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miércoles, 8 de agosto de 2012

John Fante: Oro en el basurero (VI y último)


Cómo escribir un guión cinematográfico

En octubre de 1979, John Fante pidió a su esposa, Joyce Fante, que tomara papel y bolígrafo y comenzó a dictarle la que acabaría convirtiéndose en la última novela de la saga de Arturo Bandini: Sueños de Bunker Hill. A pesar de las dificultades con las que tuvo que enfrentarse al escribir la novela, para comienzos de diciembre ya estaba prácticamente terminada. No obstante, no sería publicada hasta el mes de enero de 1982. Su título inicial iba a ser Cómo escribir un guión cinematográfico, aunque evidentemente, no acabó llamándose así. El relato nos retrotrae al año 1934, a la ciudad de Los Ángeles, cuando Arturo Bandini tiene veintiún años y su mundo limita ”al oeste con el barrio de Bunker Hill, al este con Los Angeles Street, al sur con Pershing Square y al norte con el Civic Center.” Aunque Bandini se gana la vida como camarero, se considera a sí mismo un gran escritor, pues acaba de publicar un relato en la prestigiosa revista The American Phoenix que dirige “nada menos que Heinrich Muller.”
A lo largo de los veintiséis breves capítulos de la novela, Arturo Bandini va pasando por distintos trabajos: camarero, corrector de estilo en una oficina infestada de gatos y donde su trabajo consiste en leer “la peor prosa que he visto en mi vida”; adaptador de guiones para la Columbia Pictures, donde trabajan otros escritores consagrados como Horace McCoy, Dalton Trumbo o Nathanael West, y donde Bandini malgasta su talento y su tiempo en pasatiempos absurdos, aunque su sueldo es de 300 dólares a la semana. Esta situación lo lleva a un estado emocional de desesperación y frustración. Finalmente, parece comprender las reglas de los estudios cinematográficos y acepta que es “un hombre nuevo, un guionista de Hollywood que había triunfado sin escribir una sola línea.” Más tarde, se convierte en colaborador de una guionista consagrada, Velda van del Zee, una mujer que, en opinión de Bandini, “estaba chalada. Vivía en un mundo de nombres, no de cuerpos ni de seres humanos, sino de nombres famosos.” Su intento de escribir un guión conjunto fracasará estrepitosamente, lo que le lleva a sentir lástima “por todos los guionistas, por la tristeza del oficio.”
En esta novela, el lector se halla ante un Bandini completamente desencantado. “Estaba cansado, frustrado y con tristeza en el alma.” Sin amigos, incapaz de llevar a buen puerto cualquier atisbo de relación amorosa, desubicado con respecto a su familia y al resto de mundo: “Me había salido del mundo y era difícil encontrar el camino de vuelta.” Pero con el deseo ineludible de ser escritor:

(…) me iba a mi habitación y me enfrentaba con el negro monstruo mecanográfico que me miraba con su blanca dentadura mellada. A veces escribía diez páginas. No me gustaba eso, porque sabía que siempre que era prolífico apestaba. Apestaba la mayoría de las veces. Tenía que tener paciencia. Sabía que llegaría. ¡Paciencia! Era la más humilde de mis virtudes. 

Aunque a veces es más difícil de lo que él desearía: “Fui a la máquina de escribir y me senté delante. Entre ella y yo se alzó un muro gris.”
         Al final de la novela, el ciclo vital de Arturo Bandini se completa y está de nuevo en “la habitación más pequeña y menos acogedora de Los Ángeles”, pero decidido, a cualquier precio, a escribir una novela:

Fui a la máquina de escribir y me senté. Mi idea era escribir una frase, una sola frase perfecta. Si podía escribir una buena frase podría escribir dos, y si podía escribir dos, podría escribir tres, y si podía escribir tres, podría escribir eternamente.
  
