, sin embargo, sin moverme de Granada, hablé con él.
Fue en mayo de dos mil cuatro. Auster había venido a la ciudad de la Alhambra invitado por la Fundación García Lorca a un acto literario en la Huerta de San Vicente. El acto consistió en una entrevista que le hizo un profesor de literatura norteamericana de la Universidad de Córdoba. Por supuesto, la conversación tuvo lugar en inglés. Y entre que la acústica no era demasiado buena y la perorata en la lengua de Shakespeare, la mayoría de las tropecientas mil personas que había en la Huerta, apenas entendieron ni jota. Por cierto, recuerdo haber visto por allí a Miguel Ríos. Bueno, a lo que íbamos. Yo sabía que el Sr. Auster iba a firmar ejemplares de su obra, porque en gran medida, a eso había venido a España, a promocionar su última novela, que era, si mal no recuerdo, la magistral La noche del oráculo. Antes de salir de mi casa estuve pensando qué libro llevar para la firma. No era cuestión de llevarme la bibliografía completa, pues eso, más que sorprenderlo, probablemente, lo que haría sería cabrearlo. Así que se me ocurrió llevar alguno de los que tenía en versión original. Sólo tenía dos: The New York Trilogy (La trilogía de Nueva York) y True Tales of American Life, un libro que, en realidad no había escrito él, sino que era el fruto de numerosas colaboraciones por parte de los oyentes de un programa de radio, y Paul Auster sólo había actuado como editor, y que en nuestro país se llamó Creía que mi padre era Dios. Este fue el libro que yo decidí llevar para que el gran novelista americano me lo firmara. La cola era de unas doscientas personas, pero yo, ni corto ni perezoso, me coloqué, esperando mi turno, en aquella larga serpiente de lectores austerianos, cada uno de ellos con su ejemplar de color amarillo entre las manos. Un inciso: ya sabéis que los libros de Paul Auster en España los publica la Editorial Anagrama en su colección Contraseñas, y que los libros de esta colección son de ese color. Auster estaba sentado tras la misma mesa donde se había desarrollado el acto literario. A su izquierda, su hija, que por esos días, debía andar por los quince años, más o menos. Era una chica de larga melena rubia y ojos azules, atractiva, de rostro dulce, bastante parecida a su madre, la escritora Siri Hustvedt. Yo me daba cuenta, mientras avanzaba la cola, que el escritor no hablaba con nadie, tomaba el libro entre sus manos, garabateaba algo y en menos de diez segundos lo devolvía a su propietario o propietaria. Cuando llegó mi turno, le di mi ejemplar de True Tales of American Life. Lo tomó entre sus manos. Miró la portada. Luego despacio le dio la vuelta. Levantó la mirada y me preguntó: Where did you buy it? (¿Dónde lo has comprado?) In Amsterdam, respondí yo (lo había comprado en un viaje que hice a la capital holandesa). Se lo pasó a su hija y le dijo algo así como que aquella era la edición europea en inglés de aquel libro. La verdad es que la cubierta del libro es bastante chula y sorprendente. Se trata de una fotografía del fotógrafo Elliot Erwitt, datada en 1959, en la que se ven tres tipos vestidos con trajes de bailarina, incluidos los tutús de color rosa, tomando una copa en la barra de un bar, de la manera más natural posible. La chica tomó el libro entre sus manos blanquísimas, le echó un vistazo, sonrió y le dijo a su padre que la foto era muy divertida. Luego le devolvió el libro, el padre lo tomó, lo abrió por el lugar donde iba a firmar y me estampó allí su nombre en tinta azul. Sólo dos palabras: Paul Auster. Casi ilegible. Me lo devolvió y yo, amablemente, le di las gracias. You are welcome, respondió Paul Auster. Y eso fue todo.
PS: Por cierto, ¿alguien puede decirme qué fue de la actriz Mira Sorvino?

viernes 30 de octubre de 2009

El arte según Tom Waits



Cualquier arte debe sufrir retos, cambios, reinterpretaciones. Si no sobrevive, es que no vale la pena.

jueves 29 de octubre de 2009

Nueva York, Nueva York

Acabo de leer estos días dos libros que, curiosamente, comparten protagonista: La ciudad de Nueva York. El primero de ellos se titula El puente desafinado (Baladas de Nueva York) y su autor es un joven escritor (poeta, periodista y narrador) guipuzcoano llamado Harkaistz Cano, y fue publicado en el año 2003 por la editorial Erein. El segundo, editado en el año 2006 por RBA Libros, S. A., responde al nombre de Historias de Nueva York. Su autor, el periodista Enric González. Ambos libros son bastante parecidos, pero completamente distintos. Me explico. Las similitudes empiezan en las características de los dos libros. Dos volúmenes breves (se leen en muy poco tiempo), repletos de jugosas anécdotas sobre la ciudad de Nueva York: Sobre sus habitantes, sus restaurantes, sus equipos de béisbol, sus alcaldes, sus mafiosos, su policía, su arte, sus taxistas, sus multimillonarios, sus imponentes rascacielos, sus traficantes de drogas, sus ratas, su basura, sus parques, sus puentes, su Wall Street, sus películas, su literatura, sus miles de olores y sabores, en definitiva, sobre esas calles que contienen el mundo entero sin salir de un espacio geográfico determinado. No en vano, cuenta González que entre los primeros cuatrocientos habitantes de Nueva York se hablaban dieciocho idiomas distintos, aunque todas estas personas procedían de Amsterdam.
A partir de ahí todo es distinto: Tanto Cano como González llegaron a la ciudad para trabajar como corresponsales de sus respectivos periódicos. El primero, en 1998: el segundo en el año 2000. El primero no vivió en directo la caída apocalíptica de las Torres Gemelas: el segundo, aunque estaba en el país, no estaba aquel fatídico 11 de septiembre en la ciudad de Nueva York. Así que tampoco la vivió in situ. El libro de Harkaistz Cano está escrito en primera persona, y cuenta, digamos, sus aventuras y desventuras durante un período más o menos de un año de estancia en Nueva York. Pero sus vivencias se ven salpicadas, aquí y allá, por jugosos datos sobre la gran urbe americana, curiosidades que sorprenden al lector. El libro de Enric González es más, en mi opinión, un tratado sociológico, histórico, deportivo (escrito con mucha amenidad, que nadie se asuste) sobre Nueva York. González, que fue corresponsal allí del diario El País, bucea en la historia de esta ciudad para tratar de comprender por qué es como es en nuestros días. En mi opinión ambos libros se complementan perfectamente y a cualquiera que le interese el tema debería leerlos uno detrás de otro.
Escribe Enric González al comienzo de su libro: “Los libros sobre ciudades suelen ser de dos tipos: embelesadas historias de amor o crónicas de una decepción.” Pues estos dos libros no son ni una cosa ni la otra, sino todo lo contrario. Totalmente recomendables.

lunes 26 de octubre de 2009

Como cada día...

Y le doy las gracias a Dios porque no me importe nada
Lou Reed
Como cada día
durante los últimos diez años,
el ángel yonki se sentó
en el único sillón
que quedaba en la casa.
Así comenzaba el ritual.
Sacó
una pequeña cantidad
de heroína pura
—parecía azúcar moreno—
de una bolsita transparente.
La colocó cuidadosamente
en una cucharilla de café,
añadió unas gotitas de agua
y, después, aplicó un hilillo de calor
con la llama azulina
de un mechero barato.
Mientras la mezcla se cocía,
su olor iba expandiéndose
por toda la sala.
Era un olor difícil de describir,
pero a él siempre le hacía pensar
en pájaros volando después de la lluvia.
Luego se ató
un trozo de goma
en la parte superior del ala.
Tomó entre sus dedos
sarmentosos
una jeringuilla de plástico
—no acertaba a comprender
cómo algunos yonkis
odiaban la jeringa—,
la acercó a la cucharilla
y absorbió la mezcla.
Respiró hondo,
una, dos, tres veces
y acercó la finísima aguja a la vena,
a punto de explotar.
La clavó despacio.
Y empezó a apretar el émbolo.
El néctar —este era el nombre
que a él le gustaba usar—
se abría paso por la marea roja
con la fuerza de un huracán.
Y llegaba hasta el rincón
más alejado de su cuerpo.
Un sonido fino, brillante,
como de mercurio líquido
—ahora pensaba en Dylan—,
empezaba a llenar la habitación.
Una felicidad invisible
se iba apoderando,
milímetro a milímetro,
de todo su ser.
Y la oscuridad daba paso
a la luz más hermosa
y el dolor dejaba de ser
una sensación física
para convertirse
en un recuerdo borroso
y él volvía a creer
—aunque fuese sólo
por unos instantes—
en la bondad infinita
del universo.
Y en esos momentos
no le preocupaba,
en absoluto,
haber sido expulsado
del Paraíso
para toda la Eternidad.


(Este poema pertenece a un libro cuyo título es Ángeles en el exilio y que, a día de hoy, permanece inédito, esperando, agazapado, su momento...)

sábado 24 de octubre de 2009

Presentación en Granada de "Versos de alambre de espino"

El próximo día 5 de noviembre, a las siete de la tarde, en la Casa de los Tiros de Granada, tendrá lugar la presentación de mi poemario Versos de alambre de espino, con la intervención de Juanfran Molina, crítico musical y autor del prólogo. Después de sus palabras, leeré algunos poemas. Ni que decir tiene que estáis todas y todos invitados.

viernes 23 de octubre de 2009

El padre de Miguelito

El hombre estaba allí en contra de su voluntad. De hecho, en ese mismo momento, se le ocurrían al menos setenta y ocho sitios distintos donde podía haber estado, en vez de permanecer allí sentado, en silencio, frente a aquella mujer que lo apabullaba con su jerga incomprensible. Lo habían llamado por teléfono, le habían escrito cartas, e incluso, le habían llegado a enviar un telegrama. ¡Por Dios bendito, un telegrama! ¡Si los telegramas eran cosa de otro siglo! Hasta que no le quedó más remedio que ir a verla. Y allí estaba ahora, sentado frente a la psicóloga del colegio donde estudiaba su hijo. Pero en contra de su voluntad. Nunca, ni aunque viviera cien años, hubiera ido allí de manera voluntaria. Así que usted es el padre de Miguelito, le había dicho la mujer al llegar, sin esperar respuesta, pues ella sabía perfectamente que él era el padre de Miguelito. Pues siéntese que tenemos que hablar largo y tendido sobre su hijo. Al hombre todo aquello le molestaba sobremanera. No entendía por qué todo aquel rollo con su hijo. Qué coño tenía de malo que el niño no quisiera hablar con los demás niños. Si uno se para a pensarlo un poco, esa es la actitud inteligente, no hablar con el resto de los mortales, total, para lo que le va a servir a uno hablar con la gente, pensaba el hombre. Y en cuanto a lo de la agresividad de los cojones, ¿es que los otros niños no se pegaban entre ellos?, ¿sólo su hijo se peleaba con los compañeros? Él estaba harto de ir al parque con Miguelito y allí era frecuente ver a los niños peleándose por cualquier tontería. Joder, no se podía creer que esta gente fuese tan tocapelotas. ¡Panda de incompetentes!
La psicóloga, una mujer atractiva, de unos cuarenta y cinco años más o menos, vestida de manera informal, el pelo recogido en una cola de caballo, los ojos grandes como platos, y una amabilidad a todas luces impostada, empezó a exponerle su teoría sobre el comportamiento de Miguelito, su pequeño de seis años. Treinta segundos después el hombre se había perdido por completo. No entendía ni una palabra. Simplemente era como si le hablasen en un idioma incomprensible. De vez en cuando le llegaban retazos de conversación, palabras sueltas, palabras como diagnóstico, test, autismo, déficit, atención, y algún nombre raro, que al hombre le sonaba a marca de salsa para las patatas fritas o de aceite para el coche. Entonces, ¿está usted de acuerdo?, oyó el hombre que le decían, pero sin ser capaz de descifrar el mensaje. La psicóloga pensó que el silencio del hombre significaba su aceptación, su compromiso, pensó que aquella era su manera de ponerse en sus manos y acatar, sin rechistar, sus decisiones. Pensó que los ojos silenciosos y asustados del hombre le otorgaban su beneplácito. Haz lo que consideres oportuno. De los dos, tú eres la única que sabe de qué va esta película, para eso has estudiado en la universidad y has hecho miles de cursos y másters y prácticas, pareció entender la mujer en el rostro confuso del hombre. Así que ella continuó hablando, sin detenerse ni un solo segundo, sin apenas respirar, girando eternamente sobre su propio eje, soltando un rollo aprendido en una clase a la que había asistido veinte años atrás, sin darse cuenta de que el padre de Miguelito estaba viajando, en aquel mismo momento, por otra galaxia, un lugar personal e intransferible, en el que se mezclaban a partes iguales, el último gol de Messi, la cola del paro, ir a cortarse el pelo en cuanto tuviera ocasión y comprar un par de botellas de vino de oferta en el supermercado del barrio. ¡Pero que coño hace!, gritó la psicóloga de pronto. El hombre, en ese mismo momento, recuperó la consciencia, o por decirlo de alguna manera que todo el mundo lo entienda, bajó de su nube. Su mano derecha estaba palpando la teta izquierda de la psicóloga. Sin saber cómo, sin ninguna explicación lógica ni coherente, su mano se había movido por su cuenta, como un animal acorralado, dirigiéndose hacia la teta de la mujer, que dicho de paso, era pequeña y redondita y estaba encerrada en un sujetador con relleno. Cuando se dio cuenta de lo que había hecho, se quedó parado, sin reaccionar, mientras la psicóloga, cabreada, seguía dando alaridos. El hombre permanecía con la mano sobre el pecho, encogido, aterrorizado, perdido en una nebulosa de palabras extrañas, pensando que él, lo que quería de verdad en aquel preciso instante, era estar tirado en su sofá, en pijama, viendo a las chicas de la teletienda vendiendo un aparato para hacer abdominales sin moverte de la cama.

