Frente a
mi casa, aquella misteriosa ventana. Si he de ser sincero, lo que me atraía de ella,
no era la cornisa medio rota; ni el cableado, puesto allí como a lo loco; ni la
geometría asimétrica de las piedras; ni aquel extraño objeto —por más vueltas
que le di, nunca logré saber qué era aquella
cosa—, con el número de teléfono tatuado sobre su piel; ni tan siquiera
aquel anticuado aparato de aire acondicionado, colocado ante los barrotes, como
olvidado por el destino. Lo que me intrigaba de verdad era que allí dentro,
tras aquella ventana, vivía un perro llamado Dylan. Como el músico
americano.
Con La rubia del bar, sigue el rescate de la obra de Raúl Núñez
-
Desde “Intermitente”, la línea editorial de Efe Eme dedicada a libros no
musicales, continuamos recuperando la obra de Raúl Núñez. Ahora es el turno
de *...
Hace 15 horas
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