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jueves, 1 de agosto de 2019

COQUE MALLA, EL TRIUNFO DE LA CONSTANCIA


En 1985, los grupos de la Nueva Ola habían alcanzado el éxito masivo: Alaska y Dinarama, Radio Futura, Gabinete Caligari, Nacha Pop, Los Pistones, Ilegales o La Mode vendían miles de discos. Pero al mismo tiempo, en 1985, algunos de estos grupos que habían aparecido con la intención de renovar el anquilosado panorama musical de este país, ya empezaban a dar muestras de cansancio, de repetición y, lo que es mucho peor, de cierto aburrimiento.
No obstante, un buen puñado de chicos jóvenes, que habían echado los dientes escuchando a los Rolling Stones y a la Velvet Underground, estaba dispuesto a tomar el relevo. Uno de ellos era Jorge Malla Valle, un madrileño de 1969, que pasaría a la historia de la música española con el nombre artístico de Coque Malla.
En 1985, Coque Malla era apenas un niño. Pero ya tenía claro que el rocanrol era la única religión verdadera y que Mick Jagger, Jonathan Richman, Lou Reed o David Bowie eran sus profetas en la tierra. Así que decide formar un grupo. Para ello se junta con Ricardo Moreno, batería; Luis García, que toca el bajo, y Luis Martín, que toca la guitarra y se bautizan como Los Ronaldos.
El 8 de julio de 1987, se publica el primer disco de la banda madrileña, titulado como ellos mismos, Los Ronaldos, grabado durante dos jornadas, con todos los miembros del grupo tocando en directo y producido por Paco Trinidad. Una docena de canciones rebosantes de frescura, de ímpetu juvenil, de fogosidad desbordante. Sorprenden sobremanera las letras de las canciones, cuya autoría corresponde al jovencísimo Coque. Temas como “Guárdalo”; “Sí, Sí”, “Azul blues”, “Eres fresca”, o “Si os vais”, ponen el listón muy alto, y suponen un revulsivo en el rock español.
De este primer disco, la banda va a despachar la nada desdeñable cifra de cincuenta mil copias. Estas cifras de venta les permiten ampliar el presupuesto para la grabación del segundo disco, “Saca la lengua”, producido, igual que su antecesor por Paco Trinidad y que contenía temas como “Adiós papá” o “Por las noches”. Los Ronaldos se han convertido en apenas tres años en uno de los grupos más destacados del panorama musical español.
Para la producción del tercer disco, contratan a uno de sus ídolos de toda la vida: John Cale, de la Velvet Underground. Pero aquello fue un gran error. Cale no conecta con el grupo, coge el cheque y termina dejando que los músicos hagan su santa voluntad. De esta manera, Sabor salado, baja en ventas y, en calidad.
Los primeros noventa supusieron el principio del fin. El cuarto disco, Cero, y el quinto, Idiota, pasan con más pena que gloria. Aún habrá tiempo para grabar un disco en directo, Quiero que estemos cerca, que es el acta de defunción de uno de los grupos más emblemáticos de la historia de la música española.
Pero esto es rocanrol, y parafraseando a Lope de Vega, el que lo ha probado, lo sabe. Y Coque lo había probado. Así que sigue componiendo y escribiendo canciones, tocando por garitos de Madrid. Aquello era un regreso a la casilla de salida. De nada servía su hoja de servicio.
En 1999, Coque Malla publica su primer disco en solitario: Soy un astronauta más. Se trata de una colección de canciones hechas por un cantautor personal e intransferible. En las nuevas canciones hay espacio para los medios tiempos, para la reflexión introspectiva, para mirar hacia dentro, para la poesía de tintes urbanitas, a veces desangelada, a veces esperanzadora. Temas como “Punto cero”, “Tú y yo” o “La mujer sin llave”, son, sencillamente, geniales.
