lunes, 17 de agosto de 2015

Un reloj de oro



En el verano de mil novecientos treinta y seis, el alcalde de Aguilar de la Frontera se llamaba José María León Jiménez. Era militante del Partido Socialista Obrero Español desde su adolescencia y tenía, a sus espaldas, una larga e intachable trayectoria en la política municipal. Había sido concejal en el Ayuntamiento de Aguilar en varias corporaciones, y desde el día 30 de julio de 1931 se había convertido en el primer alcalde socialista de Aguilar, hasta que fue destituido por el Gobernador Civil de Córdoba, tras el conato revolucionario de octubre de 1934. Después del triunfo del Frente Popular en las elecciones celebradas el día 16 de febrero de 1936, José María León Jiménez fue restituido en su puesto.
José María estaba casado con Consuelo y de la unión de ambos habían nacido seis hijos: Manuel, Juan, Virginia, José, Consuelo y Rafael. Había cumplido cuarenta y tres años el día diecisiete de abril, coincidiendo, prácticamente, con el quinto aniversario de la proclamación del régimen republicano. Era un hombre alto y fuerte, curtido jornalero, acostumbrado a trabajar de sol a sol desde que era un niño de siete u ocho años. Como la inmensa mayoría de los jornaleros de Aguilar y de sus familias, José María soportaba con estoicismo (¡qué otro remedio le quedaba!) las penurias, la escasez de alimentos y la vida dura del campo, siempre sujeta a los vaivenes de la climatología, siempre poniendo al mal tiempo, buena cara. No resulta errado afirmar que era muy capaz de ganar su pan y el de su familia con el sudor de su frente. Todos cuantos lo conocieron coincidían en definirlo como un hombre justo, ecuánime, bueno, trabajador incansable. Un socialista coherente con los principios políticos y éticos que regían su vida. Un firme defensor de la legalidad y de la democracia. Un hombre de bien, siempre dispuesto a ayudar a sus vecinos, sin preguntar cómo ni por qué. No obstante, de nada le sirvió ser un hombre justo, ecuánime, bueno. De nada sirvieron su tremenda humanidad ni su buena disposición. De nada sirvieron sus deseos de cambiar el mundo, sus anhelos de justicia, sus ansias de tierra y libertad para los parias de la tierra.
El día dieciocho de julio de mil novecientos treinta y seis José María salió desde su casa, en el número 6 de la calle las Eras, en el Barrio Alto de Aguilar, hacia el Ayuntamiento, bien temprano, buscando noticias sobre lo que estaba pasando en otros lugares de la Península Ibérica y de las Islas Canarias. La noche previa, apenas había podido conciliar el sueño unas horas, dándole vueltas y más vueltas a la situación política del país. Tampoco ayudaba el calor. Había sido una noche especialmente calurosa, una de esas noches cordobesas en las que el mercurio del termómetro permanece impasible en la parte alta y no sopla ni una brizna de brisa. Los rumores de aquellos días eran preocupantes. Desde hacía varias semanas, se hablaba abiertamente de un pronunciamiento militar que acabaría definitivamente con el régimen republicano y con los partidos políticos y organizaciones sindicales obreras. El descontento de la mayor parte del ejército era un secreto a voces. Todo el país parecía estar al tanto de esto salvo, como suele ocurrir con demasiada frecuencia, las máximas autoridades, incluido el Ministro de Defensa, el Presidente del Consejo de Ministros y el Presidente de la República.
José María salió de su casa aquella mañana de julio al amanecer, con dirección al Ayuntamiento, en la Plaza de la República. Esa fue la última vez que Consuelo, su mujer, lo vio —después de aquella mañana, tampoco sus hijos lo volvieron a ver, ni vivo ni muerto—, la última vez que ambos cruzaron unas palabras, seguramente palabras intranscendentes. Los imagino a los dos quejándose del calor que había hecho por la noche, del que iba a hacer durante el día. Los imagino en la cocina tomando un poco de café. Tratando de aparentar normalidad, aunque la procesión fuera por dentro. Alguna alusión al levantamiento militar, alguna palabra sobre las horas de confusión que atraviesa el país. Pero sin tremendismos. Ya están las cosas bastante mal como para preocupar aún más a la esposa.
