miércoles, 17 de julio de 2019

ANDREA CAMILLERI

Leo en el diario El País que ha muerto el escritor italiano Andrea Camilleri. Tenía 93 años y deja en herencia unos cuantos libros magníficos y un personaje inmortal , el comisario Salvo Montalbano. Camilleri era un tipo íntegro de pies a cabeza, siciliano y comunista. "Mis ideas políticas ya no son realizables. Porque han fracasado en todos sitios, como es evidente. Pero yo continúo siendo fiel a aquel ideal que es el de dar a todos la misma base de partida", confesó en una entrevista recientemente. 
A mí, particularmente, Camilleri me ha proporcionado muchas horas de placer solitario, leyendo sus novelas, y acompañado, viendo la serie que la televisión italiana hizo de la saga Montalbano. Lo echaré de menos en los próximos años. 
Que la tierra te sea leve, querido Andrea.

jueves, 11 de julio de 2019

El Cabrero, indómito y salvaje


Anoche, un pequeño grupo de elegidos (desconozco el número exacto, pero rondaría los 300 espectadores) tuvieron la fortuna de presenciar el concierto que José Domínguez, El Cabrero (Aznalcóllar, Sevilla, 19 de octubre de 1944), ofreció, acompañado a la guitarra por Manuel Herrera, en un lugar mítico en relación con el cante jondo: la Plaza de las Aljibes de la Alhambra, en la ciudad de Granada, donde en 1922 se celebró aquel celebérrimo Concurso de Cante Jondo auspiciado por Federico García Lorca y Manuel de Falla. El público, que había venido desde distintos lugares de Andalucía, tenía ganas de ver y escuchar a esta leyenda viva del flamenco. Y digo esto, porque de lo contrario no se entendería que el personal se desplace desde Córdoba, Sevilla o Pozoblanco, para asistir a un concierto.
Por si no lo saben, esta es la gira de despedida sobre los escenarios de este artista único e irrepetible. Después de media vida cantando por los escenarios de toda España y de medio mundo, y a punto de cumplir 76 años, José ha decidido retirarse. Y lo va a hacer a lo grande, como la gran estrella que es: con una serie de conciertos durante este 2019 y el próximo 2020. Así que, con toda probabilidad, no habrá más ocasiones de verlo actuando en la ciudad de la Alhambra.
Anoche, en un escenario maravilloso, en un lugar emblemático y con un público cómplice e incondicional que lo aplaudió y lo vituperó a lo largo de todo el recital, El Cabrero se entregó en cuerpo y alma. La base del concierto fueron, por supuesto, los cantes de su último trabajo discográfico, el genial Ni rienda ni jierro encima (Atípicos Utópicos, 2018), un disco soberbio, que nada tiene que envidiar a los discos más famosos del cantaor sevillano.
Vestido de negro de pies a cabeza y con su mítico pañuelo rojo al cuello, José, figura atávica del arte flamenco y tesoro de la memoria artística de este país, subió al escenario acompañado de Manuel Herrera. A pesar de la edad y de los achaques físicos típicos de ésta (él mismo lo dijo con su habitual sorna: me ha dado un arrechucho y se ha enterado hasta el Papa), el artista sevillano estuvo pletórico. Su voz sigue sonando portentosa y emocionante. Porque El Cabrero, anoche, acompañado por el toque sobrio y sereno de ese magnífico guitarrista que es Manuel Herrera, no ha perdido ni una pizca de su capacidad para emocionarnos. Porque emociona y mucho, la poesía que destilan sus letras (escritas muchas de ellas a medias con la grandísima Elena Bermúdez, la mujer que más y mejor sabe de flamenco en éste y en otros países). Porque emociona y mucho, su empuje, su sinceridad, su valentía para expresarse cómo le viene en gana. Emociona y mucho,  su autenticidad.
Anoche, en la Alhambra se pudo escuchar flamenco del bueno, del que sabe a verdad: soleá, seguiriyas, bulerías, serranas, livianas, malagueñas, rondeñas y fandangos, esos fandangos que El Cabrero interpreta como nadie. Todo ellos ejecutados con la maestría de un artista al que su público admira profundamente. Y también hubo poesía a raudales: la de Borges evocando a su padre, la de Horacio Guaraní, la de José Guerra, la de Elena Bermúdez.
Decía mi amigo el pintor cordobés Rafael Quintero que, por mucha tecnología que exista, al final siempre vendrá un tío con una guitarra de palo y la magia de su voz, que nos estremecerá, y El Cabrero, con su chorro de voz, sus letras libertarias y libres, llenas de compromiso, de solidaridad y de rabia, hicieron, anoche en la Alhambra, que nos emocionáramos hasta la médula. Anoche, allí sentado bajo las estrellas, escuchando a José, pensé en Woody Guthrie, en Phil Ochs, en Robert Johnson, en Víctor Jara, y en muchas otras grandes leyendas de las músicas contra el poder, Ese también es el poder de la música y el de ese gran cantaor llamado El Cabrero. Sí. Ese cantaor de flamenco indómito y salvaje. Larga vida a José Domínguez, El Cabrero.

