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lunes, 26 de diciembre de 2022


 EL ACTO

No quiero que se acabe el año sin hablar de un aniversario que se ha cumplido este año. Se trata del 40 aniversario del disco EL ACTO, del grupo Parálisis Permanente. Si todavía hay alguien que lo ignora, Parálisis Permanente fue el grupo del añorado Eduardo Benavente y de Ana Curra. Ambos habían formado parte de Alaska y los Pegamoides y juntos levantaron una de las historias más influyentes de la historia del pop español. Este año se han cumplido 40 años de la grabación de este disco. EL ACTO es un álbum mítico, absolutamente seminal, lleno de canciones imperecederas, como “Vamos a jugar”, “Adictos a la lujuria”, “Héroes”, “Quiero ser tu perro” o “Esa extraña sonrisa”, la canción más oscura de la música española (Ana Curra dixit). A mí me gusta tanto este disco que tengo dos copias, una en vinilo, comprada cuando yo era un adolescente y escuchada hasta la extenuación, y otra en cd, la que sacó la revista Efeeme en 2003. Ni que decir tiene que este disco me influyó tanto en mi juventud que me atrevería a decir que acabó por moldear una parte de mi manera de ser que llega hasta el presente. Y es que EL ACTO es un disco que supura fuerza y deseo y sensualidad y magia y oscuridad y fetichismo y cuero y magnetismo y placer y dolor y miles de cosas más. Por eso, digo yo, será que me gusta tanto. 


domingo, 29 de agosto de 2021

EL MUNDO SIGUE


Anoche, para conmemorar el centenario del nacimiento de Fernando Fernán Gómez, volví a ver una de sus películas más personales, escrita, dirigida e incluso producida por él mismo: “El mundo sigue”. Se trata de una película rodada en 1963, cuando el franquismo parecía que empezaba a relajarse un poquito, algo que no fue sino un espejismo. Con la llegada de Fraga Iribarne al Ministerio de Información y Turismo, del que dependía el cine, nombran Director General de Cine a García Escudero, lo cual, a priori, parecía algo bastante positivo. Y digo parecía porque con esta peli, la censura se cebó que dio gusto. Fue censurada por activa y por pasiva. Y eso que la película estaba basada en la novela del escritor Juan Antonio de Zunzunegui, que era un escritor franquista perteneciente a la Real Academia, hoy caído en el olvido. Pero ni eso sirvió.

La peli cuenta la historia de un tipo, al que da vida Fernán Gómez, que se gana la vida como camarero, y que es un ludópata redomado, al que no le importa malgastar el sueldo de toda una semana jugando a las quinielas aunque sus hijos no tengan qué comer. Su mujer, Eloísa, interpretada por Lina Canalejas, había sido un bellezón tan solo unos años antes, pero la vida, con todas sus porquerías, la acaba destrozando. Eloísa tiene una hermana, Luisa, interpretada por Gemma Cuervo, que decide que ella no quiere ser como su hermana, y se dedica a vivir de los hombres maduros, preferiblemente de los que tienen mucho dinero.

La película es muy dura, de un realismo fiero, sin una pizca de complacencia y sin una sola concesión al espectador. No hay nada de humor. Sólo amargura y crítica feroz, despiadada, a una sociedad, la española de principios de la década de los sesenta, en la que el franquismo hacía aguas, con su doble moral, con sus mojigaterías nacionalcatólicas, con un machismo que estremece (hay una escena en la que Eloísa, peleándose con su hermana, defiende el derecho de su marido a malgastar el dinero “porque es un hombre” y se supone que en España, los hombres podían y debían hacer esas cosas), con sus miserias económicas y sus fortísimos contrastes sociales.

Esta película, en su momento, la vieron cuatro gatos mal contados, por la sencilla razón de que no la proyectaron en ningún cine, por las razones ya expuestas relacionadas con la censura y la clasificación que recibió. Vista hoy, seis décadas más tarde, sorprende por su modernidad y por su valentía, además de por sus interpretaciones absolutamente verosímiles. Acabo con un consejo: si tienes ocasión de verla, no la desaproveches.

