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lunes, 28 de diciembre de 2015

Día de Navidad




A la vida nadie le gana
Alice Munro

El periodista le dice a Diego que sí, que puede pedir lo que quiera, que no hay ningún problema. Ambos se acaban de sentar en la terraza del bar. Al solecito. Es el Día de Navidad del año 2013. Las cuatro de la tarde. Hace un buen día. No muy frío. Y eso que en invierno, en Madrid, suele hacer un frío del copón. Pero esta tarde no, esta tarde, si uno busca el sol templado de invierno, no se está nada mal. Cuando llega el camarero y les pregunta a los dos hombres que qué va a ser, Diego contesta que un café con leche, una copa de coñac doble y un bocadillo de jamón con aceite y tomate. Paga el periódico para el que trabaja el periodista.
—Me encanta el jamón, —dice Diego— pero no tengo muchas ocasiones de comerlo.
El periodista pide un cortado. Él ya hace rato que ha almorzado. Mientras llegan los cafés, la copa de coñac doble y el bocadillo de jamón con aceite y tomate para Diego, el periodista le pide que le cuente lo que sabe.
—Yo tampoco la conocía mucho. No te creas que éramos amígos íntimos ni nada de eso. En la calle cada cual va a lo suyo. Yo tengo mi espacio y respeto a los demás. Y los demás me respetan a mí. No me meto con nadie. Con Isabel coincidía de vez en cuando. Anoche me dijo que se sentía muy mal. “De esta noche no paso”. Esas fueron sus palabras. Y esta mañana, al despertar, pues he visto que seguía tumbada en el colchón en el que dormía, tapada con la manta. Me he acercado y he tratado de despertarla, pero nada. Estaba muerta. Pobre mujer.   
Mientras Diego le cuenta todo esto al periodista, da largas caladas a su cigarrillo, expulsando un humo blanco y espeso a la ya de por sí contaminada atmósfera madrileña, y un camarero espigado y con ojeras, que no es el que les ha tomado la comanda antes, haciendo malabares con una bandeja en la mano derecha, se acerca hasta la mesa donde están sentados los dos hombres.
—Aquí tenéis, los cafelitos, la copa de coñac y el bocata de jamón. Buen provecho.
Y se aleja caminando deprisa, hasta otra mesa en la que se han sentado una pareja y dos niños pequeños, sin prestar atención a las palabras de agradecimiento de los dos hombres.
Diego continúa con su relato. Pero antes da un largo sorbo al coñac, luego otro al café y después, el primer mordisco al bocadillo de jamón. Y continúa hablando mientras mastica con la boca abierta.
—Poco antes de las cuatro de la madrugada, nos fuimos a dormir. Los dos juntos. Bueno, en realidad, cada uno en su sitio. Ella en el colchón que había recogido de la basura. Yo en un saco de dormir que me han dado los de la ONG. Porque entre nosotros no había nada. Quiero decir de amor ni cosas por el estilo. No. Nada de eso. No estamos ya para esos trotes. Que quede claro.
—Queda claro, no te preocupes, —responde el periodista.
—Es que luego, los de los periódicos ponéis los que os sale de los huevos, aunque no sea verdad. Y eso a mí me jode mucho. 
—Vale. No te preocupes. Yo no soy de esos. Yo sólo voy a escribir lo que tú me cuentes.
Y le hace una señal con los ojos que quiere decir que continúe hablando.
—Pues eso, —dice Diego—. Nos bebimos un cartón de vino a medias y luego nos fuimos a dormir, ahí un poco más allá, a los soportales del número treinta y cuatro de la calle de Rafael de Riego, ahí al lado de la estación de Atocha. ¿Sabes dónde es, verdad? Allí nos juntamos unos cuantos cada noche. Diez o doce, más o menos. Todas las noches los mismos. Ya nos conocemos bastante bien. Somos como una familia, aunque también hay broncas. Como el sitio está cubierto, pues el frío no es tan puñetero. Intenté despertarla, dice volviendo a la muerte de la mujer, pero Isabel no se despertaba. Pensé en lo que me había dicho de madrugada y joder, es como si ella ya supiera que se iba. Que lo tenía clarísimo, tío.
En ese momento, Diego deja de hablar y da un sorbo a su café y otro mordisco a su bocadillo de jamón.
—¿Crees que ha muerto de frío? —pregunta el periodista.
