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domingo, 30 de agosto de 2015

Un dolor personal e intransferible



El recuerdo no sólo destruye, sino que construye.
Eduardo Haro Tecglen

—¿Está usted preparado?, le pregunto.
Me mira a los ojos y me dice que sí con la cabeza. En ese mismo instante aprieto el botón rojo de la grabadora y empieza a hablar.
El hombre que tengo sentado frente a mí se llama Antonio Cabello Paniagua. Antonio es huérfano de padre desde que tenía tres años. Ahora, cuando estamos grabando esta entrevista, está a punto de cumplir setenta y ocho. Es decir, ha sido huérfano desde su más tierna infancia. Prácticamente, toda su vida. Su historia es universal. Su dolor, sin embargo, es personal e intransferible. Su dolor únicamente le pertenece a él. Al igual que miles de niñas y niños españoles, Antonio perdió a su padre en los días que siguieron al golpe de estado del general Franco. Su padre desapareció para siempre, tragado por las aguas podridas de la infamia con que los fascistas regaron las tierras de España, a partir de aquel fatídico dieciocho de julio de mil novecientos treinta y seis.
No es esta la primera vez que Antonio habla de este tema ante una grabadora y probablemente tampoco sea la última. Desde hace unos años, este hombre, como les ha ocurrido a muchas otras víctimas, testigos presenciales del holocausto franquista, mujeres y hombres que vivieron aquellos acontecimientos en primera persona, ha decidido quitarse la loza que tenía encima, una lápida que lo atenazaba y le impedía expresar con absoluta libertad sus sentimientos. La palabra clave en todo este proceso de recuperación de la memoria histórica que la sociedad española ha puesto en marcha es silencio. Durante muchos años, el silencio se fue extendiendo por nuestro país como una neblina, hasta cubrirlo todo. De los trágicos acontecimientos del año treinta y seis, simplemente, no se hablaba. Un pacto de silencio tácito impuesto por los verdugos que ha llegado, como quien dice, hasta anteayer. Pero ahora, todo esto ha empezado a cambiar. Ahora, de lo que se trata es de romper el silencio. O mejor dicho, de sacudirse el miedo, de quitárselo de encima como se quita el polvo de los muebles. Desde hace un tiempo, hay mucha gente que ha perdido el miedo y quiere dejar constancia de su tragedia personal, o la de su familia, o la de algún vecino, para contribuir con sus testimonios en primera persona a que se conozca la verdadera historia de lo que aquí ocurrió, no la versión que nos contaron los voceros de los medios oficiales de la España franquista durante más de cuatro décadas. Antonio es una de estas personas. Sabe que tiene el deber moral de reivindicar con su testimonio no sólo al político, al socialista, al sindicalista que fue Antonio Cabello Almeda, su padre, sino también al ser humano, un hombre con sus errores y sus aciertos, sus esperanzas y sus frustraciones, sus virtudes y sus defectos, un hombre cuyo único delito fue aspirar a un mundo más justo y más solidario que el que había conocido durante toda su vida. Por eso fue vilmente asesinado. Sólo por eso.
Sabemos por la biografía que el historiador Diego Igeño incluye en su obra Dictablanda y II República en Aguilar de la Frontera (1930-1936) que Antonio Cabello Almeda había nacido en Aguilar de la Frontera, aunque no se puede precisar con exactitud su fecha de nacimiento, ya que según el padrón de 1935, esta habría tenido lugar a principios del siglo XX, concretamente en 1902. No obstante, si hemos de hacer caso al dato que figura en el Registro Civil referente a su muerte, Antonio habría nacido a finales del siglo XIX, en 1897, para ser más exactos. Sea como fuere, lo que sí parece quedar claro es que desde muy niño, Antonio sintió una gran pasión por saber, por aprender a leer y a escribir, por poder empaparse de todo lo que contaban los libros y la prensa. Y es que, siendo un niño, Antonio adivinó el poder emancipador de los libros, la capacidad que estos tenían para abrir los ojos de las clases populares, en definitiva, para romper las cadenas de la opresión y del feudalismo. Nunca jamás abandonaría su pasión por la lectura y el conocimiento, pues según cuenta su hijo Antonio, en el momento de su asesinato, tenía una buena biblioteca, —algo que no dejaba de ser raro en la época—, en la que eran abundantes los textos relacionados con el pensamiento político, la reforma agraria, el marxismo, etc., etc. En los días que siguieron al fusilamiento del líder sindicalista aguilarense, su viuda quemó la mayoría de los libros de su marido, tal era su miedo a las represalias, salvando tan solo unos pocos ejemplares que fueron tapiados en una habitación de la casa donde vivían.  