sábado, 11 de mayo de 2019

Antonio Vega, luchando contra los gigantes


En la mañana del día 12 de mayo del año 2009, saltó la noticia, no por esperada menos dolorosa: Antonio Vega había muerto en la ciudad de Madrid, el lugar en el que había nacido y en el que vivió durante toda su vida, su ciudad. Aquel día desaparecía no sólo un cantante y creador de canciones genial sino un extraordinario guitarrista. Desde comienzos de la década de los ochenta fue regalándonos sus maravillosas canciones. Primero con su grupo, los Nacha Pop, y a partir de 1989 en solitario. Antonio grabó discos míticos, como el primero de los Nacha Pop, y sobre todo, el segundo, Buena disposición, sin ninguna duda uno de los grandes discos de la música española de todos los tiempos. A lo largo de una carrera de casi treinta años fue dejando en cada uno de sus discos retazos de su genialidad, momentos llenos de belleza, porque Antonio conjuraba el dolor con esos dos bálsamos milagrosos que son la música y la belleza. 
Anárquico, rompedor, obsesivo, despistado, sensible, inteligente, genial, adicto, y con un mundo interior tan extenso como la Vía Láctea, ese espacio al que viajaba una y otra vez con la ayuda de un simple telescopio. Diez años después de su muerte, su legado sigue absolutamente vivo y lleno de magnetismo. Todas esas canciones rezumando poesía y hermosura, todas esas canciones que a algunos nos han acompañado desde la primera vez que las escuchamos y lo seguirán haciendo probablemente hasta nuestro último día en la Tierra. Temas como “El sitio de mi recreo”, “Lucha de gigantes”,  “Océano de sol”, “Tesoros”, “Se dejaba llevar por ti”, “Una decima de segundo”, “Tuve que correr”, “Relojes en la oscuridad”, “Caminos infinitos” y sobre todo ese himno generacional que es “La chica de ayer”, una canción tan grande que a veces sobrepasaba a su propio autor.
Han pasado diez años desde el día de su muerte, y aún somos muchos los que seguimos escuchando sus discos, disfrutando de sus canciones, recreándonos con toda esa pasión que puso en su trabajo, recogiendo la cosecha de toda esa bendita creación, apasionándonos con esos versos nacidos de “la primera luz”, sintiendo más vivo que nunca ese genio desbordado que fue Antonio Vega.
Dime que es mentira todo, un sueño tonto y no más

jueves, 18 de abril de 2019

La educación en Portugal

Leo en "El País" una entrevista con TIAGO BRANDÃO RODRIGUES, MINISTRO DE EDUCACIÓN PORTUGUÉS y no me queda más remedio que morirme de envidia. En Portugal el gobierno socialista apoyado por comunistas y ecologistas, ha consegiido en un tiempo récord convertir la educación portuguesa en un referente mundial educativo, con medidas que son fáciles de aplicar y que se podrían poner en marcha aquí YA.

Dice el artículo:

"La prensa internacional describe hoy a Portugal como la “estrella emergente en educación” por sus avances en el Informe PISA. Al cambio de siglo, se situaban en la cola y en el último logró 501 puntos en Ciencias (493 los escolares españoles), 498 en Lectura (496) y 492 en Matemáticas (486). Y el país destaca también en la autonomía de los centros, la innovación pedagógica, la gratuidad de los libros de texto o la intensa formación del profesorado."