—No, el frío no ha tenido nada que ver, —dice Diego convencido—. No hacía tanto frío como para matarla. Ha sido lo otro, la mala vida, el hambre, la botella, la calle, que castiga mucho. Además, ella no estaba bien, tío. A ella, cuando podía, le gustaba fumarse sus chinos de heroína y bebía mucho. Ya te digo. Bueno, exactamente como yo, no te creas que yo soy un angelito. Yo cualquier día de estos estiro la pata también. Eso lo tengo más claro que el agua.
Y hace una mueca que, en realidad, quiere ser una carcajada. Y continúa hablando.
Isabel iba siempre a lo suyo. Ella no se metía con nadie. Una más entre los demás. ¿Que por qué estaba en la calle? Ahí ya sí que no te puedo ayudar. Si te digo la verdad no tengo ni puta idea. Lo único que sé es que llevaba tres años viviendo en estas calles. Cuando yo caí por aquí, en junio, ella ya era una veterana. Normalmente estaba deambulando todo el día, arriba y abajo, como hacemos los demás, tirando de sus bolsas, de sus cartones y de su manta. Lo único que tenía. Viendo pasar las horas. La vida en la calle es así. No hay mucho más que hacer.
En ese momento, deja de hablar y vuelve a atacar el bocadillo de jamón y a beber un buen sorbo del café. Y sin pedir permiso, coge la cajetilla de tabaco que el periodista ha dejado junto a su cortado y saca un cigarrillo. Cuando lo tiene en la mano, mira al periodista y le pregunta:
—¿No te importa si cojo uno, verdad?
El periodista niega con la cabeza. Y Diego, tras encender el pitillo con el mechero del periodista, retorna el hilo de la historia.
—Y si hacía mucho frío o llovía pues entonces se iba a los soportales para resguardarse. Como hacemos todos los demás. Pero no nos metemos con nadie, aunque los vecinos se quejan mucho. Y coño, con razón, que yo también lo entiendo, no te creas que no lo entiendo. Aquí muchos se pinchan y se fuman los chinos, y por aquí pasan los chiquillos y eso no está bien. Yo nunca me drogo cuando hay niños. No me parece buena cosa. Qué quieres que te diga.
Ahora hace un breve descanso en el relato y sigue comiéndose el bocadillo de jamón. Esta vez da varios mordiscos, masticando con el ansia del que tiene hambre atrasada.
—Yo estoy así por la bebida. Soy un alcohólico. Perdí el trabajo. Me dejó mi mujer y se llevó a mis tres hijos. Pero a ella, a Isabel me refiero, no sé qué le había pasado, la verdad. Lo único que te puedo decir es que no quería volver a su casa, porque se lo escuché decir en más de una ocasión. Esta mañana he visto a su padre y a su madre. La primera vez que los veía. Me ha dado mucha lástima porque son ya mayores y ver morir a un hijo es muy duro, y mucho más en estas condiciones. Los han tenido que atender los del SAMUR, por los nervios, que a la pobre madre le ha entrado una llorera que no veas. Ya sabes tú cómo son estas cosas.
—¿Sabes qué edad tenía?, —pregunta de nuevo el periodista.
—Mira por donde, eso sí que lo sé, —dice Diego—. Cuarenta y uno. Lo sé porque era justo diez años menor que yo y yo tengo cincuenta y uno. Si he de ser sincero, ella hablaba muy poco de sí misma. Y yo tampoco indago mucho, ¿para qué quiero saber tanto? Nunca me contó si tenía hijos, si estaba separada… Nada de eso. Era muy reservada para sus cosas, aunque era una tía legal. 
Y después de decir eso, Diego se zampa lo que queda del bocadillo, apura el café, que ya está casi frío, y de un solo trago se mete entre pecho y espalda lo que queda de coñac.
—Lo que más rabia me ha dado es que el cuerpo ha estado tirado en el colchón hasta la una y media, hasta que han venido los de la funeraria para llevárselo y el juez ha autorizado a que se lo llevaran. Como si fuese un perro. Menos mal que por lo menos los agentes han tenido el detalle de taparlo con la manta. Si te paras a pensarlo, la vida es una broma de mal gusto. Ya ves, con cuarenta y un años y ya está muerta.
Y con esto, el periodista que durante toda la conversación ha estado tomando notas en un pequeño bloc de tapas rojas para escribir su artículo, da por finalizada la reunión, dándole las gracias a Diego por su amabilidad y por su colaboración. Después se levanta con la intención de pagar las consumiciones. 
Y antes de irse, Diego mira al periodista con ojos mustios y le lanza una última pregunta:
—¿Me puedo pedir otra copita de coñac, compadre?
Y el periodista dice que sí, que se la pida, que para eso hoy es Navidad.  

