jueves, 10 de diciembre de 2015

El Abuelo Cebolleta y los derechos humanos



Una de las cosas más terribles de las campañas electorales es que los partidos abren los trasteros y sacan de lo más recóndito de ellos a las viejas glorias que un día, tiempo ha, fueron vanguardia. De  esta manera, antiguos pesos pesados vuelven a sentirse, siquiera por un rato, importantes, rememorando los días de vino y rosas que ya hace mucho que quedaron atrás y en los que ellos eran los reyes de la baraja. Uno de los que más juegan a este juego, es sin duda, Felipe González, más conocido últimamente como el Abuelo Cebolleta. Los del PSOE, viendo que Pedro Sánchez por sí solo no se va a comer un colín, han puesto al Abuelo Cebolleta a dar vueltas por España, contando batallitas de cuando él sacaba mayorías absolutas y mangoneaba sin que nadie dijese ni mú. 
Al Abuelo Cebolleta, últimamente, entre reunión y reunión del consejo de dirección de Gas Natural, le ha dado por defender los derechos humanos. Y para ello, en vez de defenderlos aquí en España, como si aquí no hiciese falta, el buen señor, se ha puesto a defenderlos en Venezuela, según él, la peor dictadura del mundo mundial.
Como la memoria es selectiva y cada uno se acuerda de lo que le da la gana, el Abuelo Cebolleta ha formateado el disco duro de su cerebro, y ya no se acuerda de que en la España que él presidía, los derechos humanos dejaban mucho que desear, y que, por ejemplo, en sus comisarías, cuando uno entraba, ya sabía que le iban a dar hostias hasta debajo de las pestañas, como bien se encargó de recordarle el genial Javier Krahe, en aquella coplilla que le valió la exclusión ad infinitum de la TVE y de los contratos para cantar en los ayuntamientos socialistas de la época, o sea, prácticamente todos. Parece ser que al Abuelo Cebolleta se le ha olvidado también aquel secuestro legal que se perpetraba en este país contra todos los varones cuando cumplían los 20 años, y que se llamaba servicio militar, más conocido como la mili. Durante un número determinado de meses, el estado, legalmente te secuestraba por el solo hecho de ser varón y joven, y te obligaban a hacer el moñas encerrado, privado de libertad, en los cuarteles, durante un año o más de tu vida. Parece ser que también se ha olvidado de todos aquellos chicos, conocidos como insumisos, a los que se les condenaba a prisión, por decir no a la mili.
El Abuelo Cebolleta tampoco suele hablar de sus compañeros de viaje. Gente como un tal Luis Roldán, un tal Mariano Rubio, un tal Juan Guerra, un tal José Barrionuevo, un tal Rafael Vera, un tal Julián Sancristóbal, un tal García Damborenea, un tal Galindo, y etc., etc. porque si seguimos no terminamos en varias horas. Como todos sabemos, esta gente, al igual que el propio Abuelo Cebolleta, sabían mucho de derechos humanos, así que ahora podrían, todos ellos, dedicarse a dar conferencias por ahí, contando a quien quiera escucharlos, mil embustes sobre Venezuela y sobre su presidente, Nicolás Maduro. Eso sí, cobrando cada una de ellas a cincuenta o sesenta mil euros, que ya sabemos que los socialistas son muy suyos para eso de poner la mano.