Desde entonces, la carrera musical de Coque Malla no ha hecho más que agrandarse. Hasta la fecha ha grabado cuatro discos más en estudio y un par de directos. Sueños (2004), La hora de los gigantes (2009), Termonuclear (2011), El último hombre en la tierra (2016). Además un disco en directo con versiones de Rublén Blades, grabado en 2012 y publicado en 2015, la versión low-fi de Termonuclear, titulada Termonuclear en casa de Coque, y su último trabajo hasta hoy, otro álbum en vivo llamado Irrepetible, en el que Coque, aupado, ahora sí, a lo más alto de la cima, repasa algunos de los momentos más emblemáticos de su carrera, acompañado de artistas de la talla de Jorge Drexler, Iván Ferreiro, Amable Rodríguez, Dani Martín, Santi Balmes, o Neil Hammond.  
Coque Malla es uno de los grandes autores de canciones de este país. A la altura de Santiago Auserón, de Antonio Vega, de Kiko Veneno o de Christina Rosenvinge, por citar algunos de mis favoritos. Todos sus discos están repletos de joyas. Sueños es un disco absolutamente experimental, poético, psicodélico y onírico. La hora de los gigantes es una obra de arte inconmensurable en la que el rock y el soul se dan la mano sin estridencias. Termonuclear es un exorcismo, un bálsamo contra el dolor del desamor, contra tanta mierda que nos rodea en la vida cotidiana, un disco perfecto para sentarse a lamerse las heridas y El último hombre en la tierra, es sencillamente, un milagro, el disco que lo ha devuelto a la primera línea, que ha hecho que su autor vuelva a llenar teatros y que crezca como músico. Un disco fabuloso con el que Coque ha disfrutado encima de los escenarios.
A día de hoy, el músico madrileño vive un momento dulce en su carrera. La guinda del pastel la puso en 2018, cuando consiguió el Premio Goya a la mejor canción original por el tema “Este es el momento”, que se puede escuchar en la gran película Campeones, dirigida por Javier Fresser.  
No me gustaría terminar sin hacer referencia a la relación de Coque Malla con el mundo del cine. Como ya hemos dicho, en su vida siempre ha estado latente esa pasión por la interpretación. No en vano es hijo de actriz y de director de teatro. A Coque lo hemos podido ver en varias películas: Dispara, Madregilda, Todo es mentira, El efecto mariposa, Días de cine, Íntimos y extraños: 3 historias y media o Gente en sitios, en mi opinión, su mejor papel y la mejor película en la que ha intervenido
He dejado para el final uno de los momentos álgidos en la carrera del artista madrileño. Me estoy refiriendo a su disco Mujeres. En 2013, Coque decidió grabar un álbum que recopilara algunos de los momentos más brillantes de sus cuatro discos en solitario, pero no lo haría de la manera habitual. Nada de eso. Eso es ir a lo fácil y a él lo fácil, no le sirve. Eligió a diez destacadas artistas para que cada una de ellas interpretara un tema de su discografía: Leonor Watling, Jeannette, Rebeca Jiménez, Ángela Molina, Laura Gómez Palma, Vilma, Amparo Valle, Alondra Bentley, María Rodes y Anni B. Sweet. Mujeres es un proyecto en el que Coque revisa nueve de sus canciones más potentes, y añade una inédita. Aquí la imagen juega un papel fundamental. No en vano, el propio Coque manifestaba en una entrevista con Juan Puchades en la revista Efeeme que “la obra me parece que es el deuvedé, y lo otro es la banda sonora: el verdadero meollo del asunto es la imagen y el audio”. En esa misma entrevista contaba cómo había elegido a esas mujeres para que participaran en su proyecto:
Son tías que me molan, chicas que tienen interés para este proyecto o que intuía que de alguna manera les iba a gustar, o que se iban a sentir cómodas, o yo me iba a sentir cómodo con ellas. Ha sido un proceso muy natural y muy intuitivo. Quería mujeres que tuvieran personalidad, porque si vas a hacer un disco en el que vas a hablar de mujeres, pues tienen que ser mujeres con fuerza, con personalidad y con carácter.