Como ocurría en todos los hogares humildes, y mucho más en una localidad tan empobrecida como lo era Aguilar a principios del siglo XX, el pequeño Antonio pronto se tuvo que poner a trabajar para ayudar a su familia, principalmente en el campo, pero también en otros empleos, por ejemplo, según cuenta su hijo Antonio, trabajó durante una larga temporada en la construcción de la carretera Córdoba-Málaga.
Así fue pasando el tiempo y el pequeño niño se va transformando en un joven concienciado, con las ideas muy claras, como demuestran los artículos que publicó en la prensa obrera provincial de la época. En uno de estos artículos, publicado tras la Revolución rusa, Antonio se queja amargamente de la actitud de la burguesía andaluza, de sus comportamientos caciquiles y feudales, tratando a los jornaleros como si fuesen siervos de la gleba. De esta manera, Cabello no duda en calificar a estos burgueses de “canallas” e “indecentes” y les advierte que muy pronto los obreros andaluces tomarán ejemplo de sus hermanos rusos “para envolver en una ola revolucionaria a todos los culpables de esta tragedia y entonces reinará la paz y la justicia en Andalucía.” La lectura de este tipo de textos nos hace suponer que para esta época, Antonio Cabello Almeda ya está afiliado al PSOE y a la UGT y trabaja con ahínco para conseguir que la clase obrera mejore sus condiciones de vida, condiciones que, por otra parte, dejaban mucho que desear.
Hacia 1926 ó 1927 contrae matrimonio con Teresa Paniagua Molina, vecina de Aguilar, con quien, a la postre, tendrá cuatro hijos: Araceli, Manuel, Antonio y Andrés.
En 1931, los socialistas aguilarenses deciden concurrir a las elecciones municipales que tendrán lugar el día 12 de abril, en coalición con los republicanos. La coalición republicano-socialista se alza con la victoria, consiguiendo 13 concejales, frente a los 7 del bloque monárquico-conservador. Antonio Cabello Almeda consigue 247 votos y se convierte, por tanto, en concejal del Ayuntamiento de Aguilar. El día 15 de abril se constituye la primera corporación republicana, y Cabello Almeda es nombrado segundo teniente de alcalde. Los próximos años serán para Antonio de una frenética actividad política, participando activamente no sólo en su labor municipal como concejal sino también como orador en mítines, escribiendo artículos, como ya ha quedado dicho, y como representante de su partido, el PSOE, en diversos organismos, como la Comisión de Policía Rural o la Junta Provincial de Reforma Agraria.
El día 19 de noviembre de 1933, se celebran elecciones legislativas en España. Por primera vez, pueden votar las mujeres. Gracias al apoyo femenino, al de los agrarios y a los católicos que votan en masa por la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas) y a la masiva abstención de los anarquistas, la derecha se hace con el poder. Comienza entonces el período conocido como Bienio Negro, que supone un fuerte retroceso en las políticas de progreso que la República había puesto en marcha hasta la fecha.
Aguilar de la Frontera, como no podía ser de otra manera, también se ve inmersa en ese fuerte retroceso democrático. Tanto Cabello Almeda como el resto de concejales socialistas son objeto de una terrible campaña de acoso y derribo orquestada desde el Gobierno Civil de Córdoba. Con motivo del levantamiento revolucionario de Octubre de 1934, la Guardia Civil registra las viviendas de muchos socialistas aguilarenses así como la Casa del Pueblo, en busca de armas, que, por supuesto, no aparecen, por la sencilla razón de que no existen. . Tras el estallido revolucionario que tiene lugar en Asturias en el mes de octubre de 1934, a todos los concejales socialistas y republicanos del ayuntamiento de Aguilar se les retira la condición de Concejal y se produce en el pueblo una gran purga laboral que afecta a los funcionarios municipales de tendencia izquierdista. Esta situación se prolonga hasta febrero de 1936, cuando tras la victoria del Frente Popular en las elecciones legislativas celebradas el día 16 de febrero, a los concejales socialistas y republicanos aguilarenses se les devuelve su acta de concejal. De esta manera, Antonio Cabello vuelve a ser concejal del ayuntamiento de Aguilar. Tan solo unas semanas más tarde, el día 21 de marzo de este mismo año, Antonio Cabello Almeda es nombrado miembro de la Diputación Provincial de Córdoba.
En palabras de Diego Igeño, Antonio Cabello “asiste a la última sesión celebrada por dicha institución el 17 de julio de 1936, lo que trae como consecuencia que el estallido de la sublevación le sorprenda en la capital.”
A partir de este momento, resulta complicado seguir las huellas de Antonio y estas parecen perderse en el maremágnum de acontecimientos que tuvieron lugar en aquellos días de julio. La prensa de aquellos días se hizo eco de su detención. Casi con toda seguridad Antonio fue fusilado en los primeros días del mes de agosto de 1936, y como ocurre en cientos de miles de casos en todo el territorio español, su cuerpo ha permanecido desaparecido desde entonces.

