domingo, 26 de abril de 2015

Juan Goytisolo o la conciencia de la derrota



Diez minutos. Con eso bastó. Diez minutos fueron más que suficientes para dejar claro cuál es su bando y cuáles son sus enemigos. En diez minutos el escritor Juan Goytisolo desgranó el que tal vez haya sido el discurso más breve de cuantos se han pronunciado en la entrega del Premio Cervantes.  “A la llana y sin rodeos”. Así lo tituló y así es como fue. Un derechazo al estómago. Una patada en la entrepierna. Un salivazo en todo el rostro. Expresado con absoluta claridad y sin usar ni un solo eufemismo. Llamando al pan, pan y al vino, vino. Llamando a los corruptos, corruptos y a los ladrones, ladrones. Y a los neoliberales, neoliberales. Apostando por la libertad absoluta del creador literario. Apostando por una honestidad absolutamente radical. Poniendo bien alto el listón.  Como debe ser.
Juan Goytisolo se acercó hasta el Colegio de San Ildefonso de la Universidad de Alcalá de Henares acompañado por su sobrino Gonzalo y por su sobrina Julia. Pasando olímpicamente del protocolo, dejó a un lado el frac y se vistió como le salió de su real (esta sí que es real) gana. Y es que a sus ochenta y cuatro años, a Juan Goytisolo ya pocas cosas le impiden hacer y decir lo que le sale de los cojones. Y si esas cosas que hace o dice no gustan a determinadas personas, pues ya saben lo que tienen que hacer. Porque Juan Goytisolo es mucho Juan Goytisolo, y no creo que haya nacido todavía el ministro de cultura o el monarca que lo haga callar.
En su discurso, como ya debes saber a estas alturas, habló de literatura, y habló de política, y habló de la triple crisis que asola a este país: la política, la económica y la social. A cada cual peor. En su discurso hubo las inevitables referencias a Miguel de Cervantes y a su obra inmortal: Don Quijote de la Mancha, pero también habló de Fernando Pessoa, y de Gabriel García Márquez, y de Dámaso Alonso y de Luis de Góngora, y de La Regenta, y de La lozana andaluza (que no, tronco, que no se refería a Susana Díaz, sino a la novela picaresca del siglo XVI). En su discurso, valiente y poco complaciente con los poderosos, hubo denuncia, como no podía ser de otra manera, viniendo de quien venía. Goytisolo aprovechó la magnífica tribuna que le ofrecía el Premio Cervantes, para denunciar y no convertirse en cómplice de los que desahucian, de los que recortan, de quienes pretenden, con vallas y concertinas, poner puertas al campo y detener lo que a todas luces no se puede detener. Goytisolo se erigió en portavoz de todos aquellos, mujeres y hombres, a los que “nos resulta difícil resignarnos a la existencia de un mundo aquejado de paro, corrupción, precariedad, crecientes desigualdades sociales y exilio profesional de los jóvenes como en el que actualmente vivimos.” Y añadió: “Si ello es locura, aceptémosla.” Se podrá decir más alto, pero no más claro.
Particularmente, me encantó esa diferenciación con la que comenzó su discurso, distinguiendo entre literatos o “parásitos de la literatura”, es decir, aquellos que conciben la literatura como una carrera, preocupándose más por la “promoción y visibilidad mediática”, y buscando ante todo  “triunfar” a cualquier precio, y los que él llamó “aprendices de escribidor” o adictos a la literatura, cuyo objetivo primordial es “cumplir consigo mismo(s)”. Y es que para el maestro Goytisolo, “Ajena a toda manipulación y teatro de títeres, la verdadera obra de arte no tiene prisas.”
Y todo esto lo dijo sin que le temblara el pulso ante “la burocracia oficial y sus vientres sentados”, usando la expresión del poeta sevillano Luis Cernuda. Me parece mentira cuánta lucidez, cuánta valentía, cuánta cordura pueden contener mil trescientas palabras cuando el que las escribe, cuando el que las pronuncia, es un escritor y un ser humano de la talla del creador de Señas de identidad.

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