Lo que vamos a ver hoy aquí, Mujeres, de Coque Malla, es una película documental dirigida por Gonzalo Visedo y Rodrigo López Casas, que surgió de la grabación del disco Mujeres. Sin embargo, no es sólo eso. También es un viaje por la carrera de este genial artista, por sus canciones, por sus reflexiones, por sus contradicciones, por sus relaciones de pareja, por su vida cotidiana. En palabras de Beatriz Martínez, en la revista Fotogramas,

el músico se interna en una investigación personal en torno a la eterna dicotomía entre hombres y mujeres para hablar con sus partenaires femeninas y con sus amigos sobre el significado del amor, el dolor de la separación, la importancia del sexo o la estabilidad de la pareja. Además, nos abre la puerta de su intimidad en el momento en el que acaba de ser padre y se abre una nueva etapa en su vida.

Durante 85 minutos asistiremos a la gestación de un proyecto que ocupó varios años y muchas horas de trabajo en la vida del músico madrileño. Ensayos y conversaciones y paseos por la ciudad y pasión desbordada y creatividad a raudales y música y poesía, mucha, mucha poesía. Sólo por la presencia de esas dos grandísimas figuras que son Ángela Molina y Jeannette, esta película ya merecería la pena, pero es que hay mucho más, como vais a tener ocasión de comprobar.
Mujeres es un documento visual perfecto para adentrarse en el universo personal de uno de los grandes músicos de habla hispana. Un artista que, desde aquel lejano día de 1985 en que decidió coger una guitarra y dedicarse en cuerpo y alma al rocanrol, ha sido, como cantaba Miqui Puig, “la banda sonora de una parte de mi vida”, de las vidas de muchos de nosotros. Un músico que, a la vuelta del verano, publicará su nuevo disco titulado ¿Revolución?, que ya estamos deseosos de degustar. Un músico genial, ambicioso, ecléctico, excepcional, capaz de tocar sin más compañía que la de su guitarra acústica, o en formato de grupo de rock, o acompañado por un cuarteto de cuerda o arropado por la Orquesta Sinfónica de Madrid. Un cantautor que va alcanzando, paso a paso, cada una de las metas que se propone, y que ha hecho de la constancia su mejor arma y que a mucha gente, entra la que me cuento, nos gusta a rabiar. Señoras y señores, con todos vosotros, las Mujeres, de Coque Malla.

(Texto de presentación de la película MUJERES, DE COQUE MALLA, en la XXVIII edición del Festival Tendencias de Salobreña, el 31 de julio de 2019)

domingo, 12 de noviembre de 2017

Sagrario Manrique, poemas que esconden la verdad

Cae en mis manos, estos días, Arderás entre todas las mujeres, el primer libro de poemas de Sagrario Manrique, editado por Amargord Ediciones en su colección “helado de mamey punto verde”. (Aprovecho para hacer un inciso: Amargord Ediciones está publicando hoy por hoy la poesía más arriesgada, más original y más auténtica del estado español y Chema de la Quintana, factótum de la editorial, está dando oportunidad a voces que, de otra manera, tendrían todas las puertas cerradas a cal y canto en el conservador mundo de la poesía española. Dicho queda.)
