Un tipo se acerca caminando hasta donde nuestra protagonista está sentada, enfrascada en su libro de Shepard. Su andar, el del tipo, por supuesto, es pausado. Se sienta a su lado. Viste completamente de negro: vaqueros negros, camisa de manga corta, botas. Luce gafas de sol oscuras. Lleva el pelo largo recogido en una coleta. De repente, dice, con una voz suave y ademanes educados que su hermano es Paco Loco. Esa es su primera frase. Mi hermano es Paco Loco. Luego añade: Vengo de El Puerto de Santa María, de su casa. Continúa su charla y le dice a la mujer que Nacho es un tío cojonudo. Y apostilla: Tiene un local de copas en Gijón. Luego le toca el turno a un tal Enrique, aunque de éste no habla tan bien. Confiesa que su hermano, durante la grabación de El tiempo de las cerezas, acabó hasta los cojones (lo dice así, hasta los cojones, recalcando la palabra cojones) de él. Luego, saca un cigarrillo y se lo pone en la boca. No lo enciende. Sólo lo coloca en la boca, como jugando con él. Añade: Mi hermano no se llama Paco Loco. Nadie en el mundo se puede llamar así. En realidad su nombre es Francisco Martínez. Si alguna vez necesitas su estudio de grabación, sólo cuesta 300 euros al día, pero en el precio va incluida la piscina, la comida y la cama para todos los músicos. La mujer piensa que es un buen precio, pero sólo si la grabación es en verano. De lo contrario, no se explica para qué coño quiere uno la piscina. Pero se abstiene de hacer ningún comentario. De todas formas no tiene pensado por ahora grabar ningún disco. Pero no está de más saberlo, piensa. Durante unos minutos, los dos permanecen en silencio. De pronto, el tipo, el que asegura ser hermano de Paco Loco, se levanta y dice: Ha sido un placer conocerte. Lo mismo digo, contesta la mujer. Y ella sigue leyendo por donde se había quedado.
viernes, 16 de octubre de 2009
El hermano de Paco Loco
Un tipo se acerca caminando hasta donde nuestra protagonista está sentada, enfrascada en su libro de Shepard. Su andar, el del tipo, por supuesto, es pausado. Se sienta a su lado. Viste completamente de negro: vaqueros negros, camisa de manga corta, botas. Luce gafas de sol oscuras. Lleva el pelo largo recogido en una coleta. De repente, dice, con una voz suave y ademanes educados que su hermano es Paco Loco. Esa es su primera frase. Mi hermano es Paco Loco. Luego añade: Vengo de El Puerto de Santa María, de su casa. Continúa su charla y le dice a la mujer que Nacho es un tío cojonudo. Y apostilla: Tiene un local de copas en Gijón. Luego le toca el turno a un tal Enrique, aunque de éste no habla tan bien. Confiesa que su hermano, durante la grabación de El tiempo de las cerezas, acabó hasta los cojones (lo dice así, hasta los cojones, recalcando la palabra cojones) de él. Luego, saca un cigarrillo y se lo pone en la boca. No lo enciende. Sólo lo coloca en la boca, como jugando con él. Añade: Mi hermano no se llama Paco Loco. Nadie en el mundo se puede llamar así. En realidad su nombre es Francisco Martínez. Si alguna vez necesitas su estudio de grabación, sólo cuesta 300 euros al día, pero en el precio va incluida la piscina, la comida y la cama para todos los músicos. La mujer piensa que es un buen precio, pero sólo si la grabación es en verano. De lo contrario, no se explica para qué coño quiere uno la piscina. Pero se abstiene de hacer ningún comentario. De todas formas no tiene pensado por ahora grabar ningún disco. Pero no está de más saberlo, piensa. Durante unos minutos, los dos permanecen en silencio. De pronto, el tipo, el que asegura ser hermano de Paco Loco, se levanta y dice: Ha sido un placer conocerte. Lo mismo digo, contesta la mujer. Y ella sigue leyendo por donde se había quedado.
jueves, 15 de octubre de 2009
El taxista de anoche

se parecía a Tom Waits
Diego Vasallo
viernes, 9 de octubre de 2009
Raymond Chandler, el último romántico
En las novelas y relatos breves de Chandler —como ocurriera con las obras de su maestro Dashiell Hammett— hallamos un nuevo tipo de detective que, poco o nada, tiene que ver con los viejos modelos creados en el siglo XIX por el americano Edgar Allan Poe, en relatos magistrales del género como La carta robada o Los crímenes de la rue Morgue, y el británico Arthur Conan Doyle, padre del detective más famoso de la historia, el inigualable Sherlock Holmes, donde se imponía el razonamiento, la deducción lógica y la inteligencia a la hora de resolver los asesinatos, en novelas míticas como Estudio en Escarlata o El perro de los Baskerville.
En la obra de Raymond Chandler, la ciudad de Los Ángeles adquiere una importancia vital, casi como de personaje principal, y en ella podemos encontrar un mundo poblado por seres solitarios, perdedores y criminales de toda condición y pelaje. Ni siquiera el propio detective es ajeno a ese submundo en el que la violencia y el chantaje dominan cada estamento de la sociedad. Raymond Chandler, como por arte de magia, transforma el sueño americano en una gran pesadilla repleta de narcóticos, juego, violencia sexual, misoginia y mil ingredientes más de la peor calaña. Todo está supeditado al poder. No hay nadie que sea capaz de enfrentarse cara a cara con él, y si lo hay, con toda seguridad, fracasará estrepitosamente. Y es ahí donde surge la figura de Philip Marlowe, un ex policía expulsado del cuerpo por decir siempre lo que piensa, un Quijote moderno de la ciudad de Los Ángeles dispuesto a enfrentarse una y mil veces en solitario contra los molinos de viento, aunque cada dos por tres se lleve algún que otro puñetazo, una gran paliza o incluso ponga en juego la propia vida.
El escritor mejicano Carlos Fuentes escribió a propósito de la figura del detective Philip Marlowe:
Héroe solitario, autodidacta, infinitamente adaptable a las circunstancias, centro de una red de informaciones, amo del soliloquio. El hombre solo contra un poder enmascarado que el detective privado se propone desenmascarar, a sabiendas de que combate contra una hidra de mil cabezas y que su desinterés no basta para disfrazar su desilusión.
El propio detective ofrece al lector esta descripción de sí mismo:
Soy detective privado y tengo mi licencia desde hace bastante tiempo. Soy un tipo solitario. He estado en la cárcel más de una vez y no me ocupo de divorcios. Me gusta la bebida, las mujeres, el ajedrez y algunas otras cosas. No soy muy del agrado de los polis, pero conozco a un par de ellos con los que me llevo bien. Soy hijo natural, nacido en Santa Rosa, mis padres han muerto, no tengo hermanos ni hermanas, y si alguna vez llegan a dejarme tieso en una callejuela oscura, como puede pasarle a cualquiera en mi trabajo, y en estos días que corren a mucha otra gente que se ocupa de cualquier cosa o de ninguna, nadie, ni hombre ni mujer, sentirá que ha desaparecido el motivo y fundamento de su vida.
Este párrafo pertenece a la que pasa por ser su mejor novela, El largo adiós. Considerada por la crítica como una de las pocas obras del género policíaco que alcanzan la categoría de literatura de primer orden. En opinión de Manuel Valle, autor de un minucioso estudio de la obra chandleriana titulado El signo de los cuatro: Raymond Chandler. Alma, corazón y vida, El largo adiós, representa, sin ningún género de dudas,
(…) la culminación de la narrativa chandleriana. Es su texto más largo, más denso, más emblemático, pero a la vez es la novela más extraña de la serie. Como señala Frank McShane, se trata de su obra más ambiciosa (…)
El largo adiós fue escrita durante un período de tiempo rebosante de problemas personales, sobre todo relacionados con la salud de su esposa. Sobre esto, piensa Manuel Valle que:
Chandler había escrito El largo adiós mientras ella (Cissy, su esposa) se estaba muriendo. Luego trató de suicidarse, aunque el propio miedo le impidió acabar con su vida. Nunca consiguió rehacerla del todo y anduvo siempre entre la depresión y la enfermedad.