Ahora, en julio del año 2011, en un caluroso día del verano andaluz, su hijo Antonio y yo estamos sentados ante una grabadora. Es mediodía y el hombre que tengo enfrente de mí, me pregunta amablemente si me apetece tomar algo. Se acerca a la cocina y trae lo que le he pedido, agua fresca para mí y una cerveza bien fría para él. Luego seguimos hablando. Le pido que me hable de sus sentimientos, de sus emociones. Que me desvele las claves para poder entender qué ocurrió. Entiendo que para él no debe ser fácil, pero su compromiso moral con la memoria de su padre y del resto de las personas fusiladas es tan fuerte que se lanza a contarme cientos de anécdotas. A lo largo de la conversación van apareciendo palabras como perdón, como rencor, como odio, como olvido. Me dice que no puede perdonar. Y no puede hacerlo por una razón bien sencilla: ni a él ni a ningún miembro de su familia le ha pedido nadie, nunca, perdón. Me habla de lo difícil que fue su infancia. Del dolor que supuso crecer sin poder hablar, ver, sentir, saber que tenía un padre. Me habla del dolor inmenso de su madre y de la valentía y dignidad de su tío. Me cuenta que cuando su tío volvió a Aguilar tras una larga estancia por distintos campos de prisioneros, la Guardia Civil fue hasta su casa y preguntó si allí vivía un rojo. Su tío contestó que allí lo que vivía era un soldado del Ejército Popular de la República. Después de ese día no volvieron a molestarlo. Me habla de su tía, humillada, rapada, obligada a tomar aceite de ricino y expuesta, como tantas y tantas mujeres, al escarnio público. Me dice que lo peor de todo fue tener que seguir viviendo rodeado de franquistas. Soportar sus miradas de desdén. Su crueldad. Cruzarse con ellos por la calle. Entrar a una taberna y encontrarse allí con un asesino. “Eso era insoportable”, dice. 
La conversación continúa y seguimos hablando de su militancia política en el PCE e IU durante varias décadas, de los tiempos de la clandestinidad, de la llegada de la democracia. Me habla de los camaradas muertos, del fascismo, del de antes y del de ahora (tan solo unos días antes de esta entrevista ha tenido lugar el terrible atentado en la isla noruega de Utoya, en la que un fundamentalista católico y ultraderechista ha matado a decenas de jóvenes militantes socialdemócratas). Me habla del temor que sintió el día 23 de febrero de 1981 cuando un grupo de guardias civiles encabezados por el Teniente Coronel Tejero tomaron al asalto el Congreso de los Diputados (“No tuve miedo por mí, —me dice—, el miedo que sentí era por mis hijos, por mis vecinos, porque no volviera a ocurrir lo de la otra vez”). Hablamos de la corrupción política (“me da asco y rabia”, sentencia) que campa a sus anchas por nuestro país y de la terrible crisis económica que asola Europa. Y una y otra vez volvemos a la figura de su padre, por la que demuestra sentir una veneración casi religiosa. Es consciente de lo difícil, casi imposible, que resulta encontrar los restos de su padre. Sin embargo, hombre obstinado como es, dice que mientras le quede un soplo de vida en el cuerpo no perderá la esperanza. Y todo esto lo dice con un brillo muy especial en los ojos. Un brillo que, lo confieso, me embarga de emoción.     