Pero vayamos a lo que nos interesa, que no es otra cosa que los 27 poemas que conforman Arderás entre todas las mujeres, ópera prima de esta autora aragonesa. Sagrario Manrique es, en mi opinión, una poeta muy original, que bebe de diferentes fuentes (encuentro entre sus versos ecos de autoras contemporáneas como la burgalesa Begoña Abad o la onubense Eva Vaz, entre otras) pero, a la postre, ha sabido imprimir a sus poemas un marcado tono personal.
Se abre este primer libro de Sagrario Manrique con un poema realmente impactante: “La primera vez / que eché un polvo / era casi una niña.”, nos dice su autora en un tono absolutamente confesional. Y este mismo poema termina con estos versos: “Entendí / que estaría sola. / Siempre / Defendiéndome / de los hombres / y de las mujeres.” Toda una declaración de principios.
Los poemas de Sagrario Manrique suenan como gritos desgarradores que brotan de una garganta que se indigna al ver a su alrededor tanta violencia dirigida contra las mujeres, contra las niñas y los niños, violencia que se da no sólo en el ámbito doméstico, sino también en muchas ocasiones en los medios de comunicación, en determinado estamentos políticos, en el ámbito laboral, etc.
La primera cualidad que ha de poseer un libro de poemas para que me atraiga poderosamente (iba a escribir para que me guste, pero reducirlo todo a una cuestión de gustos, sería quedarse sólo en la superficie) es que me zarandee por dentro, que me haga estremecer, que las palabras que contenga, las imágenes, las metáforas, no me dejen indiferente. Lo versos breves –apenas dos o tres palabras cada uno- pero poderosos como una erupción volcánica de Sagrario Manrique poseen esta cualidad. Porque en estos poemas hay pasión y dolor y fuerza y fluidos corporales y denuncia y soledad y miedo y somníferos y amantes marxistas y amor sin sexo y sexo sin amor y músicos de jazz y aspereza y soledad y tristeza y rabia, mucha rabia, rabia a espuertas, entre otras cosas. Y también hay verdad, cantidades ingentes de verdad, una verdad que, nos guste o no, deja un regusto agridulce en el lector o la lectora que se aproxime a ellos.
Básicamente, los poemas de Arderás entre todas las mujeres son de dos tipos. Por un lado están los que coquetean con el realismo sucio, a la manera de una Lorrie Moore o una Amy Hempel, algo que me ha sorprendido y me ha encantado al mismo tiempo. Por otra parte, están aquellos poemas cuya temática gira alrededor de esa lacra social que es la violencia contra la mujer, que no es otra cosa que un tipo de terrorismo de consecuencias devastadoras. Y sin embargo, la autora ha sabido convertir en poesía hechos tan dramáticos, tan duros, tan demoledores como pueden ser el asesinato de una mujer indefensa a manos de quien, una vez, le dijo que la amaba. Y eso es algo que no todos los poetas, ya sean hombres o mujeres, son capaces de hacer.
Si viviésemos en un mundo justo, al final de año, cuando se hacen todas esas listas con los mejores libros de poesía, y se otorgan los premios, este libro estaría en los puestos de cabeza de todas esas listas. Porque es un libro magistral. Porque es un libro sincero. Porque es un libro que emociona. Porque muy poca poesía se va a publicar este año en este país mejor que la que contiene Arderás entre todas las mujeres. Pero como vivimos en un mundo chapucero y cutre, este libro quedará como un secreto dentro de lírica española, mientras que los premios caerán del lado de algún espantapájaros del establishment cultural.