Una de las medidas estrella tiene que ver con los cnetros concertados. Señala el periodista al respecto:

P. Las subvenciones para los centros concertados llevan camino de desaparecer en su país.

Y contesta el Ministro:

"R. Había 79 colegios concertados que consumían 140 millones al año y la ley dice que deben de existir donde la escuela pública no cumple su función. Hemos quitado la subvención para el próximo curso a 49 de ellos y gastaremos 45 millones. En Santa María de Feira, a 30 kilómetros de Oporto, había un centro privado que recibía casi seis millones de euros y al lado cuatro escuelas públicas casi desiertas. No tenemos un afán excluyente, solo cumplimos con la ley."

Que tomen nota los políticos españoles, Pero que la tomen ya, no dentro de 25 años. Porfa, porfa, porfa.

domingo, 10 de febrero de 2019

La venezuelización de España



Hoy hemos asistido al primer acto de la venezuelización de España. La han puesto en marcha los trillizos naziliberales: Albertito, Pablito y el del caballo (no digo su nombre porque ya lo dijo Mamadou en su genial vídeo: nombrarlo acarrea siete años de mala suerte). El plan consiste en sacar al facherío a la calle a decir que el gobierno no es legítimo, que el presidente es un felón (son carcas hasta para el uso del lenguaje), a pedir la abolición del aborto, y la reposición en TVE de la filmografía completa de Mariano Ozores. Todo aderezado con mogollón de banderas made in China hechas de plástico barato. En breve se referirán a él como “dictador”, como hicieron en Venezuela los colegas fachas de estos fachas con Nicolás Maduro, y si Sánchez aguanta mucho, pedirán que intervenga el ejército, la guardia civil, la policía nacional y hasta protección civil. Después vendrá lo de la ayuda humanitaria. Se repartirá básicamente en el barrio de Salamanca. Será caviar y burbon de Kentucky. En las 3000 viviendas el menú será distinto: mortadela y vino peleón. Al final uno de los trillizos naziliberales, está aún por determinar quién de ellos será, se autoproclamará Presidente del Gobierno. A Sánchez no le hará ni puta gracia. Y tratará de defender su legitimidad con uñas y dientes. Pero ya será demasiado tarde porque Donald Trump, junto con los gobiernos de Argentina, Colombia, Canadá, Alemania, Francia, y otros mamporreros del imperio yanqui, habrán invadido España y habrán llevado a Sánchez, a Carmen Calvo, a Grande Marlaska, a Borrel (sí, también a él, aunque gritará con todas sus fuerzas mientras le ponen los grilletes, que él no es culpable, que él se llevó el salivazo de Rufián) a Guantánamo, con el mono naranja incluido y los torturarán obligándoles a oír sin parar, las treinta horas del día (en Guantánamo los días tienen treinta horas) los discos de Alejandro Sánz, Juanes, Miguel Bosé, y los vídeos de Boris Izaguirre. En Venezuela tienen petróleo, pero aquí tenemos algo mucho más importante y estratégico: gin tonics baratos. Que no se os olvide.