En esta obra maestra de la literatura norteamericana, Raymond Chandler dejó a un lado los tópicos del género para ofrecer al lector un relato desesperanzado y emotivo, con un estilo realista que recuerda en muchos pasajes al mejor Ernest Hemingway, el de novelas grandiosas como Tener y no tener y, cómo no, al de ese extraordinario relato breve llamado Los asesinos. No en vano, Raymond Chandler manifestó en más de una ocasión, el respeto que sentía por la figura de Ernest Hemingway, especialmente por las obras de su primera etapa. Además, en Adiós, muñeca, Chandler rinde un pequeño homenaje al autor de El viejo y el mar, al llamar “Hemingway” a uno de los policías de Bay City.
Chandler confesaba a propósito de esta novela:
No me importaba que el misterio resultara bastante obvio; me importaba la gente, este mundo extraño y corrompido en el que vivimos, y cómo al final cualquiera que intente ser honrado queda como un sentimental o como un vulgar idiota.
No es de extrañar, pues, que autores europeos de reconocido prestigio, como André Gide, André Malraux o el mismísimo Albert Camus, pregonaran a los cuatro vientos su veneración por Raymond Chandler y, sobre todo, por El largo adiós, antecedente directo del existencialismo francés de los años cincuenta o del realismo sucio norteamericano de la década de los ochenta. Así mismo, Hollywood se nutrió durante años de estos relatos para realizar algunas de las películas más fascinantes de la historia del cine, que ya pertenecen a la memoria colectiva de varias generaciones. El largo adiós, un libro que ya ha alcanzado la categoría de clásico. Un libro de los que crean escuela. Un libro de los que no dejan indiferente al lector avispado.
1 En un artículo publicado en el diario ABC el día 22 de junio de 2007, Luis Alberto de Cuenca, explicaba que “en la década de los veinte, (…) comenzó a gestarse una corriente muy novedosa que ampliaba las fronteras del género y, al mismo tiempo, lo teñía de un rigor crítico y de un carácter de denuncia social del que antes carecía, todo ello en las páginas de la revista Black Mask, publicación pulp donde echó a andar la estética de la «novela negra», también llamada Hard Boiled Fiction, que tuvo y tiene en Dashiell Hammett, Raymond Chandler, Chester Himes y Jim Thompson cuatro de sus nombres más significativos.” A los nombres citados por de Cuenca, hay que añadir otros nombres no menos importantes para el desarrollo del género, como George Harmon Coxe, W. R. Burnett, o el gran James M. Cain, autor de la celebérrima El cartero siempre llama dos veces, una de las obras cumbres de la literatura negra.
jueves, 8 de octubre de 2009
Octubre
me gusta pasear por la playa
de la mano de mi tristeza.
Allí nos cruzamos con niños
que juegan con cometas
de formas extrañas,
que dibujan garabatos
imposibles en el cielo,
mecidas, a capricho,
por el viento otoñal.
Mi tristeza y yo nos paramos
y miramos a lo lejos
y nos perdemos
en el rumor azul del horizonte,
esperando que aparezcan las ballenas.
Pero nunca se cumplen nuestros sueños.
(Este poema pertence a mi libro Versos de alambre de espino, publicado este mismo año por la Editorial Alhulia)
martes, 6 de octubre de 2009
Azul
como los sueños que se sueñan
de madrugada,
azul como un libro
de Rubén Darío,
azul como el sonido azul
de una guitarra.
Es azul
como los corazones,
como las estrellas,
como las manzanas.
Azul como las piedras
que alfombran los senderos,
o la luz eléctrica,
o la amistad,
o las caricias azules
de los que aman.
Mi niña es tan azul
como una película francesa,
pero más azul que la lluvia,
más que el frío invernal,
mucho más que todas las lágrimas
derramadas.
Es azul como un blues o una nana,
como el vino,
como la sangre,
como un pájaro que sale de mi pecho
y escapa por la ventana,
volando, hacia la playa.
Azul
como los cuentos de hadas,
como las brujas,
como la luna,
como la risa.
Azul
como este poema
que es azul
como mi niña.
(Para mi pequeña Adela, que hoy cumple seis años.)
lunes, 5 de octubre de 2009
El adiós de Mercedes Sosa
sábado, 3 de octubre de 2009
EL CORAZÓN: MANUAL DE INSTRUCCIONES
de este órgano, así como la función vital
para la que fue diseñado en un primer momento,
se recomienda encarecidamente al usuario
ser extremadamente cuidadoso con él.
Bajo ningún concepto debe someterlo
a emociones extremas, ni por supuesto,
a temperaturas demasiado elevadas.
Se aconseja no entregarlo a los primeros ojos
bonitos que se crucen en el camino,
pues ésa es la causa principal de deterioro.
En la medida de lo posible se le dejará puesta
la coraza metálica que lo recubre.
Esto evitará males peores. Por último,
no se olvidará, pase lo que pase,
ponerlo a buen recaudo cada vez
que alguien, con voz dulce y suaves ademanes,
nos lo pida prestado. Nota:
El fabricante no se hace cargo
de los desperfectos derivados
de un mal uso de estas indicaciones.
(Poema incluido en mi libro Desorden)
jueves, 1 de octubre de 2009
miércoles, 30 de septiembre de 2009
Lecciones de economía para niños inquietos (I)
martes, 29 de septiembre de 2009
La otra Larsson
Aurora boreal me ha parecido una obra flojita, la verdad, a pesar de que la contraportada y la solapa interior están repletas de elogios, del tipo “la nueva reina de la novela negra escandinava”, o “los libros de Asa Larsson son pequeños milagros.” Está claro que una cosa es la publicidad y otra muy distinta el contenido real del libro. La cosa es que se lee bastante bien y crea una atmósfera de suspense atractiva. Como si algo muy importante fuese a ocurrir en los próximos segundos, pero van pasando las páginas y eso no llega nunca. Aurora boreal no contiene, a mi juicio, ningún elemento que la convierta en una novela fuera de lo común: no hay ningún personaje que te atrape inexplicablemente (como ocurre en Millenium) hasta identificarte plenamente con él; la trama es bastante sosa y para colmo, hay algunos párrafos pseudopoéticos (por ejemplo, los pasajes que narran sueños) que dan un poco de grima.
La historia que se cuenta en Aurora boreal tiene que ver con el fanatismo religioso. En una comunidad pequeña, Kiruna (la ciudad natal de Asa Larsson), dominada completamente por la religión, aparece brutalmente asesinado el predicador más famoso de Suecia. A partir de ahí, una maraña de intereses creados, negocios fraudulentos, mentiras y hechos que no se cuentan pero que se intuyen, se van interrelacionando. Para mí, lo mejor de toda la novela es este párrafo, con el que estoy completamente de acuerdo:
“La gente débil acostumbra a sentirse atraída por la Iglesia. Y la gente que quiere tener poder sobre la gente débil, también.”
Con los ingredientes que maneja la autora, el resultado podría haber sido una novela mucho más sólida. No sé porqué, pero cuando los autores de novela negrocriminal mezclan asesinatos y religión, no suelen salir bien parados (me ha ocurrido lo mismo con El silencio de los claustros, la última entrega de Alicia Giménez Barlett). Será porque la realidad siempre termina superando a la ficción. Digo yo.
lunes, 28 de septiembre de 2009
Presentación en Granada de la Antología del beso
Tengo hambre,
dame un beso.
Acto: Presentación del libro de poemas Antología del beso. Poesía última española.
Día: miércoles 30 de septiembre de 2009
Hora: 20’00 h.