domingo, 29 de enero de 2017

La trilogía libertaria de Fernando Barbero Carrasco



A Fernando Barbero Carrasco (Madrid, 1949) tuve la suerte de conocerlo en el verano de 2013 y digo suerte porque este hombre es una extraordinaria persona, un magnífico conversador, un hombre solidario y comprometido, y es, ante todo, una enciclopedia viviente sobre el anarquismo, entre otros muchos temas.
Como digo, Fernando Barbero Carrasco es un madrileño de Vallecas, con residencia en Alcalá de Henares, hijo del pueblo, militante de la cultura y la sabiduría, creyente nada sectario de las ideas de Mijail Bakunin, luchador cuando hace falta luchar y, sin embargo, pacifista hasta la médula. Pero Fernando Barbero Carrasco es, ante todo, un escritor con las ideas muy claras. Con cada una de sus obras, el autor madrileño va rescatando del olvido que impone la historia y sus vencedores a una serie de personajes que, por diversas circunstancias, habían quedado más o menos sepultados por el alzhéimer colectivo en el que vivimos. Y todo ello desde el prisma libertario, pues es en este espectro ideológico donde nuestro hombre se desliza como pez en el agua.
Así ocurría con Anarquistas vengadores (Atentados reivindicativos en el mundo del siglo XIX y principios del siglo XX), el libro con el que yo lo descubrí. Se trata de un volumen que escribió en el año 2013 y de cuya publicación se encargó la editorial madrileña Queimada Ediciones. En aquel volumen, el autor  rescataba de las fauces del olvido a un puñado de valerosos anarquistas de los siglos XIX y XX, con un rasgo distintivo común: todos ellos habían participado, movidos por motivos diversos, en atentados contra políticos, monarcas, banqueros, obispos, aristócratas y otra gente de mal vivir, que diría el propio Fernando. De esta manera, por las páginas de Anarquistas vengadores se pasean hombres como Sante Caserío, Lluís Nicolau Fort, Pedro Mateu, Mateo Morral, Ramón Casanellas, Manuel Pardiñas Serrano, y otros muchos que un día decidieron tomarse la justicia por su mano y vengar siglos y siglos de afrentas y humillaciones soportados por mujeres y hombres de condición humilde a lo largo y ancho del mundo.
En 2015, se publica Palabras de Barricada (Una recopilación de anarcoversos), un jugosísimo volumen de poesía, de cuya edición y compilación se encargó el propio Fernando y cuya edición corrió a cargo, una vez más, de Queimada Ediciones. Palabras de barricadas es, como indica su subtítulo, una recopilación de versos que, de una u otra manera, guardan relación con el tema favorito de nuestro hombre: el anarquismo. Más de cuarenta poetas, mujeres y hombres, entre los que me cuento, se daban cita en esta antología poética tan especial y tan recomendable. El propio Fernando, dejaba claro en una entrevista, cuál había sido el propósito de esta antología poética :
Hemos buscado en esta recopilación de anarcoversos, no sólo la rabia y la decepción, sino, sobre todo, la fuerza y belleza poéticas, que salen de corazones ácratas. Y hemos conseguido un poemario de una calidad excepcional, que además se puede leer como una exposición del pensamiento libertario.    
Y el tercer lado de este triángulo literario libertario es De guerras y revoluciones (Historias de derrotados que vencieron), el trabajo más reciente de Fernando Barbero Carrasco, publicado una vez más por Queimada Ediciones en 2016. De guerras y revoluciones es un libro de relatos, protagonizados por personajes históricos. Veintiún relatos conforman esta obra en la que la espina dorsal se sostiene en esos personajes que, siendo todos ellos perdedores, por casualidades del destino, acaban venciendo, aunque sea de menara tangencial e inesperada. Con prólogo del poeta Matías Escalera Cordero e ilustraciones de César Llaguno, De guerras y revoluciones es un libro altamente recomendable, divertido a ratos, didáctico y ameno siempre.
Como señala Matías Escalera en el prólogo, “Estas Historias de derrotados que vencieron, resultan, pues, todo un placer para los ojos y para la mente; pero, sobre todo, para el alma, para la esperanza y la confianza de que, a pesar de todo, la lucha no está decidida del todo, que torres más altas han caído. Que donde menos se espera surge el héroe dispuesto a jugársela.”
No se me ocurre mejor manera de adentrarse en la historia que hacerlo a través de un puñado de personajes pertenecientes a lo que habitualmente se denomina intrahistoria, y que no es otra cosa que las bambalinas de esa otra Historia escrita por los que ganan, por los que tienen el dinero y parten y reparten el pastel. No hace falta decir que en las páginas de este libro no ocurre eso. Aquí no ganan los generales, ni los reyes, ni los banqueros. Aquí, los vencedores son personas humildes, a veces atracadores de bancos (o expropiadores, como sería más justo llamarlos), viejos revolucionarios de la Guerra Civil española, anarquistas argentinos que luchan enconadamente contra la corrupción policial y política, soldados vietnamitas que se enfrentan al todo poderoso ejército yanqui, etc., etc. En estas páginas lo que importa de verdad son los pequeños gestos y nunca, bajo ningún concepto, los hechos grandilocuentes que nos han intentado vender como heroicos.
Para mí, la prueba irrefutable de que un libro es muy bueno, es la rapidez con que lo leo. Si lo empiezo y no quiero soltarlo en las siguientes horas, es que ese libro me ha cautivado. Y eso precisamente es lo que me ha pasado con De guerras y revoluciones, el último libro de Fernando Barbero Carrasco, que lo he leído de una tacada. Si tienes ocasión, léelo. Seguro que no te arrepientes. 

