lunes, 29 de noviembre de 2010

Cuando ella no está

el olor

de las flores

es una mierda.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Tsunami (dos)

Soy un tsunami,

una ola gigantesca

que arrasa

cuanto pilla

a su paso.

Ya te digo.

Todo destruido.

Sin remedio.

martes, 23 de noviembre de 2010

Perfecto

La primera vez que se encontraron todo fue tan maravilloso, tan especial, tan magnífico, tan extraordinario, tan fastuoso, tan delirante, tan perfecto, que después de aquel día, los dos decidieron no volverse a ver nunca jamás.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Luis García Berlanga: el dulce placer de la transgresión

El Pasado sábado 13 de noviembre fallecía en su casa de Madrid el director de cine Luis García Berlanga. Tenía 89 años. El legado que deja para la posteridad es extraordinario: 17 películas, entre las que se cuentan un puñado de obras maestras y, sin ningún género de dudas, el gran alegato contra la pena de muerte que fue, que es, que seguirá siendo, El verdugo.
García Berlanga había nacido en la ciudad de Valencia en 1921, en el seno de una familia acomodada. Su padre llegó a ser Gobernador civil de Valencia durante la República. Este hecho, obligó al joven Berlanga a alistarse en la División Azul para luchar en el frente de Rusia, con el objetivo de salvar la vida de su padre. Allí coincidió con Luis Ciges (en la misma situación que Berlanga), que luego participaría como actor en muchas de sus películas. Sobre esta etapa de su vida dijo: “Lo pasé muy mal, fundamentalmente, por dos cosas: por el frío y por el miedo.” Y solía añadir: “Con todo, confieso sentir la satisfacción personal e íntima de no haber disparado un solo tiro en el frente, con lo que tengo la tranquilidad de no haber podido participar directamente en la desgracia de nadie.”
A finales de la década de los cuarenta, se matricula en la Escuela de Cine (su nombre técnico era Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas), donde coincide con Juan Antonio Bardem, y donde algún tiempo después, el mismo Berlanga trabajaría como profesor. Con Bardem dirige, en 1951, a medias, la que sería la primera película para ambos directores: Esa pareja feliz, interpretada por Fernando Fernán-Gómez y Elvira Quintillá. Bardem se encargó de la dirección de actores y Berlanga de la dirección técnica. Con esta película, ambos directores ponen los cimientos de lo que será el cine español en los años venideros. En la película ya se encuentran todos los ingredientes que, posteriormente, el director valenciano iba a desarrollar en sus películas en solitario: el tono cómico para una obra teñida de tragedia y, sobre todo, ese pozo amargo, profundamente adverso, de unos personajes condenados al fracaso, muy a su pesar. También desde el mismo comienzo de su carrera como director, se puede apreciar la importantísima influencia de directores norteamericanos como Capra o Sturges, que estaría latente en toda su filmografía, pero especialmente en la primera etapa.
Se puede hablar de dos etapas bien diferenciadas en el cine berlanguiano: la primera, desde sus comienzos hasta la llegada de la democracia, o tal vez sería más preciso matizar, hasta la muerte de la censura. La segunda, desde La escopeta nacional, rodada en 1977, hasta su última película, Paris-Tombuctú, de 1999. Indudablemente, sus mejores obras datan de la primera época: Bienvenido Mr. Marshall (1953), Los jueves, milagro (1957), Plácido (1961) o El verdugo (1963). La tetralogía formada por estas cuatro películas lo encumbra a la cima del cine europeo, llegando incluso a estar nominado para el Óscar a la mejor película de habla no inglesa por Plácido. Es en esa España negra y cutre del franquismo en la que el director valenciano saca de su interior toda la capacidad que posee de burlar a una censura estúpida y puritana. Cuanto mayor es el control, más se crece Berlanga. El mejor ejemplo, sin duda, lo encontramos en El verdugo, para muchos críticos la mejor película de la historia del cine español. Interpretada por un inconmensurable Pepe Isbert, acompañado por Emma Panella y Nino Manfredi, la película narra la historia de un hombre que por conseguir un piso del Estado, se ve obligado a convertirse en verdugo, en aquella España de garrote vil, con la esperanza incierta de que nunca tendrá que ejecutar a nadie. Para los anales de la historia del cine, permanecerá ese plano secuencia final en el cual, el verdugo es arrastrado por los policías para que cumpla con su deber y ejecute al reo. Todavía hoy, cuando han transcurrido 47 años desde que se hiciera la película, uno no se explica cómo a la censura se le coló aquel guión.
Con la llegada de la democracia el cine berlanguiano, sin cambiar completamente de rumbo, lima asperezas y se hace un poco menos hiriente, menos incisivo. Con todo, algunas de las obras de esta segunda etapa, rozan un altísimo nivel, por ejemplo, La escopeta nacional o La vaquilla, su película sobre la Guerra Civil española. Pero qué duda cabe, en películas como Moros y cristianos o Todos a la cárcel no consigue crear aquellos retratos de personajes arquetípicos de nuestro país, como había hecho en el cine de su primera etapa.
Luis García Berlanga ha sido uno de los más grandes directores que ha dado el cine. Un ser tremendamente lúcido e inteligente, tierno y duro a un tiempo, irónico y trágico, charlatán y erotómano, ácrata y burgués, pícaro y bon-vivant, maestro del humor negro, de la transgresión más feroz, del surrealismo, un genio que cultivó como nadie ese estilo tan hispano llamado esperpento. Luis García Berlanga: un personaje irrepetible.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Tsunami