domingo, 21 de octubre de 2018

UNA NOCHE DE PLENITUD


Anoche tuve ocasión de vivir uno de esos momentos extraordinarios que la vida, de vez en cuando, nos ofrece: un concierto de Diego Vasallo.
Diego, que se prodiga poquísimo en directo, ha tocado dos noches consecutivas en Granada. Ha sido en un pequeño local, La Expositiva, que está en la calle Cárcel Alta, junto a Plaza Nueva. Un sitio chulísimo donde programan teatro y lecturas poética entre otras actividades culturales.
La actuación de Diego Vasallo fue de matrícula de honor. Venía en formato de trío, acompañado por Fernando Macaya, que como es habitual en él, tocaba la guitarra eléctrica y hacía voces y Pablo Fernández, que tocaba el ukelele, la percusión, la batería, y hacía voces, y el propio Diego, a la voz, la guitarra y la armónica, instrumento que apareció en tres temas, apenas unos segundos, pero puso el toque de elegancia que necesitaban esas canciones.
El repertorio del concierto —18 canciones— se centró en los dos últimos álbumes: Baladas para un autorretrato y Canciones en ruinas. Del primero tocó “Se me olvida”, con la que comienza el concierto, “Fe para no creer”, “Que todo se pare”, “Cada vez” y “Todo lo bueno”; del segundo, “A ras de noche”, “Así”, “Ver para no creer” y “Gardel”. También sonaron en el pequeño escenario temas más antiguos, como “La vida mata”, “La vida te lleva por caminos raros”, “Prometedores naufragios”, de Los abismos cotidianos y algunas más antiguas aún, como “Collar de lunas” y “Perlas falsas”, de Canciones de amor desafinado, y  “Canciones que no hablan de amor”, de Criaturas, su primer disco en solitario e incluso sonó una versión remozada, con nuevos versos, de “Juegos de amor”, un tema de la etapa Cabaret Pop. El momento Duncan Dhu lo puso con “Llora guitarra”, tema del último álbum del grupo, el extraordinario El duelo, con el que puso el punto y final al concierto.   
La música que nos trajo anoche y el viernes el cantautor donostiarra a Granada fue, básicamente de raíz americana: blues y rockabilly, como no podía ser de otra manera. Todo ello aderezado con unas gotitas de jazz, canción de autor, ecos mediterráneos, bolero, tango y muchas otras cosas más. Tengo que decir que Diego en directo es muy bueno. Todo estaba donde tenía que estar, cada arreglo, cada palabra, cada detalle, por minúsculo que fuera. No en vano este hombre atesora tras de sí una experiencia de tres década con uno de los mejores grupos que ha dado la música española. Durante todo el concierto, los ecos de Tom Waits, de Elvis, de Leonard Cohen, de Bob Dylan, de Roy Orbison, de Billie Holiday, pero también los de Paco Ibáñez, Ovidi Montllor o los de su admirado Luis Eduardo Aute revolotearon por la sala, brotando de esas maravillosas canciones, mezclándose con el público, mientras Diego y compañía daban, aquí y allá, pinceladas de un gusto exquisito.
Diego Vasallo es, desde que publicó Canciones de amor desafinado, uno de mis favoritos. Me compro cada nuevo disco, cada libro, los raros y los menos raros, y en los últimos tiempos se ha convertido, para mí, en uno de los imprescindibles. A estas alturas ya había perdido la esperanza de verlo tocar en directo. Así que anoche, cuando terminó el concierto, me sentía lleno de gozo y plenitud. Y no era para menos. Había visto al fin un concierto del gran Diego Vasallo. Y no me defraudó.  

sábado, 6 de octubre de 2018

Utopía

En tu risa
Adela
habita la única utopía
en la que creo,
en la luz de tus ojos
el único milagro posible.

(Para Adela, en el día de su décimo quinto cumpleaños)

domingo, 16 de septiembre de 2018

Víctor Jara

Cuarenta y cinco años después de su vil asesinato, seguimos recorcándolo, escuchando y cantando sus canciones, escribiendo poemas dedicados a su memoria, como este que yo le escribí y que está incluido en mi libro CUANDO ATRAVIESAS EL FUEGO LAMIÉNDOTE LOS LABIOS.
Cuarenta y cinco años después, como si no hubiese pasado ni un solo día, VÍCTOR JARA sigue aquí, más vivo que nunca, más sabio que nunca, cantando mejor que nunca.
Para que el fascismo no tenga la última palabra. Ni en Chile, ni en España, ni en ningún otro lugar d
el mundo. 
Recuérdalo tú y recuérdalo a otros y a otras. Víctor Jara, siempre en nuestros corazones. Viva la libertad.