sábado, 1 de octubre de 2016

La caja abierta de Duchamp



Antonio Orihuela (Moguer; Huelva, 1965) se ha convertido, por derecho propio, en los últimos años, en la figura más destacada de la corriente poética a la que el crítico Alberto García Teresa ha etiquetado de manera bastante acertada como “poesía de la conciencia”, “poesía del conflicto” o simple y llanamente, “poesía crítica”. A Enrique Falcón, otro de los poetas perteneciente al grupo, debemos la definición más atinada de lo que es la “poesía de la conciencia: “literatura de voluntad crítica y pulso resistente en tiempos sin embargo como los nuestros, de macdonalizada pacificación e innegable injusticia social”. Desde 1995, año de la publicación de Si Rocky viera ese gato y Perros muertos en la carretera, los dos primeros poemarios de Orihuela, hasta su último y más reciente libro, Salirse de la fila, editado el año pasado por la editorial Amargord, el poeta onubense ha ido conformando, obra a obra, un corpus poético extremadamente singular, en el cual subyace todo un planteamiento moral y ético frente a la realidad capitalista que abruma al ser humano contemporáneo. El propio autor, con la contundencia que lo caracteriza, lo deja bien claro:
Seamos nosotros quienes descodifiquemos las señales de humo de las chimeneas de las fábricas de sulfuro como lo que son y no como lo que nos dicen que son de beneficiosas, volvámonos contra los mensajes de las paredes, contra las vallas publicitarias, contra los contenedores y las cabinas de teléfonos... que en todos estos sitios, los mensajes nos sonrían, que hablen de nosotros, que nos reconozcamos en ellos como una huella nuestra. Descubramos, en realidad, a qué huelen las cosas que machaconamente nos dicen que huelen tan bien. Escuchemos y traduzcamos el sonido, el alarido de la ciudad y la necesidad de volver a componer la música callada de las cosas. Distingamos, aún sin el maniquí, donde comienza el escaparate y donde la verdadera vida de la calle. Si salimos así de dispuestos, preparados para iniciarnos en estas prácticas, estaremos devolviendo la poesía a la calle, volverá a haber poesía en la calle, paseará la poesía, de nuevo, de nuestro brazo, por la calle.
Y sin embargo, la faceta literaria de Antonio Orihuela, no se restringe solamente al ámbito de la poesía. Orihuela, que se doctoró en Historia por la Universidad de Sevilla es, además de poeta, ensayista. Un fino y certero, me atrevería a decir, escritor de ensayos. Así lo viene demostrando en obras referenciales como Historia de la prehistoria: el suroeste de la Penínsual Ibérica, Moguer, 1936 (donde lleva a cabo un estudio detallista del golpe militar fascista y la posterior represión en su pueblo natal en 1936); o Poesía, pop y contracultura en España, un libro imprescindible para entender la cultura underground en el estado español, durante una época, el tardofranquismo y la Transición, y en el que se hace un repaso riguroso a todas y cada una de las figuras de la contracultura española, desde el flamenco-rock al mundo del tebeo, pasando por la pintura, escultura, cine, etc., etc.
La caja verde de Duchamp y otras estampas cifradas es el título del más reciente ensayo de Antonio Orihuela, una obra que ha sido publicada por El Desvelo Ediciones, una pequeña editorial independiente con sede en Santander. A través de 21 ensayos, Orihuela lleva a cabo un recorrido por la historia del arte, desde la Grecia clásica hasta la posmodernidad más reciente, estableciendo un diálogo, no exento de ironía — me atrevería a decir que incluso el humor está presente en muchas páginas de este libro—, y siempre rebosante de esa actitud crítica, anticapitalista y libertaria, tan certera e incisiva, que se ha convertido en marca de la casa.
La caja verde de Duchamp está divida en dos partes: la primera de ellas agrupa un total de dieciséis ensayos que giran en torno a otros tantos artistas imprescindibles en la historia del arte, aunque por desgracia, muchos de ellos, no ocupen siempre en la actualidad el lugar que merecen. De esta manera por las páginas de este libro pasean nombres como los de Masaccio, Caravaggio, Jan Van Eyck, Clouet, Gerard Von Honthorst, George de la Tour, Jan Steen, Jean Cousin, Fernand Knopff, William Hogarth, y muchos otros. Orihuela entabla una serie de diálogos con las obras referenciadas, tratando de arrojar un poco de luz sobre sus simbolismos, al mismo tiempo que penetra en los códigos ocultos que se esconden detrás de estas obras, e investiga cuáles fueron las razones de sus autores para llevarlas a cabo, las pasiones secretas que albergan cada una de ellas: amores homosexuales, relaciones incestuosas, consumo de sustancias psicotrópicas, etc. Sin duda, de esta primera parte, mi ensayo favorito, el que más me ha impresionado, es el que se titula “La biosfera: parque temático del ecoterrorismo”, en el cual Orihuela hace un pormenorizada crítica del Earth Art, esa tendencia artística tan en boga en la década de los setenta del pasado siglo que consistía, básicamente, en “llevar el Arte Pop y su cultura urbana hasta los entornos naturales que utilizarán como entorno y soporte”. Algunos de los earth-workers más venerados fueron artistas como Christo, Robert Smithson, Michel Heizer o Nancy Holt, que alcanzaron bastante notoriedad con sus transgresiones y sus manipulaciones estéticas.
La segunda parte del libro está dedicada íntegramente a la figura de Marcel Duchamp. Cinco ensayos sobre el artista al que Orihuela define como “un precursor del arte conceptual, del pop art, del minimal, de la performance, del arte procesual, del multimedia, y prácticamente de todas las tendencias por las que ha discurrido el Arte desde la segunda mitad del siglo XX.” Antonio Orihuela no tiene ningún tipo de duda a la hora de declarar a Duchamp como el más influyente artista del siglo pasado. “Dejó de pintar porque, decía, había llegado a un punto muerto, pero sus ideas continúan vivas, parecen un manantial que fluye constante y vigoroso impregnándolo todo, borrando la frontera entre el arte y la vida, liquidando los presupuestos de lo estético, haciendo estallar el canon y la norma, socavando para siempre las viejas concepciones de artista, obra de arte y proceso creativo.”
La caja verde de Duchamp constituye una magnífica ocasión para aproximarse a un escritor, Antonio Orihuela, y a su particular mundo estético, simbólico, metafórico y referencial. Un libro hecho de fragmentos, de pequeñas piezas que, nosotros, los lectores, hemos de sacar de esa caja verde para que todo termine encajando de manera perfecta.        