Habían pasado casi doce años desde la última vez que se vieron. Aquel día había resultado demoledor. Como un tsunami. Ella le contó que ya no lo quería. Que había conocido a otro chico. Que era holandés. Que había decidido seguirlo hasta Amsterdam. Que su relación de casi veinte años estaba en un callejón sin salida. Él lo recordaba todo perfectamente. También sus propias lágrimas, sus súplicas reiteradas, sus promesas de amor eterno. Pero no hubo piedad. Nunca la hay en casos como este. En realidad es como debe ser. Sin piedad. Eso lo pensaba ahora. Casi doce años después. Pero aquel día lloró como un niño chico.
Durante estos años, él había seguido sus pasos por la prensa. Ella era una escritora de éxito. Lo había conseguido. Él aún recordaba cuando eran jóvenes y tenían un sueño común: convertirse en escritores. Ahora, después de todos estos años, ella era escritora. Él no. Siempre había sido consciente de su mediocridad, de su falta de talento, de su carencia de ambición. Así que pronto dejó de intentarlo. No quería perder el tiempo.
Ahora, casi doce años después, estaba en el aeropuerto esperándola. Había recibido un correo electrónico hacía una semana. Lo escribía ella. Le contaba que volvía a España. Que sólo serían unos días. Un par de lecturas en Madrid y Barcelona. Una conferencia en Granada. También le decía que quería volver a verlo. Que después de tanto tiempo, a lo mejor había llegado el momento de sentarse juntos, frente a frente, y hablar sin rencores, sin tapujos, en absoluta libertad.
Y ahora, doce años después, él estaba allí sentado, los auriculares puestos, escuchando un disco de los Joy Division, esperando para reencontrarse con su pasado. Cuando se abrió la puerta y la vio aparecer, se levantó de su asiento y se dirigió hacia ella. Se miraron un momento. Una décima de segundo. No más. Y se abrazaron. Sin palabras. Un abrazo que abarcaba una ausencia de una docena de años. Y los dos se quedaron allí de pie, aferrados al cuerpo del otro, abrazados en silencio, mientras la gente pasaba junto a ellos, ajenos por completo al bullicio del aeropuerto.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

