domingo, 18 de mayo de 2014

Literatura norteamericana II



Ellos fueron mis héroes,
mis dioses, mis refugios
Antonio Gutiérrez Turrión


La ballena blanca gigante que destruye los sueños de Herman Melville. Las aguas profundas del río Mississippí que mojan los pies de Mark Twain. El soldado herido que llora, triste, mientras Walt Whitman le limpia las heridas. Emily Dickinson, que ama en silencio a un hombre que no le corresponde, y escribe poemas que hablan de la muerte, allá en Massachusetts. Los fantasmas invisibles de Edgar Allan Poe que beben con él hasta altas horas de la noche. El calor pegajoso de Cuba, que asfixia a Stephen Crane, desnudo sobre una cama mugrienta. El pasaporte británico de Henry James olvidado en la mesita de noche de un hotel parisino. La mano de una prostituta que coge el dinero de Jack London mientras en la calle se desata una tormenta de nieve. Gertrude Stein y su nueva manera de mirar el mundo. La fe que ha perdido John Dos Passos. El perro de Steinbeck, que se llama Charley, y lo acompaña en su viaje por carreteras polvorinetas. William Faulkner atrapado en Hollywood como una mosca en una tela de araña. Las manos frías de una mujer madura que acarician el cuerpo desnudo de Henry Miller. Las manos frías de un chico joven que acarician el cuerpo desnudo de Allen Gingsberg. Un solo de saxo que sale de la radio de un Chevy rojo del 48 que atraviesa a toda velocidad los Estados Unidos conducido por Jack Kerouac. Los olores a comida que se mezclan en la casa de Carson McCullers, mientras escribe El corazón es un cazador solitario. Un cinturón de cuero negro manchado de sangre con el que el padre del joven Bukowski le acaba de dar una paliza. La jeringuilla oxidada de William Burroughs clavada en la vena del brazo izquierdo, en un sucio callejón de Tánger. El cuerpo en descomposición de Jane Bowles en un cementerio de Málaga. El monóxido de carbono que deja sin vida a John Kennedy Toole. La voz que al otro lado del teléfono busca a media noche a un tipo llamado Paul Auster. Los vecinos que no saben que en la casa de al lado vive Patricia Highsmith.

La soledad, que acecha, como un animal acorralado, desde lo más profundo de todos los corazones. 


(Poema incluido en Versos de alambre de espino, Editorial Alhulia, 2009)
 




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