jueves 22 de octubre de 2009

El juego de las versiones

Desde hace unos cuantos años, se han puesto de moda los discos de versiones en la música española. Numerosos artistas, como Martirio, que fue la pionera, Andrés Calamaro, Diego el Cigala, Mayte Martín, María Jiménez, Soledad Giménez y, más recientemente, Luz Casal y Pedro Guerra. Estos son algunos de los que se me ocurren así, a bote pronto. Hacer un disco de versiones, en sí mismo, no tiene porqué ser algo negativo, si se hace con buen gusto y el repertorio aporta algo a la carrera del intérprete. Pero es que últimamente se está convirtiendo en un auténtico coñazo. Y no porque los discos en sí sean malos, que no lo son. De hecho, algunos de ellos son bastante buenos. Lo malo del asunto, en mi opinión, es la selección del repertorio que conforma estos discos. En todos ellos aparecen siempre las mismas canciones. Como muestra, un botón: “Volver”, el maravilloso tango que popularizó Carlos Gardel, ha sido versionado en los últimos años por Chano Lobato, Martirio, Calamaro, Estrella Morente, y seguro que otros muchos más que se me olvidan y/o desconozco. Y para colmo, todas estas versiones, son más o menos iguales, carecen por completo de riesgo, no hay en ellas lugar a la experimentación, a la novedad. Mucho me temo que si esto sigue así, al final acabaremos (al menos acabaré yo) odiando temas tan maravillosos como este. Otros ejemplos: “La bien pagá”, “Ojos verdes”, “El día que me quieras”, “Alfonsina y el mar”, “Procuro olvidarte”, “Corazón loco”, etc. Parece como si el cancionero hispanoamericano, tan rico, tan extenso, tan sutil, no existiese más allá de esas (por otro lado, extraordinarias) canciones. Y yo me planteo que en vez de recurrir siempre a los mismos boleros, a los mismos tangos, al mismo folklore, ¿por qué no se hacen versiones de autores tales como Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Antonio Vega, Carlos Cano, Cecilia, Jeanette, Vainica Doble, CRAG, Santiago Auserón, Aute, Roberto Polaco Goyeneche, Kiko Veneno o Rubén Blades, por citar sólo a algunos de los más importantes? Tomemos como ejemplo los dos discos que Enrique Urquijo y Los problemas hicieron antes de la muerte de Enrique. Son dos discos, sobre todo el primero, repletos de versiones, pero de canciones más o menos raras, o al menos no tan manidas como las que citábamos antes. Así, es toda una sorpresa escuchar un tema como “El hospital”, de Nacho Canut y Carlos Berlanga, con esos arreglos de acordeón, y cantado por la peculiar voz de Enrique. Lo mismo ocurre con “Sábado noche”, el tema de Moris, o “María la portuguesa”, la canción que más fama dio a Carlos Cano, o el “Para vivir” de Milanés, interpretado por Enrique. Esto demuestra que si el juego de las versiones se hace con respeto, buen gusto y conocimiento de causa, todo está permitido. Que la industria musical tome nota, please.

miércoles 21 de octubre de 2009

El origen del dinero




“El dinero me lo ha dado Dios”

John Davison Rockefeller (1839-1937), multimillonario estadounidense, que llegó a ser, en su época, el hombre más rico del mundo.

martes 20 de octubre de 2009

La última película de James bond

La última película
de James Bond
ha costado
ciento ochenta
millones de euros
o si lo prefieres
doscientos treinta
millones de dólares.
Según Médicos Sin Fronteras
con ese dinero
podrían recibir
alimentación terapéutica diaria
cientos de miles de niños
durante varias semanas,
en África,
Sudamérica
y otras zonas
eternamente olvidadas
del lado chungo
del mundo.
Mejor me callo
y no sigo por ese camino
porque se me revuelven las tripas
y no faltará quien me acuse
de ser un demagogo.


(Para el poeta Antonio Praena, a quien como a mí, las injusticias le revuelven las tripas.)

A pesar de todo...

Hay días en los que sólo los pequeños detalles importan. Hay días en los que a pesar del mundo en el que vivimos, de los políticos que nos (des)gobiernan, del Fondo Monetario Internacional, de las hipotecas, de la Consejería de Educación, del cambio climático mundial, del caso malaya y del caso gurtel, del Canal Sur y sus programas cutres, sus presentadores cutres, su andalucismo cutre, a pesar de los talibanes de la Conferenica Episcopal, de los telediarios, de los suplementos dominicales, del premio planeta, del premio nobel de la paz, del paro galopante en Andalucía, en general, y en la provincia de granada, en particular, de la estupidez humana hecha carne y verbo, a pesar de todo esto y mil cosas más, hay días como digo, en que un estribillo de una canción de Miqui Puig, escuchado en tu coche cuando vas a trabajar, por ejemplo, te alegran el día. Y es que cuando uno escucha esos coros soul dándole la bienvenida a su "hermosa mañana", a uno la vida no le parece la puta mierda que es en realidad. En fin, seguiremos informando...

lunes 19 de octubre de 2009

Las obsesiones de Quim Monzó

El último libro de Quim Monzó (Barcelona, 1952) se titula El mejor de los mundos, un nombre rebosante de ironía, porque cuando uno se adentra en sus páginas, resulta más que evidente que ése no puede ser el mejor de los mundos posibles. A Monzó ya lo conocíamos por algunas de sus obras anteriores, especialmente, La magnitud de la tragedia, aquella novela en que el protagonista sufre un caso terrible de priapismo (es decir, que el tipo tiene una erección permanente) con el que tiene que aprender a convivir, y sobre todo, por El porqué de las cosas, en mi opinión, una de las mejores colecciones de relato corto que se hayan escrito por estos lares. Ah, no lo he dicho todavía pero para quien no lo sepa, Monzó escribe en catalán. En esta ocasión, el propio autor se ha encargado de la traducción, algo que nunca hasta este momento había hecho con su propia obra, aunque sí con la de otros autores.
El mejor de los mundos está formado por catorce relatos. En la primera parte, siete; en la tercera, seis, algo más breves. Entre ambas, una novela corta, “Ante el rey de Suecia” sobre la que recae el peso específico de todo el libro. Uno de los temas favoritos de Monzó es la muerte. Al menos cuatro relatos de este libro la tratan de manera específica. “Mi hermano” es el primer cuento del libro. En él se nos cuenta cómo un chico muere en plena comida de Navidad. No obstante, su familia, hace como si esto no hubiese ocurrido, y el chico muerto sigue viviendo por vida interpuesta. “Vacaciones de verano” es uno de los relatos más crueles que he leído en mi vida. Una mujer embarazada de ocho meses pierde a su bebé, pero el médico decide que es mejor dejarlo en su vientre hasta que nazca de manera natural. Al nacer, tienen que practicarle la autopsia pero como ha nacido en viernes, ya no podrá hacerse hasta el lunes. El padre se lo tiene que llevar, envuelto en plástico, a casa y meterlo en el frigorífico. “La vida perdurable” es un ejercicio de humor negro, donde se parodia el nivel de paranoia al que esta sociedad ha llegado con el cáncer. También en “El niño que se tenía que morir” el humor negro se entremezcla con la mala leche que destila la mirada del niño/narrador al que sólo importan los juguetes que se quedarán desangelados cuando su amigo haya muerto.
Otra de las obsesiones recurrentes del autor de Melocotón de manzana es el lenguaje, su capacidad para enredarnos, para confundirnos. Por ejemplo, en el relato “Mamá”, a un niño le dicen en el colegio “hijo de puta” y el niño entiende literalmente que su madre es, efectivamente, una prostituta. Esto lo leva a una situación de angustia vital difícil de superar. También el relato “La cerillera” tiene que ver con el lenguaje, ya que es una historia metalingüística, un cuento dentro de otro cuento, algo a lo que Monzó ya nos tenía acostumbrados. Un tercer tema habitual de los libros de Quim Monzó es lo absurdo de la vida cotidiana, lo estúpida y ridícula que puede llegar a ser estar vivo. En “Fregando platos”, una pareja no puede librarse de una visita pelma en su lugar de veraneo, por mucho que lo intenta. En “El accidente” un hombre que, de manera fortuita, ha atropellado a una anciana, tiene que soportar la violencia desatada de los que por allí se encuentran.
Como ya hemos dicho, el pilar básico de este libro recae en la novela corta “Ante el rey de Suecia”. La figura central del relato es el poeta catalán Amargós, un tipo paranoico, que vive obsesionado con la idea de ganar el premio Nobel. Se ve obligado a cambiar de domicilio, y va a parar a un bloque de pisos donde todos los que viven son de estatura baja. Aunque al principio está decidido a defender su individualidad a capa y espada, acaba comprendiendo que será mucho mejor para él integrarse en la masa.
El mejor de los mundos es una magnífica colección de cuentos, repletos de humor negro (humor al fin y al cabo) y de un lirismo intenso, donde Kafka, Hitchcock, Borges, Canetti o Chejov se mezclan para dar como resultado a Quim Monzó, personal e intransferible.

sábado 17 de octubre de 2009

Las aberraciones del sistema capitalista

El pasado viernes pasaron en el programa "Versión Española" de La 2, la película El método, dirigida por el director argentino Marcelo Piñeyro y basada en la obra teatral de Jordi Galcerán. Por motivos que no vienen al caso, se me escapó cuando fue estrenada en las salas de cine, así que ayer a las diez de la noche estaba sentado delante de la pantalla de mi televisor para ver la que, intuía, sería una gran película. Y es que una peli en la que se junta tal elenco de actores y actrices (Carmelo Gómez, Adriana Ozores, Eduardo Noriega, Natalia Verbeke, Ernesto Alterio, Eduard Fernández, Najwa Nimri Pablo Echarri) y dirigidos todos ellos pro un director que cuenta en su haber con películas de la grandeza de Caballos salvajes o Tango feroz, a la fuerza tiene que ser buena.
Dejando a un lado los hallazgos cinematográficos de la película, que los tiene y bastante buenos, lo que de verdad me subyugó fue lo que se cuenta en la pantalla. Un grupo de gente, cuatro hombres y dos mujeres, todos ellos directivos de otras empresas, son convocados a una prueba para hacerse con un puesto de trabajo mejor, se supone, que el que ya tienen. Al iniciarse la prueba les hacen firmar unos documentos informándoles de que serán evaluados según el Método Gronhölm. Por supuesto, nadie tiene ni idea de en qué consiste dicho método de selección de personal. Pero todos acceden. A medida que avanza la película, van descubriendo, o mejor dicho, vamos descubriendo, todos a un tiempo, aspirantes y espectadores, cuáles son las características del dichoso método: son los propios demandantes, mediante una serie de pruebas, quienes van decidiendo quién sigue adelante o quién es expulsado de la sala, perdiendo todas las posibilidades de conseguir el empleo. Ah, se me olvidada, ente ellos hay un caballo de Troya de la empresa, que está allí para dinamizar, que dirían ellos, el trabajo sucio. La película es una denuncia del sistema capitalista, de sus malas artes, de su deshumanización, de su ambición sin límites, de sus aberraciones con respecto a los trabajadores. La empresa hará todo —sea lícito o no— cuanto esté en sus manos para ver con qué tipo de gente está tratando. Y en cuanto a los aspirantes, qué se puede decir de semejante fauna. Todo vale con tal de conseguir el empleo, parece ser el lema de todos ellos. No importa si tienen que delatar a algún compañero, no importa cuántos codazos habrá que dar para abrirse paso, no importan los cadáveres que vayan quedando en el arcén. Aquí nadie entra a valorar las consecuencias morales de sus decisiones, con tal de ser el elegido o la elegida. El colmo de la degradación llega cuando a la hora del almuerzo, la empresa les lleva comida en mal estado. Y todos acaban comiéndola —o mejor dicho, engulliéndola— porque piensan que eso, precisamente, es lo que la empresa espera de todos y cada uno de ellos. Lo peor del caso es que según contó el director de la película en el debate posterior a su emisión, todo está basado en hechos reales e incluso se cortaron un poco a la hora de plasmarlo en el guión, porque en ese tipo de selección de personal se les piden a los aspirantes cosas tan increíbles que dejan de ser verosímiles. De cualquier manera, no hay que ser un lince para saber que eso es así, lo estamos viendo todos los días en nuestros centros de trabajo. Me contaba hace poco un amigo que es empleado de unos grandes almacenes de este país, que durante la última huelga general que hubo en España, la dirección de la empresa reunió a toda la plantilla unos días antes y les dijeron, así, con todas la letras y sin cortarse un pelo, que el derecho a la huelga era, efectivamente, un derecho, pero que en esa empresa, se valoraría muy positivamente a las personas que no lo secundaran. Con la precariedad laboral que tenemos encima y con los sindicatos mayoritarios que nos representan, no hace falta decir que allí nadie fue a la huelga.
He hablado al principio del grupo de actores y actrices de la película: Están todos muy bien (coño, si hasta Najwa Nimri, la actriz más plana que existe en este país, se salva), pero para mí, destacan dos sobre todos los demás: Eduard Fernández, un pedazo de actor como la copa de un pino —todavía me conmueve su actuación el Smoking room, otra película en la misma onda que El método—, y sobre todo, la inconmensurable Adriana Ozores: Esta mujer ha ido creciendo como actriz película a película. Yo no tengo dudas de que, hoy por hoy, es la mejor actriz española. El día que trabaje con Pedro Almodóvar, todo el mundo se dará cuenta. Mientras tanto, sólo unos pocos lo decimos. Aquí tiene un papel cortito, pero intenso. Con esa mirada y esa elegancia natural que la caracteriza, no cabe duda, de que es maravillosa.
En resumen, que mi intuición no me falló y pasé un par de horas de puta madre viendo El método. Lo malo es que mientras dormía he tenido una terrible pesadilla. He soñado que el sistema capitalista me engullía hasta tal extremo que me nombraban director de selección de personal de El Corte Inglés. Uf, qué miedo.