martes, 8 de diciembre de 2015

Fantoches



Yo no vi el debate. Es más, me olvidé por completo del debate. No sabía ni la hora a la que iba. No me interesaba. No me interesaba nada de nada. No voy a perder ni un segundo de mi tiempo escuchando a cuatro fantoches (tres fantoches y una fantocha, dado que el cuarto fantoche, el principal, ni siquiera estaba), contando mentiras, hablando sobre futuribles que jamás se cumplirán, ofreciendo datos que, en el mejor de los casos, no son ni siquiera verdad. Todos ellos me parecen unos impresentables.
Sáenz de Santamaría ha formado parte de uno de los gobiernos más despiadados que ha tenido este país. A ella y a sus compañeros de gobierno y de partido les debemos la situación comatosa en que se encuentra el estado de bienestar. Ahora pueden decir lo que quieran pero sólo han gobernado para una plutocracia. Y todo eso por no hablar de la banda de ladrones que cobijan en sus filas. Sus resultados están ahí y eso no mienten: millones de desahuciados, millones de parados, infelicidad a espuertas. Ojalá se pudran en el infierno.
Pedro Sánchez es el heredero directo del zapaterismo, o lo que es lo mismo, cómo decir una cosa y hacer todo lo contrario. Un ejemplo ilustrativo de ahora mismo: hoy he entrado en la página web del PSOE, porque sentía curiosidad por saber quién es el candidato o candidata al congreso por Granada, y veo con asombro que han puesto un mensaje contra las cláusulas suelo de las hipotecas, esas que según la ministra de economía de Zapatero, Elena Salgado, no se podían quitar porque la economía española se hundiría. Podríamos poner trescientos ejemplos como este. Y quizás no cubriríamos todas sus mentiras.
De Albert Rivera sólo voy a decir que es un tipo que me da miedo. Esa carita de niño bueno y esos modales de colegio de pago no pueden esconder nada bueno. Mi abuelo, que llegó a vivir 92 años y que a su manera era un hombre bastante sabio, decía siempre que no hay nada peor en la vida que la gente que nada y guarda la ropa, que era como decir, pero con otras palabras, que uno no se puede fiar de los ambiguos. Y Rivera, otra cosa no, pero ambiguo lo es hasta las trancas. Se nota a la legua que está deseando pillar cacho. Siempre se le ha visto esa ambición en el brillo de los ojos. Y ahora que la varita mágica de las encuestas le ha dicho que está a punto de conseguirlo, no va a permitir que nada ni nadie se lo joda.
Pablo Iglesias, con quien a priori podría tener bastantes puntos de encuentro, me ha defraudado soberanamente. Su proyecto podría haber sido un soplo (real) de aire fresco, con planteamientos absolutamente democráticos, y en torno al cual se podría haber articulado un proyecto real de cambio de la gente y para la gente. Desde el primer momento pensé que Podemos era IU 2. 0, pero al final he visto que no, que tan solo es PSOE 2. 0.
Resumiendo: que no vi el debate. Ni falta que hizo.

domingo, 6 de diciembre de 2015

Consejo de ministros



La ideología y la política son sólo el anestésico en la operación. El bisturí es el dinero.
Pedro Juan Gutiérrez