Lugar: Sede de la Asociación de la Prensa y de la Fundación Andaluza de la Prensa (Antiguo Hospital de Peregrinos, C/ Escudo del Carmen, 3.)
jueves, 24 de septiembre de 2009
Ilegal a los siete años
miércoles, 23 de septiembre de 2009
www.pensamiento-único.com
mas siempre permanezco yo, individuo.
José María Fonollosa.
Bienvenido al pensamiento único.
Aquí ya es el futuro.
Olvídate de palabras
que antaño lo fueron todo:
endecasílabo, vanguardia, humanismo,
soneto, altruismo, ternura, artístico.
Tendrás que aprender a convivir
con insólitos anglicismos:
Lobby, enterprise, software,
merchandising, corporation.
Deberás familiarizarte
Con la jerga de los medios:
Multinacional, macroeconomía, índice
de ventas, neoliberalismo, aldea global.
Dejarás a un lado lo que quede de tu individualidad.
A partir de este momento
eres un número en una fría estadística,
un potencial consumidor,
un código de barras.
El nuevo milenio pertenecen
a los que son como tú:
Conservador, competitivo,
concluyente, consecuente.
Aquí está prohibido soñar,
usar la imaginación,
expresar la creatividad.
Enterremos de una vez a Don Quijote.
No necesitamos locos idealistas
que pongan el mundo patas arriba.
Destruyamos la belleza.
Aborrezcamos la cultura.
Nada de poesía.
No es rentable desde un punto de vista económico.
Solo best-sellers contrastados:
Más de cien mil ejemplares
vendidos en un mes.
No lo dudes.
Únete a nosotros.
No tienes nada que perder.
Este poema está incluido en la antología Versos para un fin de milenio, obra que publicó el Ayuntamiento de Motril en el año 2001. Fue uno proyecto ideado, auspiciado y llevado a cabo por el poeta Miguel Ávila Cabezas. En él, cincuenta y nueve voces distintas (en edad, sensibilidad, género, ideología, etc., etc.) ofrecían, tanto en prosa como en verso, su visión de fin de milenio que por aquellos días estaba tan en boga. Está fue mi aportación en verso.
martes, 22 de septiembre de 2009
lunes, 21 de septiembre de 2009
El último caso de lnspector Méndez
Hagamos un poco de memoria: Nuestro hombre es autor de una extensa obra literaria, que comenzó con Sombras viejas, Premio Internacional de Novela José Janés en 1948 (como anécdota, señalar que el presidente del jurado que le otorgó el premio fue el novelista estadounidense William Somerset Maugham), y Los Napoleones, ambas prohibidas por la censura franquista. Esto le puso las cosas muy difíciles, pero como quería ser escritor a cualquier precio, sólo le quedó la opción de parapetarse tras el pseudónimo de Silver Kane, y dedicarse a la literatura de quiosco, escribiendo una novela por semana durante más de quince años para la Editorial Bruguera. Empezó cobrando 1.500 pelas y al final de su etapa como narrador pulp cobraba 14.000 pesetas. Su especialidad eran las novelas del oeste y las de gánsters, aunque también publicó obras de tema político y de espionaje. Durante la década de los cincuenta fue guionista de tebeos, creando la serie de El inspector Dan, un personaje muy famoso en la España de la época. González Ledesma también ha trabajado como abogado y como periodista en diarios como La Vanguardia y El Correo Catalán. De este bagaje surge, tras la llegada de la democracia a nuestro país, un extraordinario novelista, que había permanecido agazapado en espera de su momento.
Con la recuperación de las libertades y la muerte de la censura por aburrimiento, Francisco González Ledesma recupera su propio nombre y comienza a publicar una serie de novelas de género negro: Expediente Barcelona, Las calles de nuestros padres (donde el Inspector Méndez es por primera vez protagonista absoluto), La Dama de Cachemira, Crónica sentimental en rojo (que fue galardonada con el Premio Planeta en el año 1984, cuando aún el Premio Planeta deparaba este tipo de sorpresas y no había que ser un famosillo televisivo de medio pelo para ganarlo), El pecado o algo parecido, Cinco mujeres y media, Dios en cada esquina, Méndez, Una novela de barrio (galardonada en 2007 con el Premio Internacional de Novela Negra RBA) y la última entrega, la ya citada No hay que morir dos veces. No obstante, González Ledesma ha seguido publicando bajo pseudónimo, en esta ocasión el elegido fue Enrique Moriel, y las novelas, La ciudad sin tiempo y El candidato de Dios.
Como decía al principio, su última novela, No hay que morir dos veces, es, en mi opinión su mejor obra. De hecho me la he leído en apenas diez horas, prácticamente de un tirón, pues la trama, magníficamente trenzada, atrapa al lector como si este hubiese caído en una tela de araña, impidiéndole que abandone el libro si no es en caso de emergencia. Y es que la edad no ha hecho que nuestro hombre pierda facultades, más bien al contrario. Como los buenos vinos, el tiempo sólo ha servido para poner las cosas en su sitio. González Ledesma se ha acabado convirtiendo en un autor de pulso firme, hábil con las palabras, y con ese sentido del humor que lo hace único. Veamos algunos ejemplos extraídos de la novela:
Los ojos de Gabri eran inexpresivos y fríos. Sus músculos se marcaban poderosos bajo la camisa, ya que en la cárcel no había tenido otra distracción que leer, hacer gimnasia y evitar que le dieran por el culo. En las tres cosas —decían sus compañeros— había tenido éxito, aunque normalmente a la que te descuidabas sólo tenías éxito en dos. (Pág. 40)
O este otro:
En la torre de más allá, un hombre de unos treinta años, que por su edad debería trabajar, se estaba rascando las pelotas. Era una labor juiciosa y lenta, pensó Méndez. Al fin y al cabo, mientras te rascas las pelotas no haces daño a nadie. (Pág. 145)
Otra de las especialidades de Francisco González Ledesma son los diálogos, de los cuales podemos encontrar auténticas maravillas en No hay que morir dos veces. Veamos esta conversación entre Méndez y el empresario Linares:
(…)Pero al margen de esta alta misión social, usted no debe saber para que sirve el dinero, Méndez.
No tengo la menor idea —reconoció él.
Pues ante todo sirve para tener poder. Con dinero se construyen imperios; sin dinero sólo se construyen barricadas.
Y poesías.
Las poesías a que usted se refiere son lo que queda de la última barricada, lo que queda cuando todos sus defensores ya han muerto.
Estoy aprendiendo mucho de usted, señor Linares
Es que no todo el mundo habla tan claro como yo. (Pág. 248)
Por no faltar, no falta ni siquiera un pequeño guiño/homenaje a Negra y criminal, la tienda especializada en género negro de Barcelona, en lo que ya se va convirtiendo en una costumbre entre los autores del género en nuestro país:
Y sonrió recordando esa pequeña librería cerca del puerto, Negra y criminal, en la que un cartel decía; “Terminantemente permitido fumar.” (Pág. 136)
¿Y qué decir de ese mítico inspector llamado Ricardo Méndez? Pues que debe ser el único madero del mundo que siente un calambre en el alma al ver “una pistola Mauser de las luchas anarquistas de los años veinte.” Y es que en el fondo Méndez es más ácrata que Durruti y Ascaso juntos. Hace lo que le sale de los cojones, contraviniendo todas las órdenes de sus superiores. Bebedor infatigable de coñac de garrafa y de orujo casero, desconfía absolutamente del poder establecido, léase jueces, políticos e incluso policía. Espectador de un mundo que día a día se desploma, acorralado por la postmodernidad y la vida de diseño. Pero ha vivido tanto en esas calles del Barrio Chino que su sexto sentido no suele dejarlo en evidencia.