(Este relato está incluido en mi libro El llanto, la sangre, el fuego, publicado en 2012 por la Editorial Alhulia)







viernes, 17 de abril de 2015

ANTONIO ZURERA: LLENAR DE PAN LAS TINIEBLAS, FUNDAR OTRA VEZ LA ESPERANZA. (INTERVENCIÓN DE RAFA CALERO EN LA PRESENTACION DE LA CANDIDATURA DE UPOA)

Hace unos meses recibí una llamada de teléfono. Al otro lado de la línea estaba Antonio Zurera. Tras los saludos de rigor, empezamos a charlar. Después de unos minutos de conversación, Antonio me explicó que quería que el día en que se presentara la candidatura de UPOA para las elecciones municipales de 2015, estuviera aquí con él, presentándolo, arropándolo, apoyándolo. No tienes que darme una respuesta en este mismo momento, me dijo. Tómate tu tiempo.
Creo que no tardé más de diez segundos en responder, ya que no tenía ninguna duda de que esta noche yo estaría aquí con Antonio. Cuenta conmigo, fue mi respuesta. Y aquí estoy, cumpliendo mi palabra y apoyándolo con mi modesta presencia, a él y a su proyecto sociopolítico para Aguilar de la Frontera.
A Antonio Zurera Cañadillas lo conozco desde hace casi treinta años. Cuando nuestros caminos se cruzaron por primera vez, yo era apenas un adolescente, y él tampoco es que fuera mucho mayor, pero a mis ojos ya era un tipo curtido y con mucho mundo a sus espaldas.

Recuerdo muy bien una anécdota que marcó nuestra amistad para siempre. Antonio fue la primera persona que me habló del dibujante de tebeos Carlos Giménez. Para quien no tenga la suerte de conocer la obra de Carlos Giménez, simplemente diré que es uno de los más grandes historietistas del tebeo español. Giménez había sido un huérfano criado en las casas del Auxilio Social del franquismo, sin duda, una de las peores experiencias a las que se puede someter a un niño. De esas vivencias salieron obras geniales como Paracuellos, o la serie España: Una, Grande, Libre, una de las más despiadadas, y certeras críticas que se haya escrito en este país sobre el terrorífico sistema franquista y sobre la tan cacareada Transición.
Antonio me prestó aquellos álbumes y yo los leí con auténtica pasión juvenil, poniendo toda la carne en el asador, como sólo ocurre con las cosas que llegan para cambiar nuestras vidas, aunque en esos momentos no seamos conscientes de ese cambio. Pero no sólo eso. Antonio también me dio a conocer las canciones del gran cantante y compositor cubano Silvio Rodríguez, fundador de lo que se dio en llamar la Nueva Trova Cubana y uno de los más grandes artistas que ha dado la isla caribeña. Aunque sólo sea por estos dos descubrimientos, siempre le estaré agradecido.