sábado, 24 de septiembre de 2016

Juan Gabriel Jiménez Cebrián, escribiendo poesía sobre las cosas que de verdad importan



Hay poetas que jamás verán su nombre escrito en el Babelia ni en ningún otro suplemento literario del establishment. Hay poetas que nunca optarán al Premio Loewe o al Premio de la Crítica o a cualquier otro premio poético de esos que apestan a enchufismo (ni falta que hace). Hay poetas que, aunque vivan ciento quince años, en su vida van a conseguir una beca de tal o cual fundación. Hay poetas que no buscan las palmaditas en la espalda. Hay poetas que pasan olímpicamente de los mamoneos institucionales. Hay poetas a los que se las trae floja el Babelia y el Premio Loewe y las becas y las instituciones y las palmaditas en la espalda y los mamoneos institucionales de todo tipo. No nos engañemos. No es que haya muchos poetas así, pero haberlos, los hay. 
Yo conozco a uno de ellos. Se llama Juan Gabriel Jiménez Cebrián.
Hay poetas que escriben sus poemas desde la honestidad más radical. Hay poetas que se entregan por completo en cada uno de sus versos. Hay poetas que hacen de la brevedad, de la sinceridad, de la sencillez, su bandera. Hay poetas que miran a su alrededor con la mirada de un niño, pero eso sí, de un niño muy inteligente, muy sensible y muy libre. Hay poetas que hacen poesía hasta cuando van a cagar. Hay poetas que pasan de lo políticamente correcto, de lo estéticamente correcto, de lo poéticamente correcto. No nos engañemos. No es que haya muchos poetas así, pero haberlos, los hay.
Yo conozco a uno de ellos. Se llama Juan Gabriel Jiménez Cebrián.
Hay libros de poemas que caen en tus manos y cuando los lees te provocan un seísmo por ahí dentro. Hay libros de poemas que son pequeños tesoros llenos de palabras mágicas. Hay libros de poemas que hacen que te preguntes “¿y por qué coño no se me ha ocurrido a mí este verso? Hay libros de poemas que te hacen pensar, que te hacen reír, que te hacen sentirte mucho mejor de lo que sueles estar, que te hacen querer llegar al último verso para volver al principio y empezar otra vez, y llegar al final y volver a empezar otra vez, y así una y otra vez. Hay libros de poemas cargados de sinceridad, de pureza, de fuerza, de integridad. Hay libros de poemas en los que la belleza campa a sus anchas. Hay libros de poemas en los que las cosas que de verdad importan son el fuego del hogar, una tarde de lluvia, un pequeño ratón de campo, una brizna de hierba veraniega, un árbol gigante, una mirada furtiva o la luna en cuarto menguante. Hay libros de poemas herederos de la poesía inmortal de Whitman, de Issa, de  Thoreau. No nos engañemos. No es que haya muchos libros de poemas así, pero haberlos, los hay.
Yo acabo de leer uno de estos libros. Se titula  Naturalezas vivas. Y es el primer poemario que publica el poeta extremeño Juan Gabriel Jiménez Cebrián, Juangra, editado hace apenas unas semanas por la pequeña editorial onubense Crecida.
Hay libros de poemas que no se pueden comprar en el Corte Inglés. Hay libros de poemas que no serán jamás el número uno de la lista de ventas. Pero también hay libros de poemas que se salen de lo manido, que son un soplo de aire fresco dentro del manoseado mundo de la poesía española contemporánea. Hay libros de poemas tan libres que parece mentira que existan. Hay libros de poemas que son un regalo para los sentidos. Hay libros de poemas que todo lector de poesía debería de leer. Hay libros de poemas muy, muy buenos. Tan buenos que dan envidia (sana).
Yo acabo de leer uno de estos libros de poemas. Es un libro sorprendente, con poemas breves, intensos, asombrosos, alegres, plenos. Se titula Naturalezas vivas. Y lo ha escrito Juan Gabriel Jiménez Cebrián. Toma nota y búscalo por ahí. Tanta belleza no puede ser sólo patrimonio de unos pocos afortunados.  

