martes, 10 de mayo de 2016

Una idea de la verdad (Homenaje a los aguilarenses que estuvieron en los campos de concentración nazis)


“El que no ha vivido la organización de los campos nazis puede difícilmente comprender su estructura interna y menos todavía hacerse una idea de la verdad. Si acaso, imaginársela.” Estas palabras las escribió Miguel Barragán Criado, tras pasar casi cinco años de su vida en dos de los campos de concentración nazis más terribles que existieron; Mauthausen y Dachau. 
Miguel Barragán Criado fue uno de los cinco aguilarenses que pasó por alguno de los campos nazis. Y uno de los cuatro que pisó Mauthasen, el campo austríaco en el que estuvieron confinados más de siete mil soldados republicanos españoles. Y además fue uno de los tres que consiguieron salir con vida del infierno alemán. Los otros dos afortunados se llamaban Francisco Mendoza Bello y Antonio Urbano Cobos.
Hubo un cuarto aguilarense que acabó en Mauthasen, Antonio García Morales, pero él, por desgracia, no tuvo la suerte de salir con vida para contarlo, y encontró la muerte en las frías tierras austríacas, tras catorce meses de penurias y maldades.
Tras el horror de la Segunda Guerra Mundial y del holocausto nazi, se han escrito miles de libros, se han rodado miles de películas, unas de ficción y otras documentales y sesudos pensadores han tratado de encontrar una explicación a semejante horror: por qué ocurrió todo aquello, por qué el pueblo alemán fue capaz de asesinar impunemente a millones de seres humanos, por qué encerraron a millones de personas, humillándolas, violándolas, asesinándolas con absoluta impunidad. No hay respuestas sencillas ante semejante salvajada.
Y como muy bien escribió Miguel Barragán, si uno no estuvo allí, es prácticamente imposible comprender aquella máquina de muerte y destrucción. Para hacerse una idea real de todo aquello, tendríamos que haber estado allí, como estuvieron nuestros paisanos, Miguel Barragán Criado, Francisco Mendoza Bello, Antonio Urbano Cobos y Antonio García Morales.
Y es que las condiciones de vida en los campos de la muerte eran, sencillamente, terribles. Días interminables de durísimo trabajo (jornadas de doce, trece, catorce o incluso más horas), hacinamiento en los barracones, bajísimas temperaturas que en lo más crudo del invierno podían rondar los menos treinta grados centígrados, miseria extrema y una escasísima alimentación. Desde el mismo instante en que uno ponía el pie en un campo de concentración o de exterminio, dejaba de ser un ser humano para convertirse, instantáneamente, en un número. O mejor dicho, uno pasaba de ser un ser humano a convertirse en un animal con un número de matrícula. Ni en Mauthausen ni por descontado en ningún otro campo nazi, existían los nombres propios ni las identidades de ningún otro tipo. Al llegar a este lugar, al prisionero se le proporcionaba el drillich o traje a rayas, formado por un pantalón, una chaqueta, un gorro y una camisa. También se les daba un par de zuecos de madera, no necesariamente del mismo número. Nada de calcetines. Nada de calzoncillos. Esta ropa era para siempre. Esto significaba que debían llevarla puesta hasta el día de su muerte. De hecho, no era nada raro que muchos prisioneros llevaran un traje con agujeros de bala, del prisionero que lo había usado antes que él. La ropa no se lavaba casi nunca, aunque a veces sí se hacía. Era frecuente llevar la ropa mojada por la lluvia.
La jornada de trabajo empezaba al amanecer y se podía alargar durante doce, trece o catorce horas. No importaba si llovía, si nevaba o si hacía calor.
En cuanto a la alimentación, a cada preso se le proporcionaba un vaso de agua caliente en el desayuno. El almuerzo consistía en una escudilla con agua y dos o tres trozos de patata, de nabos o de col hervidos. La cena era un trozo de pan con un poco de mantequilla y un pequeño trozo de salchichón. Ese era el menú diario de Mauthausen. Eso es lo que estos hombres comieron durante los meses que pasaron allí.
No es de extrañar, pues, que la mayoría de los españoles que pasaron por allí perdiera la vida, incapaces de soportar el frío, la falta de comida, las infinitas horas transportando bloques de granito de unos veinte kilos de peso, subiendo las empinadas escaleras que llevaban desde el fondo de la cantera a la superficie, las palizas de los kapos y de las SS, o simplemente el gas Zyklon B, que no era el único utilizado en las cámaras de gas, pero sí el más común y el que más famoso se ha hecho. Sea como fuere, en el universo Mauthausen la muerte se administraba de tantas maneras distintas que cuesta trabajo creer que la mente humana sea tan perversa.
El catálogo de maneras de morir era tan extenso que produce pavor. De cualquier modo, al final, en las anotaciones que se hacían en los registros, siempre se recurría a términos imprecisos del tipo, “muerto por parada cardiaca” o “muerto por suicidio”. Exactamente como en el holocausto español.
Y sin embargo, Miguel Barragán Criado, Francisco Mendoza Bello y Antonio Urbano Cobo, nuestros paisanos, consiguieron salir con vida de allí. Las vidas de estos tres hombres, como las del resto de compatriotas que vivieron en primera persona la Guerra Civil, el exilio, la Segunda Guerra Mundial y los campos nazis, fue cualquier cosa menos sencilla. Después del horror nazi, tuvieron que seguir viviendo en el exilio, pues su patria seguía estando en manos del fascismo, ese mismo fascismo contra el que ellos habían luchado enconadamente durante media vida.
Después de la terrible experiencia de Mauthasen, Francisco y Antonio se casaron y tuvieron hijos. Miguel nunca se casó ni tuvo hijos. Instalados en Francia, continuaron viviendo, cada cual como pudo, lejos de España. Tras la muerte de Franco, Miguel regresó a Barcelona para estar cerca de los suyos, de sus hermanas y hermanos, de sus camaradas. Francisco y Antonio continuaron viviendo en suelo francés, aunque alguna que otra vez, regresaron a España, a Andalucía, a Aguilar de la Frontera.
No es posible resumir la vida de un ser humano en unas pocas líneas y mucho menos cuando esas vidas son como la de Miguel, la de Francisco o la de Antonio, heroicas, generosas, rebosantes de dignidad, de decencia, de compromiso. Hoy, que el fascismo vuelve a asomar sus fauces y miles de personas que huyen de la guerra se agolpan en las fronteras de esta Europa hostil y desmemoriada, y no se les permite entrar, las vidas de aquellos hombres deberían de servirnos de ejemplo. Aquellos hombres, luchadores antifascistas, heroicos combatientes del pueblo en armas, que dieron, sin pedir nada a cambio, la única riqueza que poseían, su juventud e incluso su propia vida, para conseguir un mundo más justo, más libre, más humano. Hoy, más que nunca, es nuestro deber evitar que sus nombres se pierdan en los recovecos de la historia. Hoy, más que nunca, es un inmenso orgullo conmemorar sus vidas. Hoy, estoy convencido de ello, si estos hombres estuvieran aquí, sentirían que sus vidas y sus luchas merecieron la pena.
NOTA: Este texto fue mi contribución al homenaje que el pueblo de Aguilar de la Frontera y su Ayuntamiento rindieron el pasado viernes, 6 de mayo de 2016, a los cinco aguilarenses que pasaron por los campos de concentración nazis durante la Segunda Guerra Mundial. 

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