viernes 16 de octubre de 2009

El hermano de Paco Loco

Para contar esta historia necesitamos, en primer lugar, unas coordenadas espacio-temporales. El lugar es el aeropuerto de Lisboa. El tiempo, puede ser, por ejemplo, el penúltimo fin de semana del mes de julio de este mismo año. También necesitamos un protagonista. Ahí va: Nuestra protagonista (a partir de ahora, la protagonista) es una mujer. Treinta y tantos años. Guapa. Ojos hermosos, una mirada que denota una inteligencia bastante superior a la media. Viste vaqueros (ella, con toda seguridad, los llamaría tejanos) desgastados y una camiseta roja, con la leyenda "united colors of benetton" escrita en blanco, a la altura de las tetas. Calza unas sandalias que dejan ver unos pies delicados. Es ejecutiva de una gran empresa (Directora general de no sé qué, para más señas) que gestiona, pongamos por caso, seguros. Sí, eso nos vale. Pero no está en Lisboa por trabajo. Está pasando unos días de descanso. No sabría explicar por qué eligió esa ciudad europea para sus vacaciones. Pero allí está. Ahora regresa a su casa. Para el desarrollo de nuestra historia no es importante su lugar de origen, por tanto, lo obviamos. Nuestra protagonista está sentada esperando su avión. Sostiene un libro en las manos. Es un pequeño libro de bolsillo, de color verde: El gran sueño del paraíso, de Sam Shepard. Creo que ese nos puede servir. En el momento que empieza esta historia, ella está leyendo un relato titulado "Viviendo según el cartel". Va por la página 78, exactamente por esta frase: "...pero ella no estaba por ninguna parte." En este punto exacto comienza nuestro relato.

Un tipo se acerca caminando hasta donde nuestra protagonista está sentada, enfrascada en su libro de Shepard. Su andar, el del tipo, por supuesto, es pausado. Se sienta a su lado. Viste completamente de negro: vaqueros negros, camisa de manga corta, botas. Luce gafas de sol oscuras. Lleva el pelo largo recogido en una coleta. De repente, dice, con una voz suave y ademanes educados que su hermano es Paco Loco. Esa es su primera frase. Mi hermano es Paco Loco. Luego añade: Vengo de El Puerto de Santa María, de su casa. Continúa su charla y le dice a la mujer que Nacho es un tío cojonudo. Y apostilla: Tiene un local de copas en Gijón. Luego le toca el turno a un tal Enrique, aunque de éste no habla tan bien. Confiesa que su hermano, durante la grabación de El tiempo de las cerezas, acabó hasta los cojones (lo dice así, hasta los cojones, recalcando la palabra cojones) de él. Luego, saca un cigarrillo y se lo pone en la boca. No lo enciende. Sólo lo coloca en la boca, como jugando con él. Añade: Mi hermano no se llama Paco Loco. Nadie en el mundo se puede llamar así. En realidad su nombre es Francisco Martínez. Si alguna vez necesitas su estudio de grabación, sólo cuesta 300 euros al día, pero en el precio va incluida la piscina, la comida y la cama para todos los músicos. La mujer piensa que es un buen precio, pero sólo si la grabación es en verano. De lo contrario, no se explica para qué coño quiere uno la piscina. Pero se abstiene de hacer ningún comentario. De todas formas no tiene pensado por ahora grabar ningún disco. Pero no está de más saberlo, piensa. Durante unos minutos, los dos permanecen en silencio. De pronto, el tipo, el que asegura ser hermano de Paco Loco, se levanta y dice: Ha sido un placer conocerte. Lo mismo digo, contesta la mujer. Y ella sigue leyendo por donde se había quedado.

...jamás

… jamás en el dominio

de la conformidad,


donde la vida se doblega, nunca.


Ángel González

jueves 15 de octubre de 2009

El taxista de anoche


El taxista de anoche
se parecía a Tom Waits
Diego Vasallo

Anoche tenía prisa, mucha prisa, así que no me quedó más remedio que hacer algo que sólo hago en casos de necesidad extrema: tomar un taxi. Cuando me senté en el asiento trasero y mi mirada se cruzó en el espejo con el rostro del taxista, me di cuenta de que, como le ocurría a Diego Vasallo en la canción “Las huellas borradas”, mi taxista también era clavadito a Tom Waits. Te juro por el padre de Lisbeth Salander que me quedé alucinado o, como se dice en estos tiempos de botellón indiscriminado, lo flipé. El tipo lucía el mismo no-peinado, la misma mirada cuestionándose el mundo a su alrededor, las mismas patillas canosas, la misma perilla bajo su labio inferior, el mismo tatuaje en el brazo derecho... Joder, también llevaba un sombrero como los que usa Tom y una camiseta blanca de tirantes, como le gustan al viejo Tom. ¿A dónde vamos, amigo?, me preguntó con esa voz del tipo aguardentosatabaqueratomwaitsiana que tanto nos gusta a los seguidores del cantante californiano. Ya te digo, Tom Waits en persona. ¿Será que últimamente todos los taxistas, desde Donosti a Granada, se parecen al viejo Tom? Debe ser cosa del cambio climático

martes 13 de octubre de 2009

El aparcacoches

Yo tengo un amigo que es aparcacoches. Otros tienen amigos abogados, músicos, camareros, electricistas, atracadores de bancos y/o gasolineras. Yo tengo un amigo que es aparcacoches. Trabaja por la calle que hay por debajo del Hotel Luna, en Granada, por la zona de Hipercor. Una calle que no sé cómo se llama, a pesar de que suelo aparcar por allí con bastante frecuencia, y desde hace unos cuantos años. Mi amigo es de edad indefinida, aunque parece un anciano. Pero creo que no debe ser tan viejo. La vida, que es muy cabrona. Su estatura andará por el metro y cincuenta y cinco centímetros y su peso, por los cincuenta kilos. Poca cosa para los estándares contemporáneos. Desconozco su nombre y sus circunstancias vitales. Y lo mismo le ocurre a él con respecto a mí. No obstante, en torno a él, he imaginado una serie de hechos. Por ejemplo, lo imagino abandonado por una mujer, enganchado a la priva, con el corazón completamente en ruinas. No lo imagino con hijos. Imagino que su madre murió hace muchos, muchos años. Tantos, en realidad, que ya sus caricias, sus besos, sus palabras de cariño, se han ido desfigurando en la memoria absurda del tiempo. Imagino que su única familia es una hermana casada con un Guardia Civil a la que no ve desde mil novecientos noventa y tres. A veces, mi amigo el aparcacoches y yo, hablamos de mujeres. Qué buena está aquella, me dice con una mueca que quiere imitar una sonrisa en los labios. Casi siempre nos cagamos en la puta madre que parió al alcalde. Los dos por igual. Siempre nos quejamos amargamente del tráfico, de la mala leche de la gente, de lo poco que llueve. Cuando consigo aparcar, le doy una moneda de un euro. No es gran cosa, lo admito. Pero me da que soy de los más generosos. Un día me comentó que las chicas que trabajan en Hipercor son unas hijas de la gran puta. ¿Por qué?, pregunté. Porque nunca me dan los buenos días. En otra ocasión me contó que el primer polvo de su vida fue a los quince años y que de joven follaba mucho. Palabra de honor, me dijo. Te creo, respondí yo. Mi amigo tiene las orejas muy peludas y siempre está allí, en la calle que hay por debajo del Hotel Luna, en Granada, por la zona de Hipercor, haga frío o calor, luzca un sol abrasador o llueva a cántaros. Siempre allí, al pie del cañón. Esperando una moneda que alivie un poco su dolor.

viernes 9 de octubre de 2009

Raymond Chandler, el último romántico

En 1939, Raymond Chandler (Chicago, 22 de julio de 1888 - La Jolla, California, 26 de marzo de 1959) publicó El sueño eterno, la primera de una serie de siete novelas policíacas protagonizadas por el detective Philip Marlowe. En años sucesivos, aparecerían otras novelas protagonizadas por el mismo detective, como Adiós, muñeca (1940), La ventana alta (1942), La dama del lago (1943), Mi hermana pequeña (1949), El largo adiós (1953) y Playback (1958). En todas ellas, el personaje de Marlowe iba mostrando atisbos de una personalidad dura y violenta, cínica y descreída, pero idealista, e incluso, sentimental y romántica a un tiempo. Con esta serie de novelas, Chandler ponía la piedra angular de una tendencia literaria imperante en la ficción norteamericana de la segunda mitad del siglo XX. Nos estamos refiriendo a la hard boiled fiction (1), un subgénero dentro de la etiqueta más amplia de novela negra, que había irrumpido algunos años antes con las novelas Cosecha roja y El halcón maltés, de Dashiell Hammett.

En las novelas y relatos breves de Chandler —como ocurriera con las obras de su maestro Dashiell Hammett— hallamos un nuevo tipo de detective que, poco o nada, tiene que ver con los viejos modelos creados en el siglo XIX por el americano Edgar Allan Poe, en relatos magistrales del género como La carta robada o Los crímenes de la rue Morgue, y el británico Arthur Conan Doyle, padre del detective más famoso de la historia, el inigualable Sherlock Holmes, donde se imponía el razonamiento, la deducción lógica y la inteligencia a la hora de resolver los asesinatos, en novelas míticas como Estudio en Escarlata o El perro de los Baskerville.

En la obra de Raymond Chandler, la ciudad de Los Ángeles adquiere una importancia vital, casi como de personaje principal, y en ella podemos encontrar un mundo poblado por seres solitarios, perdedores y criminales de toda condición y pelaje. Ni siquiera el propio detective es ajeno a ese submundo en el que la violencia y el chantaje dominan cada estamento de la sociedad. Raymond Chandler, como por arte de magia, transforma el sueño americano en una gran pesadilla repleta de narcóticos, juego, violencia sexual, misoginia y mil ingredientes más de la peor calaña. Todo está supeditado al poder. No hay nadie que sea capaz de enfrentarse cara a cara con él, y si lo hay, con toda seguridad, fracasará estrepitosamente. Y es ahí donde surge la figura de Philip Marlowe, un ex policía expulsado del cuerpo por decir siempre lo que piensa, un Quijote moderno de la ciudad de Los Ángeles dispuesto a enfrentarse una y mil veces en solitario contra los molinos de viento, aunque cada dos por tres se lleve algún que otro puñetazo, una gran paliza o incluso ponga en juego la propia vida.


El escritor mejicano Carlos Fuentes escribió a propósito de la figura del detective Philip Marlowe:


Héroe solitario, autodidacta, infinitamente adaptable a las circunstancias, centro de una red de informaciones, amo del soliloquio. El hombre solo contra un poder enmascarado que el detective privado se propone desenmascarar, a sabiendas de que combate contra una hidra de mil cabezas y que su desinterés no basta para disfrazar su desilusión.


El propio detective ofrece al lector esta descripción de sí mismo:


Soy detective privado y tengo mi licencia desde hace bastante tiempo. Soy un tipo solitario. He estado en la cárcel más de una vez y no me ocupo de divorcios. Me gusta la bebida, las mujeres, el ajedrez y algunas otras cosas. No soy muy del agrado de los polis, pero conozco a un par de ellos con los que me llevo bien. Soy hijo natural, nacido en Santa Rosa, mis padres han muerto, no tengo hermanos ni hermanas, y si alguna vez llegan a dejarme tieso en una callejuela oscura, como puede pasarle a cualquiera en mi trabajo, y en estos días que corren a mucha otra gente que se ocupa de cualquier cosa o de ninguna, nadie, ni hombre ni mujer, sentirá que ha desaparecido el motivo y fundamento de su vida.


Este párrafo pertenece a la que pasa por ser su mejor novela, El largo adiós. Considerada por la crítica como una de las pocas obras del género policíaco que alcanzan la categoría de literatura de primer orden. En opinión de Manuel Valle, autor de un minucioso estudio de la obra chandleriana titulado El signo de los cuatro: Raymond Chandler. Alma, corazón y vida, El largo adiós, representa, sin ningún género de dudas,


(…) la culminación de la narrativa chandleriana. Es su texto más largo, más denso, más emblemático, pero a la vez es la novela más extraña de la serie. Como señala Frank McShane, se trata de su obra más ambiciosa (…)


El largo adiós fue escrita durante un período de tiempo rebosante de problemas personales, sobre todo relacionados con la salud de su esposa. Sobre esto, piensa Manuel Valle que:


Chandler había escrito El largo adiós mientras ella (Cissy, su esposa) se estaba muriendo. Luego trató de suicidarse, aunque el propio miedo le impidió acabar con su vida. Nunca consiguió rehacerla del todo y anduvo siempre entre la depresión y la enfermedad.


