miércoles, 16 de noviembre de 2016

Soñé que yo también era un neoliberal.



Soñé que yo también era un neoliberal.
Odiaba la poesía.
Odiaba a Ken Loach,
a Fernando León de Aranoa,
a Nacho Vegas,
a Ignacio Escolar.
Odiaba a los sindicatos.
Odiaba con todas mis fuerzas
a las trabajadoras que se quedaban embarazadas.
Odiaba a los pobres.
Era adicto al dinero.
Tenía cuentas en Suiza, en las Bahamas, en Panamá.
Tenía en mi despacho un cuadro
de Margaret Thatcher a tamaño real.
Hablaba la extraña jerga de los eufemismos
que usan los neoliberales.
Había trasladado mis empresas a México
porque allí los sueldos eran una mierda
y los derechos laborales
menos que una mierda.
Tenía un ejército de abogados
que me asesoraban en el arte del fraude fiscal.
Esnifaba farlopa.
Me la traía floja el estado del bienestar.
Votaba al Partido Popular.
Desperté paralizado por el miedo.
Me juré que nunca más volvería a soñar.


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