En mi opinión, No hay que morir dos veces es la mejor novela publicada en lo que llevamos de año, y sinceramente, dudo mucho que en los tres meses y pico que quedan para navidad, se publique algo con la fuerza, el humor y la sensibilidad de esta novela. Francisco González Ledesma: El mejor escritor español vivo. Luego no digas que no te avisé.
viernes, 18 de septiembre de 2009
LOS ATARDECERES ROJOS DE POLEY
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
Cesare Pavese
A Vicente Núñez, in memoriam
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos,
predijo el poeta.
Y así será, la muerte vendrá,
una tarde calurosa del verano andaluz.
Se acercará hasta tu cama
y te pedirá que la acompañes.
Y tú lo harás, sabio como eres,
pues no ignoras que no cabe oposición.
Y además ¿para qué?
Vendrá la muerte terrible
y no sólo tomará el brillo de tus ojos
entre sus manos oscuras.
Se llevará con ella
todas las mañanas del mundo,
todas las copas de vino sagrado,
una pequeña parte de Grecia y Roma,
todo el silencio que guardas en tu interior.
Pero no todo te acompañará en tu viaje.
La muerte jamás podrá robarte
ese río de hermosos poemas
que, despacio, desciende por tu cuerpo,
ese elixir privilegiado
que los dioses sensibles te ofrendaron,
y que luego, algún día, degustaremos
en la soledad de nuestros dias solitarios,
cuando nos aferremos desesperadamente
a lo único que queda, el dolor, inmenso
como una manada de elefantes africanos.
La muerte no te quitará jamás el privilegio
de haber visto los atardeceres rojos de Poley
o las estrellas tímidas que cuelgan allá arriba;
de haber oído las notas inquietas
de un Impromptus de Shubert,
de sentir el desgarro que produce
un verso de Aleixandre,
de haber amado al amanecer,
cuando más extraño resulta el amor.
Siento tanto que esta tarde estival
estuvieras en el lugar equivocado
en el momento más inoportuno.
Siento de veras que el año dos mil dos
no sea nunca más el año dos mil dos,
que todo termine tan de repente,
sin tan ni siquiera darnos tiempo
a rearmar a nuestros ejércitos.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Así es. Así será por siempre.
Pero no le concedamos el honor
incierto del olvido.
Nos queda la belleza de la palabra escrita.
De la tuya.
De la de otros que han sido como tú.
Vendrá la muerte, qué duda cabe,
pero sólo se llevará una pequeña parte de ti.
Ésa es tu victoria.
Ésa es nuestra recompensa.
miércoles, 16 de septiembre de 2009
Escuela pública versus escuela concertada
Vamos a empezar por lo más obvio: en España existen tres tipos de escuelas: públicas (sostenidas con fondos públicos, en torno al 65% de los centros), privadas (sostenidas con fondos privados, en torno al 5% de los centros) y concertados (sostenidos con fondos públicos, en torno a un 30% de los centros). Como los centros privados están financiados con dinero privado, no me interesan lo más mínimo. Es obvio que son centros de transmisión ideológica (de la derechona, se comprende), pero no vamos a entrar a valorarlos.
Las diferencias esenciales se dan entre la escuela pública y la concertada. En general, la escuela concertada (magnífico eufemismo para referirse a un sistema escolar exclusivo pero pagado por todos) recibe a un 30% del alumnado, aunque en las grandes ciudades los datos son completamente inversos (por ejemplo, en la ciudad de Granada). Este 30% del alumnado pertenece, en palabras de Navarro al grupo de población “de renta superior (burguesía, pequeña burguesía y clase media profesional de renta alta)” mientras que “el 70% restante (clase trabajadora y clase media de renta media y baja) los matricula en la escuela pública.” Primera consecuencia: la escuela española es muy clasista.
Esto, que en principio puede parecer algo inocuo, tiene, en realidad mucha importancia. Como señala Vincenç Navarro en su artículo, es la manera más simple de reproducir la estructura de clases del país. De las escuelas privadas-concertadas saldrán los cuadros de mando de las grandes multinacionales, bancos, legisladores, jueces, militares de carrera, creadores de opinión, científicos, etc. Es decir, los que controlan el cotarro. De la escuela pública, en cambio, salvo honrosas excepciones, saldrán maestros, mecánicos, camareros, carpinteros, vendedores de seguros, sindicalistas, amas de casa, y sobre todo, parados, muchos parados. No hay que ser un lince para darse cuenta de por dónde van los tiros.
Otro dato importante: del treinta por ciento de centros privados-concertados, el setenta por ciento pertenece a la iglesia católica. El treinta por ciento restante, son de carácter laico (cooperativas, etc.) No es de extrañar que la Conferencia episcopal defienda sus negocios con uñas y dientes, teniendo en cuenta el volumen de dinero que se debe mover detrás de estas cifras. Seguimos con los datos: el alumnado inmigrante está matriculado prácticamente al cien por cien en centros públicos, excepto que sea alumnado con un alto poder adquisitivo. Por ejemplo, hijos de deportistas, músicos, o gente por el estilo. Todos los demás, de cabeza a la escuela pública.
Más datos: En palabras de Navarro, tan ciertas como que detrás de un día viene otro, el alumnado de la escuela concertada recibe un 32% más de dinero que el de la escuela pública, ya que el Estado invierte 2.700 millones de euros al año en la concertada. Lo que aún no he logrado entender es el por qué de esta inversión, por muchas vueltas que le doy al asunto.
Y todo este sistema-negocio apoyado por el Partido Popular, Convergencia y Unió, el Partido Nacionalista Vasco, y sí, como no, el Partido Socialista Obrero Español, entre otros. Por lo que se ve, no son capaces, o simplemente no quieren plantar cara a la iglesia católica para acabar con sus chollos. ¿Y qué conclusión se puede sacar de todo esto? Vincenç Navarro lo dice alto y claro: “La reforma educativa de los gobiernos progresistas tiene que, además de incrementar sustancialmente el gasto público en educación, eliminar esa polarización social que está reproduciendo una estructura totalmente clasista que afecta negativamente la calidad del sistema educativo.” Así de fácil. O así de complicado. Según se mire.
martes, 15 de septiembre de 2009
El apocalipsis según Cormac McCarthy
Cormac McCarthy es autor de más de una decena de novelas. Su estilo, cercano a la tradición gótica sureña de autores como William Faulkner, Truman Capote, Flannery O`Connors o Carson McCullers, se caracteriza por una prosa densa, difícil, poco complaciente con el lector, pero valiente y honesta, en la que la violencia se expande por los cuatro puntos cardinales de la obra. Sus personajes tienen muy poco que perder y suelen vivir bordeando el filo de la navaja o sobrepasándolo directamente. Ya vimos, por ejemplo, cómo se las gastaba Anton Chigurh, el escalofriante psicópata asesino de No es país para viejos, que en la versión cinematográfica de los hermanos Cohen interpretó de manera magistral Javier Bardem. Otras obras de McCarthy son: El guardián del vergel, Hijo de Dios, Meridiano de sangre, Suttree y la Trilogía de la frontera, integrada por las novelas Todos los caballos hermosos, En la frontera y Ciudades de la llanura.
En el año 2007, McCarthy fue galardonado con el Premio Pulitzer por una novela que, en mi opinión, es la mejor salida de la pluma de este novelista, y que el tiempo pondrá en el lugar que se merece: entre lo mejor de la literatura de las últimas décadas. Estoy hablando, por supuesto, de La carretera.