En esta obra maestra de la literatura norteamericana, Raymond Chandler dejó a un lado los tópicos del género para ofrecer al lector un relato desesperanzado y emotivo, con un estilo realista que recuerda en muchos pasajes al mejor Ernest Hemingway, el de novelas grandiosas como Tener y no tener y, cómo no, al de ese extraordinario relato breve llamado Los asesinos. No en vano, Raymond Chandler manifestó en más de una ocasión, el respeto que sentía por la figura de Ernest Hemingway, especialmente por las obras de su primera etapa. Además, en Adiós, muñeca, Chandler rinde un pequeño homenaje al autor de El viejo y el mar, al llamar “Hemingway” a uno de los policías de Bay City.

Chandler confesaba a propósito de esta novela:


No me importaba que el misterio resultara bastante obvio; me importaba la gente, este mundo extraño y corrompido en el que vivimos, y cómo al final cualquiera que intente ser honrado queda como un sentimental o como un vulgar idiota.


No es de extrañar, pues, que autores europeos de reconocido prestigio, como André Gide, André Malraux o el mismísimo Albert Camus, pregonaran a los cuatro vientos su veneración por Raymond Chandler y, sobre todo, por El largo adiós, antecedente directo del existencialismo francés de los años cincuenta o del realismo sucio norteamericano de la década de los ochenta. Así mismo, Hollywood se nutrió durante años de estos relatos para realizar algunas de las películas más fascinantes de la historia del cine, que ya pertenecen a la memoria colectiva de varias generaciones. El largo adiós, un libro que ya ha alcanzado la categoría de clásico. Un libro de los que crean escuela. Un libro de los que no dejan indiferente al lector avispado.


1 En un artículo publicado en el diario ABC el día 22 de junio de 2007, Luis Alberto de Cuenca, explicaba que “en la década de los veinte, (…) comenzó a gestarse una corriente muy novedosa que ampliaba las fronteras del género y, al mismo tiempo, lo teñía de un rigor crítico y de un carácter de denuncia social del que antes carecía, todo ello en las páginas de la revista Black Mask, publicación pulp donde echó a andar la estética de la «novela negra», también llamada Hard Boiled Fiction, que tuvo y tiene en Dashiell Hammett, Raymond Chandler, Chester Himes y Jim Thompson cuatro de sus nombres más significativos.” A los nombres citados por de Cuenca, hay que añadir otros nombres no menos importantes para el desarrollo del género, como George Harmon Coxe, W. R. Burnett, o el gran James M. Cain, autor de la celebérrima El cartero siempre llama dos veces, una de las obras cumbres de la literatura negra.

jueves 8 de octubre de 2009

Octubre

En las tardes sangrantes de octubre
me gusta pasear por la playa
de la mano de mi tristeza.
Allí nos cruzamos con niños
que juegan con cometas
de formas extrañas,
que dibujan garabatos
imposibles en el cielo,
mecidas, a capricho,
por el viento otoñal.

Mi tristeza y yo nos paramos
y miramos a lo lejos
y nos perdemos
en el rumor azul del horizonte,
esperando que aparezcan las ballenas.

Pero nunca se cumplen nuestros sueños.

(Este poema pertence a mi libro Versos de alambre de espino, publicado este mismo año por la Editorial Alhulia)

martes 6 de octubre de 2009

Azul

Mi niña es azul
como los sueños que se sueñan
de madrugada,
azul como un libro
de Rubén Darío,
azul como el sonido azul
de una guitarra.
Es azul
como los corazones,
como las estrellas,
como las manzanas.
Azul como las piedras
que alfombran los senderos,
o la luz eléctrica,
o la amistad,
o las caricias azules
de los que aman.
Mi niña es tan azul
como una película francesa,
pero más azul que la lluvia,
más que el frío invernal,
mucho más que todas las lágrimas
derramadas.
Es azul como un blues o una nana,
como el vino,
como la sangre,
como un pájaro que sale de mi pecho
y escapa por la ventana,
volando, hacia la playa.
Azul
como los cuentos de hadas,
como las brujas,
como la luna,
como la risa.
Azul
como este poema
que es azul
como mi niña.


(Para mi pequeña Adela, que hoy cumple seis años.)

lunes 5 de octubre de 2009

El adiós de Mercedes Sosa

Ayer domingo, murió a los setenta y cuatro años de edad, la gran cantante argentina Mercedes Sosa, sin duda, una de las voces más hermosas y personales de toda América Latina y pionera a la hora de poner música y cantar los poemas inmortales de la poesía Hispanoamericana. Grabó más de cincuenta discos en una carrera que se ha extendido durante cuatro décadas, aunque con períodos oscuros, por ejemplo, en los años setenta, durante la dictadura de Videla, cuando se tuvo que exiliar porque se le prohibió cantar en su país, y ya se sabe, hacerle eso a un cantante es como cortale las alas a un pájaro. Mercedes Sosa deja un legado artístico impresionante. Canciones como "Sólo le pido a Dios", "Gracias a la vida" o "Alfonsina y el mar" pedurarán por siempre el el imaginario colectivo de todo un continente y de un idioma, el castellano. Descanse en paz.

sábado 3 de octubre de 2009

EL CORAZÓN: MANUAL DE INSTRUCCIONES

Dada la naturaleza frágil, dionisíaca e inconsistente
de este órgano, así como la función vital
para la que fue diseñado en un primer momento,
se recomienda encarecidamente al usuario
ser extremadamente cuidadoso con él.
Bajo ningún concepto debe someterlo
a emociones extremas, ni por supuesto,
a temperaturas demasiado elevadas.
Se aconseja no entregarlo a los primeros ojos
bonitos que se crucen en el camino,
pues ésa es la causa principal de deterioro.
En la medida de lo posible se le dejará puesta
la coraza metálica que lo recubre.
Esto evitará males peores. Por último,
no se olvidará, pase lo que pase,
ponerlo a buen recaudo cada vez
que alguien, con voz dulce y suaves ademanes,
nos lo pida prestado. Nota:
El fabricante no se hace cargo
de los desperfectos derivados
de un mal uso de estas indicaciones.

(Poema incluido en mi libro Desorden)

jueves 1 de octubre de 2009

Haiku

Un colibrí desnudo
se ruboriza.
Deseo prohibido.

miércoles 30 de septiembre de 2009

Lecciones de economía para niños inquietos (I)

Veréis, aunque a priori la cosa parece complicada, en el fondo es bastante simple. Pongamos por caso que yo soy presidente de una comunidad autónoma y gobierno con mayoría absoluta. Pongamos por caso que mi partido necesita pasta gansa para mantener esa mayoría absoluta y no sabemos de dónde sacarla. Pues muy sencillo. Recurro a una empresa dirigida por personas sin ningún tipo de escrúpulos y/o moralidad (más o menos como mis colegas de partido y yo mismo), les concedo trabajo, mucho trabajo (en forma de realización de eventos, ferias de muestras, campañas electorales, etc.) y a cambio ellos , siempre bajo cuerda, me proporcionan la pasta gansa que yo necesito para seguir haciendo mis trapicheos. Ah, y algunos trajes, que a mí me gusta vestir de puta madre, no lo olviden. No se debe olbviar la parte judicial del asunto. Es decir, tener buenos amigos jueces, fiscales y gente de esa ralea. En una palabra, estar bien relacionado. Esto es tan viejo como el mundo. Se llama política. Otra gente lo llama corrupción.

martes 29 de septiembre de 2009

La otra Larsson

Llevaba tiempo detrás de poder hincarle el diente a este libro, hasta que por fin, el otro día lo saqué de la Biblioteca Pública de Motril y ya lo he podido leer. Asa Larsson es otra autora de novela negra que, al cobijo del éxito de sus compatriotas Henning Mankell y sobre todo Stieg Larsson, ha empezado a ver sus novelas traducidas y publicadas en nuestro país. Y la primera en caer es esta Aurora boreal, una novela del año 2003. Ya sabemos el grado de originalidad que muestran las editoriales: si una triunfa con una novela negra sueca, el resto no parará hasta haber publicado su novela negra sueca. Aunque sea una basura apestosa. En fin, cosas del negocio.
Aurora boreal me ha parecido una obra flojita, la verdad, a pesar de que la contraportada y la solapa interior están repletas de elogios, del tipo “la nueva reina de la novela negra escandinava”, o “los libros de Asa Larsson son pequeños milagros.” Está claro que una cosa es la publicidad y otra muy distinta el contenido real del libro. La cosa es que se lee bastante bien y crea una atmósfera de suspense atractiva. Como si algo muy importante fuese a ocurrir en los próximos segundos, pero van pasando las páginas y eso no llega nunca. Aurora boreal no contiene, a mi juicio, ningún elemento que la convierta en una novela fuera de lo común: no hay ningún personaje que te atrape inexplicablemente (como ocurre en Millenium) hasta identificarte plenamente con él; la trama es bastante sosa y para colmo, hay algunos párrafos pseudopoéticos (por ejemplo, los pasajes que narran sueños) que dan un poco de grima.
La historia que se cuenta en Aurora boreal tiene que ver con el fanatismo religioso. En una comunidad pequeña, Kiruna (la ciudad natal de Asa Larsson), dominada completamente por la religión, aparece brutalmente asesinado el predicador más famoso de Suecia. A partir de ahí, una maraña de intereses creados, negocios fraudulentos, mentiras y hechos que no se cuentan pero que se intuyen, se van interrelacionando. Para mí, lo mejor de toda la novela es este párrafo, con el que estoy completamente de acuerdo:

“La gente débil acostumbra a sentirse atraída por la Iglesia. Y la gente que quiere tener poder sobre la gente débil, también.”

Con los ingredientes que maneja la autora, el resultado podría haber sido una novela mucho más sólida. No sé porqué, pero cuando los autores de novela negrocriminal mezclan asesinatos y religión, no suelen salir bien parados (me ha ocurrido lo mismo con El silencio de los claustros, la última entrega de Alicia Giménez Barlett). Será porque la realidad siempre termina superando a la ficción. Digo yo.

lunes 28 de septiembre de 2009

Presentación en Granada de la Antología del beso

El próximo miércoles, día 30 de septiembre de 2009, a las 20’00 horas, tendrá lugar en la sede de la Asociación de la Prensa de Granada y de la Fundación Andaluza de la Prensa la presentación del libro Antología del beso. Poesía última española, publicado por la pequeña (en tamaño, no en intenciones) editorial malagueña Mitad-Doble Ediciones. El libro, que fue editado durante la pasada primavera, es un muestrario en el que 83 poetas nacidos entre 1964 y 1978 nos ofrecen su particular visión sobre un tema tan común y a la vez tan maravilloso como es el beso. En la presentación intervendrán el antólogo y autor del prólogo de la obra, el poeta Julio César Jiménez; el editor, Agustín Sierra; y el escritor y catedrático de Literatura Hispanoamericana de la UGR, Álvaro Salvador. El acto se cerrará con una lectura de algunos de los poetas seleccionados en esta antología, entre otros, espero que yo mismo. Dejo uno de los poemas del libro, en mi opinión uno de los mejores: la aportación del poeta onubense antonio Orihuela.

Tengo hambre,
dame un beso.



Acto: Presentación del libro de poemas Antología del beso. Poesía última española.
Día: miércoles 30 de septiembre de 2009
Hora: 20’00 h.
Lugar: Sede de la Asociación de la Prensa y de la Fundación Andaluza de la Prensa (Antiguo Hospital de Peregrinos, C/ Escudo del Carmen, 3.)

jueves 24 de septiembre de 2009

Ilegal a los siete años

Este mañana he oído en las noticias de la radio algo que me ha dejado pasmado, y mira que ya es difícil asombrarse con lo que se oye o se ve en la televisión. La noticia es más o menos del siguiente modo. Un niño de siete años, de nacionalidad boliviana, ha estado retenido durante dos días en el aeropuerto de Barajas porque no traía una carta de invitación de sus padres, que residen legalmente en nuestro país. El niño, que hasta ahora vivía en Bolivia con su abuelo, se ha tenido que trasladar a Madrid porque el abuelo había fallecido, y claro, no era cuestión de quedarse a vivir solo en su país con siete añitos. Para más inri, el pequeño traía un billete de ida y vuelta y viajaba con su padre. Ha hecho falta la intervención del Defensor del Pueblo para que el pequeño pudiera entrar en nuestro país. Cada día que se pasa me da más asco esta Europa de los mercaderes a la que pertenece España y en la que se retiene a un niño durante dos días en un aeropuerto con la excusa de que es ilegal. Este no es el mundo en el que yo quiero vivir. Ni de coña.

miércoles 23 de septiembre de 2009

www.pensamiento-único.com

Sí. Quisieron destruirme, aniquilarme
mas siempre permanezco yo, individuo.
José María Fonollosa.

Bienvenido al pensamiento único.
Aquí ya es el futuro.
Olvídate de palabras
que antaño lo fueron todo:
endecasílabo, vanguardia, humanismo,
soneto, altruismo, ternura, artístico.
Tendrás que aprender a convivir
con insólitos anglicismos:
Lobby, enterprise, software,
merchandising, corporation.
Deberás familiarizarte
Con la jerga de los medios:
Multinacional, macroeconomía, índice
de ventas, neoliberalismo, aldea global.
Dejarás a un lado lo que quede de tu individualidad.
A partir de este momento
eres un número en una fría estadística,
un potencial consumidor,
un código de barras.
El nuevo milenio pertenecen
a los que son como tú:
Conservador, competitivo,
concluyente, consecuente.
Aquí está prohibido soñar,
usar la imaginación,
expresar la creatividad.
Enterremos de una vez a Don Quijote.
No necesitamos locos idealistas
que pongan el mundo patas arriba.
Destruyamos la belleza.
Aborrezcamos la cultura.
Nada de poesía.
No es rentable desde un punto de vista económico.
Solo best-sellers contrastados:
Más de cien mil ejemplares
vendidos en un mes.
No lo dudes.
Únete a nosotros.
No tienes nada que perder.