El día ha amanecido muy frío en Madrid. Rozando los cero grados. No es de extrañar, dada la proximidad de las fiestas navideñas. Sin embargo, en el salón del Palacio de la Moncloa donde se encuentran las catorce personas —cuatro mujeres y diez hombres— reunidas, no hace frío. Dentro del edificio, la temperatura es cálida y la atmósfera, en general, es bastante agradable. Todos los presentes visten con elegancia. Ropa cara. Trajes exclusivos, hechos a medida. Todo muy clásico. Tonos oscuros. Predominio del azul marino. Alguna corbata roja, alguna burdeos, pero la mayoría oscuras. Sólo una chaqueta clara, la de la Ministra de Empleo y Seguridad Social, y otra azul celeste, la de la Ministra de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad. Y ninguna de las mujeres lleva falda. No sabríamos decir si por el frío —la verdad es que en la calle hace un frío del copón— o por el mimetismo con los compañeros masculinos. Hoy es el primer consejo de ministros del nuevo gobierno de la nación y tanto el flamante presidente como sus ministros se sienten como niños pequeños con juguetes nuevos. No en vano, al salir de esta reunión, posarán todos para los medios gráficos, con sus sonrisas amplias y sus chascarrillos ocurrentes sobre las carteras y la responsabilidad que les ha caído encima. 
Pero eso será un poco más tarde. Cuando acabe el primer consejo de ministros de la nueva etapa. Así que ahora, están todos sentados en una mesa ovalada, presidida, valga la redundancia, por el Presidente del Gobierno. En la sala hay dos banderas, una de España y la otra de la Unión Europea. Sobre la mesa, grandes jarras metálicas y vasos de cristal con agua. Cada uno de los ministros tiene un ordenador portátil. A la hora estipulada, el Presidente del Gobierno pulsa un botón rojo y el micrófono que tiene ante él comienza a funcionar. Carraspea. Ejem, ejem, por favor. Y empieza a hablar.
—Señoras y señores, amigas y amigos, muy buenos días. Me vais a permitir que, antes de nada, os dé la bienvenida y os desee toda la suerte del mundo. Aunque ya sabéis que no soy una persona que crea en la suerte. Creo en el trabajo duro y bien hecho. La suerte es para los que carecen de voluntad, para los débiles. Y a nosotros, los que estamos sentados a esta mesa, si algo nos sobra es voluntad y si algo no somos, es, precisamente, débiles. 
El Presidente del Gobierno echa un rápido vistazo a los papeles que tiene delante, y continúa con su alocución.
—Quiero dejar claro que todos vosotros habéis sido elegidos para ocupar vuestras respectivas carteras porque considero que sois las personas idóneas para estos cargos. No he dejado nada al azar. Cada uno está donde tiene que estar, en el sitio exacto, en el lugar donde se le necesita.
Hace apenas un mes que se celebraron las elecciones generales. Y ganaron ellos. Diez millones ochocientas sesenta y seis mil quinientas sesenta y seis personas votaron por su partido. Eso se tradujo en ciento ochenta y seis diputados. Mayoría absoluta. Qué digo. Mayoría requeteabsoluta. Aunque bien visto, la cosa estaba hecha. Más que por sus propios méritos, el partido del Presidente del Gobierno ha ganado por los deméritos del oponente. La cosa se puede resumir en tres palabras: Cagada tras cagada. Y ahora, tras un hiato de siete años, han regresado al poder.
—Como ya sabéis, las deliberaciones del Consejo de Ministros son ab-so-lu-ta-men-te se-cre-tas —y pronuncia las dos palabras, sílaba a sílaba, para que no quede ninguna duda del carácter secreto de dichas deliberaciones—. Así que lo que oigáis, veáis o leáis entre estas cuatro paredes se irá con cada uno de vosotros a la tumba.
En esos momentos, algunos de los presentes carraspean incómodos, probablemente por escuchar la palabra tumba, que siempre da un poco de yuyu.
—El plan es bien sencillo, —continúa el Presidente del Gobierno—. Y lo voy a exponer de manera que todos lo entendáis. Tenemos cuatro años. Cuatro años. Mil cuatrocientos sesenta días. Durante este tiempo, hemos de aprobar leyes y decretos, nombrar a jueces del Tribunal Supremo, al Fiscal General del Estado, al Defensor del Pueblo, al Presidente del Banco de España, y a otras personalidades; tenemos que crear las estructuras idóneas que nos permitan, a nosotros y a los nuestros, seguir disfrutando del sistema de vida del que hemos gozado hasta ahora. Para alcanzar este objetivo, todo vale. Y no os equivoquéis. Cuando digo, todo, quiero decir, exactamente, todo.
Los presentes sonríen y mueven la cabeza de manera aprobatoria.
 —El tan cacareado estado del bienestar es un cuento chino, una paparrucha. Y si hasta ahora lo hemos tolerado ha sido porque no teníamos la fuerza suficiente para destruirlo. Pero resulta obvio que las condiciones históricas han cambiado y, por tanto, no tenemos por qué sostener a los parásitos y a los que quieren vivir sin trabajar. A partir de ahora, podemos quitarnos la careta. Por suerte para nosotros, no estamos solos. Nos apoyan en la Unión Europea, en el Fondo Monetario Internacional y en la Organización para el Comercio y el Desarrollo Económico. El Neoliberalismo ha venido y está aquí para quedarse. Y nosotros vamos a imponerlo en todo el territorio nacional.
