sábado, 30 de octubre de 2010

Taxonomía (dos)

puto corazón

siempre

en carne viva

jueves, 28 de octubre de 2010

Taxonomía

un corazón de goma espuma
un corazón miope
un corazón en penumbra

un corazón armado hasta los dientes
un corazón empapado en mezcal
un corazón abandonado en la calle

un corazón de plástico fino
un corazón liofilizado
un corazón que cree en las casualidades

un corazón catatónico
un corazón al desnudo
un corazón que miente más que habla

un corazón adicto al pecado
un corazón que deja miguitas de pan en el camino
un corazón en harapos

un corazón esquizofrénico
un corazón hiperactivo
un corazón que arriesga la vida

un corazón sin compartimentos
un corazón siempre en guardia
un corazón que huele a bizcocho

un corazón en caída libre
un corazón en bancarrota
un corazón a la deriva

un corazón fugitivo
un corazón invertebrado
un corazón sin coartada

un corazón de plastilina
un corazón de estilo art decó
un corazón casi transparente

un corazón que vuelve de la guerra
un corazón desamparado
un corazón de guante blanco

un corazón sin concesiones
un corazón al galope, desbocado
un corazón a punto de naufragar

mi corazón

miércoles, 27 de octubre de 2010

La princesa Letizia me ha dicho que me ama

Hoy
viendo el telediario en la televisión,
han contado que la princesa Letizia
había estado en nosequé sitio
inaugurando nosequé cosa.
Yo estaba almorzando
y cuando he levantado la vista del plato
he reparado en que la princesa Letizia
me estaba observando.
Un suspiro se le ha escapado
de repente
y mirándome fijamente
me ha dicho: te amo.
Nuestro amor es imposible, le he contestado.
Dame tres buenas razones, ha continuado.
Porque soy anarquista, he argumentado.
Eso no importa, ha sentenciado.
También Bakunin era príncipe y libertario.
Porque ya estoy casado.
Menos aún, se ha carcajeado.
El amor es un gato libre que va por los tejados.
Porque soy poeta.
Joder, eso sí que es chungo.
Poeta tenías que ser.
Nuestro amor ya se ha acabado.

lunes, 25 de octubre de 2010

Dentro del poema

Dentro del poema

hay otro poema

que contiene,

a su vez,

un poema,

en cuyo interior

hay un poema

que tiene dentro

un poema

del tamaño

de una lágrima

o de una galaxia

(según se lea).

domingo, 24 de octubre de 2010

Poema

Poema:

humo etéreo,

nieve efímera,

niebla que se deshace.

Nada. Nada. Nada.

sábado, 23 de octubre de 2010

Cigarrillos y café

Teníamos quince años. Recuerdo las tardes de domingo. Solíamos quedar en su casa porque sus padres iban al fútbol casi todas las semanas. Escuchábamos los discos de Dogo y los Mercenarios, de los Clash, de los Ramones, de Radio Futura o los Burning. Fumábamos cigarrillos rubios, cientos de cigarrillos rubios y bebíamos café. Café negro, amargo, fuerte. Café recién salido de la cafetera, humeante y aromático. A veces comprábamos pasteles. Otras veces alguien llevaba costo. Y nos fumábamos unos canutos. Reíamos. Cantábamos. Hacíamos como que tocábamos la guitarra. Hablábamos del amor, del dolor, de las cosas de la vida. Éramos arrogantes, con esa arrogancia que sólo se tiene a los quince años. Pensábamos que lo sabíamos todo, que teníamos en nuestras manos el secreto, no importa demasiado de qué. Aunque en realidad no éramos más que aprendices, aprendices de todo. Y no sabíamos una mierda de nada. Cuando ya era tarde y sus padres estaban a punto de regresar, abríamos de par en par las ventanas de la casa y dejábamos que el aire frío de la noche entrara a raudales y lo purificara todo. Y nos marchábamos cada uno a nuestra casa porque al día siguiente había que ir al instituto. Y nos volvíamos a encontrar a la misma hora, en el mismo sitio, los mismos amigos, el domingo siguiente.

jueves, 21 de octubre de 2010

Los días salvajes

Estos son los días salvajes.

Días de angustia y óxido.
Días de tumbas mancilladas.
Días autistas.
Días amnésicos.

Estos, de ahora, son los días salvajes.
Estos son los días de la inmundicia.
Estos son los días de la maleza y la herrumbre.

Días de tierra quemada.
Días de sueños podridos.
Días para desterrar el orgullo.