En aquellos primeros tiempos de nuestra amistad, Antonio ya andaba, por supuesto, metido hasta las trancas en su militancia política y sindical. Estoy hablando de la mitad de la década de los ochenta. Tiempos de convulsión social, de luchas obreras, del referéndum de la OTAN, de reconversiones industriales, y de un país que empezaba a despertar de un breve sueño de esperanza e ilusión. Un poco tiempo antes, el PCE, organización en la que Antonio había militado en su primera juventud, se había quebrado debido a las luchas internas y a la deriva ideológica a la que se habían apuntado sus dirigentes. Un grupo de comunistas que no compartían los postulados del eurocomunismo, fundaron el PCPE, partido en el que, desde el mismo día que echó a andar, milita Antonio Zurera.
Este dato no es algo baladí. Lo traigo a colación porque esto dice mucho de él y de su manera de ser: este hombre es, y creo que no descubro nada nuevo al decir esto, una persona con unos férreos principios ideológicos. En estos tiempos en los que la gente cambia de ideología como de camisa, él siempre ha permanecido leal a su militancia comunista, siempre ha estado en la barricada en la que se defendía a la clase trabajadora, en la lucha por las mejoras sociales y económicas de los más desfavorecidos, en la trinchera anticapitalista, antiglobalizadora y anti-neoliberal, defendiendo a los pueblos que sufren la opresión imperialista, siempre con los débiles, siempre contra los poderosos. Antonio siempre ha permanecido fiel a las mismas ideas, aún en los tiempos más difíciles, en los que definirse como marxista era poco menos que colgarse el cartelito de “apestado”. Y sin embargo, eso, a él, sólo le ha servido para reafirmarse un poco más en sus principios. 
Pero esto no es todo. El hombre que lidera el proyecto de UPOA es, ante todo, una persona honrada, radicalmente honrada, me atrevería a decir, que es, con toda seguridad, el mejor adjetivo que el idioma castellano tiene para definir a alguien, mucho más, cuando ese alguien se dedica a la política de manera activa. Durante 20 años, ha sido concejal en el ayuntamiento de Aguilar. Y durante esos 20 años, nunca se le ha conocido ningún trapicheo, ninguna movida rara, y supongo que 20 años como representante en un ayuntamiento dan para muchos trapicheos y para muchas movidas raras. Durante todos estos años, Antonio Zurera ha llevado a cabo una acción política desde la oposición, rigurosa, seria y eficaz. A pesar, la mayoría de las veces, de su minúscula representación, Antonio ha sido un claro referente en la política aguilarense. Desde el punto de vista institucional, ha sido leal cuando ha tocado serlo, pero ha sido implacable, actuando con contundencia, como no podía ser de otra manera, cuando la situación así lo requería. No me cabe ninguna duda de que su forma de hacer política, su forma de estar en la oposición, siempre ha venido marcada por su fuerte compromiso con la gente de Aguilar, con sus vecinas y vecinos. Y no me cabe ninguna duda de que esto va a seguir siendo así, después del día 24, y sea cual sea el lugar que ocupe a partir de ese día.
Y sin embargo, este retrato de Antonio no estaría completo si me detengo solo en la parte institucional de nuestro hombre. Y es que uno no puedo hablar de Antonio Zurera sin hablar del luchador, del hombre pegado a la calle, de la persona que ha trabajado infatigablemente por transformar la sociedad, y cuyas principales armas han sido siempre la movilización y la lucha. Antonio lleva media vida presionando, trabajando para conseguir vencer el pulso a los poderosos, luchando día a día contra las reformas laborales, contra los desahucios, contra las injusticias que por desgracia acechan a los más desfavorecidos desde todos los puntos cardinales.