En definitiva, cuatro libros excelentes para descubrir a un autor lleno de  vida, con un sentido del humor corrosivo, rabioso, pero lúcido e inteligente, mordaz y satírico, y cuya visión del mundo atraerá a muchos lectores en las próximas décadas y a nadie dejará indiferente. Un escritor, como dijo Charles Bukowski, con “una valentía tan natural como insólita.” Cuatro excelentes libros para intentar encontrar oro en el basurero.

lunes, 6 de febrero de 2012

John Fante: oro en el basurero (V)

Un escritor muerto de hambre en la ciudad de los sueños rotos

La tercera entrega de la saga protagonizada por Arturo Bandini, Pregúntale al polvo, fue publicada en 1939. Curiosamente, ese año se publicaron en los Estados Unidos cuatro importantes novelas que hacían añicos el sueño americano: El día de la langosta, de Nathanael West, Las uvas de la ira, de John Steinbeck, El sueño eterno, de Raymond Chandler y, por supuesto, Pregúntale al polvo, de John Fante.
En Pregúntale al polvo, la influencia de Hambre, la novela que había publicado Knut Hamsun en 1890, es más que evidente, como luego lo sería también en Factótum, la novela que Charles Bukowski publicó en 1975 . El propio Arturo Bandini reconocía al final de Sueños de Bunker Hill que la novela de Hamsum suponía para él un auténtico tesoro, que lo acompañaba siempre, desde el día en que la robó de la biblioteca de Boulder. “La había leído tantas veces que podía recitarla de memoria”, se vanagloriaba Bandini.
Pregúntale al polvo comienza justo en el mismo punto donde termina “Ave María” el último relato de Dago Red: un aprendiz de escritor malgasta los mejores años de su juventud sentado en una habitación barata de un hotelucho de la ciudad de Los Ángeles, preguntándose cómo conseguirá el dinero necesario para pagar la pensión, para comer algo, para poder seguir adelante. Ese escritor no es otro que Arturo Bandini, ahora ya un hombre adulto de veinte años, que trata de abrirse camino como escritor y al mismo tiempo inicia una relación de amor/odio con una joven mexicana llamada Camila Pérez, relación que está a punto de acabar con la salud mental de la chica.
Pregúntale al polvo es una novela sobre la ciudad de Los Ángeles, una obra que retrata perfectamente sus calles, sus bares, sus espectáculos de striptease, sus tranvías, sus mujeres y hombres, e incluso sus terremotos. Bajo la pátina de fracaso y desengaño, de desilusión y racismo que transpira por las páginas de esta novela, se alza un canto a la gran urbe, un gran poema en prosa al paraíso californiano. En las primeras páginas del libro, Bandini expresa en este párrafo magistral su amor por la ciudad que, a un tiempo, lo aniquila y le da la vida:

¡Dame algo tuyo, Los Ángeles! Ven a mí tal y como yo voy hacia ti, con los pies en tus calles, ciudad hermosa a la que tanto amo, flor triste enterrada en la arena, preciosa ciudad.

sábado, 6 de agosto de 2011

John Fante: oro en el basurero (IV)

