miércoles, 23 de abril de 2014

Libros

Camuflada de manera que nadie pudiera darse cuenta de que existía, había una puerta. Al abrirla, la policía descubrió un zulo lleno hasta los topes de libros. Se trataba de uno de esos espacios en los que en épocas pretéritas, habían denominado con el extraño nombre de bibliotecas.
—¿Así qué era cierto? —preguntó el jefe—.  Es verdad lo que sospechábamos, que a pesar de todo nuestro celo aún no hemos podido terminar con todos los libros.
A simple vista los había de todas las formas y tamaños, escritos en varios idiomas, de tapas duras y en ediciones baratas. Libros que te hacían pensar, libros que te hacían imaginar y soñar, libros que contaban otros mundos, libros llenos de hermosas ilustraciones, libros que habían trasmitido la sabiduría de padres a hijos durante generaciones, libros que daban miedo y libros que hacían reír, libros que servían para cuidar las enfermedades, las del cuerpo y las del espíritu, libros que ayudaban a los enamorados y a los que habían dejado de estarlo. En definitiva, aquello estaba completamente lleno de aquel peligroso artefacto llamado libro que, según contaban los más viejos del lugar, tenía la habilidad de hacer que las personas fuesen más libres y sabias. Ahí radicaba, con toda seguridad, el hecho de que los mandamases los odiaran con todas sus fuerzas.      

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