El viejo Tom

La primera vez que leí el nombre de Tom Waits impreso en un papel yo debía andar por los quince años. O sea, allá por 1985. Fue en uno de los primeros números de la revista Ruta 66. No sé cómo cayeron en mis manos aquellas páginas del diablo, pero desde el momento en que leí aquel satánico artículo, me convertí fulminantemente en devoto del músico californiano y de su música hipnótica y vodevilesca. Y eso sin haber escuchado ni una sola de sus melodías. Tuvieron que pasar unos cuantos meses hasta que por fin me hice con uno de sus discos. En aquella época sin internet no era nada fácil escuchar la música que venía del otro lado del mundo. Ni siquiera la que se hacía al lado de tu casa. Así que un año después de enterarme de la existencia de este tipo singular, un amigo que era bastante más mayor que yo y que estaba a la última y encima viajaba con cierta frecuencia a Madrid, se compró el Rain dogs en uno de sus viajes. Y me lo grabó en una cinta. Y ya no hubo marcha atrás. Ah, no exagero si digo que ese acontecimiento que, en principio podría parecer totalmente intranscendente, fue uno de los momentos más importantes de mi vida. Los meses que siguieron fueron de búsqueda constante. Siempre que conocía a alguna persona a la que le gustaba la música con intensidad, lo sondeaba por si acaso. Nunca había suerte. Nadie parecía saber nada de él. Hasta que me crucé en el camino con el pintor Rafa Quintero. Yo debía rondar los 18 más o menos. Rafa tenía muchos discos del viejo Tom, en vinilo, con sus grandes y hermosas portadas y me los grabó todos y cada uno de ellos: Closing time, The heart of Saturday night, Heartattack and vine, Swordfishtrombones, etc. Para esa época ya sabía más sobre su obra, sobre su vida, sobre esa figura que se me antojaba inconmensurable: había leído sobre él en Rockdelux, en Ruta 66, y en la magnífica Enciclopedia del Rock que editó El País y que coordinó Diego A. Manrique. El puzzle estaba incompleto pero cada día faltaban menos piezas.
A esas alturas de la película, yo veneraba a Tom. Cuando me vine a estudiar a la ciudad de Granada, una amiga me regaló un librito con las letras en ingles y castellano (traducidas por Alberto Manzano) de algunas de sus canciones. Esas canciones las escuché, mientras leía las letras, miles de veces, en la soledad de mi habitación. Algunas incluso me las aprendí de memoria: "Martha", "Jersey Girl", "Time", "Looking for the heart of Saturday night", "Downtown Train" y alguna más. Empezaban los noventa y cada vez que Tom sacaba un disco, yo estaba en la tienda, puntual como un despertador. Así fueron cayendo uno detrás de otro: Frank’s Wild Years, Bone Machine, Mule Variations, Alice, Blood Money, etc.
Todo lo relacionado con la obra de Tom me interesaba hasta límites preocupantes. Por ejemplo, su carrera como actor. He tratado de no perderme ninguna película en la que apareciese Tom Waits: Corazonada (con esa banda sonora tan, tan melancólica, ya sé, ya sé, en esta no actúa él, pero sólo por la música ya vale su peso en oro), La ley de la calle, (donde interpretaba a aquel camarero filósofo), Cotton Club (el MC parlanchín y dicharachero), Bajo el peso de la ley, El Rey pescador, Drácula de Bram Stocker, Vidas cruzadas (donde interpreta a un conductor de limusina borrachuzo y pendenciero, en mi opinión su mejor papel) o la última de todas, El imaginario del doctor Parnassus, en un papel que parecía un trasunto de su propio personaje. También me he ido haciendo con los libros que se han publicado sobre su obra, o con los que traducen las letras de sus canciones. He seguido comprando cualquier revista donde apareciera su nombre. Todo. Absolutamente todo.
En mi opinión, tan poco objetiva tratándose de este tema, su discografía está repleta de canciones únicas, maravillosas, hirientes unas veces, balsámicas otras, pero siempre marcadas por la huella imborrable de su estrafalaria personalidad. También es cierto que sus últimos discos no son tan excepcionales como aquellos míticos Blue Valantine, Foreing Affairs o Rain dogs, y que desde Mule Variations, no ha firmado ninguna otra obra de tantísima calidad, pero qué carajo, todos ellos superan con creces la media de lo que hace cualquier otro músico o grupo actual. Y aunque sólo hubiera compuesto en los últimos años un temazo como “Make it rain” ya hubiera merecido la pena todo el dinero invertido. Así que mientras el viejo Tom siga grabando, yo estaré ahí, al pie del cañón, siempre dispuesto a gastarme unos eurillos en un trocito de felicidad con forma de disco.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Remake