La rabia de vivir

Camino de Los Ángeles es la primera novela de la saga de Arturo Bandini que John Fante escribió pero, paradójicamente, fue la última en ser publicada, ya que no vería la luz hasta 1985, cuando su autor ya había muerto y su esposa, Joyce Fante, encontró el manuscrito entre los papeles de su marido. En 1936, cuando el autor terminó el libro, escribió una carta a su amigo Carey McWilliams en la que afirmaba que la novela, por fin, “está terminada y yo estoy encantado” Después, admitía sin ambages que una parte del contenido de la obra “pondría de punta los pelos del culo de un lobo. Puede que sea demasiado fuerte; quiero decir que carece de “buen gusto”. Pero no me importa.”
Pero a los que sí pareció importarles fue a los directivos de las tres editoriales que rechazaron el manuscrito: Alfred. A Knopf, Vanguard Press y Story Press, argumentando que era “demasiado provocativa” e “indigna de ser publicada”. John Fante sufrió una terrible decepción pues había puesto todas sus esperanzas en su primera novela. Por este motivo, estuvo a punto de quemar el manuscrito, pero por fortuna, se contuvo.
En Camino de Los Ángeles nos encontramos a un Arturo Bandini de dieciocho años. Vive en la pequeña población de San Pedro, el puerto de Los Ángeles, “en una casa de vecindad, al lado de un lugar lleno de filipinos”, con su madre, viuda, y su hermana Mona, una chica dos años menor que él, guapa, más alta que Bandini, con el pelo y los ojos negros, una chica “muy limpia” cuyo máximo deseo es convertirse en monja, aunque su madre se lo impide. Arturo y ella se llevan como “el perro y el gato.” Son los años más terribles de la Gran Depresión que asola los Estados Unidos. Desde el inicio de la novela, Bandini pasa por varios trabajos: cavando zanjas, friegaplatos, dependiente de una tienda de comestibles, ayudante de camionero, etc., pero en ninguno prospera, y siempre acaba abandonándolos por iniciativa propia o siendo despedido por incompetente. Finalmente, por mediación de su tío Frank, ul hermano de su madre que, de vez en cuando, los ayuda con unos dólares, consigue un empleo en una fábrica de conservas. Allí se convertirá en el único americano entre mexicanos, filipinos y japoneses.
Entre trabajo y trabajo, Bandini va a la biblioteca pública y lee los libros de Friedrich Nietzsche, de Oswald Spengler, de Henri Bergson o de Knut Hansum, aunque reconoce abiertamente que lo hace “sin entender ni jota”, pero eso no le importa lo más mínimo, pues disfruta con el “rugiente encadenamiento de palabras que recorría las páginas con sombrío y misterioso estruendo.”
Arturo Bandini sueña con ser escritor y hacerse millonario con la venta masiva de sus obras para, de esta manera, vivir como viven los ricos. Pero su vida no tiene nada que ver con eso. Su vida se reduce a un horrible trabajo en “Industrias Pesqueras Soyo”, a coleccionar revistas de mujeres hermosas y a pelearse con su madre y su hermana. Bandini vive en un mundo completamente irreal que él ha creado a su imagen y semejanza.
Ante este panorama, no es de extrañar que Arturo Bandini diga: “Me odiaba tanto que me senté pensando las peores cosas de mí. Finalmente me sentí tan despreciable que lo único que podía hacer era echarme a dormir.” O esta otra frase: “Por entonces yo estaba dispuesto a suicidarme”.
El Bandini que transita por las páginas de Camino de Los Ángeles es un personaje solitario (“Lo hacía siempre, hablar conmigo mismo en voz alta, murmurando con vehemencia”); emocionalmente inestable, fantasioso y patrañero, machista (“Hay que aniquilar a las mujeres. Aniquilarlas radicalmente”); con ramalazos xenófobos ("cómo yo, un chico blanco, podía estar entre esa masa de ignorantes filipinos y mexicanos"); anti-católico (“Todo el que dé crédito a lo del parto de una virgen y a lo de la resurrección es un completo idiota que tiene convicciones sospechosas”) e intolerante. No es de extrañar que en la década de los treinta esta novela fuese rechazada varias veces y que tuviésemos que esperar hasta los años ochenta para poder leerla. "Es muy cruda, tiene frases que incluso ahora saltan y golpean el pecho", escribió Stephen Cooper, biógrafo de John Fante, sobre esta novela. Y es que, sin ningún tipo de dudas, es una obra que destila rabia en cada una de sus páginas.

domingo, 12 de junio de 2011

John Fante: Oro en el basurero (III)

Retrato del artista adolescente

La primera novela de la tetralogía, Espera a la primavera, Bandini, fue publicada el día 10 de octubre de 1938, recibiendo alabanzas por parte de la crítica. Dos importantes diarios, el San Francisco Chronicle y el Chicago Daily News, la eligieron como la mejor novela de aquel año.
En 1938, John Fante ya había publicado numerosos relatos en revistas literarias, e incluso, había escrito una primera novela, Camino de Los Ángeles, que permanecía inédita. No estamos, pues, ante un autor novel, sino ante un escritor bien definido, cuyas características técnicas y temáticas ya están perfectamente delimitadas. Como afirma Juan Francisco Molina, Fante

no era un escritor fraguado al calor de elevaciones léxicas, ni un metódico artesano de argumentos que hicieran época; ni amigo de vanguardias, ni comprometido políticamente. Barrió la tentación de malabarismos narrativos y cualquier tipo de vocación culturalista de sus páginas, sólo quería contar las cosas de forma directa y bien, aunque eso no descartaba la presencia de pinceladas líricas.

