domingo, 7 de febrero de 2016

Pura mierda



Lo que ha pasado hace unos días en Madrid a propósito de la retirada de los monolitos, estatuas y placas conmemorativas de la victoria franquista en la guerra civil no tiene por dónde cogerlo. Yo, simplemente, estoy alucinando. No sé muy bien ni qué pensar al respecto. Uno ve la ofensiva de la prensa del Movimiento, empezando por los telediarios de TVE, y siguiendo con El Mundo, El País, La Razón y otros medios afines, y es que es de juzgado de guardia. Como diría el escritor Michel Houellebecq, pura mierda.
Uno suponía, porque lo ha escuchado tantas veces que al final casi había llegado a creérselo, que vivía en un estado democrático. Y uno suponía que cuando se vive en un estado democrático no se conmemoran los hechos, los personajes, los acontecimientos relacionados con una dictadura fascista. Pero se ve que uno es un iluso. Porque la realidad va por otros derroteros absolutamente diferentes.
Han pasado más de cuarenta años de la muerte de Franco y en muchas ciudades y pueblos de este país es como si se hubiera muerto anteayer. No entiendo cómo puede haber gente —la mayor parte de los simpatizantes del PP, pero también en otros partidos— que estén de acuerdo con que exista ese tipo de monumentos. Porque esa es otra. Ellos dirán lo que quieran, pero eso no son monumentos. No puede ser un monumento algo que está creado para conmemorar el dolor, la muerte, la privación de libertad, los fusilamientos, el exterminio del que piensa distinto. Un monumento no puede servir para recordar la figura de un psicópata, de un asesino en serie, de un exterminador. Un monumento debe ser, como dice una de las acepciones del DRAE, “memorable por su mérito excepcional”. Y qué queréis que os diga, no sé para vosotros, pero para mí, la estatua de un general golpista y asesino, por poner un ejemplo, carece por completo de mérito excepcional.
Nadie en su sano juicio se atrevería a ponerle a una calle de Berlín el nombre de Adolf Hitler, de Joseph Goebbels, de Hermann Göring, de Rudolf  Hess, o de cualquier otra figura destacada del nazismo. Y sin embargo, en la capital de España, aún existe una calle que se llama Caídos de la División Azul, que como todos sabemos, fue un cuerpo de voluntarios creado por el cuñado filonazi de Franco, Serano Suñer, para luchar en la Segunda guerra Mundial, formado por falangistas españoles y algún que otro pobre desgraciado que se tuvo que alistar voluntario para poder salvar a su padre o a algún otro ser querido, como fue el caso del director de cine Luis García Berlanga, a quien no le quedo más remedio que alistarse voluntario para que no fusilaran a su padre. A mí, bajo ningún concepto, me gustaría vivir en una calle con ese nombre. Y ese es sólo un ejemplo, porque hay miles a lo largo y ancho de este país.
Así que ya va siendo hora de que se cumpla la ley y se acabe, de una vez por todas, con la impunidad fascista. Y que les quede muy claro: esas estatuas, esos monolitos, no tienen nada que ver con el arte.

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