Estos no son días de esperanza.
Estos no son días de vino y rosas.
Ni siquiera son días azules.

Días sin futuro. Eso es lo que son.

Los días salvajes.

martes, 19 de octubre de 2010

Sequía

Llevaba más de tres semanas sin escribir una frase. Desde que se ganaba la vida con su escritura, de manera más o menos profesional —más mal que bien, todo había que decirlo— jamás había estado tanto tiempo sin escribir absolutamente nada. Ni un cuento, ni un artículo periodístico, ni tan siquiera un mal verso que llevarse a la impresora. En otras ocasiones de sequía creativa, la poesía siempre le había servido de tabla de salvación. Bastaba con escribir un buen verso para que el maleficio del bloqueo literario se desvaneciera como la niebla matinal. Como por arte de magia. Pero esta vez la cosa parecía diferente. Esta vez era incapaz de encontrar ese verso. Ni un maldito haiku. Joder, pensó, mira que si no vuelvo a escribir en mi puta vida. Tendría que volver a las clases de la universidad. Dios, como odio las putas clases, con todos esos zopencos drogadictos y subnormales pensando en el botellón. La sola idea de tener que volver a impartir clases de literatura norteamericana le aterraba. Estaba hasta las pelotas de Faulkner, de Hemingway, de Poe y de su puta madre. Sólo de pensar en Moby Dick se le revolvían las tripas y le entraban unas ganas terribles de cagar. Y prefería el suicido antes que volver a leer versos de Aullido o de La tierra baldía. Así que tomó papel y bolígrafo con la intención de desarrollar un buen argumento para escribir un relato corto decente. Nada. Sequía total. Después de una hora no había escrito ni una sola palabra. Es por el bolígrafo y el papel, dijo en voz alta, como si hablase con alguien, aunque estaba más solo que la una —desde que su mujer lo dejó por un tío más joven, más guapo y con la polla mucho más grande que la suya, su estado natural era la soledad). Así que cogió el ordenador portátil y se sentó delante de él. Seguro que con este chisme me relajo y lo consigo. Esperó unos minutos a que el ordenador se pusiera en marcha y abrió un documento de word. Escribió: El hombre se bajó del coche. Eran las tres de la tarde. Mierda. Mierda. Mierda. Y borró la frase. Empezó de nuevo: Los ojos de María eran del color de los caramelos de miel. Hostia puta, como siga así, acabaré escribiendo como Corín Tellado, pensó. Y así una y otra vez. Más de diez intentos. Basura. Sólo basura. Las frases que se le ocurrían apestaban. La sequía creativa que estaba padeciendo era mucho más seria de lo que había pensado en un primer momento. La dicotomía vital que se le planteaba estaba clara: literatura norteamericana en la facultad de filología o arrojarse a la vía del tren. Adolescentes pastilleros y borrachuzos o gusanos en un ataúd. De pronto lo vio todo claro. Escribiría un cuento sobre un escritor que sufre un bloqueo.
Llevaba más de tres semanas sin escribir una frase. Desde que se ganaba la vida con la escritura… tecleó en el ordenador. Y la cosa comenzó a fluir.

domingo, 17 de octubre de 2010

Palabras

…porque las palabras son cadáveres…
Francisco Umbral

Palabras
que nombran el mundo.

Palabras que expresan
el dolor de los que pierden,
el deseo de los que aman.
Palabras con forma de navaja,
afiladas,
frías,
metálicas,
que se clavan en el vientre insomne de la noche.
Palabras que describen
el miedo atávico de los hombres,
el azul de los delfines,
el prodigio de las utopías.

Palabras
que
narran
impúdicas
hazañas
bélicas.

Palabras como cadáveres
sobre el asfalto mojado.

Palabras que ya no respiran,
que no llenan el vacío
que van dejando
los días que pasan.
Palabras que disparan como una pistola nerviosa.
Palabras que tiritan de frío
en un banco
de un parque
de Granada.

Palabras solitarias.
Palabras oxidadas.
Palabras exiliadas.
Palabras sin alma.
Palabras que lo dicen todo.
Palabras que apenas significan nada.