miércoles, 24 de agosto de 2016

Antonio Orihuela, ayudando a construir el mundo nuevo

El poeta onubense Antonio Orihuela (Moguer, Huelva, 1965) está, estos días, doblemente de actualidad. Hace apenas unos meses, la editorial madrileña Amargord publicó Salirse de la fila, su más reciente libro de poemas. Y tan sólo hace unos días, esta misma editorial, acaba de poner en circulación El ojo no visto del mundo, una recopilación de textos en prosa y en verso del Premio Nobel de Literatura, Juan Ramón Jiménez, de cuya selección y compilación se ha encargado el propio Orihuela.
Antonio Orihuela es una voz imprescindible dentro de la actual poesía española (por mucho que el oficialismo no se entere o no se quiera enterar, que esa es otra), una voz necesaria como el aire que respiramos o el agua que bebemos, una voz en la que muchos y muchas, entre los que me incluyo, nos miramos y nos vemos reflejados. Decía hace unos meses el poeta de Moguer en una entrevista que merecía la pena “continuar cavando nuestra común trinchera hecha de vínculos, de complicidades, de ánimos sobre el mundo futuro libre, anticapitalista, solidario, sostenible y decrecentista que tenemos que construir.”
Salirse de la fila, el último poemario de Antonio Orihuela hasta la fecha, reincide en la particular manera que el autor de El amor en los tiempos del despido libre tiene de enfrentarse al mundo actual, este que nos ha tocado en suerte (aunque más acertado sería decir, en desgracia) usando su arma más certera: la poesía. Orihuela, partiendo de unos postulados libertarios, lleva a cabo una profunda crítica a este sistema, inhumano y cruel, violento y consumista, despilfarrador e insolidario, contaminante y repugnante, que responde al nombre de capitalismo y en el que el hombre, definitivamente, se convierte en el principal depravador del propio hombre. Frente a esta violencia gratuita y desgarradora con la que el sistema trata de ejercer su control, Antonio Orihuela propone al lector, parafraseando sus propias palabras, una nueva manera de “trenzar vínculos y complicidades, de insuflar ánimos, de descubrir nuevos compañeros de viaje, de generar nuevos proyectos, de expandir ilusiones”.
A través de las 161 páginas que forman Salirse de la fila (por cierto, precioso título que ya nos va dando pistas sobre por dónde van los tiros de estos poemas) Orihuela va dejando sus versos, reflexivos unas veces, gritos de rabia, otras, a los que ya nos tiene acostumbrados a sus numerosísimos lectores. Poemas que ponen de manifiesto las injusticias laborales, los desahucios, los recortes sociales, los cortocircuitos de la vida moderna. Poemas que nos hablan de los que han perdido el empleo, de los que han perdido las viviendas, de los que han perdido la vida buscando la Tierra Prometida (llámese Europa, llámese Estados Unidos de América) que nunca es tal, sino más bien, más injusticia, más insolidaridad, más dolor y más miseria. En definitiva, poemas que gravitan alrededor de los de abajo, los olvidados, que decía Buñuel, los que siempre, de una u otra manera, acaban perdiendo.
No obstante, en Salirse de la fila también hay momentos para el amor (un tema al que el poeta no nos tenía demasiado acostumbrados), para el humor, para detenerse un momento en el camino y echar la vista atrás. Destacan sobremanera los poemas que podríamos denominar “mejicanos”, escritos tras el viaje que el poeta onubense realizó el año pasado por el país americano. Mención aparte merece esa serie de haikus que pone el punto y final a un libro que, en mi opinión, supone un punto de inflexión en la ya longeva carrera de este extraordinario poeta.
Por otra parte, como señalábamos al principio de esta reseña, Orihuela se ha encargado de la selección y de la edición de El ojo no visto del mundo, de Juan Ramón Jiménez. La antología fue presentada recientemente en los encuentros poéticos Voces del Extremo que el propio poeta coordina en su pueblo natal y que se celebran bajo el auspicio de la Fundación Zenobia Juan Ramón Jiménez. Según confesaba el propio compilador en dicha presentación, el objetivo principal que se perseguía con este libro no era otro que desmontar esa falacia que nos presenta a un Juan Ramón Jiménez aislado en su jaula de oro, sin preocuparse por nada ni por nadie, y buscando simplemente la belleza por la belleza. Así, Orihuela, que ha buceado tanto en la obra editada del Premio Nobel como en cientos de páginas inéditas, ha sacado a la luz a un poeta comprometido con su tiempo, con sus congéneres, con el medio ambiente, etc. Un libro altamente recomendado para todos aquellos que piensan que Juan Ramón es sólo el autor de Platero y yo, y en el que descubrirán a un escritor reflexivo, combativo, solidario, y, ante todo, profundamente humano.
Dos buenas maneras de aproximarse a la carrera de uno de los grandes poetas contemporáneos: Salirse de la fila y El ojo no visto del mundo. Yo que tú no me las perdería.