La carretera es una novela que deja una huella indeleble en el lector. Aviso a navegantes: Que nadie se acerque a este libro esperando encontrarse con un bestseller. Nada más lejos de la realidad. Mientras la lees, esta novela se va metiendo en tu interior, urgando por ahí dentro, tocando los resortes que toda obra de arte debería tocar para que uno se estremezca de dolor o placer, depende. En La carrertera, McCarthy nos describe un mundo terrible: El planeta ha sufrido una catástrofe atómica y apenas queda un puñado de seres humanos sobre la faz de la tierra. Todo se ha vuelto frío, oscuro, gris, silencioso. En algún país que no se nombra en toda la novela, pero que suponemos debe ser los Estados Unidos, un hombre y su hijo, se dirigen hacia el sur, caminando unos pocos kilómetros diarios, sin apenas alimentos, vestidos con harapos pestilentes, empujando un carrito de supermercado donde llevan todas sus posesiones. Tanto el padre como el hijo parecen recién salidos “de un campo de exterminio.” Muertos de hambre, cansados, asustados. Dos cadáveres caminando sin saber muy bien hacia dónde ni por qué. Sólo porque su instinto de supervivencia así lo ordena, pero envidiando a los muertos. En su peregrinar, pernoctan a la intemperie, cubiertos por un trozo de lona desgastado. Todo escasea, especialmente la comida y el agua, pues la de los ríos y arroyos está contaminada por la radioactividad. Bajo estas circunstancias, no es difícil imaginar que los seres humanos, los pocos que han sobrevivido, se han vuelto despiadados, como animales acorralados que se defienden con uñas y dientes. Nadie se fía de nadie. Y la práctica del canibalismo está a la orden del día. Un mundo completamente abandonado por Dios, parece decirnos el autor. Aquí y allá, el hombre va dejando retazos de recuerdos de su vida anterior: Sus padres, su esposa, su niñez pescando en el río. Una vida que jamás volverá.
A pesar de la dureza de la prosa de Cormac McCarthy y de la desazón que esta produce en el lector, las páginas de La carretera están impregnadas de un hermoso lirismo. Algunos pasajes son poemas en sí mismos. Tengo que decir que la he vuelto a leer por segunda vez dos años después, pues las noticias de la adaptación cinematográfica empujan a ello. Supongo que la traslación a imágenes de las palabras de McCarthy no habrá sido empresa fácil, pero confieso que estoy deseando que se estrene la película. Ya veremos si ha merecido la pena la espera.
lunes, 14 de septiembre de 2009
Bob Dylan Revisited
Voy a intentar recuperarla
pero no las tengo todas conmigo.
Hoy tengo un día terrible
y necesitaré un golpe de suerte.
La condesa escucha al buhonero,
o eso, al menos, me parece a mí.
Después ella dice que rezará una oración
por todas las personas
que se ganan la vida con el sudor de su frente
y se santigua de manera piadosa.
Hay un hombre en el parque.
Es de noche y llueve a cántaros.
Intenta atrapar puñados de lluvia
con sus manos pequeñas,
mientras grita:
alguien tuvo suerte, pero sólo fue un accidente.
La mujer de la calle tiene los ojos vendados.
Está cantando una vieja canción
que escuchó, cuando era pequeña,
en la emisora de música country.
La luz de una linterna le alumbra el rostro.
Después, la mujer de la calle se descalza
y comienza el baile.
Seis caballos blancos galopan
por los dorados raíles del tren
mientras una locomotora lenta se acerca
desde la otra parte de la pradera.
El pájaro forajido de ojos tristes
lo observa todo desde un sauce llorón.
Luego, levanta el vuelo y se pierde.
Monalisa y su hijo de seis años fueron a la feria.
Él se subió en el tiovivo
y ella le regaló un algodón de azúcar de color rosa.
Durante unas horas fueron felices
pero ya están de vuelta
en su infierno cotidiano de hielo negro.
El viejo enterrador sostenía un libro
en su mano izquierda.
Empezó a caer nieve a cámara lenta.
Aquel hombre volvió su rostro hacia el cielo.
Abrió el libro al azar y leyó en voz alta:
sueña, sueña, pues esto también es verdad.
Memphis Minnie llevaba sobre su cabeza
un hermoso sombrero de piel de leopardo.
La vi pasar conduciendo su flamante coche nuevo,
rojo intenso, reluciente como el cielo
de una noche de verano.
Al pasar junto a mí, me guiñó un ojo y me soltó,
eh, tío, ¿te vienes a dar una vuelta conmigo?
Creo que me he enamorado, sin remedio,
de ese sombrero de piel de leopardo.
Debajo del cartel de neón
hay un hombre que me recuerda a Shakespeare.
Su nombre es Jack Horner.
Viste unos zapatos de tacón cubano y un traje negro.
Es un tipo realmente elegante.
Está hablando con una chica francesa.
Ella le dice: Yo soy amiga de Bob.
Y él contesta: Mentirosa. No te creo.
jueves, 10 de septiembre de 2009
La larga marcha hacia la anarquía
martes, 8 de septiembre de 2009
Los hombres que no amaban a las mujeres
Este post tiene que ver exactamente con eso: con los hombres que no amaban a sus mujeres.
En lo que va de año, en nuestro país, cuarenta mujeres han sido asesinadas por sus parejas o ex-parejas. La última, anoche en Utiel, un pueblo de Valencia. Además se da la terrible coincidenica de que esta vez el asesino es un Guardia Civil. Cada dos o tres días una mujer pierde la vida en España por violencia de género y da igual que viva en Málaga, Vigo, Badalona o Donosti. En eso sí que somos todos iguales. En cualquier región de este país se mata a las mujeres de la misma manera. Está claro que algo no está funcionando porque el problema, en vez de remitir, va en aumento. Hoy una en Utiel, ayer en Alicante, el viernes en Vélez-Rubio (Almeria) y así hasta cuarenta sólo en este dos mil nueve. Muchas de ellas son inmigrantes que han venido de otros países buscándose la vida; pero otras son españolas. Así que me da por pensar que el problema no tiene que ver con nacionalidades ni con razas, religiones, culturas, etc. Creo, sinceramente, que el problema tiene que ver, más bien, con el ser humano, con su maldad intrínseca.
No obstane, este problema tiene solución, pues lo mismo que prácticamente se ha terminado con el problema del terrorismo vasco (para mí es igual de grave o tal vez más) mediante la presión policial y con determinadas leyes, también a este terrible problema se le puede plantar cara. Pero para ello hace falta voluntad política y no sólo buenas palabras de la ministra de turno.
Y dentro de tres días, otra.
lunes, 7 de septiembre de 2009
La venganza de los malditos
viernes, 4 de septiembre de 2009
Diego Vasallo no miente
No obstante, el triple salto mortal sin red viene de la mano de Canciones de amor desafinado, el álbum que Diego publica en el año 2000. Todo en este disco es bonito. Desde el título, que me encanta, a la portada, pasando por cada uno de los once temas que lo componen. SI tengo que elegir uno, cosa difícil, me quedo con “Ascensores al cielo”, el tema en el que lo acompaña mi admirado Luis Eduardo Aute. Un disco muy triste, pero ¡qué cojones!, hermoso hasta el paroxismo y donde están presentes todas las influencias de nuestro hombre: la chanson francesa, el pop de los años sesenta, la canción de autor, la poesía contemporánea, Chabela Vargas y un largo etcétera. Todo ello bien mezclado, bien agitado y servido con un gusto exquisito. Dos años más tarde, Diego, acompañado de Suso Saiz, un músico heterodoxo que había militado en Esclarecidos y en La orquesta de las Nubes, productor de numerosos discos del pop español más arriesgado, graba El cuaderno de pétalos de elefante, un disco-libro experimental, adornado con dibujos de Vasallo, donde Suso pone música a los poemas minimalistas de Diego. Pero retrocedamos en el tiempo por un momento. En 2001. Diego y Mikel deciden volver a poner en marcha el proyecto Duncan Dhu, para darle el digno final que merece. De esa reunificación sale Crepúsculo, un tremendo cd con una preciosa portada de Javier Aramburu, y con temas como “Nunca me enamoraría de noche (Jack Nicholson no miente)”, una pequeña gema que pone el listón de la composición muy, pero que muy alto.
