martes, 19 de mayo de 2015

Manuel Molina, el espíritu libre




Hoy ha muerto Manuel Molina. Se lo ha llevado un cáncer al que no quiso plantar cara. Manuel Molina era uno de los grandes del flamenco. Qué digo. Manuel Molina era mucho más que eso. Un pionero. Una de esas personas que ya están de vuelta cuando todos los demás empezamos a caminar. Echaba a andar la década de los 70 y él empezaba una carrera que lo llevaría a lo más alto. Primero con el grupo sevillano Smash, donde coincidió con otros genios de la música andaluza: Gualberto, Julio Matito, Silvio Melgarejo, Ricardo Pachón, Antoñito Smash. Se dice pronto pero uno no se imagina tanto arte, tanta libertad, tanta sabiduría junta. Sin los Smash no hubiese existido Veneno, ni Triana, ni Ketama, ni Pata Negra, y quizás, si nos ponemos radicales, sin Smash quizás Camarón nunca hubiese sido el Camarón que nos deslumbró y nos enamoró a tantos.
Y después, cuando el proyecto Smash sucumbió, debido en parte a que era prácticamente imposible dominar tal cantidad de arte por metro cuadrado, formó ese dúo maravilloso que fue Lole y Manuel, con Dolores Montoya. Lole y Manuel ha sido una de las cosas más geniales que ha dado Andalucía. Cuando se subían a un escenario, la pareja destilaba tanta poesía que, a veces, parecía cosa de otro mundo. Pero eran de este. Los dos. Ella con su voz llena de dulzura y belleza. Él con su particular manera de tocar la guitarra y con su personalísima forma de componer y cantar la bulería.  Juntos grabaron 8 discos. A cada cual mejor. Cada uno de ellos imprescindible.
Si mal no recuerdo, su último disco fue aquel estupendo La calle del beso, que produjo su amigo Antonio Rodríguez “Smash” y cuya foto de portada había sido hecha en la calle granadina homónima. Ese disco fue la banda sonora de mi vida en los meses posteriores a su publicación. Lo compré en cinta y lo ponía vuelta y vuelta. Lo escuchaba mientras conducía y en la ducha. Lo ponía recién levantado y al acostarme. Lo ponía y cuando terminaba lo volvía a poner. Me encantaba. Sobre todo el tema que cantaba con su hija Alba Molina, una adaptación del “Romance de la pena negra” de Federico García Lorca.
Manuel Molina era un espíritu libre. Un gitano ácrata que rebosaba poesía. Un gitano que transmitía toda la sabiduría ancestral de su raza. Descanse en paz para siempre. A nosotros nos quedan sus discos. Para siempre.

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