sábado, 21 de marzo de 2015

Narcotráfico



Hace unos días me ocurrió algo que me ha dejado absolutamente descolocado. De hecho, desde el momento en que tuvo lugar lo que me dispongo a narrar, mis nervios, habitualmente templados, están a flor de piel y mi sueño, de natural sosegado y reparador, se ha vuelto caótico y descorazonador. Y es que el miedo se ha apoderado por completo de mi vida y, por ende, de la de mi mujer.
El acontecimiento que me está quitando el sueño y está destrozando mis nervios ocurrió como sigue.
Volvía yo el lunes pasado del trabajo, caminando. Esto no es algo que yo haga con frecuencia, pues siempre suelo usar el coche para este menester. Pero ese día, mi coche, debido a las bajísimas temperaturas con las que habíamos amanecido, no logró ponerse en marcha. Así que me tocó irme a trabajar andando. A la vuelta, decidí tomar un atajo atravesando un parque que está situado a medio camino entre mi trabajo y mi casa. A la hora en que yo regreso del trabajo, el parque está prácticamente vacío. Aquel día no era una excepción. No se veía ni un alma en la amplísima extensión de terreno que forma el parque. Cuando llevaba atravesadas tres cuartas partes del parque, en mitad del sendero por el que iba caminando hacia mi casa, vi lo que en un primer instante me pareció un maletín. Conforme me acercaba a donde estaba el bulto oscuro, me fui reafirmando en mi primera impresión, efectivamente ante mí tenía un maletín de piel, de color marrón oscuro. A simple vista, parecía un maletín caro. Esa fue la primera impresión que me dio. Aunque debo admitir que yo, de maletines, sé más bien poco, por no decir, absolutamente nada.
Al principio pensé que mejor no lo tocaba, por lo que pudiera pasar. No quería complicaciones. A este motivo había que añadir otro de peso: se me estaba haciendo tarde. Así que seguí mi camino hacia mi casa. Pero la curiosidad pudo más que el sentido común. De repente, cuando ya me había alejado diez o doce metros, como movido por un resorte interior, me di la vuelta y desanduve mis pasos. Cuando llegué hasta donde se encontraba el maletín, lo toqué ligera, suavemente, con la punta de mi pie derecho. Confieso que estaba asustado. Pensé que lo mismo dentro de aquel elegante maletín de piel marrón, había un artefacto, dejado allí por algún grupo terrorista nacionalista o religioso, y que al abrirlo, explosionaría, arrancando de cuajo mis manos, mis brazos y hasta mi cabeza.  No sé. Cosas más raras se ven cada día. Lo volví a tocar con la punta de mi bota derecha. Aquello no parecía que fuese asaltar por los aires, la verdad. Me decidí a abrirlo. Me agaché y lo cogí entre mis manos con sumo cuidado. A estas alturas, temblaba ligeramente, aunque trataba de infligirme un valor del que carecía por completo. En la parte superior había una cremallera dorada. No había ningún tipo de candado ni de llave que impidiera abrir con facilidad el maletín.
Lo abrí.
Su contenido me dejó sin aliento.
Aquel maletín de color marrón oscuro, hecho de piel y de aspecto caro, contenía en su interior un montón de bolsitas de plástico transparente. Y estas bolsitas de plástico transparente estaban llenas a rebosar de figuras literarias. Las había de dicción y de pensamiento. Había bolsitas repletas de hipérboles, de anacolutos, de personificaciones, de símiles, de sinalefas, de hipérboles, de aliteraciones, de retruécanos, de metonimias, de sinécdoques, de tropos, de lítotes, de anáforas, de epítetos, de onomatopeyas, de pleonasmos, de quiasmos, de calambures, y sobre todo, allí había varias bolsitas blancas cargadas de metáforas.
No hacía falta ser ningún experto en la materia para darse cuenta de que el valor del contenido de aquel maletín en el mercado negro alcanzaría una cifra con seis o más ceros a la derecha.
Volvía a cerrar el maletín, mientras que una sensación de euforia recorría mi sistema nervioso a toda velocidad. Lo cogí con fuerza y lo apreté contra mi pecho. Eché a correr como si el mismísimo diablo viniese corriendo tras de mí. Llegué a casa y mi esposa aún no había llegado. Escondí el maletín en el lugar más recóndito que pude encontrar en mi casa. Cuando llegó mi mujer, resultaba más que evidente que había ocurrido algo fuera de lo normal. Me preguntó qué me había pasado, por qué estaba tan nervioso,  y aunque mi intención era dejarla fuera de todo aquello, no me sentí con fuerzas para ocultárselo. Le conté todo lo que me había pasado desde que iba caminado por el sendero que atraviesa el parque, todo, absolutamente todo, con pelos y señales, sin ocultar ni un solo detalle. Y aunque los dos sabíamos cuál era la manera correcta de actuar, decidimos no acudir a la policía. Esperaríamos a ver qué derrotero tomaban los acontecimientos.
De todo esto que he contado, han pasado ya cinco días. Ambos estamos asustados. Y no sabemos muy bien qué hacer. Somos conscientes del peligro que conlleva intentar jugársela a la mafia que tiene el control del narcotráfico literario. No seríamos los primeros que pagan con sus propias vidas el atrevimiento de interponerse en el camino de los narcotraficantes de la poesía. Y también sabemos que, tarde o temprano, algún sicario contratado ad hoc acabará dando con nuestro rastro. Y aún así, seguimos guardando en algún rincón oculto de nuestra casa el maletín lleno a rebosar de figuras retóricas. Y es que es muy difícil escapar del influjo de la belleza en estado químicamente puro. 

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