Nota: este relato está incluido en mi libro Un mundo lleno de canciones de amor espantosas, Editorial Alhulia, 2014)

domingo, 6 de diciembre de 2015

Consejo de ministros



La ideología y la política son sólo el anestésico en la operación. El bisturí es el dinero.
Pedro Juan Gutiérrez

El día ha amanecido muy frío en Madrid. Rozando los cero grados. No es de extrañar, dada la proximidad de las fiestas navideñas. Sin embargo, en el salón del Palacio de la Moncloa donde se encuentran las catorce personas —cuatro mujeres y diez hombres— reunidas, no hace frío. Dentro del edificio, la temperatura es cálida y la atmósfera, en general, es bastante agradable. Todos los presentes visten con elegancia. Ropa cara. Trajes exclusivos, hechos a medida. Todo muy clásico. Tonos oscuros. Predominio del azul marino. Alguna corbata roja, alguna burdeos, pero la mayoría oscuras. Sólo una chaqueta clara, la de la Ministra de Empleo y Seguridad Social, y otra azul celeste, la de la Ministra de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad. Y ninguna de las mujeres lleva falda. No sabríamos decir si por el frío —la verdad es que en la calle hace un frío del copón— o por el mimetismo con los compañeros masculinos. Hoy es el primer consejo de ministros del nuevo gobierno de la nación y tanto el flamante presidente como sus ministros se sienten como niños pequeños con juguetes nuevos. No en vano, al salir de esta reunión, posarán todos para los medios gráficos, con sus sonrisas amplias y sus chascarrillos ocurrentes sobre las carteras y la responsabilidad que les ha caído encima. 
Pero eso será un poco más tarde. Cuando acabe el primer consejo de ministros de la nueva etapa. Así que ahora, están todos sentados en una mesa ovalada, presidida, valga la redundancia, por el Presidente del Gobierno. En la sala hay dos banderas, una de España y la otra de la Unión Europea. Sobre la mesa, grandes jarras metálicas y vasos de cristal con agua. Cada uno de los ministros tiene un ordenador portátil. A la hora estipulada, el Presidente del Gobierno pulsa un botón rojo y el micrófono que tiene ante él comienza a funcionar. Carraspea. Ejem, ejem, por favor. Y empieza a hablar.
—Señoras y señores, amigas y amigos, muy buenos días. Me vais a permitir que, antes de nada, os dé la bienvenida y os desee toda la suerte del mundo. Aunque ya sabéis que no soy una persona que crea en la suerte. Creo en el trabajo duro y bien hecho. La suerte es para los que carecen de voluntad, para los débiles. Y a nosotros, los que estamos sentados a esta mesa, si algo nos sobra es voluntad y si algo no somos, es, precisamente, débiles. 
El Presidente del Gobierno echa un rápido vistazo a los papeles que tiene delante, y continúa con su alocución.
—Quiero dejar claro que todos vosotros habéis sido elegidos para ocupar vuestras respectivas carteras porque considero que sois las personas idóneas para estos cargos. No he dejado nada al azar. Cada uno está donde tiene que estar, en el sitio exacto, en el lugar donde se le necesita.