Este poema está incluido en la antología Versos para un fin de milenio, obra que publicó el Ayuntamiento de Motril en el año 2001. Fue uno proyecto ideado, auspiciado y llevado a cabo por el poeta Miguel Ávila Cabezas. En él, cincuenta y nueve voces distintas (en edad, sensibilidad, género, ideología, etc., etc.) ofrecían, tanto en prosa como en verso, su visión de fin de milenio que por aquellos días estaba tan en boga. Está fue mi aportación en verso.

martes 22 de septiembre de 2009

Parafraseando a Boris Vian

No escribas poemas idiotas incluso si a los idiotas les gustan.

lunes 21 de septiembre de 2009

El último caso de lnspector Méndez

En los inicios de los años ochenta, el crítico Juan Antonio de Blas definió a Francisco González Ledesma como el “primero de nuestros escritores policiacos”. Hoy, veintitantos años más tarde, me atrevo a afirmar sin ningún tipo de dudas que Francisco González Ledesma no es sólo el mejor autor de novela negra: Es el mejor escritor español vivo y probablemente uno de los mejores en lengua castellana, y eso abarca cualquier género literario. A sus ochenta y dos años (nació en 1927 en el barrio de Poble Sec de la ciudad de Barcelona, en el seno de una familia de tradición republicana, represaliada tras la Guerra Civil), González Ledesma está en el mejor momento de su carrera, como lo demuestra No hay que morir dos veces, la extraordinaria novela que publicó hace unos meses y con la cual cierra, por ahora, la serie de novelas sobre el Inspector Ricardo Méndez y la ciudad de Barcelona.
Hagamos un poco de memoria: Nuestro hombre es autor de una extensa obra literaria, que comenzó con Sombras viejas, Premio Internacional de Novela José Janés en 1948 (como anécdota, señalar que el presidente del jurado que le otorgó el premio fue el novelista estadounidense William Somerset Maugham), y Los Napoleones, ambas prohibidas por la censura franquista. Esto le puso las cosas muy difíciles, pero como quería ser escritor a cualquier precio, sólo le quedó la opción de parapetarse tras el pseudónimo de Silver Kane, y dedicarse a la literatura de quiosco, escribiendo una novela por semana durante más de quince años para la Editorial Bruguera. Empezó cobrando 1.500 pelas y al final de su etapa como narrador pulp cobraba 14.000 pesetas. Su especialidad eran las novelas del oeste y las de gánsters, aunque también publicó obras de tema político y de espionaje. Durante la década de los cincuenta fue guionista de tebeos, creando la serie de El inspector Dan, un personaje muy famoso en la España de la época. González Ledesma también ha trabajado como abogado y como periodista en diarios como La Vanguardia y El Correo Catalán. De este bagaje surge, tras la llegada de la democracia a nuestro país, un extraordinario novelista, que había permanecido agazapado en espera de su momento.
Con la recuperación de las libertades y la muerte de la censura por aburrimiento, Francisco González Ledesma recupera su propio nombre y comienza a publicar una serie de novelas de género negro: Expediente Barcelona, Las calles de nuestros padres (donde el Inspector Méndez es por primera vez protagonista absoluto), La Dama de Cachemira, Crónica sentimental en rojo (que fue galardonada con el Premio Planeta en el año 1984, cuando aún el Premio Planeta deparaba este tipo de sorpresas y no había que ser un famosillo televisivo de medio pelo para ganarlo), El pecado o algo parecido, Cinco mujeres y media, Dios en cada esquina, Méndez, Una novela de barrio (galardonada en 2007 con el Premio Internacional de Novela Negra RBA) y la última entrega, la ya citada No hay que morir dos veces. No obstante, González Ledesma ha seguido publicando bajo pseudónimo, en esta ocasión el elegido fue Enrique Moriel, y las novelas, La ciudad sin tiempo y El candidato de Dios.
Como decía al principio, su última novela, No hay que morir dos veces, es, en mi opinión su mejor obra. De hecho me la he leído en apenas diez horas, prácticamente de un tirón, pues la trama, magníficamente trenzada, atrapa al lector como si este hubiese caído en una tela de araña, impidiéndole que abandone el libro si no es en caso de emergencia. Y es que la edad no ha hecho que nuestro hombre pierda facultades, más bien al contrario. Como los buenos vinos, el tiempo sólo ha servido para poner las cosas en su sitio. González Ledesma se ha acabado convirtiendo en un autor de pulso firme, hábil con las palabras, y con ese sentido del humor que lo hace único. Veamos algunos ejemplos extraídos de la novela:

Los ojos de Gabri eran inexpresivos y fríos. Sus músculos se marcaban poderosos bajo la camisa, ya que en la cárcel no había tenido otra distracción que leer, hacer gimnasia y evitar que le dieran por el culo. En las tres cosas —decían sus compañeros— había tenido éxito, aunque normalmente a la que te descuidabas sólo tenías éxito en dos. (Pág. 40)

O este otro:

En la torre de más allá, un hombre de unos treinta años, que por su edad debería trabajar, se estaba rascando las pelotas. Era una labor juiciosa y lenta, pensó Méndez. Al fin y al cabo, mientras te rascas las pelotas no haces daño a nadie. (Pág. 145)

Otra de las especialidades de Francisco González Ledesma son los diálogos, de los cuales podemos encontrar auténticas maravillas en No hay que morir dos veces. Veamos esta conversación entre Méndez y el empresario Linares:

(…)Pero al margen de esta alta misión social, usted no debe saber para que sirve el dinero, Méndez.
No tengo la menor idea —reconoció él.
Pues ante todo sirve para tener poder. Con dinero se construyen imperios; sin dinero sólo se construyen barricadas.
Y poesías.
Las poesías a que usted se refiere son lo que queda de la última barricada, lo que queda cuando todos sus defensores ya han muerto.
Estoy aprendiendo mucho de usted, señor Linares
Es que no todo el mundo habla tan claro como yo. (Pág. 248)

Por no faltar, no falta ni siquiera un pequeño guiño/homenaje a Negra y criminal, la tienda especializada en género negro de Barcelona, en lo que ya se va convirtiendo en una costumbre entre los autores del género en nuestro país:

Y sonrió recordando esa pequeña librería cerca del puerto, Negra y criminal, en la que un cartel decía; “Terminantemente permitido fumar.” (Pág. 136)

¿Y qué decir de ese mítico inspector llamado Ricardo Méndez? Pues que debe ser el único madero del mundo que siente un calambre en el alma al ver “una pistola Mauser de las luchas anarquistas de los años veinte.” Y es que en el fondo Méndez es más ácrata que Durruti y Ascaso juntos. Hace lo que le sale de los cojones, contraviniendo todas las órdenes de sus superiores. Bebedor infatigable de coñac de garrafa y de orujo casero, desconfía absolutamente del poder establecido, léase jueces, políticos e incluso policía. Espectador de un mundo que día a día se desploma, acorralado por la postmodernidad y la vida de diseño. Pero ha vivido tanto en esas calles del Barrio Chino que su sexto sentido no suele dejarlo en evidencia.
En mi opinión, No hay que morir dos veces es la mejor novela publicada en lo que llevamos de año, y sinceramente, dudo mucho que en los tres meses y pico que quedan para navidad, se publique algo con la fuerza, el humor y la sensibilidad de esta novela. Francisco González Ledesma: El mejor escritor español vivo. Luego no digas que no te avisé.

viernes 18 de septiembre de 2009

LOS ATARDECERES ROJOS DE POLEY


Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
Cesare Pavese

A Vicente Núñez, in memoriam


Vendrá la muerte y tendrá tus ojos,

predijo el poeta.

Y así será, la muerte vendrá,

una tarde calurosa del verano andaluz.

Se acercará hasta tu cama

y te pedirá que la acompañes.

Y tú lo harás, sabio como eres,

pues no ignoras que no cabe oposición.

Y además ¿para qué?

Vendrá la muerte terrible

y no sólo tomará el brillo de tus ojos

entre sus manos oscuras.

Se llevará con ella

todas las mañanas del mundo,

todas las copas de vino sagrado,

una pequeña parte de Grecia y Roma,

todo el silencio que guardas en tu interior.

Pero no todo te acompañará en tu viaje.

La muerte jamás podrá robarte

ese río de hermosos poemas

que, despacio, desciende por tu cuerpo,

ese elixir privilegiado

que los dioses sensibles te ofrendaron,

y que luego, algún día, degustaremos

en la soledad de nuestros dias solitarios,

cuando nos aferremos desesperadamente

a lo único que queda, el dolor, inmenso

como una manada de elefantes africanos.

La muerte no te quitará jamás el privilegio

de haber visto los atardeceres rojos de Poley

o las estrellas tímidas que cuelgan allá arriba;

de haber oído las notas inquietas

de un Impromptus de Shubert,

de sentir el desgarro que produce

un verso de Aleixandre,

de haber amado al amanecer,

cuando más extraño resulta el amor.

Siento tanto que esta tarde estival

estuvieras en el lugar equivocado

en el momento más inoportuno.

Siento de veras que el año dos mil dos

no sea nunca más el año dos mil dos,

que todo termine tan de repente,

sin tan ni siquiera darnos tiempo

a rearmar a nuestros ejércitos.

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.

Así es. Así será por siempre.

Pero no le concedamos el honor

incierto del olvido.

Nos queda la belleza de la palabra escrita.

De la tuya.

De la de otros que han sido como tú.

Vendrá la muerte, qué duda cabe,

pero sólo se llevará una pequeña parte de ti.

Ésa es tu victoria.

Ésa es nuestra recompensa.



Este poema lo escribí a la muerte de Vicente Núñez, poeta cordobés muy cercano a la estética del Grupo Cántico. No está incluído en ningún libro, aunque sí ha sido publicado en alguna revista poética.

jueves 17 de septiembre de 2009

Polvo de ángel

A principios de la década de los noventa, El Ángel (de nombre real Ángel Caballero), un tipo que había tocado en Los Escaparates, un grupo sin éxito de la movida madrileña, en el que coincidiría con un desconocido aún Eduardo Benavente, y que escribía poemas desgarradores sobre la desesperación, el dolor y la heroína, se reencuentra con Ana Curra, la hermosísima teclista de los Pegamoides y de los añorados Parálisis Permanente. Ana, que tras la muerte de Eduardo Benavente había sido pareja del fotógrafo Alberto García Alix, era superviviente de mil batallas. No hace falta decir que Ana y El Ángel, dos almas gemelas, se enamoraron perdidamente. Por aquella época, y tras largos años de adicción al caballo, El Ángel enferma de SIDA. Él sabe que la enfermedad es imparable y que le queda poco tiempo de vida. No es de los que se autoengañan. Según cuenta su amigo César Scappa, en el libro Los hijos del rock, de Salvador Domínguez, “En 1993, cuando sintió que iba a morir, le entró tal energía vital que en un año hizo todo lo que no le había dado tiempo a hacer antes. Recopilo apuntes, memorias, recuerdos; lo ajustó, maquetó, y publicó un libro y un disco doble.”
Así es. En julio de 1993, y ayudado por César Scappa, El Ángel entra en los Estudios Central de Sevilla, acompañado por un grupo que se hace llamar Los Volcánicos. En realidad, los miembros de Los Volcánicos no son otros que algunos miembros de ese mítico grupo sevillano llamado Los Mercenarios, es decir, Juanjo Pizarro, que toca la guitarra y Miguelito Suárez, al bajo. Completaban la formación el propio César Scappa, a la otra guitarra y un jovencísimo Tony Jurado, a la batería. El mismísimo Dogo Rojo se encargó de hacer coros y Ana Curra de tocar el teclado y hacer coros.
De aquellas sesiones grabadas bajo el infernal calor andaluz de 1993, Nuevos Medios, el sello independiente que dirige Mario Pacheco y que se había dedicado sobre todo a los jóvenes flamencos y a grupos más o menos intelectuales como los Golpes Bajos o La Mode, publica un doble cd titulado Polvo de ángel, producido por Juanjo Pizarro, Ana Curra y El Ángel. Un hermoso título para un disco duro, triste, desgarrador. Un álbum que contiene quince trallazos, todos compuestos por El Ángel, excepto una versión de “Sister Ray”, el mítico tema de la Velvet Underground. Musicalmente, Polvo de ángel es un disco cuasi punk, salpicado por ramalazos de glam rock aquí y allá, pero también con un exquisito sabor a garaje sesentero, presente sobre todo en las teclas de Ana Curra y en la guitarra whawha. Pero lo que destaca sobre todo en el aspecto musical son las guitarras de Pizarro y Scappa: guitarras potentes, afiladas, salvajes, callejeras. La voz cadavérica de El Ángel pone la piel de gallina en más de un momento del disco y cuando se oye la inconfundible voz de Dogo Rojo en los coros, la adrenalina se dispara hasta el infinito.
¿Y las letras de las canciones? Ah, amigo mío, eso ya son palabras mayores. Ya ha quedado dicho que El Ángel era poeta. Además un poeta bastante original, dueño de un universo particular, en el que la mezcla de lo callejero y lo onírico es la principal seña de identidad. Autor de un libro hoy mítico, titulado Los planos de la demolición, publicado por aquellos mismos días por la editorial El europeo, que dirige Borja Casani. Es verdad que las canciones que conforman Polvo de ángel giran básicamente en torno a la vida en las calles de la gran ciudad, y es por ello que están rebosantes de heroína, de camellos, prostitutas, y en general, perdedores de todo pelaje y condición, es decir, más o menos el universo que compartían por aquella época bandas como Dogo y Los Mercenarios, Desechables, o Burning, por poner algún ejemplo más o menos famoso. Lo que no es menos cierto es que en el momento en que este álbum se publicó, este tipo de canciones no eran políticamente correctas. NI la letra ni la música. No podemos olvidar que 1994 fue el año de la explosión del indie español, con grupos como Australian Blonde o El regalo de Silvia. Yo creo que gente como Dogo o El Ángel, a día de hoy, hubiesen tenido quizás un éxito más rotundo, al amparo de autores que han tratado la misma temática en la poesía, en el relato corto o en novelas y canciones. O tal vez no, quién sabe. Como dice mi amigo Juanfran Molina, “no entiendo cómo se nos pudo pasar este disco cuando salió publicado.” Prácticamente me gustan las quince canciones de este cd, y entre sus surcos, hay versos realmente hermosos. Hoy en día es prácticamente imposible hacerse con una copia, o yo al menos no lo he conseguido. Y eso que lo he intentado hasta recurriendo a Nuevos Medios, pero no ha habido suerte. Lo mismo ocurre con el único poemario que El Ángel publicó en vida. Si el pobre levantara la cabeza y viera que esos poemas en el año 2009 cuestan cincuenta eurazos y que, en su momento, se devolvieron prácticamente todas las copias, se caería de espaldas. En fin, si encuentras una copia del cd o del libro por ahí, no seas tonto y hazte con ella. Aunque sólo sea para vendérmela a mí (o para regalármela).

