martes, 2 de diciembre de 2014

Todas las tardes otoñales de domingo



Adela lee tumbada en el sofá,
y se ríe con fuerza,
con esa risa suya,
contagiosa y tierna,  
febril y rugiente,
llena de color,
que sólo es posible en la infancia
y que el paso del tiempo
se encargará de dinamitar.

Yo estoy escribiendo abajo.
Desde aquí,
la escucho reír.

Poco a poco
la última tarde
de noviembre
de este año
dos mil catorce,
esta tarde dominical,
fría y absurda,
como al fin y al cabo son
todas las tardes otoñales
de domingo,
languidece.  
Y la noche
espera agazapada,
oscurísima
e imprecisa.
Siempre al acecho.

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