En Espera a la primavera, Bandini nos encontramos a un Arturo Bandini de catorce años, un adolescente que tiene que enfrentarse a un sinnúmero de cosas que le desagradan: sus hermanos pequeños, las monjas que dirigen el colegio, su padre, que abandona a su esposa y a sus hijos por una rica y hermosa mujer; su madre, que está al borde de la locura, etc. A Bandini sólo le queda una manera de escapar de la mezquina realidad que le rodea: inventar un universo paralelo en el que refugiarse, un universo donde él es una estrella del béisbol que vuelve locas a las chicas, sobre todo a su amada Rosa Pirelli.
En esta novela, la única de la saga narrada en tercera persona, John Fante nos presenta a un Arturo Bandini repleto de contradicciones que afectan a todos los ámbitos de su vida: su familia, sus creencias religiosas, sus orígenes italianos y su deseo de ser escritor, como se puede comprobar en este fragmento:

Se llamaba Arturo, pero odiaba ese nombre y quería que lo llamaran John. Su apellido era Bandini pero él quería que fuera Jones. Su madre y su padre eran italianos pero él quería ser americano. Su padre era albañil, pero él quería ser el pitcher de los Chicago Cubs. Vivían en RocKlin, Colorado, un pueblo de diez mil habitantes, pero él quería vivir en Denver, que distaba cincuenta kilómetros. Era pecoso, y deseaba no serlo. Iba a un colegio católico, pero él quería ir a una escuela pública. Le gustaba una chica llamada Rosa, pero ella lo odiaba. Era monaguillo, pero se comportaba como un demonio y odiaba a los monaguillos. Quería ser un buen chico, pero al mismo tiempo tenía miedo de ser un buen chico porque temía que sus amigos le llamasen buen chico. Se llamaba Arturo y quería a su padre, pero vivía con el temor de que llegara el día en que le tuviera que dar a su padre una paliza. Sentía pasión por su padre pero a su madre la consideraba una cobarde y una imbécil.


Sin ningún género de dudas, Espera a la primavera, Bandini es una de las grandes obras sobre la época de la depresión norteamericana de los años treinta. Una novela dura y amarga pero que, al mismo tiempo, destila una enorme ternura, y en la cual el humor juega un papel determinante.

jueves, 12 de mayo de 2011

John Fante: Oro en el basurero (II)

Del frío Colorado a la cálida California

John Fante era hijo de emigrantes italianos. De religión católica, pasó los primeros años de su vida en un internado jesuita y, más tarde, completaría sus estudios en la Universidad de Colorado. Empezó a escribir en 1929, publicando su primer relato en la revista The American Mercury, en su número de agosto de 1932. Se trata de un relato titulado “Monaguillo”, que ya hacía vislumbrar muchas de las características del futuro narrador: una prosa repleta de ironía, escrita en un tono confesional y autobiográfico, con un estilo realista y lineal. Durante unos años se dedicó exclusivamente al relato corto, y hasta 1938 no publicaría su primera novela, Espera a la primavera, Bandini. Con esta novela inauguraría la saga de obras protagonizadas por su alter-ego, Arturo Bandini, un italo-americano empeñado en convertirse en el escritor más importante de los Estados Unidos. En otras obras utilizaría otros nombres para su álter ego, tales como Jimmy Toscana o Henry J. Molise, pero tras estos nombres, siempre se parapetaba el propio Fante. Tras esta primera novela vendrían la ya citada Pregúntale al polvo (1939), Sueños de Bunker Hill (1982) y Camino de Los Ángeles (1985, póstuma). Además de la tetralogía protagonizada por Arturo Bandini, Fante escribió numerosas historias cortas, recopiladas en Dago Red (1940) y El vino de la juventud (1985) y otras cuatro novelas: La hermandad de la uva (1977), Un pésimo año (1985), Al oeste de Roma (1986), y Llenos de vida (1988), estas tres últimas con carácter póstumo. Durante la década de los cuarenta y cincuenta, trabajó como guionista en Hollywood, participando en una docena de películas y series de televisión, como Repleto de vida —una adaptación de su propia novela—, Jeanne Eagel, Mi hombre y yo o Walk on the wild side. John Fante odió siempre el oficio de guionista, un trabajo, en su opinión, castrador y simplón. En una carta dirigida al editor H. L. Mencken, Fante calificaba la escritura de guiones como “el trabajo más desagradable del Reino de Dios.”
Desde 1955 se vio obligado a convivir con la diabetes que, como ya ha quedado dicho, lo fue dejando ciego poco a poco. Desde 1978 hasta su muerte, John Fante vivió en una ceguera perpetua, pero nunca dejaría de escribir, gracias a la ayuda de su esposa, Joyce Fante, a la que dictaba los textos. John Fante no alcanzó el éxito comercial con sus novelas y no fue hasta la década de los ochenta, y en gran medida gracias al apoyo que le brindó Charles Bukowski, que su nombre se hiciera relativamente popular y sus novelas se volvieran a editar e incluso, muchas de ellas, fueran publicadas por primera vez.