Tras el final de Duncan Dhu, Diego continúa con su carrera en solitario. Y lo hace dejando a un lado los agobios de las giras, la presión del mercado, etc. Y es que Diego Vasallo es, como dice su amigo Suso, el único músico español que estando en la cima, ha decidido de manera voluntaria volver a bajar. Porque no debemos olvidar que Duncan Dhu era un grupo de ventas masivas, con miles de fans, y Diego decidió poner punto y final a todo eso. En 2005, Diego se vuelve a meter en un estudio y nos regala otra obra maestra del pop español: Los abismos cotidianos. Una colección de canciones muy cercanas a la perfección, con colaboraciones de Leonor Wantling y Christina Rosenvinge. Esta vez Diego rinde tributo a su idolatrado Enrique Urquijo, versionando ”Demasiado tarde”, uno de los temas que Enrique grabó con Los Problemas. También se incluyen en este cd el poema de Pablo Guerrero “Rosas que arden”, al que Diego pone música, y el tema “La vida te lleva por caminos raros”, que su amigo Quique González incluye en su disco Avería y redención #7. En 2006 Diego riza el rizo y publica dos proyectos simultáneos. Por una parte, lanza un disco recopilatorio, Las huellas borradas 2000-2006, una especie de “pequeños éxitos”, con alguna sorpresa, como es la colaboración del ya mencionado Quique González cantando uno de los temas. Por otra parte, Diego, junto con el poeta Roger Wolfe, firma La máquina del mundo. Once poemas del poeta gijonés de origen británico, musicados e interpretados por Vasallo y donde también se puede escuchar algún recitado de Roger Wolfe. Un disco sorprendente que nos muestra otra faceta distinta de Diego. Un disco, y lo digo porque he hecho la prueba, que a toda la gente que se lo he dado a oír, acaba alabándolo sin remisión.
De momento, hasta aquí llega la historia. Diego Vasallo sigue viviendo en su Donosti natal, donde se dedica a pintar, estudiar Arquitectura, componer hermosas canciones de pop eterno, escribir poemas en verso libre y fundirse la pasta que ganó girando por todo el mundo con Duncan Dhun, aquel grupo de rockabilly acústico que tres chavales formaron para dar rienda suelta a su pasión por los Violent Femmes a principios de los ochenta. Mi consejo es que dejes a un lado los prejuicios bobos y te hagas con alguno de sus discos. O con todos. Y a disfrutar.
jueves, 3 de septiembre de 2009
La bancarrota del capitalismo
martes, 1 de septiembre de 2009
Huye rápido, vete lejos, de Fred Vargas
Debo confesar mi ignorancia y admitir que, hasta hace unos meses, no tenía ni la más mínima idea de quién era Fred Vargas. La primera vez que leí su nombre, fue, como tantas otras veces, en el blog de Negra y criminal, ese reducto de buen gusto disfrazado de librería de género policíaco, ubicada en la Ciudad Condal y dirigida por el detective Paco Camarasa, un tío que se toma su trabajo con pasión desbordada. En un primer momento pensé, para qué voy a negarlo, que Fred Vargas era un hombre y supuse, erróneamente, que era cubano y que pertenecía al grupo de otros magníficos narradores cubanos de serie negra, como Lorenzo Lunar o Amir Valle. Pero, ohlala, resulta que Fred Vargas es el seudónimo de Fréderique Audoin-Rouzeau, una científica parisina nacida en 1957, que en sus ratos de ocio escribe novelas policíacas, que además están de puta madre. Además de la novela que nos ocupa, algunos de los títulos que ha publicado en nuestro país son: Lo que tarda en morir un idiota, Que se levanten los muertos, Sin hogar ni lugar, Bajo los vientos de Neptuno, La tercera virgen o Los cuatro ríos (esta en forma de cómic).
Huye deprisa, vete lejos es, en mi opinión una obra magnífica. Bien construida, muy bien escrita y, ante todo, verosímil, aunque está regada con unas gotitas de realismo mágico. Pero no se preocupen, que esas gotitas no la vuelven indigesta. Lo de que sea verosímil no es algo baladí, pues para mí, cualquier buena novela de género negro que se precie debe ser ante todo, creíble. El comisario Adamsber es un personaje entrañable. Un tipo despistado, incapaz de memorizar el nombre de sus más inmediatos colaboradores, pero con una clarividencia mental para resolver los enigmas, que tira de espaldas.
Ignoro si las demás novelas de Vargas son tan buenas como la que nos ocupa, porque aún no las he leído. Pero en unos meses tendré la solución al enigma. Palabra de lector compulsivo.
lunes, 31 de agosto de 2009
El fin del verano
sábado, 22 de agosto de 2009
El crimen organizado en Salobreña
Un reproche inexpresado: Breve semblanza de Vicente Núñez
A Vicente Núñez, in memoriam
“En el silencio de tu muerte
Hay un reproche inexpresado”
Boris Pasternak
Yo nunca hablé con Vicente Núñez. Nos cruzamos por las calles de nuestro pueblo decenas de veces. Lo vi, con bastante frecuencia, escribiendo en El Tuta, o bajándose —sólo una vez— de un coche con su amiga Carmen Romero. Leí sus poemas en las calurosas tardes de Aguilar, sus Sofismas para el Diario Córdoba, sus entrevistas en El País. Disfruté de sus escasas apariciones televisivas con Jesús Quintero. Pero nunca crucé una palabra con él.
Con motivo de la publicación de mi primer poemario, Los poemas del frío, en cuya presentación participaba una gran amiga y admiradora suya, la poeta María Rosal, le envié mediante un amigo común, una invitación para dicho acto. Esa misma tarde, por medio de otro amigo común, Vicente se disculpó alegando no encontrarse demasiado bien de salud. Le hice llegar un libro en el que escribí la siguiente dedicatoria: “Con mi admiración y respeto, para el maestro.” Tampoco he sabido nunca, y es una duda que a veces me intriga, qué opinión le merecieron mis versos, tan distintos de los suyos, tan alejada su poética de la mía, tan diametralmente opuestas nuestras formas de entender el mundo.
Algunos meses más tarde, en la ciudad de Córdoba se celebraba la Feria del Libro y fui invitado para dar a conocer mis poemas. El poeta que me acompañaba aquella espléndida tarde de abril, Pablo García Casado, habló de la poesía que se hacía en Córdoba, y también lo hizo, cómo no, de la figura de Vicente Núñez. En ese momento fui realmente consciente de la importancia que el autor de Los días terrestres tenía en la lírica cordobesa, y por extensión, en la que se escribe en toda Andalucía.
En abril de ese mismo año, y cuando ya estaba bastante enfermo, se le rindió un merecidísimo homenaje en Aguilar. Aunque me habían invitado, por motivos ajenos a mi voluntad, me resultó imposible asistir. Parecía como si el Destino no tuviese a bien permitir que nos conociésemos.
Con frecuencia, algunos amigos, sabiendo de mi pasión por la poesía y de mi condición de filólogo, me han preguntado cuál era, en mi opinión, el sitio que le correspondía a Vicente Núñez en el Olimpo de la literatura española de la segunda mitad del siglo XX. Mi respuesta siempre ha sido la misma: merece un lugar de privilegio en la poesía que se ha escrito en Castellano durante el siglo pasado.
Autor de culto, ajeno a modas y fanfarrias publicitarias, heterodoxo e incluso, para una parte de la crítica, colindante con el malditismo. Yo me resisto a creer que fuera un maldito. Quiero pensar que más bien estaba por encima de lo que, de manera tan miserable, se ha dado en llamar la Popularidad, ese monstruo de tres cabezas que devora y deforma todo a su paso. Fiel a su modus vivendi hasta el último instante, eligió vivir en Aguilar de la Frontera —su mítica Poley—, apartarse de los cenáculos literarios, mantenerse impasible ante los cantos de sirena que lo llamaban desde Málaga, Sevilla o Madrid. Eligió la poesía —o tal vez fue al revés, quién sabe— en una época en la que escribir poemas es poco más o menos que luchar contra los molinos de viento.