—Ten mucho cuidado, le dice ella al despedirse.
—Lo tendré, no te preocupes, le responde el hombre.
Y luego le da un beso, el último beso. Pero ninguno de los dos es consciente de que esa será la última vez que se vean, la última vez que los labios del hombre acaricien la piel de la mujer, la última ocasión que la vida le da a José María para decirle a su mujer que la quiere.
Y enfila sus pasos hacia el ayuntamiento. Al llegar allí, ha sentido una punzada en el estómago. Bien es cierto que la ha empezado a experimentar conforme se acercaba a las inmediaciones de este emblemático edificio. Cuanto más cerca está, más crece esa extraña sensación. Algo en su interior le dice que las cosas no van bien. Y su intuición no suele fallar.
Durante todo el día, los miembros de la corporación que están en Aguilar —en realidad todos excepto los concejales Antonio Cabello Almeda y Rafael Aparicio de Arcos, a quienes el pronunciamiento militar ha sorprendido en Córdoba— permanecen reunidos en las dependencias municipales, pendientes de las noticias que por radio o vía telefónica llegan desde distintas zonas del país y, sobre todo, de las que llegan de la capital cordobesa. Junto a ellos se encuentra el secretario del ayuntamiento, José de Ciria, y el teniente de la Guardia Civil, Sebastián Carmona y Pérez de Vera. Este último, jura por su honor, hasta en dos ocasiones, que se mantendrá fiel a la legalidad republicana, pase lo que pase. Todos los allí reunidos son conscientes de que estos son unos momentos dramáticos para España y de que el futuro de la República depende de la suerte que corran los golpistas en las próximas horas. Así van transcurriendo los segundos, los minutos, las horas. Hasta que a las cinco de la tarde, en el Cuartel de Artillería de la ciudad de Córdoba, en una calurosísima tarde estival, el coronel Ciriaco Cascajo Ruiz, que se ha puesto del lado de los rebeldes, lee el Bando de Guerra, siguiendo las consignas transmitidas por el general Queipo de Llano desde Sevilla. El general vallisoletano es el hombre fuerte de la intentona golpista en Andalucía. Cascajo Ruiz, rodeado de un numeroso grupo de derechistas, terratenientes, señoritos, y falangistas armados hasta los dientes, que se han dado cita en las instalaciones militares para dar su apoyo a las fuerzas golpistas, deja bien claro, desde el principio, que están dispuestos a hacerse con el poder, cueste lo que cueste.  En las próximas horas, los fascistas se harán con el control total del gobierno civil, del Ayuntamiento de Córdoba, de la oficina de correos, de telégrafos y de la telefónica e invitan a todos los pueblos de la provincia a que se unan a la revuelta y den la espalda a la República.
En Aguilar de la Frontera, el teniente de la Guardia Civil, Sebastián Carmona y Pérez de Vera, que como hemos dicho había jurado hasta en dos ocasiones al Alcalde que permanecería fiel a la República, cambia de chaqueta y por la fuerza, el día 20 de julio, se hace con el control del Ayuntamiento.
La historia de José María León Jiménez es la misma historia de todos los republicanos fusilados. La misma de otros hombres. La misma de otras mujeres. Sólo cambian los matices, los nombres, los lugares. Lo demás es siempre lo mismo. Seres humanos detenidos, torturados, fusilados y tirados en una cuneta como perros rabiosos. Cuerpos amontonados unos sobre otros. Vidas destruidas por la sinrazón y el fanatismo. Su historia es la misma de todos pero completamente distinta. Porque el dolor, como la muerte, no lo olvidemos, es algo muy íntimo. El dolor siempre pertenece a uno mismo, se queda de puertas para adentro. Sólo él pudo sentir su dolor, su miedo, su vacío gigantesco en el pecho. Sólo a él se le secaron los labios al pensar en sus seis hijos. Sólo a él le subió desde el estomago a la boca un regusto a hiel al darse cuenta de que estaba viviendo los últimos momentos de su vida.