Y es que en cierto sentido, y esto que voy  a decir quiero que se entienda como un cumplido, Antonio Zurera es un luchador de la vieja escuela. En estos tiempos en que algunos quieren transformar la sociedad y vencer al capitalismo desde un plató de televisión, en estos tiempos en que muchos colman sus anhelos revolucionarios escribiendo en las redes sociales y participando en las tertulias de radio y de televisión, Antonio es, como yo mismo, de los que siguen pensando que no hay una herramienta más poderosa de transformación social que la acción colectiva y la lucha organizada. Por eso, Antonio Zurera durante todos estos años, ha estado siempre en la movilización diaria, apoyando y participando en las huelgas generales, fomentando las asambleas informativas con los trabajadores, o simplemente prestando su ayuda a quien se lo ha pedido. En mi opinión esa es la única lucha que vale. En mi opinión eso sí es transformar la sociedad.
No voy a ocultar mi deseo de que Antonio Zurera sea el próximo alcalde de Aguilar. Decía Antonio Gramsci, el dirigente comunista italiano, que en política es necesario “plantear un proyecto político que sea una fantasía concreta.” Y creo que ese es el gran acierto del grupo sociopolítico que lidera Antonio Zurera, de esta Unidad Popular de Aguilar: plantear fantasías concretas para nuestro pueblo. La candidatura de UPOA, con Antonio al frente, está compuesta por hombres y mujeres ilusionados con este proyecto político, convencidos de que la participación ciudadana real debe ser un pilar básico de nuestra sociedad; convencidos de que no sólo se puede sino que, ante todo, se debe gobernar sin corrupción; convencidos de que se puede construir un municipio habitable y respetuoso con nuestro medio ambiente; convencidos de que se pueden poner en marcha presupuestos participativos, radicalmente democráticos; convencidos de que se puede aunar cultura popular y cultura de calidad; convencidos de que se puede construir una sociedad  más igualitaria, en la cual el derecho a la vivienda, el empleo justo y de calidad, la diversidad económica o el papel activo de los jóvenes no sean meras palabras escritas en un programa electoral. Tengo plena confianza en que Antonio Zurera, si el pueblo de Aguilar así lo decide el próximo día 24 de mayo, sabrá estar a la altura como alcalde de Aguilar, defendiendo los intereses de este pueblo, defendiendo los intereses de las mujeres y de los hombres que vivís aquí, y tengo, sobre todo, plena confianza en que cuando pase el tiempo, dentro de unos años, cuando Antonio deje la política activa, porque la militancia jamás la abandonará, seguirá siendo ese hombre cabal y radicalmente honrado que yo conocí cuando yo no era más que un muchacho, y hablaremos de sus errores y de sus aciertos, seguro que mucho más de sus aciertos, pero hablaremos, sobre todo, de su integridad moral y ética.
Quisiera terminar mi intervención esta noche aquí con unos versos del gran poeta chileno, el gran poeta del pueblo, el gran poeta comunista, Pablo Neruda, que vienen como anillo al dedo para hablar de Antonio Zurera, y del contexto histórico en el que vivimos a día de hoy. Escribió Neruda estas palabras:
llenar de pan las tinieblas,
fundar otra vez la esperanza.
Eso y no otra cosa es lo que yo te pido, amigo Antonio, si dentro de unas semanas te conviertes en el nuevo alcalde de Aguilar de la Frontera: llena de pan las tinieblas, funda otra vez la esperanza.
Salud y libertad.