De la docena de poemarios que publicó, mi favorito es Ocaso en Poley, de 1982, libro por el cual se le concedió el Premio de la Crítica de ese mismo año. Y de los cuarenta y siete poemas que componen la obra, me quedo, sin lugar a dudas, con esos poemas breves, directos, que en palabras de Guillermo Carnero, “actúan gracias a la densidad de la concisión y el poder evocador de la sugerencia”. Me estoy refiriendo a poemas como “Del amor”, “Fracaso”, “Una carta” o “Todo en tu amor dolíame”. No obstante, de todos los poemas que escribió, el que más me gusta, es ese soneto sublime que tituló “La limosna”, que cerraba Ocaso en Poley, y que no me resisto a reproducir aquí:
LA LIMOSNA
Una noche de invierno, de tantas en la vida,
sintiéndome el más pobre de los pobres del mundo,
me arrojé por las calles en busca de sustento
mientras la lluvia hería mi rostro como un látigo.
Como pude, arrastrándome en aquel torbellino
de vértigo y de frío, logré alcanzar su casa.
Llamé con la ternura que precede a la muerte;
besé, con el helor que en mis labios traía,
aquellos aldabones que yo soñé imposibles.
Salieron a la puerta tus hijos, como rosas
en el trono encendido del hogar que vibraba.
Yo no sé qué limosna pedí ni con qué harapos
quise ocultar mi fiebre, mi amor y mi miseria.
Del fondo de la casa, del fondo de la vida,
sentí su voz decirme, mientras agonizaba
mi corazón: perdone. Por Dios, perdone, hermano.
En “Vicente Núñez o el reino de este mundo”, el prólogo que Carnero escribió para su Poesía (Diputación Provincial de Córdoba, 1988 y 1995), se le definía como “un poeta de léxico escogido y precioso, sin caer en la retórica de las ornamentaciones ni en la búsqueda sistemática de lo insólito”. Y Abel Feu, en Panorama de la poesía andaluza desde la posguerra hasta la actualidad (CEC, Junta de Andalucía, 1999), nos lo muestra como “una figura destacada y admirada por los jóvenes, un poeta puro que vive y escribe su obra en su pueblo y que es una referencia inexcusable en la poesía de su generación.”
A mí, que siento cierta aversión hacia las etiquetas literarias, me gusta pensar en él tan sólo como un Poeta, es decir, una persona dotada de una sensibilidad especial para jugar con el significado de las palabras, con la retórica, con los sentimientos. Una persona que dispone de un don único para provocar en sus lectores pasiones vehementes, una persona que ve pasar ante sus ojos la vida, la capta, la aprehende y luego, nos la devuelve servida en bandeja de plata. Eso era, en mi modesta opinión, Vicente Núñez.
(Este artículo fue publicado con anterioridad en la revista digital Granada, ciudad poética, que dirigía mi amigo Ventura Camacho.)
jueves, 20 de agosto de 2009
Enemigos públicos, de Michael Mann
miércoles, 19 de agosto de 2009
Hasta los cojones de...
Estoy hasta los cojones de las hordas de veraneantes maleducados, vocingleros, irrespetuosos que han tomado al asalto Salobreña, sus calles, sus supermercados, la biblioteca, la playa, etc. Dejad de jodernos con vuestra mala educación, cabrones. Gracias.
martes, 18 de agosto de 2009
Quique González: Peleando a la contra de nuevo.
domingo, 16 de agosto de 2009
martes, 11 de agosto de 2009
María Teresa León: Melancolía en la memoria
María Teresa León fue una excelente escritora —novelista, ensayista, dramaturga, traductora— con una extensa obra que abarca más de veinte libros, algunos de ellos conmovedores hasta la médula, por ejemplo, su libro de recuerdos, Memoria de la melancolía.
Pero empecemos por el principio. María Teresa León Goyri había nacido en Logroño, el 31 de octubre de 1903. Hija de Ángel León, militar, y de María Olivia Goyri de la Llera, una mujer nada
convencional para su época. Desde muy pequeña, María Teresa vivió en un hogar donde los libros eran abundantes y en el que las visitas de intelectuales eran bastante frecuentes. No era raro encontrarse en su casa, por ejemplo, a Doña Emilia Pardo Bazán. Debemos destacar el hecho de que María Teresa fuese sobrina de María Goyri, la primera mujer que en España asistió a la universidad. Todo esto hizo que la niña se convirtiera en lectora voraz, que admiraba a Víctor Hugo, a Alejandro Dumas, a Benito Pérez Galdós y a otras grandes figuras de la literatura universal. Como afirma Benjamín Prado en su ensayo “María Teresa León, la mujer inventada”, a propósito de su niñez, “(esta) fue la de una niña rica y disfrutó de todas las comodidades...” Algo que llama poderosamente la atención, si tenemos en cuenta el profundo viraje ideológico que años más tarde tomaría su existencia.
No es nuestra intención llevar a cabo una cronología exhaustiva de su vida. Baste citar, a modo de ejemplo, algunos de los acontecimientos más importantes en los que se vio envuelta. Por ejemplo, María Teresa fue una de las primeras mujeres que en nuestro país ejerció su derecho al divorcio, cuando éste fue legalizado en 1931 (su primer matrimonio con Gonzalo de Sebastián Alfaro, del cual nacieron dos hijos, Gonzalo y Enrique, fue una completa ruina) para casarse algún tiempo después con el autor de Marinero en Tierra. María Teresa fue una ferviente defensora de la Segunda República Española, miembro del Partido Comunista, y sobre todo, una incansable luchadora a favor de la cultura y de la igualdad entre hombres y mujeres, amiga de innumerables intelectuales, que van de Ernest Hemingway o Pablo Neruda a Pablo Picasso o la actriz María Luisa Ponte.
Al finalizar la contienda civil, se vio obligada a emprender un éxodo forzoso —como tantos otros compatriotas— que la llevó junto a Alberti por diferentes países: Francia, Argentina, donde permanecieron durante más de veintitrés años y donde nació su única hija, Aitana, y por último, Italia. Al final, cuando ambos pudieron regresar a España con la desaparición de la dictadura franquista, la escritora ya estaba enferma de Alzheimer y poco pudo disfrutar de su regreso a nuestro país, ella que siempre había deseado volver a entrar en Madrid montada en un caballo blanco. María Teresa León murió en la capital de España el día 14 de diciembre de 1988 y está enterrada en el cementerio de Majadahonda. Sobre su tumba, están escritas estas palabras de Rafael: “Esta mañana, amor, tenemos veinte años.”
Dejando a un lado la dimensión política de María Teresa y centrándonos en su carrera como escritora, —aunque bien visto, no deja de ser una toma de postura política la decisión que tomó a finales de los años veinte: ser escritora—, su bibliografía abarca diferentes géneros literarios y más de veinte títulos. Escribió cuentos infantiles (Cuentos para soñar, 1928; La bella del mar amor, 1930; Rosa fría, patinadora de la luna, 1934); relatos cortos (Cuentos de la España actual, 1935; Morirás lejos, 1942; Las peregrinaciones de Teresa, 1950; Fábulas del tiempo amargo, 1962) novelas (Contra viento y marea, 1941; Juego limpio, 1959); libros de memorias (La historia tiene la palabra, 1944; Memoria de la melancolía, 1970) biografías noveladas (El gran amor de Gustavo Adolfo Bécquer, 1946; Cervantes, el soldado que nos enseñó a hablar, 1978) y traducciones (entre otros tradujo a Voltaire, Eminescu, Atghezi, Éluard y una colección de poesía china junto a su marido).