Hace apenas un mes que se celebraron las elecciones generales. Y ganaron ellos. Diez millones ochocientas sesenta y seis mil quinientas sesenta y seis personas votaron por su partido. Eso se tradujo en ciento ochenta y seis diputados. Mayoría absoluta. Qué digo. Mayoría requeteabsoluta. Aunque bien visto, la cosa estaba hecha. Más que por sus propios méritos, el partido del Presidente del Gobierno ha ganado por los deméritos del oponente. La cosa se puede resumir en tres palabras: Cagada tras cagada. Y ahora, tras un hiato de siete años, han regresado al poder.
—Como ya sabéis, las deliberaciones del Consejo de Ministros son ab-so-lu-ta-men-te se-cre-tas —y pronuncia las dos palabras, sílaba a sílaba, para que no quede ninguna duda del carácter secreto de dichas deliberaciones—. Así que lo que oigáis, veáis o leáis entre estas cuatro paredes se irá con cada uno de vosotros a la tumba.
En esos momentos, algunos de los presentes carraspean incómodos, probablemente por escuchar la palabra tumba, que siempre da un poco de yuyu.
—El plan es bien sencillo, —continúa el Presidente del Gobierno—. Y lo voy a exponer de manera que todos lo entendáis. Tenemos cuatro años. Cuatro años. Mil cuatrocientos sesenta días. Durante este tiempo, hemos de aprobar leyes y decretos, nombrar a jueces del Tribunal Supremo, al Fiscal General del Estado, al Defensor del Pueblo, al Presidente del Banco de España, y a otras personalidades; tenemos que crear las estructuras idóneas que nos permitan, a nosotros y a los nuestros, seguir disfrutando del sistema de vida del que hemos gozado hasta ahora. Para alcanzar este objetivo, todo vale. Y no os equivoquéis. Cuando digo, todo, quiero decir, exactamente, todo.
Los presentes sonríen y mueven la cabeza de manera aprobatoria.
 —El tan cacareado estado del bienestar es un cuento chino, una paparrucha. Y si hasta ahora lo hemos tolerado ha sido porque no teníamos la fuerza suficiente para destruirlo. Pero resulta obvio que las condiciones históricas han cambiado y, por tanto, no tenemos por qué sostener a los parásitos y a los que quieren vivir sin trabajar. A partir de ahora, podemos quitarnos la careta. Por suerte para nosotros, no estamos solos. Nos apoyan en la Unión Europea, en el Fondo Monetario Internacional y en la Organización para el Comercio y el Desarrollo Económico. El Neoliberalismo ha venido y está aquí para quedarse. Y nosotros vamos a imponerlo en todo el territorio nacional.
En ese momento, las trece personas que están sentadas ante el Presidente del Gobierno arrancan a aplaudir. No ha sido algo premeditado. Simplemente, el discurso del Gran Jefe los ha emocionado. Pero este, imponiendo su voz sobre los aplausos, continúa con su exposición.
—Ya lo habíamos conseguido en la Comunidad Valenciana, en Madrid, en Galicia. Ahora no hay excusa posible. El modelo neoliberal tiene que extenderse por todo el país como una gran mancha de chapapote —y una décima de segundo después de decirlo, se da cuenta de la inconveniencia de la figura literaria—. Bueno, tal vez esta metáfora no sea la más acertada, pero vosotros me habéis entendido. Como digo, disponemos de cuatro años, pero si lo conseguimos en la mitad de tiempo, mucho mejor. La gente tiene miedo, y está desmovilizada. Así que es ahora o nunca. Como digo, cada uno de vosotros tiene su cometido y ha de cumplirlo sin desfallecer. Tú, Ana, —y se dirige directamente a la Ministra de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad—  tienes que acabar con la sanidad