martes, 7 de octubre de 2014

Antonio Orihuela, poemas como semillas que crecen en la tierra



Los numerosos lectores que el poeta Antonio Orihuela (Moguer, Huelva, 1965) tiene en todo el estado español y en otros países de América Latina, como México o Colombia, estamos de suerte. Hace apenas unos meses, la editorial mallorquina Ediciones La Baragaña publicó Esperar sentado (poesía completa 1992-2012), un volumen de 860 páginas que recoge la obra completa que el poeta onubense ha producido en dos décadas dedicadas a, entre otras cosas, escribir versos. El libro recopila los dieciséis poemarios que Orihuela ha publicado hasta la fecha, algunos de ellos, como ocurre con sus primeros libros, prácticamente imposibles de conseguir, si no es en el mercado del coleccionismo. Las obras que recoge esta edición son: Perros muertos en la carretera (1995), Edad de Hierro (1997), Lo que piensa la ballena del arponero (2001), Piedra, corazón del mundo (2001), Narración de la llovizna (2003), La piel sobre la piel (2005), Aserrando corazones con los ojos (2005), Respirar y arder (2005), La ciudad de las croquetas congeladas (2006), Tú, quién eres tú (2006), Durruti en Budilandia (2007), El corazón no duerme (2009), Madera de un solo árbol (2007), Todo el mundo está en otro lugar (2011), Autogobierno (2012) y Cosas que tiramos a la basura (2012).   
No exagero si afirmo que Antonio Orihuela es uno de los poetas más importantes de la poesía contemporánea española, como demuestra el hecho de que se publique este volumen o de que su obra haya sido traducida al inglés, al alemán, al francés, al portugués, al catalán y al esperanto. Militante orgulloso y combativo de esa tendencia que se ha dado en llamar poesía de la conciencia crítica en la que se engloba a otros poetas como David González, Isabel Pérez Montalbán, Jorge Riechmann, Enrique Falcón, Antonio Méndez, Eladio Orta, Daniel Macías, Ana Pérez Cañamares, Matías Escalera, y un largo etcétera, articulados en torno a Voces del extremo, los encuentros poéticos que el propio Orihuela dirige en su pueblo natal cada año durante el mes de julio, bajo el auspicio de la fundación Zenobia y Juan Ramón Jiménez.
No se le escapará al lector avispado que se acerque a la obra de Antonio Orihuela, la variedad de temas, registros, estéticas y/o sensibilidades que recorren la obra del poeta onubense. Y es que en Esperar sentado podemos encontrar largos poemas narrativos y poemas de apenas dos y tres versos (sobre todo haiku), versos de amor y versos de combate; poemas de una profunda espiritualidad conviven en armonía con otros llenos de rabiosa mala leche; hay en estas páginas belleza y compromiso, vanguardismo y, al mismo tiempo, un reverencial respeto por sabidurías populares y ancestrales, como la del flamenco. Y todo ello impregnado de una fina capa de ironía que evita el pesimismo más desgarrador. Y a pesar de esta variada amplitud de registros, resulta innegable la existencia de un hilo conductor en toda la obra poética de Antonio. Un hilo que a veces es cuasi invisible (nunca del todo), pero que otras se torna absolutamente constatable. Un hilo que une toda su obra y le da una consistencia que resiste la complicada prueba del tiempo, ese crítico literario que acaba colocando a cada libro en el sitio que merece. Y ese hilo no es otra cosa que, como señala el crítico Alberto García Teresa, con toda probabilidad la persona que mejor conoce la obra de Orihuela, el impulso radicalmente libertario del autor, que cuestiona lo establecido, desafía toda autoridad, (y) toda estructura de dominación y hace de su obra poética una obra única en el tísico panorama de la desclasada y subvencionada poesía española contemporánea y consigue que sus numerosos lectores recibamos cada uno de sus libros como agua de mayo.
La espina dorsal de la poesía de Orihuela es, como no podía ser de otra manera en la obra de un poeta que milita con orgullo en el anarquismo, el ser humano. No en vano, el propio Orihuela se autodefine como “un testigo intensamente vivo en el tiempo que me ha tocado vivir, un viajero que, (…), todavía sigue empeñado en cantar Ícaros a las piedras para que se transformen en corazones.” Se trata, pues, de una poesía radicalmente humana o, parafraseando el verso de Blas de Otero, una poesía fieramente humana. En torno a la defensa del ser humano, giran los diferentes temas que se pueden encontrar en su obra: la denuncia del sistema capitalista, que aliena y atenta contra la mayoría de la población mundial y sólo beneficia a una minoría, y que tiene todas sus armas de destrucción masiva al servicio del dinero y de las grandes corporaciones financieras internacionales; la defensa de la naturaleza y el medio ambiente; la recuperación de la memoria histórica; la crítica bestial contra la sociedad actual, consumista hasta la autodestrucción, y contra la pasividad, estupidez y conformismo del hombre moderno, que espera sentado (de ahí el título del libro) a que algo pase; la crítica al mundo laboral y a los sindicatos mayoritarios, tan preocupados por sus componendas y por sus concertaciones, pero tan poco preocupados por los trabajadores; la defensa a ultranza de los olvidados, los desposeídos y los marginados por un sistema político y económico que no tiene condescendencia hacia nada ni hacia nadie.
Los poemas de Antonio poseen una cualidad intrínseca que no es fácil encontrar en otros poetas españoles actuales: la capacidad de no dejar indiferente, o dicho con las propias palabras del poeta, la capacidad de producir “un pellizco, unas veces en el estómago y otras en la conciencia”. El poeta se convierte pues, en una especie de portavoz de un colectivo social necesitado de voces que hablen su propio idioma, voces que nos hablen de las cosas que realmente nos importan, las que nos preocupan y nos quitan el sueño, voces que no se anden por las ramas y denuncien, como hace Orihuela, los problemas reales que nos acucian a las personas reales en este mundo real.
Esperar sentado está lleno de excelentes poemas: Parabólicas en las chozas, Obituario del caníbal, Gobierno de España, Que el fuego recuerde nuestros nombres, The Blank Generation, Aquí viene la gente de gris o  El mapa del mundo por señalar algunos de mis favoritos. Pero hay muchos más. Que cada cual elija los suyos. Esperar sentado está lleno de poemas reales, poemas que son y viven, poemas que existen más allá de un libro de poemas, poemas desbordados de energía, poemas que supuran honestidad y nos hacen, por ello, vibrar; poemas críticos y radicales, poemas transformadores y revolucionarios, poemas, en definitiva, llenos de vida. ¿Vas a dejarlos pasar?   

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