El músico ambulante,
agotado, se detiene.
Se limpia el sudor.
Bebe un largo trago
de agua fresca.
Respira profundamente
el olor a salitre
que arrastra la tarde.
Luego, silbando una vieja
canción de Radio Futura,
sigue su camino
entre el terciopelo
de las flores
y las blancas paredes de cal.
A lo lejos, el llanto de un niño
quiebra la quietud de la siesta.
(Poema incluido en mi libro La mirada del jazz, Editorial Alhulia, 2006, dedicado, obviamente, al músico más importante de este país: Santiago Auserón.)
ELLAS
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Todas íbamos a ser reinas…
GABRIELA MISTRAL
Posiblemente se acaben de levantar y oigan a lo lejos un olor a pájaros
dormidos. Posiblemente ...
Hace 20 horas
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