viernes, 18 de julio de 2014

Rafael, el Carcelero




El encargado del depósito municipal de presos (la cárcel municipal) durante los meses previos al golpe militar se llama Rafael Romero Leiva. Aunque más que de cárcel hay que hablar de cuartelillo, pues no pasa de ser eso, precisamente, aquel pequeño habitáculo, situado en la calle Pescaderías, a unos metros escasos de la monumental Plaza de la República, donde se ubica el ayuntamiento. Por el puesto que ocupa, evidentemente, en el pueblo se le conoce con el apodo de “el Carcelero”. Tanto Rafael como el resto de su familia, formada por el padre, Antonio, la madre, Manuela, y dos hermanos menores que él, Antonio y Francisco, son personas de  arraigadas convicciones izquierdistas, por lo cual, durante el período que sigue a la Revolución de Octubre, en mil novecientos treinta y cuatro, Rafael, como otros muchos empleados municipales, va a ser depurado. Pierde su trabajo y pasa unos meses deambulando de aquí para allá, viviendo o malviviendo como puede, trabajando en el campo cuando hay faena, o en el molino de aceite donde trabaja su padre. Entre unas cosas y otras, nunca falta un jornal y un pedazo de pan que llevarse a la boca. Ya vendrán tiempos mejores, piensa Rafael, hombre optimista por naturaleza.
Rafael es el compañero sentimental de la hija de un Guardia Civil, Carmela la Gallega, una mujer alta, corpulenta, de buen ver, que suele recogerse el pelo en un moño impecable, y que va ataviada, casi siempre, con un delantal blanco como la leche. Carmela tiene un marcado acento gallego, de ahí el apodo con el que es conocida en el pueblo. Para la gente de Aguilar, la manera de hablar de la mujer, no deja de ser un exotismo sorprendente.
Como ya hemos dicho, el padre de Carmela es un número de la Guardia Civil. Llegó a Andalucía tras el conato revolucionario de mil novecientos treinta y cuatro. La aristocracia andaluza no se sentía segura rodeada de socialistas, anarquistas y comunistas, así que pidió al Ministro de Gobernación que aumentara el número de guardias civiles. Y ya se sabe que los deseos de los aristócratas son órdenes para los Ministros. Así que también en Aguilar, en mil novecientos treinta y seis, la Benemérita es más numerosa.
No deja de ser una ironía del destino que Rafael y Carmela se enamoren locamente desde la primera vez que se vean. El socialista y la hija del guardia civil. Nos da por pensar que las relaciones personales entre suegro y yerno, tal y como están las cosas, no son demasiado fluidas. A las discrepancias políticas hay que añadir el hecho de que Rafael y Carmela no hayan pasado por la vicaría para sellar su unión. Rafael, hombre coherente con sus ideales izquierdistas, cree en el amor libre, o por decirlo de otra manera, piensa que el amor verdadero sólo necesita del beneplácito de los enamorados. El amor no entiende de papeles, ni de curas ni de jueces, dice Rafael cada vez que se le pregunta por el asunto.  El amor es cosa de dos. Todos los demás están de más. Y con esta frase zanja la conversación.
Sin embargo, el padre de Carmela, hombre tradicional, católico apostólico romano, no piensa como él. Así que no ve con buenos ojos que su hija viva en pecado con un revolucionario que va predicando, a quien lo quiera oír, el fin del capitalismo, la libertad religiosa, los derechos de los trabajadores, de las mujeres y otras cosas por el estilo. Desde luego no es lo que él había soñado para su hija Carmela.
Como no hay mal que cien años dure, tras la victoria del Frente Popular en las elecciones generales celebradas el día dieciséis de febrero, Rafael es restituido, de nuevo, en su antiguo puesto. Pero claro, este tipo de soluciones no agradan a todo el mundo. Hay gente que se siente ofendida, que ve en esta restitución un ultraje. Hay gente que piensa, como esto cambie, ve preparándote, cabrón. Y el cambio llega el día dieciocho de julio, con el golpe de estado. Rafael, que de tonto no tiene un pelo, sabe que está en el punto de mira de los facciosos. Él ha sido uno de los que más se han señalado durante los últimos meses. Por este motivo intuye lo que puede pasar si se queda en