domingo, 8 de mayo de 2011

John Fante: Oro en el basurero (I)

Una forma distinta de escribir

Principios de los años treinta. Biblioteca Pública de Los Ángeles. Un joven llamado Charles Bukowski pasa allí la mayor parte de su tiempo. Su único deseo es llegar a ser escritor. Como por arte de magia, descubre una novela titulada Pregúntale al polvo. Su autor, un tal John Fante (Denver, Colorado, 1909 – Los Ángeles, California, 1983).
Finales de los años setenta. Asilo para veteranos de la industria del cine y la televisión en Woodland Hills. John Fante no es más que un escritor sepultado por el peso implacable del olvido, postrado en una cama, ciego y con ambas piernas amputadas a causa de una terrible diabetes. A pesar de haber publicado varias novelas y colecciones de relatos cortos, a pesar de haber trabajado en numerosos guiones para la industria cinematográfica, a pesar de haber luchado constantemente en pos de una fama y un éxito que siempre se le habían escurrido de las manos en el último momento.
Pero volvamos a Charles Bukowski. En 1978, publica una novela titulada Mujeres. En ella reconoce que su autor favorito es un escritor desconocido para el gran público, un italo-americano llamado John Fante. “¿Por qué le gusta?”, le preguntan en una rueda de prensa a Henry Chinaski, alter ego de Bukowski en la obra. “Emoción total. Un hombre muy valeroso”, es su respuesta.
A partir de este momento, el nombre de John Fante empieza a pasar de boca en boca. El primer sorprendido es John Martin, factótum de la editorial Black Sparrow Press, que se encarga de la edición de la obra de Charles Bukowski. Martin se interesa por John Fante y pone en circulación, de nuevo, Pregúntale al polvo, la primera novela que impactó al joven Bukowski en los lejanos días de la Biblioteca Pública de Los Ángeles. John Martin le pide al viejo indecente que se encargue de prologar la reedición de la novela. En ese prólogo, Charles Bukowski explica cómo descubrió la obra de Fante y qué experimentó ante tal descubrimiento:

Yo era joven, pasaba hambre, bebía, quería ser escritor (...) pero nada de cuanto me caía en las manos tenía que ver conmigo, con las calles, ni con las personas que me rodeaban. (...) Había excepciones, pero eran tan escasas que se agotaban rápidamente y uno se quedaba sin saber qué hacer ante las filas interminables de libros insípidos.


Hasta que, finalmente, continúa Charles Bukowski, un día en que no esperaba encontrar nada que mereciera la pena,

(…) cogí un libro, lo abrí y se produjo un descubrimiento. Pasé unos minutos hojeándolo. Y entonces, como el hombre que ha encontrado oro en el basurero, llevé el libro hasta una mesa. Las líneas rodaban con facilidad por la página, había fluidez. Cada renglón poseía energía propia y lo mismo sucedía con los siguientes. La esencia misma de los renglones daba entidad formal a las páginas, la sensación de que allí se había esculpido algo. He aquí, por fin, un hombre que no tiene miedo de los sentimientos. El humor y el dolor se mezclaban con una sencillez soberbia. Comenzar a leer ese libro fue para mí un milagro tan fenomenal como imprevisto.

De esta manera, el joven Charles Bukowski, que es socio de la Biblioteca Pública de Los Ángeles, se lleva el libro a su casa, y tumbado en la cama, comienza a leer y, mucho antes de haber acabado, supo “que había dado con un autor que había encontrado una forma distinta de escribir.”