viernes, 9 de noviembre de 2012

La ciudad que rompe sueños, de Sandra Pérez Castañeda



No voy a profundizar en la biografía de Sandra, pero sí me gustaría dar unas breves pinceladas que considero importantes para comprender un poco mejor algunos detalles de esta novela. Sandra es una gaditana interesada en la complejidad de la mente humana, en los extraños procesos psicológicos que tienen lugar en la mente del ser humano y, sobre todo, en la filosofía. También es experta en comunicación audiovisual y se gana la vida como periodista en Canal Sur. Digo esto porque esta novela es una obra con un gran poso filosófico y donde la imagen juega un importante papel, ya que es una obra muy cinematográfica, con un extraordinario poder de evocación.
Antes de seguir, voy a hacer un breve resumen de lo que el lector que se adentre en La ciudad que rompe sueños puede encontrar entre sus páginas. A finales del siglo XXI (esto no lo dice la obra por ningún lado, pero tras leerla detenidamente es la deducción a la que yo he llegado), el planeta, devastado por la polución, por las catástrofes medioambientales, por las múltiples guerras que tienen o han tenido lugar y otras lindezas por el estilo, no es, precisamente, ese lugar bucólico y maravilloso al que cantaban los poetas pretéritos. En la ciudad más grande del planeta, Kathlas, se ha desatado una pandemia de suicidios. Simple y llanamente, la gente ha perdido las ganas de vivir. Sin motivos aparentes. Sin profundas disquisiciones filosóficas, las personas prefieren morir a seguir viviendo. Tal vez porque, en determinadas circunstancias, morir es mucho más fácil que vivir.  De esta manera, el índice de suicidios en las últimas décadas es tan alarmante, que ha llevado a las autoridades a tomar cartas en el asunto. Así, la gran metrópolis del pasado, centro económico y financiero, Ítaca mítica a la que llegaban decenas de seres humanos que ansiaban tener un futuro mejor donde poder realizar sus sueños, ha dado paso a una ciudad asfixiante, claustrofóbica, completamente alienante, donde las medidas de seguridad para evitar las muertes voluntarias agobian a sus habitantes, quedando tan sólo el metro como vía de escape para los que tratan de ganarle la partida a la vida. Para más inri, tras una terrible catástrofe nuclear (esto tampoco se dice pero también se intuye), los habitantes de la ciudad, se ven obligados a llevar sobre sus rostros unas máscaras que se adhieren sobre las caras como una segunda piel, pero que, en realidad, acentúan la terrible distancia que ya existe entre los seres humanos. Gestos tan simples, y antaño tan comunes, como pueden ser una caricia o tomar de la mano a otra persona, son pues, en esta sociedad futura que plantea el libro, actitudes que han quedado en desuso e incluso que están mal vista por la mayoría de la población.
El índice de suicidios es tan elevado que se crea un Ministerio cuya principal objetivo es, ante todo, recuperar a suicidas fallidos. El médico que dirige el Ministerio, Rafael Estendal, toda una eminencia en los problemas mentales y en la etiología del suicido, se encuentra por primera vez, entre la espada y la pared. Y es que su nieto, el pequeño Marcos, de nueve años de edad, ha intentado quitarse la vida. Por este motivo, pide ayuda a la única persona que, en su opinión, puede salvar a su nieto; La doctora Águeda Salvaterra, la principal investigadora tras años dedicados a la atención de suicidas. Para que la Dra. Salvaterra pueda conseguir su objetivo, la dirección del Ministerio pone en sus manos nuevos instrumentos médicos con los que se espera acabar con la pandemia. Por otro lado, Ricardo Miranda, un suicida reincidente sobre el que pesa la sospecha de potenciar suicidios, será el primero en experimentar los nuevos métodos. La doctora, que dejó la recuperación de suicidas por los continuos fracasos, se ve obligada a internarse en el centro para volver a ejercer de ángel cuidador, veladora de sus vidas y observadora de sus almas.
Ese es, a grandes rasgos, el argumento de La ciudad que rompe sueños. Según contaba recientemente la propia autora en una entrevista, el suicidio será "la enfermedad más común" de las sociedades futuras. Y esto lo dice una persona que sabe muy bien de qué está hablando. Y es que, después de seis años investigando, leyendo, profundizando en el tema del suicidio, no podemos negar que Sandra es una experta en el asunto. Según la novelista gaditana, el suicidio se ha convertido ya en la "primera causa de muerte no natural, por encima de los accidentes laborales y los accidentes de tráfico" y esto, aún en los años anteriores a la crisis.
Además, según la autora, el tema del suicidio está rodeado de un marcado componente oscurantista. Apenas se conocen cifras referentes al tema, y las muertes por suicidio se siguen ocultando porque siguen siendo un tabú, tanto en el ámbito familiar "donde suponen una frustración", ha dicho la autora,  como socialmente, "por los valores de cada sociedad y por la presión que la sociedad ejerce en los individuos", puntualiza.