miércoles 16 de septiembre de 2009

Escuela pública versus escuela concertada

Ahora que comienza un nuevo curso escolar, no me gustaría dejar pasar la oportunidad de señalar algunas diferencias existentes en nuestro país entre la escuela pública y la escuela privada que son dignas de ser denunciadas ante el Tribunal Internacional de La Haya. Vaya por delante que para escribir este artículo he utilizado datos extraídos de “La Iglesia y el sistema escolar”, de Vicenç Navarro.
Vamos a empezar por lo más obvio: en España existen tres tipos de escuelas: públicas (sostenidas con fondos públicos, en torno al 65% de los centros), privadas (sostenidas con fondos privados, en torno al 5% de los centros) y concertados (sostenidos con fondos públicos, en torno a un 30% de los centros). Como los centros privados están financiados con dinero privado, no me interesan lo más mínimo. Es obvio que son centros de transmisión ideológica (de la derechona, se comprende), pero no vamos a entrar a valorarlos.
Las diferencias esenciales se dan entre la escuela pública y la concertada. En general, la escuela concertada (magnífico eufemismo para referirse a un sistema escolar exclusivo pero pagado por todos) recibe a un 30% del alumnado, aunque en las grandes ciudades los datos son completamente inversos (por ejemplo, en la ciudad de Granada). Este 30% del alumnado pertenece, en palabras de Navarro al grupo de población “de renta superior (burguesía, pequeña burguesía y clase media profesional de renta alta)” mientras que “el 70% restante (clase trabajadora y clase media de renta media y baja) los matricula en la escuela pública.” Primera consecuencia: la escuela española es muy clasista.
Esto, que en principio puede parecer algo inocuo, tiene, en realidad mucha importancia. Como señala Vincenç Navarro en su artículo, es la manera más simple de reproducir la estructura de clases del país. De las escuelas privadas-concertadas saldrán los cuadros de mando de las grandes multinacionales, bancos, legisladores, jueces, militares de carrera, creadores de opinión, científicos, etc. Es decir, los que controlan el cotarro. De la escuela pública, en cambio, salvo honrosas excepciones, saldrán maestros, mecánicos, camareros, carpinteros, vendedores de seguros, sindicalistas, amas de casa, y sobre todo, parados, muchos parados. No hay que ser un lince para darse cuenta de por dónde van los tiros.
Otro dato importante: del treinta por ciento de centros privados-concertados, el setenta por ciento pertenece a la iglesia católica. El treinta por ciento restante, son de carácter laico (cooperativas, etc.) No es de extrañar que la Conferencia episcopal defienda sus negocios con uñas y dientes, teniendo en cuenta el volumen de dinero que se debe mover detrás de estas cifras. Seguimos con los datos: el alumnado inmigrante está matriculado prácticamente al cien por cien en centros públicos, excepto que sea alumnado con un alto poder adquisitivo. Por ejemplo, hijos de deportistas, músicos, o gente por el estilo. Todos los demás, de cabeza a la escuela pública.
Más datos: En palabras de Navarro, tan ciertas como que detrás de un día viene otro, el alumnado de la escuela concertada recibe un 32% más de dinero que el de la escuela pública, ya que el Estado invierte 2.700 millones de euros al año en la concertada. Lo que aún no he logrado entender es el por qué de esta inversión, por muchas vueltas que le doy al asunto.
Y todo este sistema-negocio apoyado por el Partido Popular, Convergencia y Unió, el Partido Nacionalista Vasco, y sí, como no, el Partido Socialista Obrero Español, entre otros. Por lo que se ve, no son capaces, o simplemente no quieren plantar cara a la iglesia católica para acabar con sus chollos. ¿Y qué conclusión se puede sacar de todo esto? Vincenç Navarro lo dice alto y claro: “La reforma educativa de los gobiernos progresistas tiene que, además de incrementar sustancialmente el gasto público en educación, eliminar esa polarización social que está reproduciendo una estructura totalmente clasista que afecta negativamente la calidad del sistema educativo.” Así de fácil. O así de complicado. Según se mire.

martes 15 de septiembre de 2009

El apocalipsis según Cormac McCarthy

El nombre de Cormac McCarthy está rodeado de misterio. Sólo han trascendido pequeños detalles de su autobiografía y ni siquiera podemos estar completamente seguros de que sean ciertos. Sabemos, por ejemplo que nació en la ciudad de Providence, en Rhode Island, en 1933. Sabemos que se crió en Knoxville y que acudió a la Universidad de Tenessee durante dos cursos, hasta que en 1953 se alista en las Fuerzas Armadas para permanecer allí cuatro añitos. Después se reincorpora a la vida civil y decide regresar a la Universidad con la intención de convertirse en escritor. Se dice de él que detesta las entrevistas y, sobre todo, hablar de literatura. De hecho se dice que sólo ha concedido una entrevista en su ya larga carrera como escritor. En ella afirmaba que el primer libro que había leído en su vida fue a la edad de veintiún años. Está claro que con todos estos antecedentes sólo podía surgir un tipo genial.
Cormac McCarthy es autor de más de una decena de novelas. Su estilo, cercano a la tradición gótica sureña de autores como William Faulkner, Truman Capote, Flannery O`Connors o Carson McCullers, se caracteriza por una prosa densa, difícil, poco complaciente con el lector, pero valiente y honesta, en la que la violencia se expande por los cuatro puntos cardinales de la obra. Sus personajes tienen muy poco que perder y suelen vivir bordeando el filo de la navaja o sobrepasándolo directamente. Ya vimos, por ejemplo, cómo se las gastaba Anton Chigurh, el escalofriante psicópata asesino de No es país para viejos, que en la versión cinematográfica de los hermanos Cohen interpretó de manera magistral Javier Bardem. Otras obras de McCarthy son: El guardián del vergel, Hijo de Dios, Meridiano de sangre, Suttree y la Trilogía de la frontera, integrada por las novelas Todos los caballos hermosos, En la frontera y Ciudades de la llanura.
En el año 2007, McCarthy fue galardonado con el Premio Pulitzer por una novela que, en mi opinión, es la mejor salida de la pluma de este novelista, y que el tiempo pondrá en el lugar que se merece: entre lo mejor de la literatura de las últimas décadas. Estoy hablando, por supuesto, de La carretera.
La carretera es una novela que deja una huella indeleble en el lector. Aviso a navegantes: Que nadie se acerque a este libro esperando encontrarse con un bestseller. Nada más lejos de la realidad. Mientras la lees, esta novela se va metiendo en tu interior, urgando por ahí dentro, tocando los resortes que toda obra de arte debería tocar para que uno se estremezca de dolor o placer, depende. En La carrertera, McCarthy nos describe un mundo terrible: El planeta ha sufrido una catástrofe atómica y apenas queda un puñado de seres humanos sobre la faz de la tierra. Todo se ha vuelto frío, oscuro, gris, silencioso. En algún país que no se nombra en toda la novela, pero que suponemos debe ser los Estados Unidos, un hombre y su hijo, se dirigen hacia el sur, caminando unos pocos kilómetros diarios, sin apenas alimentos, vestidos con harapos pestilentes, empujando un carrito de supermercado donde llevan todas sus posesiones. Tanto el padre como el hijo parecen recién salidos “de un campo de exterminio.” Muertos de hambre, cansados, asustados. Dos cadáveres caminando sin saber muy bien hacia dónde ni por qué. Sólo porque su instinto de supervivencia así lo ordena, pero envidiando a los muertos. En su peregrinar, pernoctan a la intemperie, cubiertos por un trozo de lona desgastado. Todo escasea, especialmente la comida y el agua, pues la de los ríos y arroyos está contaminada por la radioactividad. Bajo estas circunstancias, no es difícil imaginar que los seres humanos, los pocos que han sobrevivido, se han vuelto despiadados, como animales acorralados que se defienden con uñas y dientes. Nadie se fía de nadie. Y la práctica del canibalismo está a la orden del día. Un mundo completamente abandonado por Dios, parece decirnos el autor. Aquí y allá, el hombre va dejando retazos de recuerdos de su vida anterior: Sus padres, su esposa, su niñez pescando en el río. Una vida que jamás volverá.
A pesar de la dureza de la prosa de Cormac McCarthy y de la desazón que esta produce en el lector, las páginas de La carretera están impregnadas de un hermoso lirismo. Algunos pasajes son poemas en sí mismos. Tengo que decir que la he vuelto a leer por segunda vez dos años después, pues las noticias de la adaptación cinematográfica empujan a ello. Supongo que la traslación a imágenes de las palabras de McCarthy no habrá sido empresa fácil, pero confieso que estoy deseando que se estrene la película. Ya veremos si ha merecido la pena la espera.

lunes 14 de septiembre de 2009

Bob Dylan Revisited

El vagabundo borracho me ha robado a mi chica.
Voy a intentar recuperarla
pero no las tengo todas conmigo.
Hoy tengo un día terrible
y necesitaré un golpe de suerte.
La condesa escucha al buhonero,
o eso, al menos, me parece a mí.
Después ella dice que rezará una oración
por todas las personas
que se ganan la vida con el sudor de su frente
y se santigua de manera piadosa.
Hay un hombre en el parque.
Es de noche y llueve a cántaros.
Intenta atrapar puñados de lluvia
con sus manos pequeñas,
mientras grita:
alguien tuvo suerte, pero sólo fue un accidente.
La mujer de la calle tiene los ojos vendados.
Está cantando una vieja canción
que escuchó, cuando era pequeña,
en la emisora de música country.
La luz de una linterna le alumbra el rostro.
Después, la mujer de la calle se descalza
y comienza el baile.
Seis caballos blancos galopan
por los dorados raíles del tren
mientras una locomotora lenta se acerca
desde la otra parte de la pradera.
El pájaro forajido de ojos tristes
lo observa todo desde un sauce llorón.
Luego, levanta el vuelo y se pierde.
Monalisa y su hijo de seis años fueron a la feria.
Él se subió en el tiovivo
y ella le regaló un algodón de azúcar de color rosa.
Durante unas horas fueron felices
pero ya están de vuelta
en su infierno cotidiano de hielo negro.
El viejo enterrador sostenía un libro
en su mano izquierda.
Empezó a caer nieve a cámara lenta.
Aquel hombre volvió su rostro hacia el cielo.
Abrió el libro al azar y leyó en voz alta:
sueña, sueña, pues esto también es verdad.
Memphis Minnie llevaba sobre su cabeza
un hermoso sombrero de piel de leopardo.
La vi pasar conduciendo su flamante coche nuevo,
rojo intenso, reluciente como el cielo
de una noche de verano.
Al pasar junto a mí, me guiñó un ojo y me soltó,
eh, tío, ¿te vienes a dar una vuelta conmigo?
Creo que me he enamorado, sin remedio,
de ese sombrero de piel de leopardo.
Debajo del cartel de neón
hay un hombre que me recuerda a Shakespeare.
Su nombre es Jack Horner.
Viste unos zapatos de tacón cubano y un traje negro.
Es un tipo realmente elegante.
Está hablando con una chica francesa.
Ella le dice: Yo soy amiga de Bob.
Y él contesta: Mentirosa. No te creo.

