martes, 4 de noviembre de 2014

Nebraska o cómo Bruce Springsteen supo extraer poesía de la desolación



El día 4 de noviembre del año 1980 resultó un día fatídico para el mundo. El ultra liberal Ronald Reagan ganaba las elecciones presidenciales celebradas en los Estados Unidos. Al día siguiente por la noche, el cantante y compositor Bruce Springsteen, ofreció un concierto en la Universidad del Estado de Arizona, en la ciudad de Tempe (Arizona). Al comienzo del concierto, mientras afinaba la guitarra, el autor de Born to run, visiblemente nervioso y con un semblante que mostraba su cabreo, se dirigió al público con estas palabras: “Tíos, no sé qué pensáis vosotros de lo que pasó anoche, pero yo creo que fue bastante aterrador.” Por supuesto, “lo que pasó anoche” no era otra cosa que la victoria electoral de Reagan, y visto con el paso del tiempo, las palabras de Springsteen acabaron convirtiéndose en una fatal profecía de consecuencias devastadoras.
Apenas dos años después de la anécdota que acabamos de referir, en septiembre de 1982, Bruce Springsteen ponía en circulación el que sería el sexto álbum de su carrera, Nebraska. Poca relevancia tendría la historia que acabamos de referir más arriba, si no fuera porque los surcos de ese disco están impregnados del ambiente que se empezaba a respirar de costa a costa de los Estados Unidos: una gran depresión económica que terminaría por empobrecer a las clases medias, fábricas que cerraban por doquier dejando a miles de personas sin empleo, neoliberalismo económico a ultranza y un rancio patriotismo, bélico e imperialista, impregnando toda la sociedad. Todo ello fruto de las políticas ultra liberales, basadas en las teorías económicas de Milton Friedman y los Chicago Boys, puestas en marcha por la administración Reagan.
Nebraska es, sin duda, una gran obra de arte. Un disco que retrata como pocos el momento histórico en el que fue creado. Para definirlo se han utilizado adjetivos como minimalista, pesimista, conceptual, expresionista, demoledor, desesperanzado, valiente, escalofriante, y muchos más. Y sin embargo, ninguno de ellos, en mi modesta opinión, acaba por hacer justicia a las diez extraordinarias canciones que forman el álbum. Porque, efectivamente, Nebraska es todo eso. Pero al mismo tiempo es muchas cosas más. Nebraska es un cuadro de Edward Hopper, nocturno y solitario. Nebraska es un relato de Flannery O’Connor, oscuro y redentor. Nebraska es una película de Sam Peckimpah, violenta y conmovedora. Nebraska es una fotografía en blanco y negro del sueño americano. Nebraska es un poema épico sobre la desolación. Nebraska es una radiografía del dolor y de la ausencia de expectativas. Nebraska es, ante todo, un viaje al centro mismo del abismo.
Si has tenido ocasión de escucharlo alguna vez en tu vida, sabrás de qué te estoy hablando. Diez canciones que supuran como una herida abierta. Diez canciones que retratan a personajes desesperados, inadaptados sociales, sin horizonte vital, sin más expectativas que las de superar el día en el que viven. Sin futuro. Sin esperanzas. Sin anhelos.
En sus cinco primeros álbumes, Bruce Springsteen se había acostumbrado a trabajar en los mejores estudios de grabación, con la más moderna tecnología y con los mejores músicos disponibles. No en vano, el Boss ya empezaba a ser uno de los grandes iconos musicales de su país —y del mundo entero—, capaz de convocar en sus conciertos a miles de personas y de vender cientos de decenas de discos. Y sin embargo, Nebraska fue grabado en el salón de su casa, con una grabadora portátil de cuatro pistas y usando tan solo una guitarra acústica, una eléctrica que suena en una sola canción, una armónica, una mandolina, y poco más. Nada de batería. Nada de bajo. Desnudez y verdad. Con eso bastaba. Después, ese sonido casero e imperfecto, sucio y rasposo como el papel de lija, pero lleno de magia y sentimiento, fue traspasado al vinilo. Y el resultado es lo que conocemos. A ratos siniestro. A ratos melancólico. Oscuro e introspectivo. Versos hirientes y desgarradores. Versos que ponen la carne de gallina. Versos fantasmagóricos que no dejan indiferente a nadie con un mínimo de sensibilidad.
En lo musical, Springsteen inicia, con este disco, un viaje al corazón de las raíces de la música americana. Está claro que el rocanrol que había venido tocando y componiendo hasta la fecha, con su iconografía de chicas, coches, autopistas y noches del sábado, ya no era el vehículo perfecto para darle salida a esas historias que lo corroían por dentro. Todo eso se me ha quedado pequeño, parece decirnos Bruce. Así que se lanza de cabeza a las aguas turbulentas del blues. Se empapa con las viejas melodías de Robert Johnson, el bluesman que vendió su alma al diablo en un cruce de caminos, y de Muddy Waters, sin olvidarse en ningún caso de otros viejos bluesmen, como Leadbelly o Blind Willie McTell. Bucea en los ritmos  country y folk de gente como Woody Guthrie, el cantautor comunista y su “máquina-guitarra” mata fascistas. Se zambulle de lleno en la obra de Hank Williams y en la de Roy Acuff, que habían puesto los cimientos de la música norteamericana. Y ahí está el resultado. Diez magníficas canciones. Tal vez las mejores que el compositor de Nueva Jersey haya escrito jamás. Historias de asesinos que matan sin razones aparentes, por el simple placer de la diversión, como la que se relata en “Nebraska”, basada en hechos reales; o de tipos que han perdido su empleo, como le ocurre a Ralph, el protagonista del tema “Johnny 99” a quien el banco ha echado de su casa —¿le resulta a alguien familiar esta historia?— y asolado por las deudas, comete un asesinato; historias que denuncian los desequilibrios económicos provocados por las nefastas políticas económicas de Ronald Reagan, como la que se cuenta en “Used cars”, en la que una familia, a pesar de que el padre se mata trabajando de sol a sol, no puede comprar más que un destartalado coche de segunda mano, o en “Mansion on the hill”, en la que un padre lleva a su hijo a que vea la grandiosa mansión de la colina porque eso será lo más cerca que estará alguna vez de la riqueza y el bienestar; historias de desarraigo y familias destrozadas, como las de “Highway patrolman” con sus ecos bíblicos y sus referencias a la fábula de Caín y Abel, o “My father’s house”, donde Springsteen echa mano de sus propias vivencias en relación a su padre, para construir una historia de redención y perdón; historias de “deudas que ningún hombre honrado puede pagar”, como la que se cuenta en “Atlantic city”; y tan solo al final, entre tanta amargura, desolación y tristeza, Springsteen deja caer unas gotitas de esperanza, en los versos que cierran la última canción del disco, “Reasons to believe”, cuando canta aquello de que “al final de cada día ganado / la gente encuentra alguna razón para creer.”
Después de Nebraska vinieron otros muchos discos, cientos de conciertos y cientos de canciones, muchas de ellas extraordinarias. Pero no exagero si digo que en ese disco, en las diez canciones que componen Nebraska, Bruce Springsteen consiguió extraer del dolor y la desolación, belleza y poesía a raudales. 

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