Últimamente su existencia se le antojaba un puro ramake. Todo cuanto acontecía parecía haber tenido ya lugar en épocas pretéritas de su vida y además, como suele ocurrir en el cine con los remakes, con mucha más calidad. La música que escuchaba, las películas que veía, los libros que leía, la ropa que compraba, las conversaciones telefónicas que mantenía, las amistades que cultivaba, los platos que cocinaba, las noticias que escuchaba en la radio o veía en la televisión, y hasta los polvos que echaba (cuando los echaba) no dejaban de ser la versión revisada de lo que había ocurrido diez o veinte años atrás. Hasta tal punto llegaba el autoplagio que, a veces, se sorprendía repitiendo, palabra por palabra, conversaciones que había mantenido cuando no era más que un chaval. E incluso había días que eran calcados, fotograma a fotograma, de otros ya vividos con anterioridad. Y es que su vida se había convertido, sin darse cuenta, en el más aburrido y cutre de los remakes.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Todo poema

Todo poema,

por definición,

es mentira.

Si no, se llamaría reportaje,

crónica, documental.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Mudar la piel

Ya está.

Ya era hora.

Hoy, al fin,

he comenzado

a mudar la piel.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Disfrazada de canción

Nada es más hermoso

que verla cada día

salir a la calle

disfrazada de canción.

Sus extrañas melodías,

sus acordes maravillosos,

su ritmo trepidante,

dejan a su paso

rumores como de pájaro

multicolor

perdido en el cielo azul.

martes, 9 de noviembre de 2010

Autodestrucción

Camino

con paso lento

bajo la lluvia

por calles solitarias,

sin rumbo.

Es una lluvia

tórrida,

voluptuosa,

viscosa.

Gotas miscroscópicas

de acetilmorfina

que empapan la piel

y dejan en la boca

un regusto a óxido,

a ausencias.

La muerte me sonríe

con sonrisa de reptil.

domingo, 7 de noviembre de 2010

La honestidad brutal de Santiago Sierra

Abro mi correo electrónico y me encuentro un correo de mi amigo Felipe Villa. Me dispongo a leerlo y, cuando lo hago, la noticia me deja perplejo. Santiago Sierra, artista plástico al que el día 4 de noviembre se le ha concedido el Premio Nacional de las Artes 2010, dotado con treinta mil euros, hace público su rechazo al premio. El artista madrileño afincado en México ha escrito una carta dirigida a la Ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde, en la que le viene a decir que está muy agradecido por haber sido distinguido con el premio pero que pasa olímpicamente de él y de todo lo que significa ese premio. Entre las razones que alega para rechazar el premio, Sierra apunta que los premios son para gente que han realizado un servicio, por ejemplo, ”(…) un empleado del mes”. Más adelante escribe: “el arte me ha otorgado una libertad a la que no estoy dispuesto a renunciar. Consecuentemente, mi sentido común me obliga a rechazar este premio”. Se queja Santiago Sierra de que el premio sólo trata de instrumentalizar en beneficio del Estado el prestigio del premiado. Y en opinión de Santiago Sierra, un artista radicalmente comprometido con el ser humano y con la libertad creativa, resulta inaceptable entrar en el juego de un Estado “que participa en guerras dementes alineado con un imperio criminal. Un estado que dona alegremente el dinero común a la banca. Un estado empeñado en el desmontaje del estado de bienestar en beneficio de una minoría internacional y local.” Y despide su misiva a la Ministra de Cultura con un elocuente “¡Salud y libertad!”
En mi opinión, lo que ha hecho Santiago Sierra, es un gesto rebosante de dignidad. Algo que no nos debería sorprender lo más mínimo, pero que, por desgracia, en los tiempos que vivimos, es un gesto, cuando menos, excepcional. Los artistas, —de cualquier disciplina artística— pierden el culo por una subvención. Conozco a más de un escritor al que se le llena la boca con palabras como honestidad, dignidad, compromiso, etc., pero no duda lo más mínimo, si la ocasión es propicia, en trincar la pasta de las subvenciones y de los premios, aunque esa pasta huela a mierda a varios kilómetros a la redonda, aunque para ello tenga que comulgar con ruedas de molino.
Está claro que todos los premios son fruto de la subjetividad. Eso, hasta cierto punto, es algo normal. Lo que no es nada normal es que casi todos los premios sean fruto del amiguismo, del mamoneo y de las conspiraciones de salón. Lo digo sin ambages ni medias tintas. Al menos los premios literarios dan asco a nada que se rasque un poco sobre su piel viscosa. Y me temo que en las disciplinas plásticas es incluso peor. A estas alturas del partido, no se entiende muy bien qué hace un escritor de la talla de Eduardo Mendoza (un tipo al que respetaba y al que he leído) jugando a los trapicheos del Planeta. Otro ejemplo: si se repasa la lista de premios Nobel de Literatura se encuentran más de cuatro ejemplos que dan que pensar. Sin ir más lejos, nuestro Echegaray. Pero la lista es bastante larga.
Volviendo a Santiago Sierra he de decir que su postura me parece no sólo un ejercicio de coherencia ideológica (¡qué necesitados andamos de coherencia ideológica, amigo Sancho!), sino también una muestra de valentía, cercana a la temeridad. Qué duda cabe que su rechazo al Premio Nacional de las Artes pone a los responsables políticos de la cultura de este país en un gran brete. Y eso es algo que no se le perdonará jamás. Y luego está el dinero. Desconozco cuál será la situación económica de este artista, pero a nadie amarga un dulce. Y él ha rechazado, de un plumazo, treinta mil euros. En fin, qué queréis que os diga. Que es muy gratificante encontrar artistas tan libres, tan independientes, tan coherentes como Santiago Sierra. Ojalá que cunda el ejemplo. Aunque mucho me temo que no será así.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Las novelas de Bukowski (V)