Me gustaría terminar este pequeño texto recordatorio con las siguientes palabras de Benjamín Prado, una de las personas que más han hecho por reivindicar la figura y la obra de María Teresa: ”Parece como si hubiese sido una militante comunista, una agitadora cultural y una defensora de la República, pero no una escritora que publicó más de veinte libros (...), que hizo obras de teatro y guiones para el cine, publicó cientos de artículos, preparó conferencias...”
lunes, 10 de agosto de 2009
DÍAS DE FERIA (Santiago Auserón)
agotado, se detiene.
Se limpia el sudor.
Bebe un largo trago
de agua fresca.
Respira profundamente
el olor a salitre
que arrastra la tarde.
Luego, silbando una vieja
canción de Radio Futura,
sigue su camino
entre el terciopelo
de las flores
y las blancas paredes de cal.
A lo lejos, el llanto de un niño
quiebra la quietud de la siesta.
(Poema incluido en mi libro La mirada del jazz, Editorial Alhulia, 2006, dedicado, obviamente, al músico más importante de este país: Santiago Auserón.)
domingo, 9 de agosto de 2009
A veces...
lunes, 3 de agosto de 2009
GERALD BRENAN EN AGUILAR DE LA FRONTERA
Pero no sólo los escritores del siglo XIX sintieron esa atracción por Andalucía. También numerosos intelectuales del siglo XX pasaron largas épocas de su vida en nuestro país, estudiando nuestra literatura, nuestra música popular o determinadas cuestiones sociológicas y políticas. Me atrevería a afirmar, sin miedo a equivocarme, que el más famoso de todos ellos, el más riguroso en su trabajo y, quizás, el más importante, es sin duda, Gerald Brenan (1894–1987).
Este hispanista británico —aunque nacido en la isla de Malta— dedicó la mayor parte de su carrera profesional a viajar, estudiar y vivir en España, estableciendo definitivamente su residencia en el pueblo malagueño de Alhaurín el Grande. Entre las obras más interesantes escritas por Gerald Brenan encontramos ensayos como El laberinto español, en el que lleva a cabo un profundo análisis de las circunstancias sociopolíticas que condujeron a la Guerra Civil; Al sur de Granada, La literatura del pueblo español, San Juan de la Cruz —un estudio biográfico sobre el poeta místico— y La faz actual de España.
Es precisamente en este último libro, La faz actual de España, donde se narra el viaje que Gerald Brenan y su esposa, la escritora estadounidense Gamel Woolsey realizaron desde el centro de la Península Ibérica hasta las tierras del sur, a finales de la década de los años cuarenta, justo en el punto álgido de la posguerra.
El profesor Juan Antonio Díaz López, en un excelente libro en el que hace un repaso exhaustivo de la obra de Gerald Brenan, explica sobre La faz actual de España que
se aparta un tanto del libro de viajes tradicional, ya que aunque personalmente (Brenan) estaba cansado de la política española, se vio obligado a transcribir lo que las gentes españolas que encontraba y con las que hablaba estaban ansiosas de contar, casi siempre referido a la situación interna del país.
Durante este viaje, y a su paso por la provincia de Córdoba, Brenan y su esposa, Gamel Woolsey, pasaron unos días en Aguilar de la Frontera, lo que queda recogido con todo lujo de detalles en dicho libro. Aquellas personas jóvenes que deseen acercarse a esta obra, descubrirán en ella una gran fuente de información sobre nuestro pueblo que la mayoría de nosotros desconocemos por completo, debido a nuestra edad. Pero también a las personas que ya habían nacido en aquella época les puede ser de gran ayuda, ya que, al estar escrito por un autor extranjero, expresa la realidad de la época desde otro punto de vista, y con la libertad que le permitía publicar su obra en un país, el Reino Unido, donde la libertad de expresión era una realidad y no simplemente un deseo colectivo, como sucedía en el estado español.
Así pues, en el capítulo tercero de La faz actual de España, titulado “Pueblos de la Sierra de Andalucía”, Gerald Brenan narra su paso por Aguilar, Cabra, Lucena y Priego, poniendo de manifiesto las impresiones y sensaciones que experimentó en nuestro pueblo.
Su relato comienza con una breve descripción de Aguilar:
Aguilar es un pueblo de unos 15.000 habitantes que se levanta sobre una baja estribación que sobresale sobre la campiña. Sus casas son blancas con tejados de color marrón, y parecen gaviotas con sus alas rojizas, y a su alrededor hay claridad y luminosidad. En la cima de dicha estribación se encuentran los restos de una fortaleza, el Castillo de Poley. Poco queda de él, pero desde su emplazamiento, se ven unas vistas amplísimas hacia el norte, el sur y el oeste.
En opinión de Gerald Brenan, en el Castillo podemos encontrar la aportación histórica de Aguilar:
Tras la reconquista de Córdoba en 1236, se convirtió en una de las principales fortalezas que protegían las tierras cristianas de las incursiones que llevaban a cabo las caballerías moriscas. Por esta razón, el nombre del pueblo se puede encontrar en numerosas canciones populares, mientras que sus Condes ocupaban el segundo lugar en el rango de la nobleza andaluza, tras los Condes de Cabra.
Tras esta breve pincelada histórica, Gerald Brenan cuenta lo que va encontrando por el pueblo y la opinión que le merece todo ello:
En la taberna donde fuimos a almorzar —tenía el extraño nombre de Fonda de las Moscas— una anciana de cara triste estaba sentada en una mesa redonda que tenía debajo un brasero de orujo.
Cuando el escritor y su esposa le preguntan a la dueña de la taberna cómo van las cosas por el pueblo, ésta contesta:
Muy mal. No hay comercio, ni trabajo, ni pan. Nos estamos pudriendo. No hay nada que hacer sino esperar a que los enterradores vengan a enterrarnos. (...) Todo el mundo se muere de hambre. El racionamiento que nos dan no es suficiente para alimentar a un perro. ¿Y quiénes sino los ricos se pueden permitir el lujo de comprar en el estraperlo? Incluso cuando hay trabajo, mire los sueldos que nos pagan. ¡Doce pesetas! ¿Cómo puede un hombre dar de comer a su familia con eso? Lo que yo le diga, la gente de este pueblo, se está muriendo poco a poco.
De la misma opinión que la dueña de la taberna se muestran otras personas con las que habla el escritor. Por ejemplo, el conductor del autobús, mientras toma un café con los dos visitantes, les comenta:
Sí, las cosas aquí van muy mal, dijo. Hay una sequía terrible, así que no hay nada que hacer en el campo. Hace dos semanas el ayuntamiento proporcionó trabajo en los caminos, pero ahora los fondos se han terminado. No sé lo que va a ocurrir.
El conductor del autobús les sirve de guía por el pueblo y les aclara detalladamente todo aquello por lo que los dos extranjeros muestran interés:
Pasamos junto a un convento donde las monjas criaban a los hijos de los fusilados (...) Había diecisiete y cada uno recibía un plato de sopa al mediodía.
Tras el paseo por Aguilar, Gerald Brenan llega a la conclusión de que el pueblo está sumido en la pobreza:
Volvimos por la parte más pobre del pueblo. Sus calles eran limpias y agradables pero sólo había que echar un vistazo a los harapos que vestían las mujeres para darse cuenta de la pobreza.
Sirvan estos breves ejemplos que acabamos de ver para darnos cuenta de que Gerald Brenan nos ofrece una visión de Aguilar que muchos de nosotros desconocíamos, y de la que sólo teníamos referencias por las historias que alguna vez nos han contado nuestros abuelos y nuestros padres. Dos magníficas razones, a mi modo de ver, avalan la lectura de esta obra. Por un lado, su gran calidad literaria; por otra parte, el hecho de que la memoria colectiva de un pueblo no debe desaparecer nunca. Por el bien de todos. Estoy convencido de ello.
sábado, 1 de agosto de 2009
Paisajes Impresionistas (Chet Baker)
(De La Mirada del jazz, Editorial Alhulia, 2006.)