martes, 5 de julio de 2016

Crónica de una amistad





Para mi amigo Paco Contreras, por su jubilación

A Paco lo conocí a principios de diciembre de un ya lejano 2002. Lo recuerdo con absoluta precisión. Se habían celebrado elecciones sindicales en Andalucía y los dos militábamos en el mismo sindicato: USTEA. Al día siguiente a las elecciones, nos reunimos en la sede del sindicato, un pequeño y destartalado piso de la calle Ventanilla de Granada, junto al instituto Ángel Ganivet. Entre toda la gente que acudió a aquella reunión (Mario, Isa, Josefina, Juanmi, Adela, Antonio, Lola, y algunos más) me sorprendió aquel tipo de la coleta, las barbas y las gafas, que ya pintaba canas en el pelo, y cuyo análisis de los resultados electorales me pareció el más certero de cuantos se hicieron aquella mañana en aquella sala.
Al acabar la reunión, nos saludamos con un fuerte apretón de manos y en ese momento nació una amistad que se prolonga ya durante cinco lustros.
Con el tiempo, nuestra amistad se fue haciendo más y más sólida. Siempre que había ocasión, nos juntábamos para tomar un café o unas cervezas. Y hablábamos de literatura, de poesía, de flamenco, de política, de la vida. Ahora, como digo, nos vemos poco. Pero de vez en cuando, él me telefonea, o soy yo el que lo llama. Y nuestras conversaciones se prolongan durante 30, 40, 50 minutos. Nos ponemos al día en nuestras lecturas recientes. Hablamos de cómo está el panorama político. Se interesa por mis futuros proyectos literarios. 
Para mí, Paco, es uno de esos amigos absolutamente imprescindibles, a pesar de que, en los últimos tiempos, no nos vemos todo lo que a ambos nos gustaría. Durante todos estos años, he tenido la gran suerte de compartir extraordinarios momentos con él, y también con Inma, su compañera. Durante el tiempo que estuve vinculado al sindicato USTEA, Paco fue siempre mi referente moral y ético. Un tipo que no se casaba con nadie, para quien lo más importante, en todo momento, era la defensa de los trabajadores y la defensa de la escuela pública. Un compañero íntegro, siempre amable, siempre dispuesto a arrimar el hombro, incluso cuando el viento no soplaba a favor, o mejor dicho, más aún cuando las cosas no venían bien dadas. Y por si todo eso fuese poco, es un defensor acérrimo de los derechos humanos, de la cultura popular andaluza, un feminista convencido y sobre todo, ante todo, un militante de la amistad.
Ahora, después de una larga trayectoria como profesor de Lengua y Literatura Castellanas en diversos institutos, Paco se jubila. Me da envidia sana que mis amigos se jubilen, que puedan disponer de tiempo libre para disfrutar de las cosas que les gustan, cuando todavía están en disposición de hacerlo. Paco, con toda seguridad, pasará más tiempo leyendo, pues los libros son su gran pasión. Y después nos encontraremos en torno a un café y, con su sonrisa afable y sus maneras de hombre bonachón, me recomendará tal o cual libro.
Desde lo más profundo de mi corazón, le deseo todo lo mejor en esta nueva etapa de su vida. Y aprovecho la ocasión para decirle algo que tendría que haberle dicho hace mucho, mucho tiempo: que para mí es una de las pocas personas que merecen la pena. Un imprescindible, que diría el maestro Bertolt Brecht.
¡Salud y larga vida!
Rafael Calero Palma
Salobreña, mayo de 2016

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