La forja de un rebelde: La senda del perdedor

En 1982 se publica su cuarta novela, La senda del perdedor . Esta novela entronca directamente con la tradición norteamericana de novelas cuyo protagonista principal es un niño que nos muestra el mundo desde su particular óptica, tales como Tom Sawyer o Huckleberry Finn, de Mark Twain, El Arpa de Hierba, de Truman Capote o El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger. Sin embargo, la obra de Charles Bukowski, por su temática, está más cerca de los sufridos protagonistas infantiles de Charles Dickens (por ejemplo, Sissy en Tiempos difíciles u Oliver Twist en la obra homónima) que de Hackleberry Finn en la novela de Twain o Holden Caulfield en la novela de Salinger.
Durante mucho tiempo John Martin había intentado que Bukowski escribiera una novela sobre su niñez, pero el autor siempre se había negado argumentando que era una época que sólo despertaba en él malos recuerdos, y por tanto, le resultaba muy difícil escribir sobre esa etapa de su vida. En una carta dirigida a John Martin fechada el día siete de octubre de 1976, Charles Bukowski reflexiona a propósito de este tema: “Creo que nunca seré capaz de escribir sobre mi niñez. Quizás con setenta años (…)”. Y no sería hasta 1980 cuando empezara a escribir sus recuerdos de infancia y juventud.
En esta obra se relata la infancia y adolescencia de Henry Chinaski, partiendo desde su primer recuerdo, hasta el día en que Pearl Harbor es bombardeado por la aviación japonesa y los Estados Unidos entran en la Segunda Guerra Mundial. El joven Chinaski nos presenta una época durísima de la historia americana: la Gran Depresión de los años treinta.

La gente empezó a ir a los solares donde crecía la hierba. Habían aprendido que algunas de las hierbas podían ser guisadas y comidas. Había peleas a puñetazos entre hombres en los solares y en las esquinas. Todo el mundo estaba furioso. Los hombres fumaban Bull Durham y no aguantaban a nadie. (…) La gente hablaba de segundas y terceras hipotecas. Mi padre vino a casa una noche con un brazo roto y los dos ojos morados. Mi madre tenía un trabajo en alguna parte que le daba un poco de dinero. Y todos los chicos del vecindario teníamos un par de pantalones para los domingos y otro par de pantalones para diario. Cuando los zapatos se desgastaban, no había otros para reponerlos. En las tiendas se vendían suelas y tacones por 15 o 20 centavos junto a la cola, y éstas se pegaban en los zapatos desgastados.


Además de la terrible situación socioeconómica, Chinaski tiene que soportar el hecho de tener un padre cruel, cuyas palizas se van haciendo prácticamente diarias:

Entré y él cerró la puerta tras nosotros. Las paredes eran blancas. Había un espejo de baño y una pequeña ventana, con una cortinilla negra rota. Estaban la bañera y el retrete y los azulejos del suelo. Cogió la badana de cuero para afilar la navaja de afeitar que colgaba de un gancho. Iba a ser la primera de una serie incontable de palizas que se fueron haciendo más y más frecuentes. Siempre, me parecía a mí, sin una verdadera razón.