pública cueste lo que cueste y tú, Ignacio —y ahora habla con el Ministro de Educación, Cultura y Deporte— con la escuela pública y con la cultura. Sobre todo con la Cultura, que como todos sabemos, esa gentuza no suele comulgar con nuestras ideas y nos critican siempre que tienen ocasión. Mientras tanto, repetiremos la misma cantinela una y otra vez. Esto es por vuestro bien. Cada vez que tengáis un micrófono delante, cada vez que os graben con una cámara de televisión, contaréis la misma monserga. Esto es por vuestro bien. Vuestra tarea no es fácil. Soy consciente de ello. Nadie ha dicho que las cosas fueran a ser fáciles. Pero sé que los dos estáis capacitados para ejercerla con mano firme. Y sé que los dos saldréis triunfantes de vuestra misión.   
Y en esos momentos, los dos ministros aludidos sonríen, mirando al Presidente, y sin palabras, le están diciendo que sí, que los dos harán todo cuanto esté en sus manos para destruir la sanidad, la educación y la cultura.
 —Y a todos los demás, os digo lo mismo. Acabaremos con el empleo de calidad, con las ayudas a la minería, con las energías renovables, con los medios de comunicación públicos… -—el Presidente del Gobierno toma aire y luego, continúa con la enumeración— acabaremos con el aborto libre y gratuito, con la justicia universal, acabaremos con el derecho a las manifestaciones y con el derecho a la huelga. Pondremos fin a las ayudas por desempleo, a las ayudas a la dependencia, y se abaratará el despido tanto, tanto, tanto, que al final serán los propios trabajadores los que tendrán que pagar al empresario al ser despedidos —en este momento los trece ministros al unísono comienzan de nuevo a aplaudir, pues estas palabras suenan a música celestial para sus oídos—. Haremos leyes para que se pueda construir en primerísima línea de playa, dejaremos que las fábricas contaminen los ríos y potenciaremos la energía nuclear. Que se joda el medio ambiente —risas entre los asistentes—. Llevaremos a cabo una reforma laboral que ríanse ustedes del mercado laboral chino. Congelaremos los sueldos y las pensiones. Las de los demás, no me malinterpretéis, —risas de nuevo— que nosotros seguiremos cobrando lo que merecemos. Se acabaron las ayudas públicas. Se acabó el dinero de las subvenciones. A partir de ahora, sólo se subvencionará a los bancos y a las empresas que facturen varios millones de euros al año. El dinero debe ser para quien lo merece y está claro que quienes lo merecen son los ricos. Por algo lo tienen. En fin, señoras y señores. Ya tenéis deberes para los próximos años. Ahí fuera hay un mundo de posibilidades esperando. No seáis cobardes. De los cobardes nunca se ha escrito nada. Sed imaginativos. Inventad. Innovad. Dadle la vuelta a los argumentos. Las cosas pueden ser de otra manera. Y nosotros lo vamos a demostrar. Y ahora, si nadie tiene nada que añadir, salgamos a hacernos la foto para la posteridad.
Y en ese momento, se da por levantada la sesión y todos los ministros salen hacia la puerta del edificio donde les tomaran la foto de rigor, pensando, cada uno, en cuál será la primera medida que tomará como Ministro del Gobierno de España.

Nota: Este relato está incluido en mi libro Un mundo lleno de canciones de amor espantosas, (Editorial Alhulia, 2014).