 

 

sábado, 28 de agosto de 2021

Fernando Fernán Gómez

 


Un 28 de agosto de 1921 venía al mundo en la ciudad de Lima, capital de Perú, un niño al que pusieron el nombre de Fernando y los apellidos Fernán Gómez.  Este niño, hijo y nieto de cómicos, con el paso del tiempo, acabó por convertirse en el actor más importante de la historia del cine español. Pero además de un extraordinario intérprete también fue uno de los directores más insignes de nuestro cine. Y la cosa no queda ahí. Además, de interpretar, escribir guiones y dirigir estupendamente, resulta que este tipo larguirucho y pelirrojo, anarquista de corazón, escribió un puñado de obras de teatro, de novelas, de libros de memorias, de ensayos sobre el cine, incluso de poemas, que quitan el sentido. Yo, hoy, en el día en que Fernando Fernán Gómez debería de apagar las cien velas, no voy a hablar de sus películas, porque están ahí para que todo el que quiera se aproxime a ellas. Yo, hoy, para celebrar el cumpleaños de mi admirado Fernando Fernán Gómez, voy a destacar su faceta como escritor, que me da que es un poco más desconocida. Os aconsejo que, si no lo habéis hecho nunca, busquéis uno de sus libros, y empecéis a leerlo. Os garantizo que el disfrute está asegurado, pues Fernán Gómez es todo un maestro en el uso del lenguaje, en la caracterización de personajes, y en la creación de situaciones. Sobre todo en las que tienen una connotación cómica, como le ocurre como actor. “El viaje a ninguna parte”, “El vendedor de naranjas”, “Oro y hambre”, “La puerta del Sol”, “¡Stop! Novela de amor”,  “Desde la última fila: cien años de cine”, “El tiempo amarillo” o “Conversaciones con Fernando Fernán Gómez”, una larguísima charla que mantuvo con Enrique Brasó, en la que repasan, película a película, su extensísima obra, son algunos de los libros que, cualquiera en su sano juicio, debería de leer.


sábado, 6 de octubre de 2018

Utopía

En tu risa
Adela
habita la única utopía
en la que creo,
en la luz de tus ojos
el único milagro posible.

(Para Adela, en el día de su décimo quinto cumpleaños)