Su madre es una mujer sumisa y obediente, incapaz de rebelarse contra el yugo de su esposo. Para colmo de males, Chinaski se ve sorprendido por el peor caso de acné de la ciudad de Los Ángeles:

Pasaron unos minutos y de repente la habitación se llenó de gente. Todos eran doctores. Al menos tenían el aspecto y hablaban como doctores. ¿De dónde habían salido? Creía que apenas había doctores en el Hospital General de Los Ángeles.
—Acne vulgaris. ¡El peor caso que he visto en todos mis años de ejercicio!
—¡Fantástico!
—¡Increíble!
—¡Mirad su cara!
—¡El cuello!
—Acabo de examinar a una joven con acne vulgaris. Su espalda estaba cubierta de granos. Ella lloró y me dijo: “¿Cómo podré jamás ligarme a un hombre? Mi espalda quedará marcada para siempre. ¿Quiero suicidarme!” ¡Y ahora mirad a este tipo! Si ella pudiera verlo, sabría que no tenía razón para quejarse.

Por todo esto, el joven Chinaski se ve rechazado tanto por sus compañeros de colegio como por las chicas. La lectura y la escritura se convierten en la única escapatoria posible, y el único lugar donde se encuentra a gusto, la Biblioteca Pública de Los Ángeles. Allí empieza a leer un libro cada tarde y por sus manos pasan todos los grandes autores americanos y europeos: Upton Sinclair, D. H. Lawrence, Iván Turgenev, Maximo Gorki, John Dos Passos, Ernest Hemingway, Sherwood Anderson, Fiódor Dostoyevski, John Fante y un largo etcétera. Un poco más tarde conoce los encantos del alcohol, creándose un paraíso artificial en el que intenta escapar de todos los horrores de la vida cotidiana:

Nos sentamos en un banco del parque mascando chicle, y yo pensé, bueno, ahora sí que he encontrado algo, algo que me va a ayudar en los días venideros. La hierba del parque parecía más verde, los bancos del parque tenían mejor aspecto y las flores lucían más. Quizás aquella bebida no fuera buena para los cirujanos, pero el que alguien quisiera ser cirujano ya indicaba que no estaba bien desde el principio.


La senda del perdedor retrata a la perfección la otra cara del sueño americano: la carencia de oportunidades, el rechazo social, el alcohol como refugio seguro ante los problemas cotidianos, así como la falta de ambición y de autoconfianza del protagonista. En un pasaje de la novela, su protagonista, Henry Chinaski habla de sus deseos más inmediatos:

Podía ver el camino que se abría frente a mí. Yo era pobre e iba a continuar siéndolo. Pero tampoco deseaba especialmente tener dinero. No sabía qué es lo que quería. Sí, lo sabía. Deseaba algún lugar donde esconderme, algún sitio donde no tuviera que hacer anda. El pensamiento de llegar a ser alguien no sólo no me atraía sino que me enfermaba. Pensar en ser un abogado, concejal, ingeniero, cualquier cosa por el estilo, me parecía imposible. O casarme, tener hijos, enjaularme en la estructura familiar. Ir a algún sitio para trabajar todos los días y después volver. Era imposible. Hacer cosas normales como ir a comidas campestres, fiestas de Navidad, el 4 de julio, el Día del trabajo, el Día de la Madre… ¿acaso los hombres nacían para soportar esas cosas y luego morir? Prefería ser un lavaplatos, volver a mi pequeña habitación y emborracharme hasta dormirme.

En palabras de Barry Miles, autor de una biografía sobre Charles Bukowski, este libro es posiblemente su mejor novela, su Bildungsroman, la historia novelada de su infancia, la torturada relación con su padre, hasta el instituto de secundaria y hasta Pearl Harbor y la primera vez que se marchó de casa. Es una obra conmovedora, mordaz, divertida a veces y a veces inquietante.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Obama