(Poema incluido en mi libro Versos de alambre de espino, Editorial Alhulia, 2009)

viernes, 15 de octubre de 2010

Reyes

Teníamos todo el tiempo del mundo para perder. Nada nos importaba. Nos sentíamos como reyes, como auténticos reyes, en libertad absoluta para hacer lo que nos diera la gana en cada instante. Y tal vez lo éramos. Nos levantábamos a mediodía. Nuestros desayunos eran interminables. Nos gustaba charlar de esto y aquello, y fumar un cigarrillo tras otro. A ella le encantaba reírse de todos sus ex. Yo contaba anécdotas de otras épocas de mi vida. Algunas conseguían arrancarle una carcajada. Mientras comíamos tostadas de mantequilla y mermelada de fresa o pastelitos de chocolate y bebíamos taza tras taza de café con leche, poníamos música. Buscábamos alguna emisora en la radio donde hubiera música clásica: Bach, Mozart, Beethoven. Disfrutábamos, más que con ningún otro, con la música desordenada y rompedora de Mahler. Si había suerte y encontrábamos algo del compositor checo, nos quedábamos allí quietos, sentados en el sofá o simplemente tirados por el suelo, sin decir una palabra. Nuestros cinco sentidos puestos en la música. También nos gustaban las canciones de Leonard Cohen. En alguna ocasión encontramos, por casualidad, alguna vieja canción del canadiense y bailábamos muy juntos, abrazados como niños. A veces salíamos a dar largos paseos por el campo. Mirábamos los pájaros volar. O simplemente nos sentábamos sobre la hierba mojada de algún rincón despoblado a aspirar el olor a naturaleza, a lluvia fresca, y nos dejábamos perder en nuestros propios pensamientos. O íbamos de compras. Algunos días comprábamos compulsivamente, como lo harían dos enfermos terminales. Recuerdo un día en que gastamos un montón de pasta en ropa interior para ella. Solíamos gastar sin preocuparnos del futuro. El dinero no importaba. Por primera vez en mi vida, el dinero no era el problema. O mejor dicho, por primera vez en mi vida, no había ningún problema. Por las noches, después de cenar, veíamos películas antiguas, en blanco y negro. Mucho cine negro: Al rojo vivo, Casablanca, El halcón Maltés, El último refugio, Tener y no tener, Enemigo público número uno, El cartero siempre llama dos veces… Las de Bogart y Cagney eran nuestras favoritas. Podíamos verlas una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez. Si ese día nos sentíamos con ganas de reír, elegíamos una comedia de la época dorada de Hollywood: La fiera de mi niña, Historias de Philadelphia, Bola de fuego, Ser o no ser y otras por el estilo. Nunca discutíamos. Algo completamente anormal, si tenemos en cuenta que, en mis anteriores relaciones, las discusiones eran tan cotidianas como ir al supermercado o hacer la colada. Pero no con ella. Con ella no hubo ninguna discusión en todo el tiempo que compartimos. Follábamos casi a diario. Éramos dos seres absolutamente lujuriosos. Me gustaba acariciarla largamente. Sin prisas. Prenderle fuego al tiempo. Dejarlo que se fuese consumiendo, poco a poco, hasta que sólo quedaran los rescoldos. Yo la amaba hasta el delirio. A veces, ella clavaba sus uñas en mi espada y me decía, con voz suave, hipnótica, apenas perceptible, que me quería. Yo jamás le dije a ella que también la quería. No me sentía con fuerzas para decirlo. O tal vez sea que no era capaz. Qué se le va a hacer. Siempre fui un cobarde. Después de corrernos nos quedábamos extenuados, y nos dormíamos, muy juntos, dos cuerpos sudorosos, desnudos, el cabello revuelto, la ropa tirada por el suelo. Al día siguiente volveríamos a tener todo el tiempo del mundo para perder. Ella y yo. Los dos juntos. Como reyes. Como auténticos reyes. Por primera vez en nuestras vidas. Y quién podría decirlo, tal vez por última.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Lo peor de todo

Lo peor de todo es el silencio

y estas ganas terribles

de desempolvar mis alas blancas

y echar a volar

hacia el resplandor azul de sus ojos.

lunes, 11 de octubre de 2010

Las novelas de Bukowski: Mujeres (IV)

