viernes, 29 de junio de 2018
martes, 19 de junio de 2018
Esa extraña fruta llamada Billie Holiday
En los diccionarios ingleses
de sinónimos debería de existir una entrada con el nombre de Billie Holiday, y
al lado de este nombre deberían estar escritas palabras como pasión,
sentimiento, dolor, ritmo, melancolía, adicción, cárcel, autenticidad, melodía,
gardenias, blues, jazz. Porque decir Billie Holiday es decir todas esas
palabras a un tiempo y aún más.
Billie Holiday vivió apenas
45 años, pero en esa corta vida dejó como legado una carrera como cantante que
tumba de espaldas. Su vida es una mezcla inseparable de elementos legendarios y
de realismo sucio, pero tan sucio que ni el mejor de los escritores del género
hubiese sido capaz de inventarlo. En muchas ocasiones resulta complicado
separar la leyenda de la realidad cuando hablamos de Billie, poner a un lado de
la balanza lo que de verdad ocurrió de lo que ha sido inventado y ha llegado
hasta el presente.
Lo que se sabe con seguridad
es que nació en Filadelfia, en 1915 y que su verdadero nombre fue Eleonora Fagan.
También sabemos que al nacer la niña, su madre, Sadie, tenía veinte años y su
padre, el guitarrista de jazz Clarence Holiday, veintidós. No es difícil
imaginar que con esas edades lo último en lo que estaban pensando era
precisamente en criar a una pequeña. Así que la niña pasa su infancia entrando
y saliendo de los hogares de acogida, abandonada mil y una veces por su madre,
porque el padre se largó en los primeros días de vida del bebé y hasta veinte
años más tarde no vuelve a reaparecer en esta historia. En aquella época no era
extraño que la gente de su raza fuera de un lado para otro. De esta manera,
madre e hija muy pronto se trasladaron a Baltimore, en el estado de Maryland,
una de las ciudades americanas con el índice más alto de población negra. Pero
tampoco este sería el lugar definitivo. La pequeña Eleonora acabaría en Nueva
York, en el barrio de Harlem, barrio negro por excelencia.
Allí, en uno de los lugares
más duros para que una niña crezca, fue violada por un vecino, cuando tan solo
tenía once años. Imaginad por un instante qué
experiencia tan traumática, cuánto miedo y dolor tuvo que sentir la
pequeña. De hecho, jamás desaparecería del todo el terror que experimentó aquel
día. Un poco después de la violación empieza a trabajar como chica de la
limpieza en un burdel neoyorquino. Y es aquí, entre prostitutas y chulos, donde
comienza su amor incondicional por el jazz.
La vida de Billie fue intensa,
repleta de drogas, de prostitución, de alcohol, de sexo (se confesaba
abiertamente bisexual cuando ese era un gran tabú social), de viajes a lo largo
y ancho de los Estados Unidos, de violencia, de marginación, de segregación racial.
Y sin embargo, también fue una vida rica en belleza, en pasión, en amor, en
emociones compartidas, en gritos de rabia con forma de canción. En 1933 pone
por primera vez un pie en un estudio de grabación, acompañada por el genial clarinetista
Benny Gooman. Desde entonces hubo decenas de grabaciones. Cientos de canciones.
Personales e intransferibles, porque así era su voz: un regalo de los dioses. Nadie
jamás ha cantado como Billie. Y probablemente, nadie volverá a hacerlo nunca.
Era como si las gardenias que adornaban cada noche su pelo negro, le
transmitieran una fuerza mágica para estar en el escenario, para comunicarse
con el público, para transmitir emoción a raudales. Aunque fuese colocada hasta
las cejas.
Compartió escenario y estudios
de grabación con los mejores músicos de jazz de la época: Count Basie, Lester
Young, Artie Shaw, Art Tatum, Charlie Shavers, Oscar Peterson, Duke Ellington,
Miles Davis, Coleman Hawkins, Gerry Mulligan y muchos, muchos más. Algunas de las canciones que grabó están
entre lo mejor que se ha grabado en la historia de la música, de cualquier
estilo musical. Canciones como monumentos imperecederos levantados con la voz,
obras de arte que seguirán existiendo por tiempo indeterminado, mientras el ser
humano siga emocionándose con ese sentimiento extraño e inmaterial al que
llamamos belleza. Estoy hablando de temas como “Strange fruit”, “My man”,
“Gloomy Sunday” o “God Bless the Child”, por citar solo una minúscula parte de
lo que cantó. La lista es, obviamente, interminable.