jueves 10 de septiembre de 2009

La larga marcha hacia la anarquía

“El anarquismo no es una foto fija, ni tiene una sola cara, y presenta matices muy variados, (…) pues los movimientos sociales pueden ser varias cosas al mismo tiempo.”. Así de contundente se muestra Javier Paniagua Fuentes, profesor de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales y Políticos en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UNED, probablemente uno de los intelectuales españoles que más tiempo y trabajo ha dedicado el estudio del Anarquismo como movimiento social y sindical desde el siglo XVIII hasta la actualidad. Y el fruto de todo ese esfuerzo es La larga marcha hacia la anarquía (Pensamiento y acción del movimiento libertario), una magnífica obra editada en 2008 por la editorial Síntesis. A través de siete capítulos y casi cuatrocientas páginas, el profesor Paniagua Fuentes lleva a cabo un exhaustivo estudio sobre el pensamiento ácrata, sus fundamentos filosóficos, las figuras intelectuales más importantes del anarquismo, no sólo español sino internacional. Así mismo, analiza la huella que el anarquismo ha dejado en movimientos sociales más recientes como el Mayo del 68 o ya en nuestros días el Movimiento antiglobalización o el movimiento okupa. Mención especial merecen los capítulos dedicados al anarquismo como movimiento de vanguardia durante la Segunda República española y al anarquismo durante la Guerra Civil, cuando por primera vez, los anarquistas tuvieron el poder real en sus manos y se pusieron en marcha las colectividades en Aragón, Andalucía, Cataluña y otros lugares del estado español. No hace falta decir que, por las páginas de este ensayo, pasan todos los grandes nombres de la causa anarquista: desde Bakunin a Abad de Santillán, de Joseph Proudhon a Errico Malatesta, de Federico Urales a Anselmo Lorenzo, de Federica Montseny a Emma Goldman. Todos y cada uno de los nombres que aportaron algo al pensamiento ácrata y que creyeron ciegamente en la idea de un mundo libre, donde el hombre no fuese un lobo para el hombre, aparecen por estas páginas. Resulta altamente estimulante ver, tras la lectura de este libro, que muchas de las reivindicaciones históricas de los anarquistas están hoy plenamente asimiladas en nuestra vida cotidiana: el antirracismo, el feminismo, el naturismo y el ecologismo, el pacifismo, etc. Y es que es de justicia histórica decir bien alto que los viejos anarquistas fueron los primeros en luchar por un mundo donde la igualdad real entre los seres humanos y la democracia auténtica y participativa fuese algo palpable, y no sólo palabras escritas en papel o dichas en un mitin. Por eso este libro está recomendado para todas esas personas que aún creen en la posibilidad de otro mundo diferente al que nos ha tocado en suerte. Porque no nos merecemos lo que nos ha caído encima.

martes 8 de septiembre de 2009

Los hombres que no amaban a las mujeres

Este post no va de literatura. No tiene nada que ver con un libro de novela negra ni con novelistas suecos que triunfan después de morir. Este post no cuenta la historia de una chica friqui ni de un periodista honrado. Este post no habla sobre la primera parte de ninguna trilogía de éxito mundial.
Este post tiene que ver exactamente con eso: con los hombres que no amaban a sus mujeres.
En lo que va de año, en nuestro país, cuarenta mujeres han sido asesinadas por sus parejas o ex-parejas. La última, anoche en Utiel, un pueblo de Valencia. Además se da la terrible coincidenica de que esta vez el asesino es un Guardia Civil. Cada dos o tres días una mujer pierde la vida en España por violencia de género y da igual que viva en Málaga, Vigo, Badalona o Donosti. En eso sí que somos todos iguales. En cualquier región de este país se mata a las mujeres de la misma manera. Está claro que algo no está funcionando porque el problema, en vez de remitir, va en aumento. Hoy una en Utiel, ayer en Alicante, el viernes en Vélez-Rubio (Almeria) y así hasta cuarenta sólo en este dos mil nueve. Muchas de ellas son inmigrantes que han venido de otros países buscándose la vida; pero otras son españolas. Así que me da por pensar que el problema no tiene que ver con nacionalidades ni con razas, religiones, culturas, etc. Creo, sinceramente, que el problema tiene que ver, más bien, con el ser humano, con su maldad intrínseca.
No obstane, este problema tiene solución, pues lo mismo que prácticamente se ha terminado con el problema del terrorismo vasco (para mí es igual de grave o tal vez más) mediante la presión policial y con determinadas leyes, también a este terrible problema se le puede plantar cara. Pero para ello hace falta voluntad política y no sólo buenas palabras de la ministra de turno.
Y dentro de tres días, otra.

lunes 7 de septiembre de 2009

La venganza de los malditos

A veces me da por pensar que ocurriría si, en cualquier ciudad importante de España, tuviera lugar algo parecido a lo que Charles Bukowski planteaba en su relato “La venganza de los malditos”, incluido en su libro Hijo de Satanás. En este cuento, Bukowski nos presenta a Tom y Max, dos vagabundos de la ciudad de Los Ángeles. Una noche, mientras duermen en una pensión de mala muerte, rodeados de cincuenta o sesenta vagabundos, tan jodidos que “ni siquiera valía la pena tirarles una bomba encima”, Tom le cuenta a Max un plan en el que viene pensando desde hace tiempo: Se le ha ocurrido reclutar a los vagabundos de la ciudad, formar un gran ejército de zombies sociales, para todos juntos, dirigirse a unos grandes almacenes, los más importantes de la ciudad, y una vez allí, tomar todo aquello que la sociedad de consumo les ha negado. Según Tom, el asunto será como “una especie de venganza de los malditos. Un desfile de deshechos.” En su mente de vagabundo borracho lo ve “casi como una película.” Al día siguiente, los dos tipos, ni cortos ni perezosos, ponen en marcha su plan. Van reclutando a cuanto vagabundo encuentran por la calles, y como una procesión de desheredados, bajan hasta el centro de la ciudad para llevar a cabo el saqueo de los grandes almacenes elegidos. El ejército de vagabundos entra en la tienda y va tomando todo cuanto les apetece, ante la mirada atónita de los clientes y de los empleados; abrigos de piel, chupas de cuero, zapatos caros, bolsos, puros, güisqui y todo tipo de artículos de lujo. Al final todo se desmadra y, por supuesto, la policía entra a saco, con las pistolas en la mano. En mi imaginación, suelo cambiar a los vagabundos por parados, que por desgracia en nuestro país son un grupo bastante numeroso. Imaginaros, por un instante, a todos los parados de Cartuja, a los de la Chana y el Zaidín, a los de del barrio de los Pajaritos, a todos los marginados, a los yonkis y sin techo, entrando en el Alcampo, o mejor aún, en el Hipercor, que es mucho más pijo y exclusivo. Uf, sólo de pensarlo se me erizan los pelos del cogote. ¡Qué visionario, el gran Bukowski!

viernes 4 de septiembre de 2009

Diego Vasallo no miente

Desde hace unos años, cuando alguien me pregunta por mis músicos favoritos, siempre incluyo en la lista el nombre de un tipo que suele causar asombro: Diego Vasallo. Como ya sabéis, Vasallo formó parte durante tres lustros de los Duncan Dhu, un grupo que hizo unos cuantos discos magníficos, alguno malo, y alguno simplemente, medianito. Como compositor, ya merecería pasar a la historia de la música en español, por ser el autor de aquel himno de los años ochenta titulado “Cien gaviotas”, una canción que, en mi opinión, está a la altura de otros temazos de la época, como “Déjame” de Los Secretos, “La chica de ayer” de los Nacha Pop, “Escuela de Calor”, de los Radio Futura o “Cuatro rosas” de los Gabinete Caligari. Pero es que Diego firmó otras muchas grandes canciones de los Duncan, en solitario o a medias con Mikel Erentxun, la otra mitad del grupo. Y no podemos olvidar su faceta como cantante, ya que a partir del álbum autobiografía, Diego solía poner voz —una voz melancólica, repleta de matices— a sus propias composiciones. Así que de ahí a formar su propio grupo (en realidad el grupo era el propio Diego acompañado de músicos de estudio), había sólo un paso. Y ese paso lo acabó dando para formar Cabaret Pop, un grupo que al principio tenía una línea musical cercana a la música tecno, pero que, poco a poco, fue evolucionando, hacia un pop muy personal, con influencias de la canción de autor, de los Beatles, del rock californiano, etc., y que acabó facturando discos tan buenos como aquel Diego Vasallo y el Cabaret Pop, publicado en 1995 y que ya dejaba ver lo que se avecinaba en un futuro nada lejano. Ese fue el último álbum que Diego publicaría bajo el seudónimo de Cabaret Pop. A finales de 1996 aparece Criaturas, ya bajo su nombre. Un disco bastante potable, que en mi opinión merece la pena ser redescubierto con todos los honores, ya que contiene canciones memorables, como “Canciones que no hablan de amor” o “Criaturas salvajes”, dedicada al novelista Truman Capote.
No obstante, el triple salto mortal sin red viene de la mano de Canciones de amor desafinado, el álbum que Diego publica en el año 2000. Todo en este disco es bonito. Desde el título, que me encanta, a la portada, pasando por cada uno de los once temas que lo componen. SI tengo que elegir uno, cosa difícil, me quedo con “Ascensores al cielo”, el tema en el que lo acompaña mi admirado Luis Eduardo Aute. Un disco muy triste, pero ¡qué cojones!, hermoso hasta el paroxismo y donde están presentes todas las influencias de nuestro hombre: la chanson francesa, el pop de los años sesenta, la canción de autor, la poesía contemporánea, Chabela Vargas y un largo etcétera. Todo ello bien mezclado, bien agitado y servido con un gusto exquisito. Dos años más tarde, Diego, acompañado de Suso Saiz, un músico heterodoxo que había militado en Esclarecidos y en La orquesta de las Nubes, productor de numerosos discos del pop español más arriesgado, graba El cuaderno de pétalos de elefante, un disco-libro experimental, adornado con dibujos de Vasallo, donde Suso pone música a los poemas minimalistas de Diego. Pero retrocedamos en el tiempo por un momento. En 2001. Diego y Mikel deciden volver a poner en marcha el proyecto Duncan Dhu, para darle el digno final que merece. De esa reunificación sale Crepúsculo, un tremendo cd con una preciosa portada de Javier Aramburu, y con temas como “Nunca me enamoraría de noche (Jack Nicholson no miente)”, una pequeña gema que pone el listón de la composición muy, pero que muy alto.
Tras el final de Duncan Dhu, Diego continúa con su carrera en solitario. Y lo hace dejando a un lado los agobios de las giras, la presión del mercado, etc. Y es que Diego Vasallo es, como dice su amigo Suso, el único músico español que estando en la cima, ha decidido de manera voluntaria volver a bajar. Porque no debemos olvidar que Duncan Dhu era un grupo de ventas masivas, con miles de fans, y Diego decidió poner punto y final a todo eso. En 2005, Diego se vuelve a meter en un estudio y nos regala otra obra maestra del pop español: Los abismos cotidianos. Una colección de canciones muy cercanas a la perfección, con colaboraciones de Leonor Wantling y Christina Rosenvinge. Esta vez Diego rinde tributo a su idolatrado Enrique Urquijo, versionando ”Demasiado tarde”, uno de los temas que Enrique grabó con Los Problemas. También se incluyen en este cd el poema de Pablo Guerrero “Rosas que arden”, al que Diego pone música, y el tema “La vida te lleva por caminos raros”, que su amigo Quique González incluye en su disco Avería y redención #7. En 2006 Diego riza el rizo y publica dos proyectos simultáneos. Por una parte, lanza un disco recopilatorio, Las huellas borradas 2000-2006, una especie de “pequeños éxitos”, con alguna sorpresa, como es la colaboración del ya mencionado Quique González cantando uno de los temas. Por otra parte, Diego, junto con el poeta Roger Wolfe, firma La máquina del mundo. Once poemas del poeta gijonés de origen británico, musicados e interpretados por Vasallo y donde también se puede escuchar algún recitado de Roger Wolfe. Un disco sorprendente que nos muestra otra faceta distinta de Diego. Un disco, y lo digo porque he hecho la prueba, que a toda la gente que se lo he dado a oír, acaba alabándolo sin remisión.
De momento, hasta aquí llega la historia. Diego Vasallo sigue viviendo en su Donosti natal, donde se dedica a pintar, estudiar Arquitectura, componer hermosas canciones de pop eterno, escribir poemas en verso libre y fundirse la pasta que ganó girando por todo el mundo con Duncan Dhun, aquel grupo de rockabilly acústico que tres chavales formaron para dar rienda suelta a su pasión por los Violent Femmes a principios de los ochenta. Mi consejo es que dejes a un lado los prejuicios bobos y te hagas con alguno de sus discos. O con todos. Y a disfrutar.

jueves 3 de septiembre de 2009

La bancarrota del capitalismo

Hasta hace bien poco, el único dios verdadero del Liberalismo, esa religión que ha dominado en solitario el mundo durante el último cuarto de siglo, era el Dios Mercado. Para cualquier liberal, y no me estoy refiriendo exclusivamente a los ultras o neocons, tipo Esperanza Aguirre, sino incluso para muchos liberales que militan en el partido socialista, el Dios Mercado tenía la capacidad de regular absolutamente todo: los precios, la calidad, la oferta y la demanda, etc. “Dejemos que el mercado imponga su ley”, se decía cada vez que alguien preveía el más mínimo atisbo de intervencionismo económico. Pero, he aquí que, con la terrible crisis económica que nos asola, los precios de la vivienda subieron hasta límites insospechados y junto con el gran timo del euro, el sistema capitalista, el mismo que adoraba al becerro de oro de la No-Intervención económica, se ve suplicando cuasi de rodillas que el Estado intervenga para salvar los restos del naufragio del capitalismo salvaje. Y es que el Dios Mercado ha actuado. Y el hijoputa lo ha hecho de manera drástica. Lo malo del asunto es que, como ya ocurriera con el crack del 29, se ha llevado por delante a los más débiles, a los tontos que se creyeron a pies juntillas que podían tener un BMW o un Audi comprado a plazos con el sueldo de un peón albañil o de un camarero. Y se lo creyeron porque así se lo contaron en el banco, en el concesionario de coches o en las grandes superficies. En fin, las mentiras del capitalismo. Mientras tanto, los que pagaban el BMW o el Audi al contado, los que compraron casas de varios millones de euros, los millonarios, esos siguen teniéndolos. Que la crisis no es igual para todos. ¿O te creías que sí?