En ese momento, las trece personas que están sentadas ante el Presidente del Gobierno arrancan a aplaudir. No ha sido algo premeditado. Simplemente, el discurso del Gran Jefe los ha emocionado. Pero este, imponiendo su voz sobre los aplausos, continúa con su exposición.
—Ya lo habíamos conseguido en la Comunidad Valenciana, en Madrid, en Galicia. Ahora no hay excusa posible. El modelo neoliberal tiene que extenderse por todo el país como una gran mancha de chapapote —y una décima de segundo después de decirlo, se da cuenta de la inconveniencia de la figura literaria—. Bueno, tal vez esta metáfora no sea la más acertada, pero vosotros me habéis entendido. Como digo, disponemos de cuatro años, pero si lo conseguimos en la mitad de tiempo, mucho mejor. La gente tiene miedo, y está desmovilizada. Así que es ahora o nunca. Como digo, cada uno de vosotros tiene su cometido y ha de cumplirlo sin desfallecer. Tú, Ana, —y se dirige directamente a la Ministra de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad—  tienes que acabar con la sanidad pública cueste lo que cueste y tú, Ignacio —y ahora habla con el Ministro de Educación, Cultura y Deporte— con la escuela pública y con la cultura. Sobre todo con la Cultura, que como todos sabemos, esa gentuza no suele comulgar con nuestras ideas y nos critican siempre que tienen ocasión. Mientras tanto, repetiremos la misma cantinela una y otra vez. Esto es por vuestro bien. Cada vez que tengáis un micrófono delante, cada vez que os graben con una cámara de televisión, contaréis la misma monserga. Esto es por vuestro bien. Vuestra tarea no es fácil. Soy consciente de ello. Nadie ha dicho que las cosas fueran a ser fáciles. Pero sé que los dos estáis capacitados para ejercerla con mano firme. Y sé que los dos saldréis triunfantes de vuestra misión.   
Y en esos momentos, los dos ministros aludidos sonríen, mirando al Presidente, y sin palabras, le están diciendo que sí, que los dos harán todo cuanto esté en sus manos para destruir la sanidad, la educación y la cultura.
 —Y a todos los demás, os digo lo mismo. Acabaremos con el empleo de calidad, con las ayudas a la minería, con las energías renovables, con los medios de comunicación públicos… -—el Presidente del Gobierno toma aire y luego, continúa con la enumeración— acabaremos con el aborto libre y gratuito, con la justicia universal, acabaremos con el derecho a las manifestaciones y con el derecho a la huelga. Pondremos fin a las ayudas por desempleo, a las ayudas a la dependencia, y se abaratará el despido tanto, tanto, tanto, que al final serán los propios trabajadores los que tendrán que pagar al empresario al ser despedidos —en este momento los trece ministros al unísono comienzan de nuevo a aplaudir, pues estas palabras suenan a música celestial para sus oídos—. Haremos leyes para que se pueda construir en primerísima línea de playa, dejaremos que las fábricas contaminen los ríos y potenciaremos la energía nuclear. Que se joda el medio ambiente —risas entre los asistentes—. Llevaremos a cabo una reforma laboral que ríanse ustedes del mercado laboral chino. Congelaremos los sueldos y las pensiones. Las de los demás, no me malinterpretéis, —risas de nuevo— que nosotros seguiremos cobrando lo que merecemos. Se acabaron las ayudas públicas. Se acabó el dinero de las subvenciones. A partir de ahora, sólo se subvencionará a los bancos y a las empresas que facturen varios millones de euros al año. El dinero debe ser para quien lo merece y está claro que quienes lo merecen son los ricos. Por algo lo tienen. En fin, señoras y señores. Ya tenéis deberes para los próximos años. Ahí fuera hay un mundo de posibilidades esperando. No seáis cobardes. De los cobardes nunca se ha escrito nada. Sed imaginativos. Inventad. Innovad. Dadle la vuelta a los argumentos. Las cosas pueden ser de otra manera. Y nosotros lo vamos a demostrar. Y ahora, si nadie tiene nada que añadir, salgamos a hacernos la foto para la posteridad.
Y en ese momento, se da por levantada la sesión y todos los ministros salen hacia la puerta del edificio donde les tomaran la foto de rigor, pensando, cada uno, en cuál será la primera medida que tomará como Ministro del Gobierno de España.

Nota: Este relato está incluido en mi libro Un mundo lleno de canciones de amor espantosas, (Editorial Alhulia, 2014).

jueves, 3 de diciembre de 2015

Poema miltante




Los versos de este poema militan 
en la lucha
en la libertad
en la solidaridad
en el amor
en la ternura
en lo colectivo
en la fraternidad
en los besos
y en las caricias
en la alegría de existir
en la honestidad
en la paz
en la justicia
en la belleza
en la verdad
en la ecología
en la vida.
Los versos de este poema militan en el ser humano.
Los versos de este poema son versos militantes. 
 
(Poemas de destrucción masiva, Editorial Alhulia, 2015)