Lady Day, apodo con el que
se la conocía, murió un caluroso día de verano de 1959, en la ciudad de Nueva
York, a causa de una cirrosis hepática causada por décadas de intensa adicción
al alcohol, a la heroína, a la cocaína. Es el riesgo que hay que correr cuando se es una
yonki de largo recorrido. Murió sola y pobre, haciendo honor a la leyenda, como
había ocurrido con Bessie Smith, su maestra y gran inspiración. Más de tres mil
personas asistieron a su funeral, que se celebró en la Capilla de San Pablo, en
Nueva York. Fue enterrada en la misma
tumba en la que descansaban los restos de su madre, en el cementerio de Saint
Raymond. En 1960, sus restos fueron exhumados y enterrados, esta vez, en una
tumba para ella sola.
Desde entonces se han
escrito decenas de libros biográficos, se han rodado documentales sobre su
figura y películas de ficción, se han escrito cientos de poemas, de canciones
dedicadas a la voz más particular del jazz, porque su música, su manera de
cantar, los avatares de su vida, siguen levantando pasiones.
Aún hoy, cuando han pasado
tantos años de su muerte, la influencia de Billie en la música popular es tan
profunda que no hay ningún cantante de jazz, e incluso de otros estilos, hombre
o mujer, que escape a ella. Desde Martirio a Silvia Pérez Cruz, desde Casandra
Wilson a Madeleine Peyroux, desde José James a Guru. Ninguno de ellos existiría
si no hubiese existido antes la gran Billie Holiday.
domingo, 3 de junio de 2018
Las Vulpes, inventando el femipunk
El
día 16 de abril del año 1983, sábado para más señas, yo tenía 13 años. No
recuerdo cómo fue aquel día: si brilló el sol o llovió intensamente; si hizo
frío o calor. No recuerdo si tuvo lugar algún acontecimiento trascendental o
fue un día más de tantos. Y sin embargo recuerdo perfectamente que aquel sábado
por la mañana, recién levantado, desayunando, todavía en pijama y medio
adormilado, tuve oportunidad de ver en la televisión uno de esos momentos que
se graban en la retina y permanecen para siempre: la actuación de Las Vulpes.
El
programa en cuestión se llamaba Caja de Ritmos y lo dirigía el gran Carlos
Tena, toda una referencia en el periodismo musical de este país. Tena tenía ya
en 1983 una larga carrera profesional a sus espaldas, tanto en radio como en
televisión. Había dirigido otros programas musicales como Popgrama o Música
maestro. Pero es que el guionista del programa era nada más y nada menos que
Diego A. Manrique, el periodista musical número uno de la historia de este
país. Cuenta la leyenda que Manrique fue quien eligió al grupo vizcaíno para
que apareciera en el segundo programa, pues según contaba el propio Carlos
Tena, él no tenía ni idea de quiénes eran estas chicas hasta que Diego le habló
de ellas. Caja de ritmos se había estrenado la semana anterior, o sea, el
sábado 9 de abril. El plato principal para el segundo programa era un grupo
enteramente femenino procedente del País Vasco, de Barakaldo (Vizcaya) para más
señas. Cuatro chicas de entre 17 y 21 años, que se habían bautizado con el
simbólico nombre de Las Vulpes (zorra en latín).