Veamos, si quiera brevemente, algunas influencias que he creído detectar en las páginas de esta novela. Básicamente, las influencias que yo he apreciado en La ciudad que rompe sueños son de dos tipos: Literarias y científicas.
a)     Influencias Literarias
Tengo que confesar que cuando estaba leyendo esta novela, mi primer pensamiento fue para Paul Auster y su historia El país de las últimas cosas. Luego, cuando tuve ocasión de hablar con Sandra y se lo comenté, me confesó que no había leído la obra del escritor neoyorquino y que Auster no es santo de su devoción. Y aún así, yo sigo pensando que ambas obras tienes ciertos aspectos en común. Tal vez sea por ese regusto a pesimismo que destilan las dos. Recuerdo que la lectura de la novela de Auster, me dejó un estado de ánimo un poco depresivo y lo mismo me ha ocurrido con La ciudad que rompe sueños. Tal vez, ello se deba a que ambas novelas plantean un tema con el que los seres humanos no nos sentimos cómodos: la muerte. Por otra parte, creo que técnicamente la novela de Sandra ha bebido de las fuentes originales de la ciencia ficción. Y es que escritores como George Orwell y su 1984, con ese omnipresente Gran Hermano que  controla hasta el mínimo detalle de la vida cotidiana; Aldus Huxley y Un mundo feliz, Ray Bradbury y su Fahrenheit 451 o Jim G. Ballard y su Fuga al paraíso, por dar sólo algunos nombres, sobrevuelan, siquiera tangencialmente, las páginas de esta novela que esta tarde presentamos aquí. A parte de estos nombres, más o menos evidentes, la propia autora me confesaba vía mail que en la novela se puede rastrear a otros muchos autores, tanto clásicos como modernos: Heidegger, Séneca, Paul Ricouer, José Antonio Marina, Carlos Castaneda, mucho Aristóteles y mucho Platón. Y por supuesto Jorge Luis Borges, uno de los escritores por los que Sandra siente una mayor devoción.
b)    Influencias Científicas

Entre las principales influencias científicas que Sandra ha usado para escribir su primera novela están sobre todo dos: el sociólogo francés Émile Durkheim y el médico portugués Antonio Damasio. En 1897 Durkeim publicó El suicidio, un estudio cuantitativo sobre el suicidio en varios países europeos, que sentó las bases para los estudios de este tipo que se han realizado posteriormente.
Antonio Damasio, por su parte, es uno de los más importantes investigadores en el campo de la neurociencia. También es autor de una extensa bibliografía de libros científicos de tipo divulgativo. Damasio tiene como objeto de estudio principalmente los sistemas neuronales relacionados con la toma de decisiones.
        Tras seis años de trabajo, Sandra Pérez Castañeda ve publicada, al fin, su primera novela. Yo he tenido la oportunidad de leerla y sólo puedo decir parabienes de ella, pues me ha parecido un libro estupendo, más aún si tenemos en cuenta que es la obra de una autora novel. Así que le deseo todo lo mejor con esta aventura literaria que ahora inicia.  

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.