A José María las alimañas azules lo fusilaron, sin piedad, al amanecer, una mañana estival. Cuentan las crónicas que aquel dos de agosto, el día de su muerte, fue uno de los días más calurosos del verano de mil novecientos treinta y seis. Lo único que José María dejó en herencia fue un reloj de oro que le habían regalado sus compañeros de la agrupación socialista de Aguilar y un vacío en el corazón de los suyos que siguió existiendo mucho más allá de los días oscuros, de las mañanas tristes, del silencio impuesto. Mucho más allá de la muerte terrible. Un reloj de oro. Eso fue todo. No había nada más que dejar. Ni casas, ni fincas, ni dinero, ni riquezas de ningún otro tipo. Sólo un reloj de oro que le habían regalado sus camaradas, como agradecimiento a su entrega, a su dedicación, a su bondad. José María era un hombre modesto que había creído a pie juntillas en los ideales que profesaba.
A día de hoy, cuando escribo estas palabras y han transcurrido tres cuartos de siglo de la fecha fatídica de su muerte, lo vuelvo a imaginar bajando de un camión, de madrugada, empujado por sus asesinos, las manos atadas a la espalda, débil, apaleado, hambriento, pero con la mirada al frente, sin bajarla ni un solo segundo, valiente, orgulloso, comprometido hasta el último aliento. Lo imagino sintiendo una ola de rabia dentro del estómago, una ola que va creciendo poco a poco, gota a gota, centímetro a centímetro, cada vez más grande, como una bola de nieve que crece y crece, hasta llegar a ser gigantesca. No sabría muy bien cómo llamar a ese sentimiento, cómo definirlo, cómo explicarlo. Una mezcla de nerviosismo, de sufrimiento, de estupefacción, de rabia, de indignación. Todo bien agitado por ahí dentro, circulando por sus venas a la velocidad del rayo.
Cuando se ha bajado del camión, ha experimentado unas repentinas ganas de vomitar. Aunque el estómago está vacío desde hace días y no hay nada que vomitar. Así que ha detenido su lento caminar, para respirar profundamente, aspirando el aire como si cada inspiración fuese la última de su vida. Ha cerrado los ojos y ha contado hasta diez. Muy lentamente: uno, dos, tres… De esta manera ha conseguido que el estómago se calme, superando las acuciantes ganas de vomitar. Al abrir los ojos otra vez, la oscuridad de la madrugada tiene un aspecto distinto, como si en realidad fuese una oscuridad mucho más orgánica que de costumbre, una oscuridad que casi se puede tocar con las yemas de los dedos. Caminando con paso lento, han bajado, él y los demás, los verdugos y las víctimas, por el camino estrecho hasta la zona del cementerio donde, desde hace varios días, los falangistas y los guardias civiles fusilan a la gente. Al llegar junto a la tapia, las piernas le han temblado. Pero ha resistido. No va a darle el gusto a sus asesinos de verlo humillado, tirado en el suelo, suplicando clemencia. Y allí, delante de la tapia del cementerio, ante sus asesinos, que apuntan de manera cobarde sus armas sobre personas indefensas, piensa por última vez en sus hijos y en su compañera, un segundo antes de que las balas lo dejen tirado para siempre en un charco de sangre. Después un silencio sepulcral lo envuelve todo, sólo roto, aquí y allí, por algún animal despistado. Algún pájaro sobrevolando el camposanto. Algún perro ladrando a lo lejos. Un silencio que se extiende durante muchos años.

(Este relato está incluido en mi libro El llanto, la sangre, el fuego publicado por la Editorial Alhulia, en el año 2012.)

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