De amor y sexo: Mujeres

En 1978 aparece la tercera novela de Charles Bukowski, que se había empezado a fraguar a principios de 1976 y cuyo título inicial iba a ser Historias de amor de la hiena. Finalmente aparecerá con el nombre más genérico de Mujeres. La novela gira en torno a las relaciones personales. En este libro sigue estando presente el escritor inmaduro, irresponsable y borracho que ya conocíamos por sus primeras novelas y sus relatos cortos. En esta ocasión Bukowski nos relata las aventuras y desventuras de un Chinaski que ya ha saboreado las mieles del éxito como escritor y que empieza a conocer el lado negativo de la fama. La historia central gira en torno a las relaciones afectivas y sexuales del escritor. Tras un período aproximado de unos cuatro años en el que no ha tenido ninguna relación sexual o amorosa (“Yo tenía cincuenta años y no me había acostado con una mujer desde hacía cuatro.”), conoce a una chica y entablan una relación de pareja. A partir de este momento, las mujeres se suceden en su vida a un ritmo vertiginoso. A lo largo de la obra, Chinaski mantiene relaciones sexuales con veinte mujeres distintas. Las hay que sólo quieren sexo, pero otras quieren algo más: “Y sin embargo, las mujeres, las buenas mujeres, me daban miedo porque a veces querían tu alma, y lo poco que quedaba de la mía, quería conservarlo para mí.”, señala Henry Chinaski. Al mismo tiempo, Chinaski nos habla de sus lecturas poéticas en las universidades americanas, de su relación con otros escritores, de las cartas que recibe diariamente de sus seguidoras, de sus citas a ciegas con mujeres que vienen desde la otra parte del país para conocer cara a cara al escritor que las ha deslumbrado con su poesía y su prosa o de los ratos que pasa en el hipódromo, apostando o simplemente bebiendo.
La relación más importante de la novela la establece con Lydia Vance, una escultora a la que conoce en una lectura poética. A esta mujer le encantan las fiestas y la vida social, algo que Chinaski detesta profundamente. Algunos días después de su primer encuentro, ella le pide al poeta que pose como modelo para hacer una escultura de su cara, y a partir de ese momento comienza una tragicómica relación amorosa salpicada de sexo, fiestas, celos y peleas:

Lydia cogió mi máquina de escribir y fue corriendo con ella hasta el centro de la calle. Era una máquina pesada y antigua, modelo estándar. Lydia la levantó por encima de su cabeza con las dos manos y la estampó contra el suelo. El rodillo y otras piezas salieron volando. Volvió a levantarla otra vez, la alzó por encima de su cabeza y gritó: ¡NO ME HABLES DE TUS MUJERES!, y volvió a estamparla otra vez contra el suelo.


Al final del libro, y a pesar de todas las relaciones negativas que ha mantenido, sigue habiendo lugar para la esperanza. Ésta viene representada por Sara, la dueña de un bar de comida naturista a la que también ha conocido en una lectura poética, y de quien finalmente parece haberse enamorado:

Sara era una buena mujer. Tenía que centrarme. Cuando un hombre necesitaba muchas mujeres, era porque ninguna de ellas era buena. Un hombre podía perder su identidad jodiendo demasiado por ahí. Sara se merecía mucho más de lo que yo le daba. Ya era hora de que me portara como es debido.

sábado, 9 de octubre de 2010

Bichos

Tengo el cerebro lleno de bichos. No son visibles a simple vista. Pero yo sé que están en el interior de mi cráneo, horadando galerías internas en mi cerebro. Hace tiempo que andan por ahí. Los siento moverse. Oigo cómo se desplazan. Arriba y abajo. A izquierda y derecha. Siento sus microscópicas patas clavarse en mi corteza cerebral. Dan vueltas sin cesar. A veces con lentitud y parsimonia. O a toda velocidad, como si se hubiesen vuelto locos. Depende. Hablan mucho entre ellos. Yo no los entiendo, pero me da que dicen cosas raras de mí. Se reproducen de manera vertiginosa. En este mismo momento, millones de larvas diminutas están a punto de salir de sus huevos. Así que, en los próximos días, cantidades ingentes de bichos poblarán mi cerebro. Su piel es similar a la de los sapos, viscosa, de un color oscuro indefinido. Son gelatinosos. De aspecto asqueroso. Al moverse van dejando un rastro de líquido blanquecino. No sé cómo han llegado a mi cerebro. Si entraron solos o alguien los puso allí en un descuido. La única certeza que tengo es que viven allí. Y que no pararán hasta que lo ocupen por completo, hasta que sean los dueños absolutos de mi voluntad.

jueves, 7 de octubre de 2010

Antipoesía

¿Qué es poesía?
Gustavo Adolfo Bécquer

¿Qué es antipoesía?,

dices mientras das un trago

a tu cerveza fría.

¡Qué es antipoesía! ¿Y tú me lo preguntas?