martes 1 de septiembre de 2009

Huye rápido, vete lejos, de Fred Vargas

"Esta novela de Fred Vargas es sin duda la mejor". Esta frase, escrita en una crítica del diario Le Nouvel Observateur, hace referencia a Huye rápido, vete lejos, una de las novelas policíacas de la escritora francesa Fred Vargas, perteneciente a su serie sobre los crímenes en la ciudad de París y el comisario jefe Jean Baptiste Adamsberg y su equipo.
Debo confesar mi ignorancia y admitir que, hasta hace unos meses, no tenía ni la más mínima idea de quién era Fred Vargas. La primera vez que leí su nombre, fue, como tantas otras veces, en el blog de Negra y criminal, ese reducto de buen gusto disfrazado de librería de género policíaco, ubicada en la Ciudad Condal y dirigida por el detective Paco Camarasa, un tío que se toma su trabajo con pasión desbordada. En un primer momento pensé, para qué voy a negarlo, que Fred Vargas era un hombre y supuse, erróneamente, que era cubano y que pertenecía al grupo de otros magníficos narradores cubanos de serie negra, como Lorenzo Lunar o Amir Valle. Pero, ohlala, resulta que Fred Vargas es el seudónimo de Fréderique Audoin-Rouzeau, una científica parisina nacida en 1957, que en sus ratos de ocio escribe novelas policíacas, que además están de puta madre. Además de la novela que nos ocupa, algunos de los títulos que ha publicado en nuestro país son: Lo que tarda en morir un idiota, Que se levanten los muertos, Sin hogar ni lugar, Bajo los vientos de Neptuno, La tercera virgen o Los cuatro ríos (esta en forma de cómic).
Huye deprisa, vete lejos es, en mi opinión una obra magnífica. Bien construida, muy bien escrita y, ante todo, verosímil, aunque está regada con unas gotitas de realismo mágico. Pero no se preocupen, que esas gotitas no la vuelven indigesta. Lo de que sea verosímil no es algo baladí, pues para mí, cualquier buena novela de género negro que se precie debe ser ante todo, creíble. El comisario Adamsber es un personaje entrañable. Un tipo despistado, incapaz de memorizar el nombre de sus más inmediatos colaboradores, pero con una clarividencia mental para resolver los enigmas, que tira de espaldas.
Ignoro si las demás novelas de Vargas son tan buenas como la que nos ocupa, porque aún no las he leído. Pero en unos meses tendré la solución al enigma. Palabra de lector compulsivo.

lunes 31 de agosto de 2009

El fin del verano

Parece mentira, pero uno llega a cansarse hasta de estar de vacaciones. Al menos ese es mi caso. Las vacaciones de verano en el lugar donde yo vivo (Salobreña, un pueblo costero de la provincia de Granada) llegan a ser una auténtica tortura. Para alguien que lea esto en un pueblo del interior peninsular, y que no haya disfrutado de vacaciones le puede parecer que estoy alucinando. Pues no, es totalmente cierto. Esta localidad no está preparada para la avalancha de gente que recibe durante el mes de julio y, sobre todo, en agosto. Lo mimo me comentan otras personas que viven en lugares como Chiclana o Zahara de los Atunes, en Cádiz. La vida cotidiana durante estos días veraniegos se vuelve un auténtico coñazo. Acciones tan simples como ir al supermercado, a la biblioteca pública, aparcar tu coche cerca de tu casa y no digamos ya si uno se pone malito y tiene que ir al centro de salud, son auténticas odiseas, dignas de super héroes de la Marvel o de la antigua Grecia. Así que hoy, último día de este agosto realmente caluroso que hemos vivido, me devuelve mi buen humor, y mañana, con la llegada de septiembre, la vida cotidiana regresa para quedarse otros diez meses. Ya sólo me queda esperar unas semanitas para que el verano meteorológico se vaya y venga el otoño, esa maravillosa estación del año con sus noches frescas, sus hojas de los árboles por el suelo, sus castañas y sus nueces, sus primeras lluvias, su manga larga y cada uno en su casa, incluidos mis ruidosos vecinos. Please, que alguien le diga a Obama que suprima el verano. Al menos yo se lo agradecería.

sábado 22 de agosto de 2009

El crimen organizado en Salobreña

Hace unos meses, saltaba a los medios de comunicación de todo el país, una rocambolesca noticia que tenía que ver con el Ayuntamiento de Salobreña (municipio donde resido desde hace varios años) y un cabrero de la localidad. Hoy aparece publicada en el diario Ideal una noticia que afecta de lleno al crimen organizado en el pueblo de Salobreña. Y es que ya se sabe, en la costa, la mafia campa a sus anchas. No me resisto a transcribir el texto completo, tal y como se puede leer en la edición de hoy, 22 de agosto de 2009, en el diario granadino:

Condenado a un año y medio de prisión por robar chotos y cabras de un corral en Salobreña
Un juzgado de Motril ha condenado a un año y medio de prisión a un vecino de Salobreña (Granada) de nacionalidad francesa que robó de un corral catorce chotos y cuatro cabras.
Además, este individuo, de iniciales M.G.S., deberá indemnizar al propietario de la explotación con 1.300 euros, cifra en la que estaban tasados los animales, según la sentencia, a la que ha tenido acceso Efe.
El acusado, "con ánimo de ilícito beneficio" en la madrugada del 11 de abril de este año, junto a otras personas no identificadas, fue a una explotación ganadera y, tras intentar forzar el candado de la cancela, saltaron la valla y robaron de su interior los chotos y las cabras.
El acusado fue detenido posteriormente en una furgoneta que conducía y que había sido sustraída el mismo día, donde había además abundantes excrementos de ganado caprino y un choto muerto, que fue reconocido como uno de los robados por su propietario.

Un reproche inexpresado: Breve semblanza de Vicente Núñez

A Vicente Núñez, in memoriam

“En el silencio de tu muerte

Hay un reproche inexpresado”

Boris Pasternak

Yo nunca hablé con Vicente Núñez. Nos cruzamos por las calles de nuestro pueblo decenas de veces. Lo vi, con bastante frecuencia, escribiendo en El Tuta, o bajándose —sólo una vez— de un coche con su amiga Carmen Romero. Leí sus poemas en las calurosas tardes de Aguilar, sus Sofismas para el Diario Córdoba, sus entrevistas en El País. Disfruté de sus escasas apariciones televisivas con Jesús Quintero. Pero nunca crucé una palabra con él.

Con motivo de la publicación de mi primer poemario, Los poemas del frío, en cuya presentación participaba una gran amiga y admiradora suya, la poeta María Rosal, le envié mediante un amigo común, una invitación para dicho acto. Esa misma tarde, por medio de otro amigo común, Vicente se disculpó alegando no encontrarse demasiado bien de salud. Le hice llegar un libro en el que escribí la siguiente dedicatoria: “Con mi admiración y respeto, para el maestro.” Tampoco he sabido nunca, y es una duda que a veces me intriga, qué opinión le merecieron mis versos, tan distintos de los suyos, tan alejada su poética de la mía, tan diametralmente opuestas nuestras formas de entender el mundo.

Algunos meses más tarde, en la ciudad de Córdoba se celebraba la Feria del Libro y fui invitado para dar a conocer mis poemas. El poeta que me acompañaba aquella espléndida tarde de abril, Pablo García Casado, habló de la poesía que se hacía en Córdoba, y también lo hizo, cómo no, de la figura de Vicente Núñez. En ese momento fui realmente consciente de la importancia que el autor de Los días terrestres tenía en la lírica cordobesa, y por extensión, en la que se escribe en toda Andalucía.

En abril de ese mismo año, y cuando ya estaba bastante enfermo, se le rindió un merecidísimo homenaje en Aguilar. Aunque me habían invitado, por motivos ajenos a mi voluntad, me resultó imposible asistir. Parecía como si el Destino no tuviese a bien permitir que nos conociésemos.

Con frecuencia, algunos amigos, sabiendo de mi pasión por la poesía y de mi condición de filólogo, me han preguntado cuál era, en mi opinión, el sitio que le correspondía a Vicente Núñez en el Olimpo de la literatura española de la segunda mitad del siglo XX. Mi respuesta siempre ha sido la misma: merece un lugar de privilegio en la poesía que se ha escrito en Castellano durante el siglo pasado.

Autor de culto, ajeno a modas y fanfarrias publicitarias, heterodoxo e incluso, para una parte de la crítica, colindante con el malditismo. Yo me resisto a creer que fuera un maldito. Quiero pensar que más bien estaba por encima de lo que, de manera tan miserable, se ha dado en llamar la Popularidad, ese monstruo de tres cabezas que devora y deforma todo a su paso. Fiel a su modus vivendi hasta el último instante, eligió vivir en Aguilar de la Frontera —su mítica Poley—, apartarse de los cenáculos literarios, mantenerse impasible ante los cantos de sirena que lo llamaban desde Málaga, Sevilla o Madrid. Eligió la poesía —o tal vez fue al revés, quién sabe— en una época en la que escribir poemas es poco más o menos que luchar contra los molinos de viento.

De la docena de poemarios que publicó, mi favorito es Ocaso en Poley, de 1982, libro por el cual se le concedió el Premio de la Crítica de ese mismo año. Y de los cuarenta y siete poemas que componen la obra, me quedo, sin lugar a dudas, con esos poemas breves, directos, que en palabras de Guillermo Carnero, “actúan gracias a la densidad de la concisión y el poder evocador de la sugerencia”. Me estoy refiriendo a poemas como “Del amor”, “Fracaso”, “Una carta” o “Todo en tu amor dolíame”. No obstante, de todos los poemas que escribió, el que más me gusta, es ese soneto sublime que tituló “La limosna”, que cerraba Ocaso en Poley, y que no me resisto a reproducir aquí:

LA LIMOSNA

Una noche de invierno, de tantas en la vida,
sintiéndome el más pobre de los pobres del mundo,
me arrojé por las calles en busca de sustento
mientras la lluvia hería mi rostro como un látigo.
Como pude, arrastrándome en aquel torbellino
de vértigo y de frío, logré alcanzar su casa.
Llamé con la ternura que precede a la muerte;
besé, con el helor que en mis labios traía,
aquellos aldabones que yo soñé imposibles.
Salieron a la puerta tus hijos, como rosas
en el trono encendido del hogar que vibraba.
Yo no sé qué limosna pedí ni con qué harapos
quise ocultar mi fiebre, mi amor y mi miseria.
Del fondo de la casa, del fondo de la vida,
sentí su voz decirme, mientras agonizaba
mi corazón: perdone. Por Dios, perdone, hermano.

En “Vicente Núñez o el reino de este mundo”, el prólogo que Carnero escribió para su Poesía (Diputación Provincial de Córdoba, 1988 y 1995), se le definía como “un poeta de léxico escogido y precioso, sin caer en la retórica de las ornamentaciones ni en la búsqueda sistemática de lo insólito”. Y Abel Feu, en Panorama de la poesía andaluza desde la posguerra hasta la actualidad (CEC, Junta de Andalucía, 1999), nos lo muestra como “una figura destacada y admirada por los jóvenes, un poeta puro que vive y escribe su obra en su pueblo y que es una referencia inexcusable en la poesía de su generación.”

A mí, que siento cierta aversión hacia las etiquetas literarias, me gusta pensar en él tan sólo como un Poeta, es decir, una persona dotada de una sensibilidad especial para jugar con el significado de las palabras, con la retórica, con los sentimientos. Una persona que dispone de un don único para provocar en sus lectores pasiones vehementes, una persona que ve pasar ante sus ojos la vida, la capta, la aprehende y luego, nos la devuelve servida en bandeja de plata. Eso era, en mi modesta opinión, Vicente Núñez.

(Este artículo fue publicado con anterioridad en la revista digital Granada, ciudad poética, que dirigía mi amigo Ventura Camacho.)

jueves 20 de agosto de 2009

Enemigos públicos, de Michael Mann

Anoche estuve en el cine viendo la última peli de Michael Mann, Enemigos públicos, interpretada, entre otros, por Johnny Depp y Marion Cotillard. La película cuenta la vida de John Dillinger entre 1933 hasta su muerte, acaecida en julio de 1934. Dillinger fue un famoso atracador de bancos que puso en jaque a la policía americana durante un tiempo. Mann ha intentado contar una historia al estilo de las viejas pelis de gansters de los años treinta. Estéticamente la película es asombrosa. Me encantó la escena del primer atraco al banco, por ejemplo. También la banda sonora, con la canciones de la gran Billie Holiday o la ambientación, con esos trajes tan elegantes y esos coches de época que quitan el hipo. No obstante, tengo que decir que no conecté con el personaje de John Dellinger. En mi opiinión no deja de ser un robabancos de tres al cuarto, obsesinado con la idea de ser millonario. Carece por completo de ese halo romántico de otros forajidos míticos, bien sean de ficción o reales. Aunque también es verdad que durante la época de la Gran Depresión, Dillinger era admiradísimo, casi tanto como se odiaba a los banqueros. Decía Carlos Boyero hace unos días en El País que esta película tenía todos los ingredientes para ser un clásico a la altura de Uno de los nuestros, El último refugio, Al rojo vivo, El precio del poder o incluso El padrino. En mi opinión, la película de Mann está bastante bien y uno pasa un rato excelente viéndola. Pero de ahí a ser un clásico hay un gran trecho.