viernes, 18 de julio de 2014

Rafael, el Carcelero




El encargado del depósito municipal de presos (la cárcel municipal) durante los meses previos al golpe militar se llama Rafael Romero Leiva. Aunque más que de cárcel hay que hablar de cuartelillo, pues no pasa de ser eso, precisamente, aquel pequeño habitáculo, situado en la calle Pescaderías, a unos metros escasos de la monumental Plaza de la República, donde se ubica el ayuntamiento. Por el puesto que ocupa, evidentemente, en el pueblo se le conoce con el apodo de “el Carcelero”. Tanto Rafael como el resto de su familia, formada por el padre, Antonio, la madre, Manuela, y dos hermanos menores que él, Antonio y Francisco, son personas de  arraigadas convicciones izquierdistas, por lo cual, durante el período que sigue a la Revolución de Octubre, en mil novecientos treinta y cuatro, Rafael, como otros muchos empleados municipales, va a ser depurado. Pierde su trabajo y pasa unos meses deambulando de aquí para allá, viviendo o malviviendo como puede, trabajando en el campo cuando hay faena, o en el molino de aceite donde trabaja su padre. Entre unas cosas y otras, nunca falta un jornal y un pedazo de pan que llevarse a la boca. Ya vendrán tiempos mejores, piensa Rafael, hombre optimista por naturaleza.
Rafael es el compañero sentimental de la hija de un Guardia Civil, Carmela la Gallega, una mujer alta, corpulenta, de buen ver, que suele recogerse el pelo en un moño impecable, y que va ataviada, casi siempre, con un delantal blanco como la leche. Carmela tiene un marcado acento gallego, de ahí el apodo con el que es conocida en el pueblo. Para la gente de Aguilar, la manera de hablar de la mujer, no deja de ser un exotismo sorprendente.
Como ya hemos dicho, el padre de Carmela es un número de la Guardia Civil. Llegó a Andalucía tras el conato revolucionario de mil novecientos treinta y cuatro. La aristocracia andaluza no se sentía segura rodeada de socialistas, anarquistas y comunistas, así que pidió al Ministro de Gobernación que aumentara el número de guardias civiles. Y ya se sabe que los deseos de los aristócratas son órdenes para los Ministros. Así que también en Aguilar, en mil novecientos treinta y seis, la Benemérita es más numerosa.
No deja de ser una ironía del destino que Rafael y Carmela se enamoren locamente desde la primera vez que se vean. El socialista y la hija del guardia civil. Nos da por pensar que las relaciones personales entre suegro y yerno, tal y como están las cosas, no son demasiado fluidas. A las discrepancias políticas hay que añadir el hecho de que Rafael y Carmela no hayan pasado por la vicaría para sellar su unión. Rafael, hombre coherente con sus ideales izquierdistas, cree en el amor libre, o por decirlo de otra manera, piensa que el amor verdadero sólo necesita del beneplácito de los enamorados. El amor no entiende de papeles, ni de curas ni de jueces, dice Rafael cada vez que se le pregunta por el asunto.  El amor es cosa de dos. Todos los demás están de más. Y con esta frase zanja la conversación.
Sin embargo, el padre de Carmela, hombre tradicional, católico apostólico romano, no piensa como él. Así que no ve con buenos ojos que su hija viva en pecado con un revolucionario que va predicando, a quien lo quiera oír, el fin del capitalismo, la libertad religiosa, los derechos de los trabajadores, de las mujeres y otras cosas por el estilo. Desde luego no es lo que él había soñado para su hija Carmela.
Como no hay mal que cien años dure, tras la victoria del Frente Popular en las elecciones generales celebradas el día dieciséis de febrero, Rafael es restituido, de nuevo, en su antiguo puesto. Pero claro, este tipo de soluciones no agradan a todo el mundo. Hay gente que se siente ofendida, que ve en esta restitución un ultraje. Hay gente que piensa, como esto cambie, ve preparándote, cabrón. Y el cambio llega el día dieciocho de julio, con el golpe de estado. Rafael, que de tonto no tiene un pelo, sabe que está en el punto de mira de los facciosos. Él ha sido uno de los que más se han señalado durante los últimos meses. Por este motivo intuye lo que puede pasar si se queda en Aguilar. Además están sus convicciones ideológicas. Porque aún no lo hemos dicho pero Rafael es militante del Partido Socialista Obrero Español. Así que decide, como otros muchos paisanos, esconderse hasta ver por dónde sale el sol. Cae en la cuenta de que en la Huerta del Aceituno, donde trabaja su madre, sirviendo, hay un pozo y piensa que puede ser un lugar seguro. Y allí se mete, en aquel húmedo agujero. Tres días pasa en el agua, tres días con sus tres noches, sin atreverse a salir, sin nada que llevarse a la boca, ni un maldito pedazo de pan duro, salvo agua, mucha agua. Allí, rodeado de oscuridad y humedad, Rafael, que como decimos no ha probado bocado desde que entró en el pozo, empieza a sentir una debilidad que le golpea en las sienes como un martillo pilón, y piensa que tal vez no haya sido una buena idea quedarse en Aguilar, escondido como un murciélago, metido en este pozo, minuto tras minuto, hora tras hora, sintiendo esa rabia que le corroe las entrañas, asqueándose de su propia cobardía. Prefiere mil veces morir a manos de los fascistas a tener que soportar esta espera terrible que lo tiene paralizado. Quizás hubiese sido mucho mejor irse a Espejo o a Castro del Río, piensa para sus adentros, como han hecho otros camaradas, y unirse a las milicias, defender la legalidad republicana, los avances sociales de los últimos meses, aún sabiendo, porque lo sabe, que la República no ha hecho todo lo que debía por los trabajadores, que no ha cumplido con la reforma agraria, por eso hay mucho descontento, por eso hay mucha gente, sobre todo muchos anarquistas, que hablan abiertamente del fin de la República, de la llegada de la Revolución Social. Pero para eso, primero, está convencido Rafael, hay que conseguir, entre todos, que este maldito golpe de estado no prospere. Así que toma la determinación de salir del pozo y escapar del pueblo, lanzarse a la aventura con la intención de defender, como ya ha quedado dicho, la legalidad republicana y con el deseo, en su fuero interno, de que esto no sea más que la enésima intentona golpista y no se alargue más allá de unas jornadas.
Así que sin pensarlo dos veces, sale, y con las alpargatas empapadas, se dirige hacia Castro del Río, donde sabe, de buena tinta, que estará seguro y podrá llevar a buen puerto sus planes. Por el camino, todavía cerca de Aguilar, se cruza con dos paisanas, vecinas a las que conoce bien. Si veis a mi madre y a Carmela, decidles que me habéis visto, que me encuentro bien y que me voy para Castro a unirme a mis camaradas. Decidles que no sufran por mí, que volveré en cuanto las cosas se calmen y que las quiero mucho. A las dos. Algo así debió decirles Rafael a sus vecinas para que se lo transmitieran a su madre y a su mujer. 
Esa va a ser la última vez que alguien vea, en Aguilar de la Frontera, a Rafael Romero Leiva. Ese día Rafael tenía la edad de Cristo. Mientras camina a toda prisa por la carretera polvorienta en busca de la libertad, no puede imaginar, ni por un instante, que en las próximas horas, su padre, su hermano pequeño, Francisco, y la mujer a la que ama, Carmela, van a morir, tiroteados en la puerta del molino, mientras los gritos desgarradores de su madre, espectadora involuntaria del horror, se clavan en los oídos de los asesinos y los maldice eternamente. No puede imaginar, ni por un instante, que los cadáveres de sus seres queridos van a quedar tirados junto a la pocilga de los cochinos, durante varios días, pudriéndose bajo el sol ardiente del verano andaluz, para que el dantesco espectáculo sirva de escarmiento, para que todos vean lo que les puede ocurrir a los rojos y a sus amigos, si no colaboran con los dirigentes de la nueva España. Rafael no puede imaginar, mientras escapa y salva su vida, lo que la vida le tiene reservado a partir de aquel día.