Cuando
grabaron la actuación para Caja de Ritmos, la formación definitiva de Las
Vulpes apenas llevaba siete meses funcionando. Tras algunos intentos fallidos
de formar un grupo exclusivamente de chicas, la que sería la formación
definitiva de la banda, se había juntado en el verano de 1982. Mamen, Loles,
Lupe y Begoña. Cuatro punkis con las ideas muy claras. Durante esos siete
meses, las cuatro chicas habían estado prácticamente encerradas en un local de
ensayo junto a una serrería, ensayando duro, aprendiendo a manejar con cierta
soltura los instrumentos, horas y horas aporreando la batería, el bajo y la
guitarra. Gritando a toda hostia. Allí, enclaustradas entre cuatro paredes, habían
abrazado la religión del punk y adoraban, sobre todas las cosas, a Johnny
Rotten, su único dios verdadero, cantante y líder absoluto de los Sex Pistols,
la banda que en 1977 había llevado su anárquico rocanrol a las cotas más altas
de nihilismo, bajo el eslogan de “No future”. La banda londinense habían
escandalizado a la biempensante sociedad británica hacía un lustro con temas
como “Anarchy in the UK”, “Pretty Vacant” o la celebérrima “God Save The Queen”,
temas todos ellos incluidos en su único álbum, Never Mind The Bollocks (Virgin, 1977). Durante aquellos meses de
duros ensayos, las chicas ponen en pie un repertorio bastante potente. Y graban
un par de maquetas que mueven por todo el
País Vasco. Poco a poco se van haciendo un nombre en una incipiente
escena punk vasca. En una entrevista que les hizo la periodista Rosa Montero
para El País algunos días después de su
única aparición en televisión, contaban que su repertorio hasta aquel momento consistía
en tan solo trece canciones, trece disparos certeros contra la Iglesia
católica, contra el machismo imperante en la sociedad española, contra la
hipocresía pequeño-burguesa, contra los políticos de derechas y de izquierdas,
contra la amenaza nuclear, “contra todo”. En este repertorio había, como no
podía ser de otra manera, varias versiones de Los Ramones, de Eddie Cochran, UK
Subs y The Stooges.
“Me
gusta ser una zorra”. Así se titulaba la libérrima adaptación que Loles,
guitarrista del grupo, había hecho del “I wanna be your dog”, el mítico tema
que Iggy Pop había compuesto en 1969, para el álbum de debut de su banda, The
Stooges, y de cuya producción se encargó otra leyenda del rock: John Cale. En
1983, Loles tenía 18 años, pero la letra de la canción había sido escrita 3
años antes, o sea, cuando la chica tenía 15 años. En la entrevista de Rosa
Montero, la autora del texto se mostraba tajante: “si tú me dices que soy una
zorra sólo porque soy distinta a ti, porque no quieres comprenderme, entonces
yo gritaré que me gusta ser una zorra.” La letra de la canción empezaba con
estos versos:
Si tú me vienes hablando de amor,
Qué dura es la vida, cual caballo me
guía.
Permíteme que te dé mi opinión,
Mira, imbécil, que te den por culo.
Me gusta ser una zorra,
Me gusta ser una zorra,
Me gusta ser una zorra,
Me gusta ser una zorra,
¡Cabrón!
Después
continuaba con una aseveración contundente (esta fue la parte que más mosqueó a
los meapilas del ABC, probablemente
porque sus podridas meninges de machos hispanos no podían soportar la idea de
que una chica prefiriera masturbarse a estar con un tío):
Prefiero masturbarme, yo sola en mi
cama,
Antes que acostarme con quien me hable
del mañana,
Prefiero joder con ejecutivos.
Que te dan la pasta y luego vas al
olvido.
Me gusta ser una zorra
Me gusta ser una zorra
¡Mamón!
Y
acababa con una alusión nada velada al cantante neoyorquino Lou Reed:
Dejando ahora mi profesión,
Te pido un deseo de todo corazón,
Quiero meter un pico en la polla,
A un cerdo carroza llamado Lou Reed
Me gusta ser una zorra.
En
el artículo de Rosa Montero, se aclaraba el porqué de esta estrofa final de la
canción: ¿Y el final? Bueno, el final ese
del pico en la polla de Lou Reed pensaron en quitarlo, porque no pega con el
resto. Fue una broma, una tontería. Por entonces había venido Reed a Madrid y
Lupe tuvo que pintárselas de todos los colores para poder reunir dinero para
verle: se tuvo que desplazar haciendo dedo, en fin, una movida. Y luego el Lou
Reed cogió y cantó sólo siete canciones, el muy guarro, y encima el tío había
dicho en una ocasión que a Johnny Rotten había que meterle un pico en la polla,
a Johnny Rotten, nada menos, a quien tanto admira Lupe. Así es que ella se
calentó y terminaron la canción con esa estrofa, "quiero meter un pico en
la polla a un cerdo carroza llamado Lou Reed", por chorizo. Una tontería,
vamos.