Tengo una amiga que se llama Guadalupe. Ella y yo, la otra tarde, quedamos para tomarnos un café. Eso es algo que hacemos de vez en cuando. No con relativa frecuencia, pero tampoco de higos a brevas. Guadalupe me telefoneó aquella misma mañana. Tengo que contarte algo importante, me dijo con voz trémula. Muy importante, matizó. Después, sentados ante un café, me lo lanzó a bocajarro: Me he enamorado de Barack Obama. Tengo que confesar que yo no estaba preparado para la noticia. Pero hice como que sí. ¿Cómo es eso?, pregunté. ¿El Barack Obama de verdad, el que sale en la televisión? Sí, el mismo, el presidente de los EE. UU, el de yes, we can, el hombre más poderoso del planeta, el number one. Al ver mi cara, mezcla de sorpresa y curiosidad, Guadalupe continuó con su explicación. Es tan guapo, tan sexy, tan elegante, tan inteligente, se mueve tan bien, y tiene una piel tan suave. Esa fue su respuesta. Coño, pero ¿tú lo has pensado eso bien? ¿Qué futuro le ves a vuestra relación? Mi amiga se encogió de hombros y no dijo nada, como si su silencio ya lo dijera todo. Luego, tras beber un par de sorbos de su taza de café con leche, Guadalupe me contó que estaba intentando agregarlo al messenger y hacerse amiga suya del facebook. Así podrían chatear y conocerse más íntimamente. Si todo va como yo espero, continuó, la próxima vez que Obama venga a nuestro país a reunirse con Zapatero, a lo mejor quedamos para tomar algo. Luego podemos ir a su hotel y echar un polvete. Me explicó que a ella no le importa echar un polvo en la primera cita. No es de esas que tienen remilgos la primera vez. Si el chico me gusta, eso no me plantea problemas morales, me dijo. Y este me gusta de verdad. ¡Tiene unos labios tan sensuales! Es que me pone mogollón, me dijo sonriendo pícaramente. Y pensándolo bien, es que el tío es perfecto: ¡si tiene hasta un premio Nobel! Y no uno cualquiera, sino el de la Paz. Eso significa que al menos es buena persona, porque digo yo que no le van a dar ese premio a un pedazo de mierda cabronazo, ¿no? Resumiendo: que encontré a mi amiga Guadalupe enamorada hasta las trancas. Y eso me preocupa. No sé si Obama sabrá quererla como mi amiga merece. Ella necesita un chico que la mime, que sea cariñoso con ella, al que no le importe salir a pasear los domingos y la invite luego a merendar y que le regale bombones y ropa interior de color rojo por san Valentín. Y me da que Obama no es de esos. ¿O estaré equivocado?

martes, 2 de noviembre de 2010

Hasta los cojones de...(III)

- De Zapatero y Rajoy, tanto monta...
- De la visita del Papa, de la pasta que nos cuesta y del por culo que da la criatura.
- Del dinero que los estados gastan en armamento y de que siga habiendo tantísima hambre en el mundo.
- De la mala literatura, sobre todo de los best-sellers.
- De la puta crisis económica.
- Del capitalismo y el neoliberalismo.
- De que el nuevo disco de Juan Perro tarde tanto en ser publicado.
- De las elecciones norteamericanas, de Obama y de los nazis del Tea Party.
- De que suban los precios y bajen los sueldos.
- De que Rubalcaba se crea Batman, Superman, Estrella Plateada y los Cuatro Fantásticos en uno.
- Del cabrón, pederasta, soplapollas Sánchez Dragó (por cierto, ¿alguien conoce a alguien que alguna vez haya leído un libro, cualquier libro, de este tío, o mejor aún, alguien es capaz de decir, sin buscar en google algún título de un libro de este tío?).
- De Sarkozy, de Merkel, de Durao Barroso y de todos los demás fascistas de la UE que llevan a Europa a un callejón sin salida.
- De que Andalucía esté siempre a la cola (de cualquier cosa).

lunes, 1 de noviembre de 2010

Artículo 1 de la Constitución Española

1. España se constituye en un Estado anti-social y anti-democrático sin Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico el sometimiento, la injusticia, la desigualdad y el pensamiento único.
2. La soberanía nacional reside en las mercados financieros, en los bancos y en el Fondo Monetario Internacional, del que emanan los poderes del Estado. El Presidente del Gobierno velará por los intereses de estas organizaciones (y al pueblo español que le den por culo).
3. La forma política del Estado español es la Monarquía parlamentaria de chichinabo, o sea, más falsa que un bolso chino de Dolce y Gabbana.