Aguilar. Además están sus convicciones ideológicas. Porque aún no lo hemos dicho pero Rafael es militante del Partido Socialista Obrero Español. Así que decide, como otros muchos paisanos, esconderse hasta ver por dónde sale el sol. Cae en la cuenta de que en la Huerta del Aceituno, donde trabaja su madre, sirviendo, hay un pozo y piensa que puede ser un lugar seguro. Y allí se mete, en aquel húmedo agujero. Tres días pasa en el agua, tres días con sus tres noches, sin atreverse a salir, sin nada que llevarse a la boca, ni un maldito pedazo de pan duro, salvo agua, mucha agua. Allí, rodeado de oscuridad y humedad, Rafael, que como decimos no ha probado bocado desde que entró en el pozo, empieza a sentir una debilidad que le golpea en las sienes como un martillo pilón, y piensa que tal vez no haya sido una buena idea quedarse en Aguilar, escondido como un murciélago, metido en este pozo, minuto tras minuto, hora tras hora, sintiendo esa rabia que le corroe las entrañas, asqueándose de su propia cobardía. Prefiere mil veces morir a manos de los fascistas a tener que soportar esta espera terrible que lo tiene paralizado. Quizás hubiese sido mucho mejor irse a Espejo o a Castro del Río, piensa para sus adentros, como han hecho otros camaradas, y unirse a las milicias, defender la legalidad republicana, los avances sociales de los últimos meses, aún sabiendo, porque lo sabe, que la República no ha hecho todo lo que debía por los trabajadores, que no ha cumplido con la reforma agraria, por eso hay mucho descontento, por eso hay mucha gente, sobre todo muchos anarquistas, que hablan abiertamente del fin de la República, de la llegada de la Revolución Social. Pero para eso, primero, está convencido Rafael, hay que conseguir, entre todos, que este maldito golpe de estado no prospere. Así que toma la determinación de salir del pozo y escapar del pueblo, lanzarse a la aventura con la intención de defender, como ya ha quedado dicho, la legalidad republicana y con el deseo, en su fuero interno, de que esto no sea más que la enésima intentona golpista y no se alargue más allá de unas jornadas.
Así que sin pensarlo dos veces, sale, y con las alpargatas empapadas, se dirige hacia Castro del Río, donde sabe, de buena tinta, que estará seguro y podrá llevar a buen puerto sus planes. Por el camino, todavía cerca de Aguilar, se cruza con dos paisanas, vecinas a las que conoce bien. Si veis a mi madre y a Carmela, decidles que me habéis visto, que me encuentro bien y que me voy para Castro a unirme a mis camaradas. Decidles que no sufran por mí, que volveré en cuanto las cosas se calmen y que las quiero mucho. A las dos. Algo así debió decirles Rafael a sus vecinas para que se lo transmitieran a su madre y a su mujer. 
Esa va a ser la última vez que alguien vea, en Aguilar de la Frontera, a Rafael Romero Leiva. Ese día Rafael tenía la edad de Cristo. Mientras camina a toda prisa por la carretera polvorienta en busca de la libertad, no puede imaginar, ni por un instante, que en las próximas horas, su padre, su hermano pequeño, Francisco, y la mujer a la que ama, Carmela, van a morir, tiroteados en la puerta del molino, mientras los gritos desgarradores de su madre, espectadora involuntaria del horror, se clavan en los oídos de los asesinos y los maldice eternamente. No puede imaginar, ni por un instante, que los cadáveres de sus seres queridos van a quedar tirados junto a la pocilga de los cochinos, durante varios días, pudriéndose bajo el sol ardiente del verano andaluz, para que el dantesco espectáculo sirva de escarmiento, para que todos vean lo que les puede ocurrir a los rojos y a sus amigos, si no colaboran con los dirigentes de la nueva España. Rafael no puede imaginar, mientras escapa y salva su vida, lo que la vida le tiene reservado a partir de aquel día.

(Este relato, basado en hechos absolutamente reales, está incluido en mi libro El llanto, la sangre, el fuego, publicado en 2012 por la Editorial Alhulia)


#18JYoCondeno la dictadura franquista y recuerdo, en el día en que se cumplen 78 años del golpe de estado, a todas las mujeres y hombres que fueron víctimas de la barbarie fascista.