Sobre
los versos más polémicos de la letra de la canción, los que hacían referencia a
la masturbación, las chicas opinaban: "Nos gusta ser como somos y
pensamos que a nadie debe escandalizar que digamos que nos masturbamos, porque
eso es natural, eso lo hace todo el mundo. Es más fuerte poner películas
violentas u obligar a niños a seguir determinado tipo de religión". Lo
que demostraba que ellas eran las más sensatas de toda esta movida.
Lo
que ocurrió después de la emisión de “Me gusta ser una zorra” en el programa
Caja de Ritmos forma parte de la memoria colectiva de toda una generación de
teleespañolitos. El diario monárquico, ultraconservador y católico-talibán ABC escribió una editorial atacando al
grupo, al director del programa y, de paso, a los mandamases de RTVE. Hubo
querellas criminales, visitas a los juzgados, preguntas en el congreso,
réplicas y contrarréplicas, y otras historias casposas de las que, tan a
menudo, pasan por aquí y que tienen que ver, cómo no, con ataques furibundos
contra la tan cacareada libertad de expresión. De aquellos lodos vienen estos
polvos.
A
rebufo de la polémica, Las Vulpes grabaron un single con dos canciones: “Me
gusta ser una zorra”, en la cara A, e “Inkisición”, en la cara B, editado por
la discográfica independiente Dos Rombos. Se despacharon doce mil copias de
aquel disco en apenas unas semanas, y hoy en día, es un artefacto bastante
cotizado en el mercado del coleccionismo discográfico. Y sin embargo, los meses
que siguieron estuvieron más cerca de ser una pesadilla que de un sueño
placentero: conciertos en los que no cobraban, ultraderechistas boicoteando sus
actuaciones, garrulos que pensaban que aquellas tías eran unas putas dispuestas
a follar con el primer anormal que apareciera, y otras lindezas por el estilo.
Así que al poco tiempo, decidieron poner fin a aquella historia y seguir cada
una por su camino.
En
el año 2005, las 3 supervivientes de la formación original (Lupe había muerto
en 1993) se volvieron a juntar y grabaron un disco en directo que se llamó Me gusta ser (Ohiuca, 2005), con el que
intentaban saldar viejas deudas Han pasado 35 años de toda esta historia y
durante estos años la leyenda de Las Vulpes no ha hecho más que aumentar de
tamaño. Se han hecho numerosas versiones de su tema estrella, y su influencia
se puede rastrear en bandas de chicas tanto en el estado español como en otros
países de Hispanoamérica. Nombres como los de Les Biscuits Sales, Las Perras
del Infierno, Molly G, Las Furias, Rotten Nuttes, Las Ultrasónicas, Las
Sexpeares, Selene, Akelarre y muchas, muchas más han seguido el camino iniciado
por Mamen, Loles, Lupe y Begoña y se reconocen como herederas directas de la
banda de Barakaldo. No en vano ellas fueron las pioneras del femipunk y eso,
siempre supone un plus.
viernes, 1 de junio de 2018
El legado de Rajoy
Cuando se ha despedido en el
Congreso ha dicho que estaba orgulloso porque se iba dejando una España mejor
que la que había cuando él llegó a la presidencia del gobierno, pero eso no es
más que una mentira, una más de los millones de mentiras que han contado durante
estos 6 años.
Lo que dejan tras de sí Rajoy
y el PP es mucho dolor, muchas familias destrozadas, gente que lo ha pasado y
lo sigue pasando muy mal, trabajadores que, a pesar de tener empleo, son
pobres, una educación pública que está hecha una puta mierda, una universidad
caótica, mafiosa, mercantilista y pensada para los ricos, una sanidad recortada
hasta límites insospechados, una sociedad en estado de shock, una democracia destrozada, más cercana a un estado policial
y dictatorial que a lo que se entiende por estado de derecho en el mundo
occidental. La libertad de expresión está amenazada de muerte por culpa de su
Ley Mordaza, la televisión pública da pena, asco y vergüenza, la corrupción
campa a sus anchas, la manipulación está en todos los estamentos públicos,
etc., etc.
Lo único que ha hecho bueno Rajoy
y el PP en estos años ha sido en favor de los ricos, a los que ha tratado muy
bien, rescatando a los bancos y a las autopistas, ofreciendo una gran amnistía
fiscal a los ladrones de guante blanco, aumentando los beneficios de las
compañías eléctricas, etc., etc.
Resumiendo, el legado de
Rajoy es una puta mierda. Salvo que te llames Florentino Pérez, por ejemplo.