Antipoesía… soy yo

miércoles, 6 de octubre de 2010

Bailar descalza

A mi pequeña

Adela

le gusta bailar

descalza,

como lo hace

un poema

nocturno

o

un rayo de sol

otoñal,

perezoso,


descalza,

como bailan

las palabras

en las canciones

de Patti Smith.

(Para mi pequeña Adela, que hoy cumple siete años.)

viernes, 1 de octubre de 2010

Escribo de noche

Escribo de noche, cuando todos duermen. Sólo el maullido, aquí y allá, de un gato callejero, rompe el sosiego de la noche tranquila. O los ladridos lejanos de un perro. A veces pasa un coche y deja en la oscuridad un rastro de humo y ruido. Las noches de lluvia, las gotas me regalan una sinfonía de notas minimalistas. Hay noches en las que busco refugio en la música. Siempre algo suave: Billie Holliday, Chet Baker, Aute, Bill Evans, Antonio Vega, viejos discos de blues. Música clásica. Otras noches prefiero el silencio. El silencio ejerce un gran magnetismo sobre la escritura. Algunos de los mejores versos que he escrito —si acaso he escrito alguno— han nacido del silencio. Me dejo envolver por él. Me acaricia. Me abandono a sus murmullos. Y lo mimo. Y como recompensa me premia con la alquimia de las palabras. Así, las metáforas y los símiles emergen de mundos ignotos, para acabar en un poema que he escrito yo.
Escribo de noche. Me siento frente a la hoja en blanco y me dejo llevar. Las palabras van ocupando el espacio, poco a poco, avanzando como soldados en el campo de batalla, tambaleándose, dispuestas para el combate. A veces, esas palabras ejercen sobre mi ánimo un efecto balsámico. Me tranquilizan. Me apaciguan. Me serenan. Otras veces, sin embargo, esas mismas palabras prenden en mí como un cóctel molotov, provocando pequeños incendios en el alma. Uno nunca sabe qué pasará con las palabras. Si tomarán un camino o el contrario. Si conducirán a la paz o a la guerra. Si serán de amor o de odio. Terapéuticas o cancerígenas. Lo que está claro es que la palabra jamás es inofensiva. Siempre hay un propósito detrás de cada palabra. Siempre. Aunque a veces se trate de ocultar y para ello se empleen trucos baratos de feriante. Hay noches en que esas palabras intentan, por todos los medios, volar solas. Buscan su camino, vagabundean, se mueven con libertad. Esas noches es difícil hacerlas entrar en razón. Creedme. No hay nada más terco que una palabra que va a su aire, sin dejarse someter, sin hacer caso a las señales, sin respetar las normas. Aunque luego el resultado es mucho más excitante.
Escribo de noche. A veces preparo café. El aroma del café se extiende por la habitación y ocupa cada rincón, cada recoveco de la estancia. El aroma del café me recuerda la felicidad. Algunos de los momentos más felices de mi vida están impregnados del olor del café recién hecho. Es por esto que me gusta preparar café, aunque la mayoría de las veces doy un par de sorbos y el café acaba frío en la taza. No siempre es así. En otras ocasiones tomo dos, tres tazas. Bien caliente. Y sin azúcar. Me gusta el sabor amargo del café. Me reconforta. Y me hace sentir bien. Al final, los pequeños detalles son los únicos que cuentan. Nos acordamos de un beso fugaz que dimos de madrugada. De una mirada que nos hizo estremecer. De una palabra que nos dolió como una puñalada en el estómago. Del sabor amargo de un café que tomamos una mañana de frío de cuando teníamos veinte años. Pequeños detalles. Sólo eso. Pequeños detalles.
Escribo de noche. A veces, el tiempo pasa despacio. Notas cómo los minutos se atascan. Son incapaces de avanzar. Se van agolpando, uno detrás de otro, sin posibilidad de seguir adelante. Se forman colas interminables de minutos, de segundos, de milésimas de segundo. Como automóviles en una autopista en hora punta. Entonces no existe ninguna posibilidad de movimiento. Todo se ralentiza. No hay avance posible. Esas noches son interminables. Eternas. Y no hay nada que pueda hacer para que el tiempo siga su curso. Así que lo mejor es aceptarlo. Y me resigno. Otras noches, sin embargo, las horas se escurren como la arena del desierto entre los dedos. Vuelan como pájaros luminosos. Se lanzan al vacío. Es como si el tiempo se comprimiera y las horas se travistieran de segundos. Esas noches se parecen a los sueños. Visto y no visto. Noches irreales, fragmentadas, crepusculares.
Noches de escritura.
Noches que escupen poesía.