(Este relato, basado en hechos absolutamente reales, está incluido en mi libro El llanto, la sangre, el fuego, publicado en 2012 por la Editorial Alhulia)


#18JYoCondeno la dictadura franquista y recuerdo, en el día en que se cumplen 78 años del golpe de estado, a todas las mujeres y hombres que fueron víctimas de la barbarie fascista.
 



 

martes, 11 de marzo de 2014

Asesinos de razones y de vidas



Asesinos de razones y de vidas
Lluis Llach

Hoy
la pequeña Patricia
no va a tomarse
un biberón caliente
antes de acostarse,
ni despertará a sus padres
de madrugada,
ni llorará cuando una pesadilla
la asuste.

Tampoco
va a pintar con ceras
un gran sol amarillo
en el azul del cielo,
ni jugará en el recreo con sus amigos,
ni se comerá un pastel de chocolate.

La pequeña Patricia no verá
los dibujos animados
esta tarde,
ni estrenará un vestido nuevo.

Nunca le dirá a nadie
te amo,      
me gustan tus ojos,
quédate esta noche conmigo.

Jamás besará unos labios rojos,
jamás rozará un cuerpo desnudo
con las yemas de sus dedos,
jamás hará el amor al caer la tarde.

Me pregunto
qué harán
hoy
los asesinos
de razones
y de vidas.


La mañana del 11 de marzo de 2004 tuvo lugar en Madrid el atentado terrorista más terrible que se recuerda en nuestro país. Perdieron la vida 192 personas, y decenas fueron heridas. Una de esas 192 vidas que quedaron truncadas para siempre fue la de la pequeña Patricia, una niña polaca de siete meses de edad que murió en Atocha, junto con su padre. Su madre logró sobrevivir. Este poema está dedicado a ellos.