martes, 19 de junio de 2018

Esa extraña fruta llamada Billie Holiday


En los diccionarios ingleses de sinónimos debería de existir una entrada con el nombre de Billie Holiday, y al lado de este nombre deberían estar escritas palabras como pasión, sentimiento, dolor, ritmo, melancolía, adicción, cárcel, autenticidad, melodía, gardenias, blues, jazz. Porque decir Billie Holiday es decir todas esas palabras a un tiempo y aún más.
Billie Holiday vivió apenas 45 años, pero en esa corta vida dejó como legado una carrera como cantante que tumba de espaldas. Su vida es una mezcla inseparable de elementos legendarios y de realismo sucio, pero tan sucio que ni el mejor de los escritores del género hubiese sido capaz de inventarlo. En muchas ocasiones resulta complicado separar la leyenda de la realidad cuando hablamos de Billie, poner a un lado de la balanza lo que de verdad ocurrió de lo que ha sido inventado y ha llegado hasta el presente.
Lo que se sabe con seguridad es que nació en Filadelfia, en 1915 y que su verdadero nombre fue Eleonora Fagan. También sabemos que al nacer la niña, su madre, Sadie, tenía veinte años y su padre, el guitarrista de jazz Clarence Holiday, veintidós. No es difícil imaginar que con esas edades lo último en lo que estaban pensando era precisamente en criar a una pequeña. Así que la niña pasa su infancia entrando y saliendo de los hogares de acogida, abandonada mil y una veces por su madre, porque el padre se largó en los primeros días de vida del bebé y hasta veinte años más tarde no vuelve a reaparecer en esta historia. En aquella época no era extraño que la gente de su raza fuera de un lado para otro. De esta manera, madre e hija muy pronto se trasladaron a Baltimore, en el estado de Maryland, una de las ciudades americanas con el índice más alto de población negra. Pero tampoco este sería el lugar definitivo. La pequeña Eleonora acabaría en Nueva York, en el barrio de Harlem, barrio negro por excelencia.
Allí, en uno de los lugares más duros para que una niña crezca, fue violada por un vecino, cuando tan solo tenía once años. Imaginad por un instante qué  experiencia tan traumática, cuánto miedo y dolor tuvo que sentir la pequeña. De hecho, jamás desaparecería del todo el terror que experimentó aquel día. Un poco después de la violación empieza a trabajar como chica de la limpieza en un burdel neoyorquino. Y es aquí, entre prostitutas y chulos, donde comienza su amor incondicional por el jazz.
La vida de Billie fue intensa, repleta de drogas, de prostitución, de alcohol, de sexo (se confesaba abiertamente bisexual cuando ese era un gran tabú social), de viajes a lo largo y ancho de los Estados Unidos, de violencia, de marginación, de segregación racial. Y sin embargo, también fue una vida rica en belleza, en pasión, en amor, en emociones compartidas, en gritos de rabia con forma de canción. En 1933 pone por primera vez un pie en un estudio de grabación, acompañada por el genial clarinetista Benny Gooman. Desde entonces hubo decenas de grabaciones. Cientos de canciones. Personales e intransferibles, porque así era su voz: un regalo de los dioses. Nadie jamás ha cantado como Billie. Y probablemente, nadie volverá a hacerlo nunca. Era como si las gardenias que adornaban cada noche su pelo negro, le transmitieran una fuerza mágica para estar en el escenario, para comunicarse con el público, para transmitir emoción a raudales. Aunque fuese colocada hasta las cejas.
Compartió escenario y estudios de grabación con los mejores músicos de jazz de la época: Count Basie, Lester Young, Artie Shaw, Art Tatum, Charlie Shavers, Oscar Peterson, Duke Ellington, Miles Davis, Coleman Hawkins, Gerry Mulligan y muchos, muchos más.  Algunas de las canciones que grabó están entre lo mejor que se ha grabado en la historia de la música, de cualquier estilo musical. Canciones como monumentos imperecederos levantados con la voz, obras de arte que seguirán existiendo por tiempo indeterminado, mientras el ser humano siga emocionándose con ese sentimiento extraño e inmaterial al que llamamos belleza. Estoy hablando de temas como “Strange fruit”, “My man”, “Gloomy Sunday” o “God Bless the Child”, por citar solo una minúscula parte de lo que cantó. La lista es, obviamente, interminable.
Lady Day, apodo con el que se la conocía, murió un caluroso día de verano de 1959, en la ciudad de Nueva York, a causa de una cirrosis hepática causada por décadas de intensa adicción al alcohol, a la heroína, a la cocaína.  Es el riesgo que hay que correr cuando se es una yonki de largo recorrido. Murió sola y pobre, haciendo honor a la leyenda, como había ocurrido con Bessie Smith, su maestra y gran inspiración. Más de tres mil personas asistieron a su funeral, que se celebró en la Capilla de San Pablo, en Nueva York. Fue enterrada en  la misma tumba en la que descansaban los restos de su madre, en el cementerio de Saint Raymond. En 1960, sus restos fueron exhumados y enterrados, esta vez, en una tumba para ella sola. 
Desde entonces se han escrito decenas de libros biográficos, se han rodado documentales sobre su figura y películas de ficción, se han escrito cientos de poemas, de canciones dedicadas a la voz más particular del jazz, porque su música, su manera de cantar, los avatares de su vida, siguen levantando pasiones.
Aún hoy, cuando han pasado tantos años de su muerte, la influencia de Billie en la música popular es tan profunda que no hay ningún cantante de jazz, e incluso de otros estilos, hombre o mujer, que escape a ella. Desde Martirio a Silvia Pérez Cruz, desde Casandra Wilson a Madeleine Peyroux, desde José James a Guru. Ninguno de ellos existiría si no hubiese existido antes la gran Billie Holiday.