miércoles, 1 de junio de 2016

Visceral. Infinito. Radical.

Mi madre se llama Manuela.
Es morena y es dulce.
Y hermosa
como una noche andaluza
de luna llena.
Su piel sagrada
exhala el aroma
de una mañana lenta
de otoño,
el de las flores rojas,
el de las mágicas uvas verdes.
Mi madre tiene en los ojos
un fulgor plateado
capaz de romper
en miles de pedazos pequeños
la oscuridad
e iluminar así la más negra
de las noches.
Cuando yo era niño
mi madre, por las tardes,
me preparaba para merendar
pan tierno
con aceite y azúcar
y luego me daba un gran beso
en la mejilla izquierda,
y yo era feliz
por el pan tierno
con aceite y azúcar
pero sobre todo
yo era feliz
por ese beso
milagroso y balsámico
que sabía a gloria.
Mi madre tiene un corazón
como un árbol gigante
y ha trabajado con ahínco
toda la vida
sin pedir nada a cambio
regalando todo.
Yo a mi madre
nunca le he dicho
lo mucho que la quiero
y sin embargo siento por ella
un amor absolutamente visceral
absolutamente infinito
absolutamente radical.
Sí. Esos son los adjetivos.
Visceral. Infinito. Radical.

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